domingo

Soledad en Wood Fields

En Wood Fields, el 8 de abril de 1818. Portsmouth

Bonito día. El cielo es azul, con algunas nubes que llegan rápido desde el este, empujadas por un viento fresco que hace que las hojas de los árboles bailen alegres.

Hace meses que fui apartado del servicio activo. No hay guerras suficientes para lo hombres de la Royal Navy, y tras negociar una pensión escasa que apenas me da para sobrevivir, vivo solo aquí, en Wood Fields, paseando y reflexionando sobre mi vida en un agotador trabajo de introspección. 

Pero la mayoría de las veces es mejor simplemente pasear. Manos a la espalda y con la cabeza gacha, doy largos paseos por los alrededores de la casa, disfrutando de pequeños detalles como el rocío de la mañana o un jilguero cantando a lo lejos. Es por eso, quizás, por lo que ha pasado más de un año desde que escribí en estas páginas, cuando me encontraba en el Mediterráneo a la caza de esclavistas. Necesito vaciar la mente y espantar los problemas y las preocupaciones como moscas, y disfrutar simplemente de las pequeñas grandes cosas que nos regala la existencia. 

Erin Hanson
Echo de menos el mar. Sería un mentiroso si dijese lo contrario. El viento salado en la cara, el crujir de la jarcia y el vaivén sobre las olas siempre seguirán en mi corazón hasta el final de los días. Incluso el retumbar de los cañones y el ruido de los aceros, aunque me hacían temblar en las ocasiones más complicadas, son ahora, con el paso del tiempo, un bonito recuerdo que echo de menos mientras cuento, ante el espejo, las cicatrices de mi cuerpo.

Y la soledad. Nadie visita al viejo capitán Daniels. A mis 38 años he cumplido casi todos ellos al servicio activo de Su Majestad. Y dejado atrás el alcázar de mi navío, rodeado siempre de oficiales y marinería, estos meses de soledad siempre han resultado ser agridulces: el ajetreo de los hombres por encima de cabeza pisando las maderas se difumina como el humo en en los vientos alisios cuando soy consciente del silencio de las mañanas cuando despierto en mi casa, intentando detectar un cambio en el viento o esperando oír el tañido de la campaña del infante de marina para descubrir finalmente que estoy en tierra.

Un día a la semana viene Vincenzo. Trae huevos y hortalizas de su granja. También dejó el mar, y se dedica a trabajar con su familia. Sin embargo no se olvida de su antiguo capitán, y aunque no lo pido que lo haga, durante ese día se dedica a limpiar la casa, doblar la ropa y sacar brilla a la poca plata de la que dispongo. Cuando acaba se sienta conmigo en el porche mientras observamos el atardecer, en silencio, tras aceptar una copa de Jerez, que sé que le encanta.

Del resto no sé nada. No recibo más visitas y nadie me escribe. He escrito algunas cartas, pero pocas o ninguna han recibido respuesta. Hay días que me importa y otros que no. Noto que mi ser van aceptando la soledad y empieza a abrazarla como a una vieja dolencia que sé que siempre estará ahí y que es inútil resistirse a ella.

Incluso el recuerdo de Lively duele menos. O es lo que quiero creer. A veces pienso preguntar a Vincenzo sobre ella, pero cuando apenas las palabras van a salir de mis labios un pensamiento se cuela en mi cabeza y cuestiona la utilidad de la información, así que simplemente callo y sigo mirando al sol morir un día más por el oeste. 

sábado

Una noche especial

A bordo de la HMS Circe. En el Mediterráneo. El 24 de diciembre de 1816

Hay días que uno espera que acaben cuanto antes. Miro de reojo el coy y lo único que quiero es tumbarme y olvidarlo. Da igual el hambre que pueda tener, o la sed. Sed de vino, se entiende. La mejor solución para pasar página es cerrar los ojos para que Morfeo me lleve de la mano hasta el siguiente alba.

Antes escribo estas líneas mientras el sol comienza a ocultarse por el horizonte. El cielo se torna rojo sangre, o quizás es sólo mi cabeza, y el mar calmado, triste, permite a la Circe deslizarse suavemente como lo hace la barca de Caronte, mientras que a menos de un cable de distancia distingo el pingue apresado con algunos de mis hombres en cubierta.

Como ya escribí estoy destinado en aguas del Mediterráneo con base en Gibraltar. Acabadas las grandes batallas la Armada pretende acabar con la piratería berberisca que tanto daño hace al comercio y que tiene en jaque a las poblaciones costeras de esta parte de Europa. Una guerra de baja estofa persiguiendo a pequeñas y escurridizas embarcaciones con poco botín en su bodegas pero con bravos hombres dispuestos a vender cara su vida.
"... aferrado a la tierra como un cangrejo a la roca..."

Esta mañana decidí acercar la Circe a la costa para reparar parte del velamen afectado por una pequeña galerna primaveral. Nada serio, pero esta zona del noroeste de Italia es realmente bella, especialmente el pueblo de Manarola, aferrado a la tierra como un cangrejo a la roca. Su vino además es excelente.

Conforme nos preparábamos para el fondeo, el serviola avistó una vela triangular, como tantas otras. Sin embargo, tras tomar el catalejo, algo en la actitud de su tripulación me hizo sospechar. Sus velas al pairo, abordado a un barco pesquero y con demasiada tripulación a bordo pese al pequeño tamaño de la embarcación despertaron mi instinto de cazador.
Mis sospechas quedaron confirmadas cuando el pingue tomó rápido el barlovento en cuanto avistó nuestra bandera y se disponía a la huida ¡Piratas!

Los daños en la vela nos hicieron perder empuje en la virada, un momento de duda que aprovechó nuestro enemigo para tomar ventaja, con un disparo de cañón afortunado que hizo volar a varios de mis hombres en el castillo de proa, lo que provocó la ira de todos a bordo.

Tras varias horas de persecución y acoso, un excelente disparo de nuestro cañón de proa partió uno de los palos del pingue, que fue perdiendo velocidad hasta que lo abordamos con mucha gente y con ganas de vengar la muerte del ayudante del cocinero, muy querido por la tripulación y uno de los asistentes del cañón que saltó por los aires.

Estas embarcaciones pequeñas engañan. Suelen tener mucha gente a bordo por lo que, sin ánimo de confiarme, en cuanto distinguí sus rostros ordené una andanada de metralla que hizo que la sangre chorreara por los imbornales. No fue muy caballeroso por mi parte dado lo desigual del combate, pero algo más diplomático no habría sido bien recibido por la tripulación.

En cuanto abordamos el pingue, un par de sablazos y pistolazos fueron suficientes para que el enemigo se rindiera. Su capitán, por su rubio cabello y ojos azules a todas luces llegado del norte de Europa y tentado por los cantos de sirena y el oro de los sarracenos en el Mediterráneo, se rindió con poca ceremonia mientras miraba con ojos horrorizados la cubierta repleta por los restos de sus hombres.

Pero nada que ver con la cara absolutamente descompuesta de uno de mis guardiamarinas cuando se presentó ante mí tras revisar la carga. Estaba realmente pálido, temblaba y apenas era capaz de articular palabra mientras señalaba torpemente hacia la portezuela que conducía a la bodega.

No hay nada más deleznable que el tráfico de seres humanos. Gente pobre que vive en las costas de las poblaciones del Mediterráneo y que además de su vida de estrechez se ven expuestos a los asaltos de esta gente canalla que les arrebata de su hogar para venderlos como ganado con los propósitos más sucios y descabellados que uno pueda imaginar. 

"... he puesto rumbo a Gibraltar..."
Tras subirlos a bordo, y darles algo de abrigo y comida caliente, he puesto rumbo a Gibraltar para dar parte de nuestra captura y buscar la forma de que todas estas personas sean devueltas a sus hogares y sus familias lo más rápido posible, que puedan despertar así cuanto antes de esta terrible pesadilla.

Hoy, una noche especial para todos ellos que querrían estar con los suyos, al igual que la gente de a bordo, haré un esfuerzo por tener una actitud positiva, ya que es la idónea para intentar hacer que sea lo menos amarga posible. De este modo, aunque Vincenzo me ha mirado con malos ojos, he decidido poner lo mejor de la despensa en un gran salón improvisado en la entrecubierta. La gente de la guardia del mayor ha improvisado un coro para cantar villancicos, y nuestro cocinero ha jurado sobre la tumba de su abuela que pondrá especial esmero en convertir nuestras provisiones en comida para los más insignes paladares. Yo mismo he buscado algo rojo que ponerme y repartiré algunas golosinas y monedas entre los más pequeños.

Es posible que sea un intento estéril por conseguir que me regalen una sonrisa, pero haré todo lo que pueda por hacerles creer que hoy puede ser un día feliz. 

lunes

A la caza de berberiscos

En Gibraltar, el 7 de marzo de 1816

Nunca he tenido muy claro cuál es el funcionamiento de los sueños. Personalmente siempre me he sentido muy sensible a ellos. Una buena o mala noche condiciona el resto del día y es por eso que, en parte, los temo.

Esta noche, por ejemplo, he soñado con viejas caras, rostros del pasado que creía olvidados, pero que al regresar al amparo de los sueños lo hacen con tanta fuerza que me deja claro que nunca se terminaron de marchar.

¿Cuál es la razón, biológica, para este fenómeno? Imagino que nuestra cabeza no puede apagarse y punto, y que necesita estímulos para seguir en movimiento. Lo otro sería, quizás, la muerte, el vacío absoluto, la nada.

¿Cuál es la razón de los sueños?
En tiempos de la Grecia clásica les otorgaban poderes proféticos. El gran Alejandro Magno, como tantos otros desde los espartanos, no acudía al campo de batalla si no lo hacían amparados por los presagios, ya fuera leyendo las entrañas de una bestia o mientras dormían.

Francamente no creo que la mente pueda alcanzar tal poder que sea capaz de adivinar el futuro. Eso es cosa de brujas, y a bordo de un navío hay que tener cuidado con este tipo de situaciones, y es mejor no mentarlas, ya que la marinería suele ser supersticiosa por naturaleza, y el mero hecho de saber que su capitán tiene tales pensamientos podría dar pie a un auténtico motín o, lo que sería casi peor, una desbandada en masa.

He estado tentado de consultarlo con el médico de a bordo, un jovenzuelo que parece ser persona estudiada y de mentalidad abierta. Pero como he dicho no me fío aún de que se vaya de la lengua, que a bordo todo se sabe y no quiero alterar la aburrida rutina de la vida en puerto a bordo de un navío.

La guerra acabó y sigo destinado en Gibraltar, a bordo de la Circe con este viejo y silencioso diario como único y viejo amigo, eterno espectador de un capitán de navío sin gloria. Napoleón se pudre en Santa Elena, una isla perdida en el Atlántico, lejos de cualquier nuevo intento de resistencia, abrumado bajo el peso de millones de fantasmas, los de los muertos en infinidad de combates por todo el mundo.


"Sigo destinado en Gibraltar"
La paz con Francia y al otro lado del océano con los americanos ha vuelvo la mirada de la nuestra Royal Navy hacia los piratas berberiscos y su intención de liberar el Mediterráneo de su presencia, y esa será durante los próximas semanas la misión de la Circe, una patrulla constante en busca de presas para asegurar el comercio en la zona y hacer dormir más tranquilos a los habitantes de las costas europeas.

Ardo en deseos de volver a oír el estampido de los cañones y oler a pólvora quemada por la mañana.


martes

Fantasmas

En Gibraltar, el 23 de junio de 1815

Siempre que regreso a Gibraltar siento una sensación agridulce en mi interior. El recuerdo de la muerte de mi amigo Peter es lejano, pero igualmente doloroso.
Cuando la Circe echa el ancla, mi imaginación me juega malas pasadas y creo verlo de pie en su falúa, con esa sonrisa de pícaro en la cara y la alegría en los ojos de volverme a ver. 

Pero no. 
Peter está muerto. Sólo es producto de mi imaginación, y nadie viene a recibir al Capitán Daniels, al menos nadie que no lo haga únicamente por un mero formalismo burocrático.

En esta noche con luna llena, el silencio es total. Hace un momento, en el alcázar y bajo un manto de estrellas que no eclipsaban las luces de la ciudad, pensaba en los fantasmas. No esos que vagan por los salones de antiguos castillos perdidos en bosques. No. Fantasmas del pasado, personas que no hace tanto parecían imprescindibles en mi vida, y que a día de hoy son sólo eso, fantasmas, seres difusos, irreales e intangibles.


"En esta noche con luna llena el silencio es total"

Amistad y amor ¡Que armas tan poderosas! Ambas capaces de convertirte en un héroe invencible, o en el más mísero de los villanos.

Hace unas semanas, en mi 36 cumpleaños, me sentí más solo que nunca. 
No hubo celebraciones, sólo la soledad del capitán, rodeado de muchos y acompañado por nadie, sin regalos ni pasteles, únicamente una solitaria comida y un silencioso brindis con mi reflejo en el cristal del ventanal de popa.

Nostalgia, un enemigo casi invencible, más duro que un navío de tres cubiertas con gente brava a bordo que se niega a arriar la bandera a pesar de que la sangre chorrea por los imbornales, y su potencia de fuego se ha reducido a algún cañonazo solitario poco efectivo, pero la única voz que se eleva para protestar ante la derrota.

Pasear por las calles de Gibraltar es un sabor agridulce constante. La dulzura de los buenos recuerdos, correteando y estrenando flamante uniforme de guardiamarina con compañeros que prometían amistad para toda la vida; o charlas en donde decidíamos el futuro de la guerra Peter y yo mientras disfrutábamos de un fresco vino dulce español a la luz de las estrellas; el contraste es el conocimiento de que nada de esto volverá, de que la vida y la amistad son etapas, y que quién sabe si las mejores de ellas no regresarán jamás.

Pensamientos demasiado profundos a estas horas de la noche, un ataque de melancolía de este capitán que ayer trataba de poner su mejor cara mientras los oficiales nos reuníamos a bordo del Goliath para festejar la derrota (quizás la definitiva) de Napoleón en Waterloo (Bélgica).

El gran corso se enfrentó, cuentan, ante ingleses, prusianos y todo el que se le puso por delante en una batalla terrible en donde murieron miles y miles de hombres hasta tal punto que el general Wellesley, ahora conocido como Duque de Wellington, quedó tan horrorizado que aseguró que lo único tan triste como una batalla perdida puede ser una batalla ganada.


"(...) lo único tan triste como una batalla perdida, es una ganada"

Tras beber lo que no cabría ni en un barril, abandoné la fiesta tratando de mantener la compostura sin éxito, tropezando hasta mi bote, en donde perdí la conciencia hasta que me desperté esta mañana en mi cama y con la ropa de dormir, perfectamente aseado y con el café caliente en mi mesa.

En estos momentos espero órdenes. De nuevo la guerra se acaba y el futuro es incierto.
Yo sólo quiero navegar, sentir en mi cara el aire fresco y la espuma del mar. 

Lo demás no me importa.
Al menos deseo que no me importe. 


miércoles

Regreso a bordo

En Portsmouth, el 3 de junio de 1815. A bordo de la HMS Circe.

El mundo gira. Todo vuelve. Es un hecho que marcha la condición esférica no sólo de nuestro mundo, sino también del Universo. Si partes de un punto, es probable que tras una extraña travesía vuelvas al mismo punto de partida.

Hace meses me veía fuera de la Royal Navy, retirado en mi casa de Wood Fields tras mi accidente en aguas del río Adour cuando intentábamos asaltar Bayona para continuar con la marcha de nuestro ejército hasta París.

De eso han pasado ya meses y días de sufrimiento, en cama, debatiéndome entre la vida y la muerte. Una vez superada esta última, apenas podía valerme con dificultad por mí mismo, un anciano prematuro en mi hogar, abandonado por casi todos (menos mi fiel criado, Vincenzo) y viendo pasar el tiempo con impotencia y frustración.

Pero cual ave fénix vuelvo a estar en forma. Paseos por el campo, baños de sol y aire fresco, sintiendo cada vez menos dolores en mi dañada espalda han servido para verme, a día de hoy y contra todo pronóstico (empezando por mí), en el cabina de la HMS Circe, escribiendo en mi diario en una pausa de la revisión de los documentos sobre el aprovisionamiento de agua y pólvora.

Aunque cobraba mi pensión por oficial retirado, todo cambió cuando saltaban todas las alarmas debido a una noticia que recorrió toda Europa, de norte a sur y este y oeste: la huida de Napoleón de su 'prisión' en la isla de Elba, concretamente en febrero.

Las fuerzas aliadas, que prácticamente habían vuelto a romper sus alianzas y retirado sus tropas y flotas de los principales escenarios de guerras y batallas, han puesto de nuevo toda la 'carne en el asador', sobre todo porque Napoleón llegó a Francia de forma triunfal, con cientos de miles de hombres a su servicio, incluyendo los de su antiguo mariscal de campo, Michel Ney, que salió a interceptar al corso pero que se encontró con la fidelidad de sus hombres al emperador.

Es por eso que la Royal Navy ha vuelto a lanzar sus barcos al mar, y a la HMS Circe se la ha destinado a labores de apoyo en el puerto de Brest. A mi juicio, muy personal, es poco menos que una tontería, ya que a 'Bueno-en-parte' no le queda flota que comandar, con sus mejores navíos en puerto, llenos de carcoma y de rincones silenciosos. 
"(...) de nuevo en la cabina de mi querida Circe (...)"
Pero toda excusa es buena para volver a disfrutar de la brisa marina, de la espuma en la cara y del viento en la jarcia.
Me siento como un guardiamarina en su primer destino, tanto que apenas he sufrido dolor al escalar hasta cubierta desde la falúa, siendo recibido con todos los honores por mis hombres, muchos de ellos antiguos tripulantes.

De nuevo en la cabina de mi querida Circe, no he podido dejar de acariciar sus viejas maderas como si terciopelo se tratase y he mirado extasiado por el ventanal el puerto de 'Pompey' como si del mismo paraíso se tratase, extasiado ante el panorama de naves de todo tipo y porte, un manto de madera y agua.

Quizás todo se trate de una cortina de humo. La guerra no será larga y por tanto mi futuro como capitán de navío es incierto. 
Más allá de las colinas me aguarda la soledad de mi casa de Wood Fields, en donde nadie me espera en el dintel de la puerta, con un buzón vacío de cartas inexistentes de amores y amigos que se esfumaron en la bruma del atardecer de la vida en la que me encuentro.

Pero la vida, y la felicidad, es un momento, y éste, a bordo de mi barco, es el mío, y ya nada ni nadie me lo arrebatará. 

lunes

La calma tras la tempestad

En Wood Fields (Hampshire), el 28 de octubre de 1814

El regreso a casa siempre sirve para despejarle a unos las ideas. Tras la tormenta llega la calma, decimos los hombres de mar, y bien es cierto que he creído en algunas travesías que la fragata se iba a partir por la mitad, y a la mañana siguiente el mar estaba tan en calma que uno de verdad se llegaba a preguntar si había vivido simplemente una pesadilla.

Esta mañana me he dado un paseo reparador. Aunque me muevo con dificultad y los dolores son intensos y agudos, tengo comprobado que es peor estar un día entero en cama rumiando mi angustia que tomar el bastón y pasear cuando el sol comienza a emerger. A la noche el dolor sigue siendo intenso, pero el haber disfrutado del aire libre hace que todo se vea diferente: se siente uno más vivo, por decirlo de alguna forma.

Sí, sé que había decidido dejar de escribir en mi diario. Pero como he dicho bastan unos días de calma y sosiego para reconciliarse un poco con la vida, sobre todo porque el escribir se convierte en poco menos que una necesidad, con este diario como un amigo paciente y que sabe oír, que no te juzgará por tus actos y te abandonará ante la oferta de un mejor postor.

Y es que estos días de paseos y reflexiones también sirven para que uno sea verdaderamente consciente de que las relaciones humanas en la sociedad dependen, en su mayoría, del grado de conveniencia del momento, y el que hoy se muestra como tu mejor aliado mañana pasará al lado de tu lápida sin mutar el gesto.

"(...) continúo en la soledad de mi retiro (...)"

Tras mi grave accidente y mi estancia en mi casa mientras me recupero de mis lesiones, el único que me acompaña es Vincenzo, que incluso es capaz de abandonar (temporalmente) a su familia mientras me acompaña en estos momentos en donde, todavía, no puedo valerme por mí mismo para acciones de lo más cotidianas como es el darse un baño.

La lista de personas que pueden decir que son o han sido mis amigos es larga, pero entre la distancia, las afrentas reales e inventadas, y decisiones egoístas como escribía antes, me han llevado a ser plenamente consciente de la futilidad de las promesas.

De este modo continúo en la soledad de mi retiro, leyendo las historietas del Weekley Meseger que me envían desde Londres para entretenerme, lejos de los temas más trascendentales, como la guerra y la política. 
Por supuesto tampoco me olvido de continuar las prácticas con mi fagot, momento que siempre aprovecha Vincenzo para ausentarse y podar así las flores del jardín.

Un intento de reconciliarme con la vida, a la espera de lo que me depare el incierto futuro, por ahora, lejos de las olas y vientos del mar. 

miércoles

Epílogo


La guerra terminó. Las tropas aliadas entraron triunfalmente en París y Bonaparte fue desterrado a la Isla de Elba, un pequeño trozo de tierra sin valor frente a la península de Italia. Tantos años de batallas, penas y alegrías, derrotas y victorias, gritos de euforia y de dolor, quedan ya en el olvido. La paz vuelve a 'reinar' en Europa. 

No cabe duda de que hemos vivido un periodo histórico. Un sólo hombre y su genio militar han tenido en vilo a millones de personas, y sólo una alianza entre los países más poderosos del continente ha conseguido acabar con este nuevo Alejandro, que a pesar de ser nuestro enemigo ha demostrado ser un émulo de Marte, un señor de la guerra cuyas tropas se han extendido de una forma imparable, como una plaga de ratones en una bodega repleta de grano.

Pero se acabó. La monarquía volverá a Francia mientras Napoleón se pudre en su retiro, y los hombres de mar y guerra como yo engordaremos y sacaremos brillo a nuestros sables para lucirnos en fiestas, en donde las batallas pasarán a ser recuerdos y anécdotas, recordando los buenos momentos y los amigos perdidos con nostalgia.

Un periodo histórico que he vivido inmerso en una nube negra de dolor y delirios. 

"... echamos los botes al agua..."
 El 20 de febrero, tal como relataba en la última página de mi diario, echamos los botes al agua para encontrar la mejor forma de cruzar las tropas de tierra a través del infierno de olas y espuma de la desembocadura del rio Adour.
Miles de 'langostas' esperaban en la orilla, atentos y tensos ante el espectáculo de ver un enjambre de pequeñas embarcaciones adentrarse en esa pesadilla blanca mientras desde las murallas de Bayona rezaban a Neptuno para lanzarnos a las profundidades y las rocas para encontrar nuestra perdición. Lo consiguieron en parte. 

El primero en intentarlo fue el capitán O'Reilly, del bergantín Lyra. Una ola levantó el pequeño bote y él y su tripulación saltaron por los aires. Afortunadamente todos llegaron sanos y salto a la costa. De reojo observé a mis hombres, todos marineros de primera que esperaban atentos con sus remos sin tocar agua. Sus rostros, a bordo de nuestro bote, eran inexpresivos.

Después le llegó el turno al teniente George Cheyne, del Woorlark. A punto estaba de ganar la costa en donde le esperaban las tropas de tierra cuando un fuerte ola hizo que el bote virase sin control, girase y volcase y se lo tragara un remolino sin que pudiéramos observar si alguno de sus hombres había sobrevivido al naufragio. Un suceso funesto que motivó que otros botes que se preparaban para intentar el cruce, se diesen la vuelta.

La desesperación parecía adueñarse de la flota, y ya veía las primeras señales en el tope del Porcupine, quizás ordenando el regreso y abortar la misión, cuando mis hombres comenzaron a lanzar 'hurras' ante mi sobresalto: allí estaba, timón en mano y gesto fiero, impoluto con su uniforme pese a la espuma que azotaba su rostro, mi primer oficial, Jack Byron, preparado y dispuesto a escribir otra página gloriosa en su carrera naval.

Su llegada a la orilla fue recibida por mil bocas que cantaban su gesta, y el rugido de la flota y la tropa se hizo extensivo a toda la desembocadura cuando mi teniente logró cruzar al primer grupo de soldados al otro lado del río sanos y a salvo. 

Esto espoleó el ánimo del resto de las embarcaciones, cuyos oficiales comenzaron a buscar la forma de imitar a mi teniente, siguiendo el rastro de su estela para hallar el camino en el laberinto mortal de agua que era el estuario, algunos con más fortuna que otros, pero sin apenas sufrir bajas en la tropa que, horas más tarde, ganaría Bayona.

Pero aún quedaba yo. Cuando ya me preparaba para tocar tierra una vez superadas las primeras dificultades, y ya distinguía los rostros de los hombres que nos esperaban en la isla, una ola terriblemente grande nos lanzó por los aires para convertir en negro la inmensidad blanca que me rodeaba.

Para cuando recobré la conciencia, me hallaba en una cama a la luz de una solitaria vela, sin percibir el vaivén de las olas y con el rostro enjuto y visiblemente aliviado de mi fiel sirviente, Vincenzo, que a pesar de ser duro como una maroma no puedo evitar una alegría desbordada que acabó con lágrimas en sus ojos.

Los recuerdos anteriores son sólo una nube negra de dolor y rostros fantasmales en la niebla que me hablaban constantemente sin que entendiera una maldita palabra. 
Pero lo peor de todo al recobrar el sentido fue no sentir nada. No podía moverme y la sensación de impotencia y angustia fue tal que Vincenzo llamó a voces a una persona que no reconocí y que me dio una buena dosis de láudano para que me tranquilizase.

Dos días después, dominada en parte mi desazón, apareció mi teniente Byron. Curiosamente, pese a que mi lucidez no era todavía completa, sí pude distinguir sus charreteras de capitán, por lo que sin saber muy bien aún qué ocurría le felicité por su ascenso con un balbuceo.
Con su habitual rostro pétreo, sin mostrar emoción alguna, me explicó cómo me rescataron del agua, medio ahogado y agarrado al resto de un madero del bote. Un par de hombres corrieron mi suerte. Del resto, a día de hoy, no se ha vuelto a saber.

Vincenzo me explicó que estuve dos semanas que parecía más muerto que vivo, con las piernas rotas, un par de vértebras también, y aún agua en mis pulmones.
Pero peor que el dolor lacerante a cada movimiento o la absoluta sensación de impotencia al estar atrapado en una cama y en una habitación de la que no pude salir, sintiéndome como un interno e Bedlam mientras me aseaban al no ser capaz de valerme por mí mismo, fue la absoluta sensación de soledad.

Durante el proceso de recuperación tuve demasiado tiempo para pensar, e hice repaso de todas aquellas personas que pasaron por mi vida dejando huella, algunas más visibles que otras, aprendiendo de todas y cada una ellas, de las alegrías y de las penas, empezando por mi querida y añorada Lively y pasando por otros tantos cuyos nombres no escribiré en esta página para que su recuerdo no acuda esta noche a mis sueños como murciélagos buscando insectos.

Una vez el médico a mi cargo consideró que me encontraba en mejores condiciones me trasladaron hasta mi casa en Wood Fields, de nuevo en compañía de Vincenzo, que me ayuda con todas las tareas del hogar, ya que aún no puedo moverme con facilidad y además mi mano derecha ha perdido parte de movilidad. El dolor en el pecho, como un gorgoteo cada vez que inspiro profundamente, continúa ahí.

Tras recibir la visita de un teniente de fragata, emisario del Almirantazgo desde Londres, que evaluó mi estado, días después recibí la temida carta de que ya no me consideran apto para el servicio. Con mucha palabrería que en estos momentos me resulta insultante, me informaban de que a partir de ahora formaré parte del "glorioso" grupo de pensionistas que vivirá de la limosna del país tras haber entregado a la patria los mejores años de mi vida y mi salud.


"... observo las suaves colinas de Hampshire..."

¿Y ahora qué? En estos momentos, mientras observo las suaves colinas de Hampshire extenderse bajo un cielo gris pálido, me doy cuenta de que todo ha dejado de tener sentido.

Mi vida era la Marina Real, y ya no formo parte de ella. Mis amigos me dejaron de lado y Lively, el amor de mi vida, es sólo un recuerdo que comienza a esfumarse en el recuerdo como un terrón de azúcar en el café.
Sólo Vincenzo sigue aquí, atento y cariñoso a su modo, pese a sus rudos modales tras toda una vida en alta mar.

Con el fin de la guerra y también el de mi carrera militar, y suponiendo un esfuerzo notable cada línea que escribo en este diario, creo que ha llegado el momento de cerrar la última página después de siete años reflejando con tinta y papel sentimientos de todo tipo, felices y tristes.
Tampoco sé qué haré con este diario, el diario de un oficial de marina sin gloria, que no le importa a nadie, sin valor, y que a buen seguro acabará cogiendo polvo en una estantería de mi casa, o bien ardiendo en la leña de mi chimenea en una noche en donde los efectos del alcohol derroten a la razón.

Así que me despido con estas líneas, sin mayor ceremonia, ante la incertidumbre del futuro, el peso del pasado y la realidad de un presente desalentador.

Capitán Vincent Richard Daniels, en Wood Fields (Hampshire), el miércoles 18 de septiembre de 1814.


martes

Desembarco

Frente a la desembocadura del río Adour, en Francia, el 11 de febrero de 1814. A bordo de la HMS Circe

La fragata da profundos cabeceos en estas aguas frías mientras el resto de la pequeña escuadra la imita bajo un cielo cargado de nubes gordas y grises como un manto de plomo. Escribo estas líneas observando la espuma de la desembocadura, surcada por botes de otras tripulaciones que sondean las aguas para valorar los riesgos de nuestra empresa.

Aún no hemos avistado el ejército de tierra, aunque mi teniente Byron realiza prácticas diarias alrededor de la fragata con los hombres más capaces y fuertes, pues considera que será fundamental a la hora de bogar en ese laberinto de remolinos y rocas en donde cualquier despiste es pase garantizado para Fiddler's Green.

En cuanto a mí estoy algo desconcertado aún por mi propio comportamiento, con todo el cuerpo dolorido y feos moretones en la cara que el cirujano de a bordo se ha limitado a curar sin hacer preguntas, pues si bien no es el mejor que uno se pueda encontrar en la flota, sí lleva muchos años embarcado y sabe muy bien cuándo mostrar discreción.

Todo ocurrió después de una noche en donde empecé a beber como si no hubiera un mañana. Me sentía solo y triste, en mi cabina, recordando a Lively, a amigos que ya no están, a un futuro incierto ahora que la guerra está cerca de concluir...; demasiada carga para un solo hombre que no tuvo más remedio en ese momento que buscar a la desesperada una vía de escape en forma de vino.

Sin embargo, con la obstinación de los borrachos, decidí que quería compañía femenina. Así de simple. Así de absurdo. Entre profundas reflexiones existencialistas, sólo quedaba el desahogo.

Demasiado tiempo a bordo. Un hombre tiene sus necesidades, y aunque en este sentido siempre he sido una persona que ha sabido mantener la compostura, rigiéndome por una absurda fidelidad a Lively pese a no saber en qué alcoba pasa cada noche, en este momento al que me refiero decidí que necesitaba desesperadamente contacto corporal y sentirme 'humano', dejar de lado por un momento las responsabilidades y la fachada de un capitán que tiene a su cargo la vida de cientos de hombres.

Así es que muy entrada la noche me vestí con ropas de civil, que siempre guardo en mi armario, y le pedí a Vincenzo que buscara hombres de confianza para llevarme a tierra.
Mi fiel sirviente nunca duerme hasta que oye mis ronquidos, y por supuesto estaba detrás de la puerta de mi cabina en cuanto la abrí. Estuvo cerca de decirme algo, pero con la boca abierta y la lámpara en la mano, la volvió a cerrar un par de veces, como un pez fuera del agua, y optó por callar ante el gesto de mi cara, que no creo que fuera digno de Whitehall en esos momentos.


"(...) el reflejo de una débil luna entre las nubes (...)"

Cuando salimos a cubierta apenas había luz. Instintivamente miré hacia las velas, sueltas y pálidas como un sudario mecido por el viento. El reflejo de una débil luna entre las nubes le daban un aspecto siniestro. Calma absoluta y ni una pizca de viento.
Tampoco vi a nadie de guardia. Lo único que se pudo oír fue una carcajada lejana en alguno de los navíos que nos acompañaban.
Vincenzo había hecho bien su trabajo.

Hacía algo de fresco, me estremecí y en seguida noté cómo me colocaban discretamente un capote por encima de mis hombros.
Descendí por el costado de babor hasta el chinchorro que ahí me esperaba. El propio Vincenzo subió a bordo. Unos hombres ocultos por las sombras de la noche esperaban. Los identifiqué al instante, me saludaron llevándose los nudillos a la frente y a lo orden de mi sirviente, el más veterano en esos momentos, el pequeño bote comenzó a bogar hacia tierra.

Tal silencio, tanta oscuridad y aquellas sombras observándome en el bote me hicieron creer en algún momento que estaba en el Río Aqueronte, y que la figura aferrada a la caña me pediría en cualquier momento el óbolo alargando su cadavérico brazo. 

Tan sumido estaban en estos pensamientos que me sobresalté al notar el roce de la arena con el casco. Acto seguido desembarcamos en la arena, y mientras algunos de mis hombres ocultaban el bote y se preparaban para la espera, yo me adentré en tierra acompañado por Paul, uno de los gavieros del mayor, francés monárquico por convicción y que me guió a través de la oscuridad y de los árboles hasta un pequeño pueblo no muy lejos de la costa. 

Antes detuve un instante a Paul para recordarle, si acaso era necesario, que cualquier falta de discreción por su parte de regreso a la Circe lo pagaría con conséquences fatales, y me tuvo que entender perfectamente, ya que tropezó un par de veces mientras continuamos el camino.

Llegamos a un conglomerado de casas de piedra que olía a leña. La caminata había hecho que los efectos del alcohol empezaran a disiparse, y por tanto comenzaba a arrepentirme de estar ahí, y cuando entramos en lo que parecía ser una especie de tasca habitada por varios hombres de aspecto sombrío, enfundados en abrigos de piel y miradas inquisidoras, ya me sentía completamente fresco.


"Llegamos a un conglomerado de casas de piedra que olían a leña."

Me sentaron en una mesa y me sirvieron en un vaso de barro algo parecido al vino. Mientras Paul hablaba con uno de los parroquianos, y tras unos minutos de tensa espera, el susodicho volvió a aparecer con una niña que no llegaría a los 15 años, ojos azules y muy grandes, trenzas y con un vestido azul deshilachado que le quedaba algo pequeño. Parecía una muñeca de trapo.

Cuando el grupo se acercaba hacia mí, oí perfectamente al hombre que acompañaba a Paul y a la niña decir en francés una cifra en guineas, y sentí de pronto tal náusea que vomité sobre la mesa todo lo que había bebido durante la noche y, sin pensármelo un momento y ante la barbaridad que ese tipo pensaba que yo estaba dispuesto a hacer, no tuve otra forma de mostrar mi disconformidad al respecto que partiéndole una de las sillas en la cabeza. Sus amigos respondieron en consecuencia, saltando contra mí mientras la niña salía corriendo y Paul acudía en auxilio de su capitán.

Tras algunos intercambios de impresiones, muy dolorosos, conseguimos escapar de allí de vuelta a la orilla perseguido por una auténtica horda de lugareños, algunos armados con hoces, palos, rastrillos y todo lo que pudieron encontrar, una huida que no fue fácil, ya que Paul fue herido por arma blanca y se desangraba sin que hubiera tiempo para cerrarle la fea herida que tenía debajo de la axila.
Afortunadamente los hombres de mi bote acudieron en nuestra ayuda cuando ya teníamos casi ganada la costa, armados con cabos y remos, y los lugareños huyeron como alma que lleva el diablo entre vítores de los míos.

Desde luego no me puedo sentir orgulloso. Ha sido una locura. 
Afortunadamente Paul se recupera, y según me cuenta Vincenzo su versión es que se cortó sin querer mientras limpiaba y pulía las armas de abordaje.
Por mi parte descarto cualquier intento de repetir semejante aventura, limitaré mis encuentros con la botella y optaré por dedicar más tiempo a la lectura y la escritura, por mi bien y el de mi tripulación.



miércoles

El río Adour

Frente a la desembocadura del río Adour, en Francia, el 22 de enero de 1814. A bordo de la HMS Circe

Comienza a oscurecer mientras veo perfectamente a través del ventanal cómo comienzan a encender las luces del 74 cañones Porcupine, donde he almorzado junto al contraalmirante Charles Vinicombe Penrose y su capitán de bandera, John Coode, así como otros oficiales de esta pequeña flota improvisada que fondea frente a la desembocadura del río Adour.

En un ambiente distendido, y a falta de una reunión más formal que tendrá lugar dentro de una semana, el contraalmirante nos ha informado de los motivos de este particular encuentro de embarcaciones, en su mayor parte, de escaso tamaño, en donde el Porcupine y la propia Circe, con sus 28 cañones, son las naves de mayor potencial ofensivo.


"(...) particular encuentro de embarcaciones de escaso tampaño (...)"

El contraalmirante nos ha explicado por encima nuestra misión, en la cual está puesto "el honor de toda la armada", ha llegado a asegurar superado el cuarto brindis por el Rey.

El ejército francés sigue retrocediendo, y aunque se encuentra con dos frentes, el formado por ingleses, españoles y portugueses llegando desde el sur, y la coalición del norte con austro-húngaros y rusos envalentonados tras la victoria en Leipzig, sigue siendo igual de peligroso, ya que nos informan de que Napoleón cuenta con cerca de 80.000 hombres, a los que hay que sumar los cerca de 50.000 del mariscal Soult, enfrente de nuestras mismas narices tras ser rechazados de la península ibérica.

Es por ello que el general Wellesley ha marcado en rojo en su campaña la toma de la ciudad fortificada de Bayona, pieza clave para nuestro avance hacia París, para lo cual es fundamental el cruce del río Adour: Es ahí en donde entramos nosotros, la armada.

"Señores, el futuro de Inglaterra está en nuestras manos". Es difícil mantener la compostura, y más aún cuando has acabado con varias botellas de la mejor despensa del capitán Coode, pero he de decir que ante estas palabras pomposas fui capaz de levantar mi copa y sonreír con complicidad, mirando de reojo a mi teniente Byron, cuya gesto inexpresivo y falto de humanidad hacía desaparecer de golpe toda hilaridad que pudiera haber producido en mí el alcohol.

Afortunadamente mantuvo la compostura, mucho más que el teniente Cheyne, del bergantín Woodlark, que se quedó dormido, o el capitán Elliot, del Martial, que comenzó a contar una interminable anécdota que fue ignorada sin que eso pareciera importarle, pues acabó con su perorata y riendo a carcajadas, haciendo caso omiso de la mirada asesina de Coode.


Ya en cubierta del 74, y tomando el fresco, el capitán O'Reilly, del bergantín Lyra, me contó que había oído que el general Wellesley está haciéndose con todo lo que flota en muchos kilómetros a la redonda, por las buenas y por las malas, para hacer pasar así a sus hombres al otro lado del Adour y tomar por sorpresa Bayona, que según cuentan es una plaza perfectamente preparada para resistir un largo asedio.

"(...) existe el riesgo de volcar en estas peligrosas aguas".
El problema de este plan es que el cruce no será fácil. La desembocadura tiene bancos de arena y en los tres días que llevamos aquí el oleaje hará muy complicado el cruzarlo de una ribera a otra, para lo que hará falta embarcaciones de escaso calado, ya que existe el riesgo de volcar en estas peligrosas y traicioneras aguas.

Ahora en mi cabina escribo tranquilamente estas páginas mientras me tomo una taza de café y me preparo para cenar algo y dormir, contento de poder disfrutar de algo de acción tras varios días de aburrimiento a bordo de la fragata, dedicado a dar mis pasos por el alcázar ante la mirada divertida de mis hombres.

San Sebastián

En Brest, el 8 de enero de 1814. A bordo de la HMS Circe. 

Mi lealtad a mi país y a mi rey es inquebrantable, pero ciertamente puedo decir que esta semana he sido sometido a una dura prueba, y no me pronunciaré más sobre mis sentimientos por si este diario llega a malas manos.

Tal como esperaba la flota de transportes llegó a las costas españolas sin problemas, concretamente en el puerto de San Sebastián, bella ciudad que, para mi sorpresa, presentaba un aspecto espeluznante, más propio del Apocalipsis.

A pesar de que esperaba ser recibido como un héroe después de que las tropas inglesas y portuguesas tomasen la plaza a los franceses en septiembre del año pasado, nos hemos encontrados con una población hostil, que si bien se ha mostrado respetuosa en las formas, dicen que los ojos son el espejo del alma, y es cierto que hay miradas que, si fuera posible, matarían.

Habíamos comenzado a mover el cabestrante cuando avistamos un bote llegando desde tierra firme y a bordo un cabo con órdenes del general Graham para impedir que la tropa desembarcase en la ciudad y lo hiciera en un lugar más apartado. Afortunadamente conozco un lugar, una cala en Murguita, no lejos de San Sebastián, en la que ya estuve hace varios años.

Invité al cabo a mi cabina para tomar un clarete y tratar de averiguar así el misterioso cambio de planes, y tras un par de brindis por el rey y por la victoria ante los franceses, se le fue desatando la lengua hasta que me fue contando con detalle los pormenores que han convertido a San Sebastián en un yermo de madera quemada y resentimiento.

Con el 'langosta' de nuevo en el bote (al tercer intento) y la Circe con las velas desplegadas y proa a Murguita, y tras pasear por el alcázar sumido en profundas reflexiones, relaté al teniente Byron el escalofriante relato del cabo, y a pesar de que Jack es comedido a la hora de expresar sus sentimientos, no pudo evitar que su mirada se ensombreciese e incluso blasfemase en un susurro, lo que ignoré al comprender que la impotencia le embargaba, como era mi propio caso.

Los franceses ofrecieron una dura resistencia cuando las tropas de Graham llegaron a San Sebastián. Tuvieron que pasar muchos días hasta que se retiraron. Relataba el cabo que tan duro fue el asedio que tomada la ciudad la tropa la emprendió con los propios españoles, que salían a saludar a sus 'héroes' recibiendo como respuesta disparos y golpes. El cabo, que estuvo presente, contó que unos portugueses encontraron un almacén atestado de vino, repartido entre la tropa que, ebria, se comportó como una masa salvaje que se dejó llevar por una espiral de destrucción.

Las mujeres, de todas las edades, no se salvaron de esta locura, tomadas en cualquier lugar ante la mirada atónita de los oficiales, que, juraba el cabo, intentaba una y otra vez impedir la masacre pero con escaso éxito.



"los franceses ofrecieron una dura resistencia"


Pero lo peor estaba por llegar, ya que un incendio se propagó sin que nadie tomara un cubo de agua para aplacarlo, y las llamas consumieron la práctica totalidad de la ciudad, cientos de casas, librándose, y aquí el cabo se sonrojó y no fue por culpa únicamente del vino, la calle Trinidad, curiosamente donde los oficiales ingleses habían situado sus residencias.

Una semana duró esta episodio que parecía rememorar la toma de Jerusalén por los cruzados, un ejemplo más de la barbarie de la guerra y del hilo fino, finísimo, que separa la gloria de la batalla de los más bajos instintos humanos, la peor versión del hombre.

Escribo estas letras mientras la Circe cabecea suavemente frente a la ciudad de Brest, con la flota en funciones de bloqueo y a la espera de nuevas órdenes, viendo en mis sueños una ciudad envuelta en una niebla roja y amarilla sumida en los gritos desesperados de los inocentes.

jueves

El espejo no miente

En playmouth, el 19 de diciembre de 1813. A bordo de la HMS Circe

Mis hombres trabajan duro para zarpar cuanto antes. No hay un minuto que perder. El alto mando quiere poner 1.000 hombres en la costa española antes de dos semanas, ya que sospecha que Napoleón acelera sus negociaciones con el rey de España de cara a un tratado de paz que le asegure un frente menos en los múltiples que tiene abiertos, y nada menos que el comandado por el General Wellesley. 

Por mi veteranía como capitán de navío, pese a comandar una nave de sólo 28 cañones y que muchos osarían llamar vieja y obsoleta (nunca en mi presencia, por supuesto), me han encomendado el mando de la expedición, de la cual no creo que haya problemas, ya que consistirá en escoltar una decena de transportes hasta el puerto español de San Sebastián, una travesía en donde la única preocupación será el estado del mar, ya que con Francia prácticamente acorralada en su terreno no espero oposición militar.

Vuelvo a contar con mi segundo de abordo, el teniente Jack Byron, cuyo carácter, con ínfulas de almirante desde que abrió los ojos (apostaría que aún en el seno de su madre), le han impedido avanzar más rápido en la jerarquía naval, y eso con un noble apellido en su hoja de servicio, lo que por otra parte es un alivio para un servidor al contar con un hombre de garantías a mi derecha.

Por este motivo no me sorprendió ver todo casi preparado al llegar a bordo de la fragata tras mis días de reposo en Wood Fields. Estoy seguro de que Byron situó en la cofa a un hombre con el cometido de avistar mi llegada, avisar a cubierta y disponer todo para que no encontrara ningún fallo en el inmaculado estado de la tripulación, una cubierta limpia como el alma de un recién nacido y los cañones brillando para pasar revista ante el mismísimo Rey.

"(...) no me sorprendió ver que casi todo estaba preparado al llegar a la fragata (...) 


Tras estrecharle la mano, lo primero que hizo fue darme un breve informe de la situación en el barco mientras yo observaba atentamente a todos los hombres, oficiales, marineros y tropa de a bordo, tras lo cual le invité a mi cabina, en donde hablamos algo más relajados sobre nuestros días de asueto, pero con mi teniente, como siempre, alerta a no decir una una palabra que pudiera delatar su verdadera forma de pensar, ya que Jack es muy reservado.

En estos momentos, mientras escribo estas líneas, tomo el café que me acaba de servir Vincenzo, como siempre contento de volver a la mar tras haber disfrutado de la familia y sus infinitos hijos en la campiña inglesa, oyendo de fondo el cargar y descargar de todo tipo de provisiones y repuestos que el mismo Byron se ha encargado de gestionar, ya que además de ser un hombre de recursos, su fuerte carácter y, sobre todo, su venganza, son de sobras conocidas por todos los responsables del material desde Devon a Liverpool.

También he mantenido reuniones con el condestable para hablar de las provisiones de pólvora, con el jefe carpintero para saber si tenemos todo lo necesario a bordo en lo relativo a posibles averías, y pasando revista a los nuevos guardiamarinas puestos a mi cargo, jóvenes mozalbetes con ganas de gloria y con el sentimiento romántico de la guerra aún intacto.
Una mañana realmente ajetreada, pero productiva, qué duda cabe, lo que hace que el café sepa aún mejor y así, animado por que todo vaya viento en popa, me he permitido el lujo de comer unos pasteles que tenía reservados para altar mar y agasajar a mis suboficiales. 

Y ahora me temo que he de llamar al maestro velero, ya que al levantarme para volver a cubierta los botones de la chaqueta han saltado por los aires en mi intento de cerrarla, como si fuese una descarga de metralla sobre la cubierta del enemigo.

De este modo, y mirándome en el espejo de tamaño completo que me regaló el capitán Blessing tras nuestro incidente en Rogerswick, he podido ver mi lamentable estado de forma. Creo francamente que nunca antes había estado tan gordo. El uniforme no me cierra y el dolor en las rodillas y la espalda ha de deberse a eso.
Además miro mi rostro y no me gusta lo que me dice el espejo, que me habla de una persona de poco más de treinta años que aparenta más de cincuenta; un rostro lleno de arrugas, hinchado y una mirada carente de brillo y llena de lo que parece resignación.



"(...) con la espuma besándome la cara (...)"

Espero francamente que la navegación, con la espuma besándome la cara y el viento del este acariciándome el pelo mientras me agarro a un obenque durante la travesía, ya que no me ha gustado nada lo que he visto en el espejo. 

viernes

El bosque de los robles

En Wood Fields (Portsmouth), el 29 de noviembre de 1814.

He recibido órdenes de presentarme en Plymouth dentro de tres días, de nuevo destinado a la HMS Circe en labores de escolta de un convoy que desembarcará tropas en el norte de España para hacer presión sobre el ejército francés en su retirada a su territorio.
Napoleón, según mis últimas noticias, busca una salida airosa con el Rey Fernando para anular uno de los frentes y centrarse en la coalición de rusos, austriacos y demás que llega desde el norte dispuesto a arrasar desde Brest a Tolón.
En caso de que el gran Corso se salga con la suya, muchos serían los perjudicados, desde los españoles que claman venganza a nosotros, ya que nos veríamos obligados a retirarnos y buscar otro lugar por donde atacar Francia y 'pelear' con nuestros aliados por ser los primeros en alcanzar la gloria: París.

Amo el mar por encima de todas las cosas, pero también los pequeños placeres de tierra firme, y es por eso que antes de embarcarme decidí pasar el día de ayer en un pequeño bosque de robles centenarios, a unas horas de camino de mi casa, y hacia allá fui cargado con mi fagot dispuesto a relajarme con la intención de dar sentido a alguna melodía, tratando de recordar las clases del señor Volkan.

Tarde más de lo esperado en llegar a mi destino, y lo hice sin aliento. Bebí agua en un arroyo cercano y me senté debajo de uno de los hermosos y grandes árboles centenarios. Reflexioné sobre mi lamentable estado de forma, en gran parte debido a mi desmedido peso. Me he visto en la obligación de arreglar mi uniforme para poder encajar en él sin parecer un fantoche, y creo que tendré que plantearme el volver a dar mis 3.000 pasos sobre el alcázar de la Circe. Con estos pensamientos me quedé dormido al son del canto de un cuco que sonaba en la lejanía.

"... me senté debajo de uno de los hermosos y grandes árboles centenarios..."

Desperté con el cambio de viento. Los marinos somos capaces de dormir profundamente y abrir los ojos ante circunstancias de este tipo, totalmente despejado, como si llevara despierto desde mi llegada. Comprobé echando un vistazo a la posición del sol que había pasado el mediodía, y que el viento había rolado, suavemente, dirección sur. Calculé de manera automática cuánto tardaríamos en llegar con este viento a la costa española, y tras repasar mentalmente las notas y quedar satisfecho con el resultado, armé el fagot y comencé a tocar con el único acompañamiento del susurro de las hojas y el chirriar de algún insecto en busca de compañía.

Es curioso que eligiera el fagot para adentrarme en el mundo de la música, un instrumento que por sí solo es poco brillante, dependiendo sobre todo de sus acompañantes, casi siempre el clarinete y el oboe cuando de tríos se trata, aportando esa 'nota' melancólica y quizás triste de una sinfonía.

Dicen que los animales se parecen a sus dueños, y quizás con los instrumentos pasa algo parecido. Soy una persona que no gusta de destacar en las reuniones, siempre en un segundo plano, un mero espectador, más amigo de colaborar con el grupo en vez de tomar la iniciativa. Quizás por eso sigo al mando de una fragata de 28 cañones y no comando un navío de línea.
Y eso sin contar con la eterna tristeza que me embarga y que sólo a ratos logro esconder, como la basura debajo de la alfombra, y sobre todo en el alcázar de mi barco, en donde trato de compensar esa falta de energía y carisma con ira y agresividad, lo que también le hace uno ganarse si no el respeto, el temor de la tripulación, válido a la hora de que sepan quién es el subordinado.

Tras hacer una pausa en mi ejercicio de improvisación y comer vorazmente la viandas que traía en mi zurrón, como si no hubiera un mañana, volví a dormir, relajado, con la tripa llena, bien agarrado a mi fagot, como cuando era guardiamaria y lo hacía aferrado a un trozo de queso o cecina por si mis compañeros de camareta quisieran paliar su hambre a costa de la mía.

Desperté con el sol cayendo más allá de las colinas y emprendí el camino de vuelta a paso ligero, ya que no es bueno andar por ciertos caminos de noche, y menos cuando me había dejado el sable y mis pistolas en casa al ir demasiado cargado de peso.
Afortunadamente la vuelta a casa no trajo novedad alguna, ya que no me crucé con nadie, acompañado por las estrellas que comenzaban a brotar en el cielo como caracoles tras la lluvia, amenizando el camino recitando de memoria los nombres de las constelaciones y pidiendo deseos a las estrellas fugaces.

"(...) recitando de memoria los nombres de las constelaciones (...)"

Una vez bajo mi techo, comí las sobras de mis provisiones disfrutando del chirriar de los grillos en el porche, pensando en seres queridos que ya no están pero que lo siguen siendo, combates pasados, perdidos y ganados, mientras volvía a tomar el fagot para improvisar algunas notas que sonaban como el ronquido de un gigante en la soledad de la noche.

Tras tomar un baño me fui al lecho, añorando ser mecido por las olas del mar, pero satisfecho y agotado tras un largo día de dulce soledad, de amor propio y paz.

Vuelta a Greenwich

En Dorset Street, el 25 de octubre de 1813. Londres.

Al disfrutar aún de mis días de descanso, decidí viajar a la capital, Londres, en donde he dedicado un par de días a caminar por la ribera del Támesis y por uno de mis lugares favoritos, los jardines del observatorio de Greenwich. He estado horas viendo pasar barcos de todo tipo y porte mientras imaginaba desde qué parte del mundo vendrían, o hacia dónde irían.

"He estado horas viendo pasar barcos de todo tipo y y porte"
No he podido evitar pensar en Lively, pues por aquí paseábamos cuando parecía que nuestras vidas
estaban ligadas para siempre. En un banco bajo un sauce una mirada; un roce descuidado de nuestras manos junto al estanque de los patos; la manzana acaramelada más dulce aún con ella cogida del brazo; la fragancia de la Dama de Noche cuando el sol comenzaba a ocultarse más allá de Whitehall; el sonido de un violín entre los árboles mientras bailábamos en la hierba. Una sucesión de recuerdos que se convertían en agujas incandescentes en la nuca.

¿Hacia dónde viajarán los barcos que surcan el Támesis? Pero la pregunta que a veces me obsesiona sin poder remediarlo es ¿dónde está Lively?
Reconozco que nuestros últimos encuentros, en nada poéticos y agradables, me han empujado de una forma sutil pero firme hacia una resignación que comienza a convertirse en hábito, en algo que no es forzado y que simplemente se convierte en asumir una realidad: ya no significo nada para Lively.
Trato de no pensar en ello en exceso. De hecho hacía mucho que no me castigaba de esa forma, pero eran demasiados los recuerdos que me asaltaban como astillas en cubierta durante una batalla para poder esquivarlas todas.

Pensamientos funestos que contrastaban con una alocada algarabía por las calles de Londres de regreso a mi pequeño hotel en Dorset Street.
De repente todo eran ¡hurras! sin que yo supiera aacertar el motivo, hasta que logré enterarme de la razón: Napoleón ha sido derrotado en Leipzig y se retira hacia Francia.
A la carrera y provocando la risa de algún transeúnte, llegué a mi club para conocer más sobre la batalla, pero los datos eran imprecisos. Según parece un potente ejército de la coalición se enfrentó al corso en Alemania, en donde reagrupaba filas tras sus fracasos en España y Rusia.
A pesar de que el número de sus hombres era inferior (se habla de cientos de miles de hombres en las filas aliadas) mantuvo contra las cuerdas a su enemigo todo lo que pudo y más, hasta que el propio desgaste de hombres le obligó a volver hacia Francia, en donde acabará todo.
"Le obligó a volver a Francia, donde acabará todo"

¿Buena o mala noticia? Qué duda cabe de que me alegro por todos aquellos que volverán a encontrarse con los suyos y de los que dejarán de sufrir, que serán millones.

Sin embargo, soy un hombre de guerra que sin guerra no tiene sentido, y por mucho que el sufrimiento ajeno y el dolor tendrán su punto final cuando Napoleón arríe su bandera, no puedo dejar de pensar que cuál será la utilidad de un mosquete que no ha de disparar.

Reflexiones a altas horas de la noche a la luz de una pequeña vela en un escritorio de Dorset Street.