jueves

Carta desde España

En el puerto de Karlskrona (Suecia), el 27 de noviembre de 1808. A bordo de la HMS Circe

Llueve como si todos los ángeles del cielo estuvieran meando sobre nosotros.
Además, hace un frío de mil demonios, y cada gota de agua que le alcanza a uno es un alfiler helado que sientes en la mismísima espina dorsal.
A través del ventanal puedo ver, algo borrosa, la silueta del HMS Victory, orgullo de la Armada de Su Majestad, atalaya desde donde Lord Nelson dirigió a nuestros navíos hacia el triunfo ante la escuadra franco-española en Trafalgar: ahora sólo parece un perro apaleado y mojado bajo la lluvia.

No sé si estará a bordo Saumarez.
Obviamente la actividad en cubierta es nula. Pero no me importa. Lo importante es que he recibido su permiso para realizar una misión de crucero de dos semanas en el Báltico, por lo que volveremos al mar a la búsqueda de suculentas presas que nos alegren estos días grises.
Por supuesto, qué duda cabe de que nuestro vicealmirante saldrá ganando, ya que con su escuadra anclada y sin poco o nada que hacer, nuestra fragata, en el caso de que el viaje sea un éxito, le reportará su parte correspondiente, ya que de los botines todos se llevan su parte, empezando por los que mandan.

El caso es que tengo previsto zarpar en uno o dos días, dependiendo de que la condiciones climatológicas sean todo lo buenas que permita este mar.
También he de enviar una carta que la he dejado a medio escribir para don Ricardo, del cual recibí noticias antes de ayer.
Fue una gran alegría, qué duda cabe, ya que pasé con él buenos momentos, con multitud de interesantes y sanos debates sobre nuestros respectivos países, siempre amparados en la cordialidad y, por qué no decirlo, con una botella de vino al alcance de la mano.

En su misiva me hablaba sobre todo del estado en el que se encuentra la guerra en España, con cierto tono de preocupación.
Desde Tudela (reconozco que no tengo la menor idea de dónde demonios se encuentra) me escribía para decirme que después de la esperanzadora toma de Logroño y el posterior despliegue de las fuerzas españolas, Castaños, Joachim Blake y compañía no pueden ocultar su preocupación, ya que más allá de los Pirineos llegan noticias de movimientos de tropas francesas, y es un rumor gritado a voces que el mismísimo Napoleón está al frente de su Grande Armée para acabar de una vez con esos españoles que se le están subiendo a las barbas.
¡Napoleón en España! Desde luego ha de ver un panorama realmente negro para ponerse él mismo al frente de sus tropas.

Le escribiré una carta para desearle suerte, e intentaré hacerlo en español, o al menos, buena parte de ella después de las lecciones que me daba en nuestros viajes por la costa gallega, en el alcázar y con algunos de mis hombres observándome con cara de asombro.
Insisto en que personalmente me causó una gran impresión, ya que es todo un caballero, y me encantaba invitarlo a cenar cuando coincidía con oficiales de otros navíos, que le observaban realmente sorprendidos, como si en vez de esperar un señor de finos modales y un inglés cada vez más tolerable, se esperasen encontrar un pueblerino con barba de una semana y cejijunto.

Pobres estúpidos. Ellos y sus estereotipos, y el de todos, en definitiva, sean de la nación que sean, ya que opino que no hay que fiarse de los colores de la bandera, las costumbres o el color del cabello y la piel, ya que lo mismo te mata una bala de un cañón inglés, que el de un francés, español, ruso o danés.
Hay que ser respetuoso por encima de todo.

En fin. Después de esta pequeña reflexión, terminaré de escribir la carta a don Ricardo y subiré a cubierta para comprobar que los preparativos para zarpar van por buen camino.

De momento sigue lloviendo.

El bosque de Harstop

En Karlskrona, Suecia, el 20 de noviembre de 1808. En una habitación en la calle Stortorget.

Todavía me cuesta controlar los temblores, y no es precisamente a causa del frío. Me avergüenza reconocerlo, incluso en este diario mío, personal, que teóricamente no leerá nadie (a lo sumo quizás lo haga alguien una vez esté dando de comer a los gusanos).
Pero es así, tiemblo de miedo, y no me tranquiliza el mirar a través de la ventana y observar la calle solitaria, oscura, con un cielo sin estrellas, y una suave neblina que se arrastra por el suelo como un moribundo.

Ocurrió hace tres noches, pero cuando el cielo se oculta vuelvo a sentir un escalofrío, y parezco estúpido cuando me meto en la cama con la pistola bien cerca, atento a cualquier ruido que surja del silencio, y con la manta a la altura de la nariz.
Yo, ¡un oficial del Rey! Es ciertamente bochornoso.
Tal como explicaba, me encontraba tomando un extraño brebaje en una posada (en una calle de nombre impronunciable) que aquí llaman Glogg.
No suelen prepararla diariamente, pero el dueño, al ver mi uniforme, la sirvió especialmente para mí, a base de vino, muy fuerte, y todo tipo de tropezones flotantes que me tragué lentamente para no ser descortés con mi anfitrión.

Conforme fueron pasando las horas, el tal Glogg no me resultó tan desagradable, y hasta llegó un momento donde el intento de identificar dichos tropezones dejó de ser importante. Me limitaba a beber, dejando que mi vista se nublara, rumiando mis penas, recordando a los amigos, echando de menos a Lively.
Cuando estaba a punto de dar un cabezazo a la mesa, el ruido de la puerta al abrirse, una sonoras carcajadas y una fría corriente de aire me despertaron de mi ensimismamiento.

El teniente Byron estaba acompañado por otros dos oficiales, uno de ellos de infantería, y me saludaron cortésmente, tratando de recomponerse, aunque estaba claro que su estado de embriaguez era comparable al mío. Me los presentó y al momento tuve que dar permiso para que se sentaran, porque sirvieron una ronda y empezaron a contar batallitas.
Sólo se interrumpían para reírse de forma escandalosa.

Cuando ya me disponía a marcharme llegó el momento de la fatídica decisión.
Jack, sin borrar la sonrisa de su cara, afirmó que esa misma mañana había podido hablar con el cirujano del Implacable, el cual le contó que durante la noche anterior había estado en el bosque de Harstop, al norte de Karlskrona, a la búsqueda de un alce, ya que nunca ha visto uno.
El caso es que, y Jack aquí se reía mostrando sus perfectos y bien alineados dientes, el "matasanos" había huido despavorido al sentirse observado por presencias, "¡presencias!", repitió una y otra vez mi teniente con lágrimas en los ojos.

No sé cómo me dejé convencer, pero antes de darme cuenta ya íbamos camino de Harstop, a lomos de cuatro burros, lo único que pudimos encontrar a tales horas de la noche gracias a la intervención del posadero, que conocía a un amigo que no pondría reparos en cedérnoslos gracias a una interesante suma de dinero. Además nos prestó mantas bien gordas para combatir el gélido viento nocturno.
No sé si fue este último, el abrumador silencio de las calles abandonadas de Karskrona o una extraña sensación en el estómago que me advertía que no siguiera adelante, pero el caso es que cada vez me sentía más despierto, y empezaba a ser consciente de que era una locura lo que estábamos haciendo.

Tras dejar atrás las leves luces de la ciudad, comenzamos a adentrarnos por un camino donde, obviamente, no había un alma.
De vez en cuando nos sobresaltábamos al notar que algo se movía más allá de los matorrales, por lo que las risas de Jack y sus amigos se fueron apagando hasta que divisamos, iluminados levemente por una luna enorme, las puntas de los abetos del bosque de Harstop, que como estacas de empalamiento aguardaban nuestra llegada.

Tras abandonar las monturas, empezamos a andar por el bosque, de una quietud que imponía respeto.
Empezó a nevar, con copos que caían suavemente sobre nosotros, como luciérnagas, hasta que el viento comenzó a soplar, haciendo que el roce de las copas de los árboles más parecieran susurros de demonios que algo natural.
En esos momentos uno recuerda perfectamente todas y cada una de las leyendas que de pequeño nos contaban nuestras abuelas para evitar que nos alejáramos demasiado de la casa: como la de los muertos que vuelven de la tumba para visitar de nuevo a sus seres queridos; criaturas con alas de murciélago que te sacan los ojos cuando te dispones a dormir al aire libre: pequeños seres de orejas puntiagudas y afilados dientes que te observan a la espera de que te descuides; o los espíritus que le vuelven a uno loco al oír su quebrada voz.

El caso es que lo que durante el día son poco más que paparruchas, cuando la luz deja de existir y la inquietud se adueña de tu pecho, conviertes en ciertas todas estas leyendas, y sientes que cada ruido o sombra que logras percibir es una amenaza real.
De esta forma, no es extraño que transcurrido poco más de veinte minutos, y de forma involuntaria, estuviéramos los cuatro prácticamente espalda con espalda, como si en vez de en un bosque oscuro a altas horas de la noche, estuviéramos en la cubierta de un navío enemigo, defendiéndonos ante las acometidas de nuestros enemigos.

Y lo vi. No sé si los demás lo hicieron, pero yo lo vi.
El silencio era total, no se oía absolutamente nada, ¡nada!, y en un tronco con un enorme boquete que se perdía en las profundidades del árbol, observé lo que parecían dos ojos verdes que daban luz a un rostro blanco, sin nariz, con dientes afilados y sin pelo. Me miraba atentamente.
Tras unos segundos que me parecieron eternos, una mano huesuda y blanquecina apareció de la oscuridad, con uñas afiladas en la punta de unos dedos larguísimos, seguida al rato por su gemela.
La criatura empezó a salir del agujero sin dejar de posar sus ojos en mí.

Reaccioné. Tras gritar como un loco, emprendí la huida hacia el burro. Alguien intentó agarrarme por la espalda, solté el codo con furia y oí el sonido de huesos al romperse.
Sin subirme a mi montura, tomé las bridas y arrastré al asustado animal hasta más allá del bosque, para montar una vez me sentí más o menos seguro, sin volver la vista en ningún momento hasta que llegué a mi habitación en la calle Stortorget.

Insisto, a día de hoy aún me siento intranquilo cuando cae la noche.
Esta mañana escribí una carta para el teniente Byron, donde le informaba de que no volvería a tierra hasta nueva orden, y que no le revelara nuestra aventura absolutamente a nadie bajo amenaza de colgarlo de la verga del mayor.
Me respondió dando su conformidad absoluta, comunicándome de paso que el oficial Phillips Howard ya se encuentra mejor, aunque su nariz no volverá a tener el perfil griego de antaño.

En estos momentos, aún no sé que ocurrió esa noche, y me gustaría pensar que todo fue fruto de ese maldito brebaje sueco en una mezcla maldita con el terror.
El caso es que no me cabe la menor duda de que no volveré al bosque de Harstop para comprobarlo.

En tierra firme

En Karlskrona, el 13 de noviembre de 1808, en una habitación de la calle Stortorget

Karlskrona es una de las ciudades más importantes de Suecia, y se nota.
Ahora que se acerca el invierno, el puerto está completamente atestado de embarcaciones de todo tipo y porte.
Hace tres días que llegamos, y ha sido una tarea ardua encontrar un lugar donde echar el ancla de la Circe.
La verdad es que no tengo ni la menor idea de dónde van a ubicar la escuadra de Saumarez, que para colmo llegará con los navíos suecos, lo que podrán sumar una veintena de velas aproximadamente.

Nada más llegar, me reuní con el comandante del puerto, el señor Mats Näslund, que en un inglés correcto me dio la bienvenida y me informó de que dispondrían todo para recibir a la escuadra.
Aproveché la ocasión para rogarle que tuviera a bien encontrar una habitación donde poder instalarme, ya que después de tantos días en alta mar uno agradece el poder dormir en tierra firme.
Al final me indicó que acudiera a la calle Stortoget, ya que un primo suyo posee un edificio donde me podría instalar cómodamente.

Tras enviar un mensaje a mi primer oficial, donde le informaba de que dispusiera de lo necesario para los turnos de permiso para toda la dotación, me dirigí a la mencionada calle, acompañado de Vincenzo, cargado con mi baúl y maravillado por una ciudad donde se puede respirar el mar por todos sus costados.
Un mozalbete de apenas 12 años hizo de guía, señalando éste o aquel edificio mientras respondíamos con bobas sonrisas que denotaban nuestro limitado conocimiento del sueco.

Karlskrona es una ciudad que se adentra en el mar, y está dividida en varias islas, muchas de ellas unidas por puentes. No fue fácil llegar hasta el lugar destinado a la fragata, ya que son tantas estas islas que tuvimos que navegar con mucho cuidado. Afortunadamente pudimos contar con un eficiente práctico sueco al timón, de unos 102 años seguramente y que hablaba con gran alegría sin que nadie en el alcázar entendiera una sola palabra de lo que decía.
Las defensas de la ciudad son admirables, con baterías que controlan perfectamente la entrada al puerto, y un arsenal y astillero donde no deja de oírse el repicar de los martillos.

Uno ve a los suecos y se da cuenta de por qué cuando sus antepasados se embarcaban en los célebres drakkars arrasaban las costas inglesas.
Hasta las mujeres son más altas que yo, y aunque me puedo jactar de no ser precisamente bajo, me siento intimidado cuando vamos por las calles más atestadas, rodeados por estos gigantes rubios que, eso sí, me saludan amablemente al reconocer mi uniforme inglés.

La habitación en sí no es nada del otro mundo, pero tiene lo necesario, con cama, armario, escritorio (desde donde puedo ver, a través de la ventana, un bello edificio de muros amarillos) y, lo más importante, un brasero que mantiene la habitación a buena temperatura.

No cabe duda de que me hacía falta descansar un poco y poder disfrutar de un poco de tranquilidad e intimidad, ya que esto último, en una fragata, es siempre algo muy relativo.
No obstante, aprovecharé estos días para pasear y conocer más a fondo la ciudad.
Ahora me tumbaré y dormiré un poco.
Será extraño no sentir el vaivén de la Circe.

Heldige

En alta mar, en la madrudaga del 5 de noviembre 1808. En el Báltico, a bordo de la HMS Circe.

Ha sido emocionante. Eso no puedo negarlo.
Después del aburrimiento de semanas frente al puerto de Rogerswick, sin la menor emoción, reconozco que lo de hoy ha sido muy interesante a pesar de que, en términos prácticos, resulte ser un completo fracaso.

En la tarde de ayer, largaron señal de subir a bordo del HMS Victory.
Con poca ceremonia, nuestro vicealmirante James Saumarez, sin levantar la mirada de un montón de papeles que tenía sobre el escritorio, me entregó una hoja con mis nuevas órdenes para, a continuación, dar permiso para retirarme.
Ya a bordo de mi fragata, la leí atentamente para comprobar, no sin cierto disgusto, que nuestra misión simplemente consistía en poner rumbo a Karlskrona para dar aviso de que los buques ingleses de la combinada levantaban el bloqueo.
Las malas condiciones climatológicas y el hecho de que es imposible que la flota rusa zarpe, han terminado de echar abajo la voluntad inquebrantable de Saumarez.

Esta mañana, con las primeras luces del alba, la Circe ya estaba en marcha rumbo suroeste, con la tripulación y, por qué no decirlo, hasta mis propios oficiales, contentos ante la perspectiva de poder pisar por fin tierra.
Durante toda la mañana he estado en el alcázar, observando la fragata navegar por este frío y peligroso mar, dando suaves cabezazos, con la jarcia bien tensa y dejando que la espuma me acariciara la cara.
Mis tenientes Lawyer y Byron me han acompañado durante tan dulce travesía, y los tres nos hemos mantenido en silencio, disfrutando del espectáculo de nuestra pirámide de velas.
Después de que sonara Hearts of Oak, nos fuimos a comer, yo solo en mi cabina, y tras un poco de práctica con mi fagot (que al día siguiente de arrojarlo por el ventanal apareció en mi cabina), me tumbé en el coy para leer un poco. Un par de páginas después ya estaba dormido.

Cómo no, fue Vincenzo el que me despertó, y cuando logré enfocar pude ver en la puerta al señor Bullet. Me informaba de que el teniente Byron, en cubierta, me presentaba sus respetos y me rogaba que me encontrara con él cuanto antes.
Conozo a Jack, y él me conoce a mí, por lo que deduje al momento que debía de tratarse de algo importante.
En un par de zancadas el frío del Báltico me azotó en la cara mientras Vincenzo hacía malarabarismos para ponerme el capote del mal tiempo.

"Por la amura de estribor señor. Al menos quince velas. Han virado en cuanto nos han visto".
Tomé su catalejo de las manos y trepé al tope. Cuando llegué, resoplando por el esfuerzo, dirigí la lente hacia el lugar donde me señalaba Byron (que subió conmigo pero teniendo la cortesía de no llegar primero).
En efecto, al menos quince embarcaciones, y su huida era la mejor de las señales.
Por fuerza debería de tratarse de un convoy danés. La solución a mis problemas económicos estaba justo enfrente.

Ordené tocar a zafarrancho, y de nuevo en el alcázar me dispuse a hacer cálculos con mis oficiales para averiguar cuánto tiempo tardaríamos en darles caza.
Aunque ganaban el barlovento, la Circe se encontraba en una inmejorable situación para ceñir, por lo que de maniobrar con acierto podríamos hacer andar a la fragata por lo menos a 13 nudos.
Y así fue. La Circe volaba, y los marineros, algunos con muchas bocas que alimentar en nuestro país, gritaban hurras al ver que acortábamos distancia a una velocidad pasmosa.

Todo era simplemente perfecto, hasta que el serviola dio el aviso de que una de las naves salía a nuestro encuentro.
La sorpresa fue total, y de nuevo tomé el catalejo para correr hacia la proa para comprobar quién nos salía al paso.
Tres palos, aparejo de bergatín. A lo sumo 12 cañones, y el pabellón danés ondeando con orgullo.
En definitiva, un juego de niños para nuestra fragata.
Pero, ¡ay!, nunca menosprecies a tu enemigo, y mucho menos en el mar.

Una acertadísima guiñada, seis balas de a buen seguro 12 libras que se nos echaban encima y una de ellas, en una probabildidad que está, sin exagerar, de una entre un millón, que impacta de lleno en el trinquete y lo parte por la mitad.
El crujido y el palo que se caía sobre bauprés fue lo que siguió, además de una bordada involuntaria por parte de la Circe al ser ya imposible continuar con nuestra ceñida.
Al rato, un carraspeo del señor Blond, oficial de derrota, me indicaba que tenía la boca abierta.

Ladré las órdenes pertinentes para repararlo cuanto antes, no sin antes enfocar de nuevo la lente sobre la popa del bergatín: Heldige.
El ayudante del herrero pasó muchos años como marinero en una embarcación danesa antes de la guerra, y tras reclamar su presencia me comunicó que significa 'Afortunado'.
No pude evitar sonreír.

Ahora es bien entrada la noche, y hace un buen rato que mis hombres lograron reparar el trinquete, el cual ha sufrido mucho en este viaje, por lo que habrá que cambiarlo por completo.
Tenía ganas de escribir estas líneas, ya que no quiero dejar abandonado, por mucho que el cansancio me anime a ello.
Lo que voy a hacer ahora es acostarme, descansar, y esperar a llegar a Karlskrona cuanto antes.
Quiero cumplir mi misión de dar informe sobre la llegada de Saumarez.
Después ya habrá tiempo para ir a la caza del Heldige.

miércoles

El señor Bullet

Frente al puerto de Rogerswick, en el Báltico, el 29 de octubre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Llevamos varios días con mal tiempo. Muy mal tiempo.
Conforme va llegando el invierno, las condiciones aquí, frente a la costa rusa, empeoran, y mantener el bloqueo nos está desgastando, y mucho.

Al margen del frío, que es cada vez más intenso (tengo en la enfermería los primeros casos de dedos congelados), el viento y el oleaje están causando problemas en los navíos más grandes, cuya capacidad de maniobra es limitada.
Esto, unido a que todavía no hay soltura en cuanto a la coordinación entre barcos suecos e ingleses, ha provocado que en los últimos días los casos de jarcias enredadas haya ido en aumento, hasta el punto de que antes de ayer el Uladislaffe y el Centaur chocaron frontalmente, con los dos baupreses echados a perder y el trinquete del navío inglés colgando por babor.

Según he podido oír, nuestro vicealmirante está de los nervios, ya que mientras la flota rusa continúa bien segura en puerto, con ninguna intención de zarpar y menos aún con el barómetro bajando a una velocidad de vértigo, nuestros barcos sufren muchos daños sin que sirva absolutamente para nada.
No sería extraño que pusiéramos proa a Karlskrona antes de una semana, ya que al menos allí podremos pisar tierra antes de que terminemos cañoneándonos unos a otros.

En cuanto a mí, poco a poco, repito, poco a poco, trato de superar la marcha del señor Red.
De hecho, hace tres días, el capitán Lukin, del Mars, me invitó a bordo de su 74 para consultarme si sería posible incluir en el libro del rol de la Circe a otro joven guardiamarina, ya que son tantos sus compromisos en Inglaterra que se vio obligado a aceptar a más aspirantes de lo que la camareta de su navío puede soportar.
De este modo, en la cabina de su navío se presentó este caballero, de 19 años.
Su aspecto, pese a la dureza de las condiciones aquí en el Báltico, es bastante sano, y me llama mucho la atención que está muy 'rellenito', algo extraño teniendo en cuenta el hambre que se pasa entre esos cuatro mamparos.
Aún recuerdo mis enfrentamientos por conseguir un trozo de queso en mis tiempos de guardiamarina. De hecho, la cicatriz que tengo entre ceja y ceja es fiel recuerdo de una de mis batallas perdidas por alimentar mi apetito.

Su nombre es John Bullet, y es muy educado y callado.
No obstante, cuando come se transforma, y esta misma mañana, en el desayuno al cual le invité en mi cabina, hizo gala de una voracidad asombrosa, hasta tal punto que mantuvimos un intenso duelo por comprobar quién acababa con el mayor número de huevos fritos. Creo que hasta gruñó.

El caso es que tendré que seguir atentamente su comportamiento a bordo, por lo que destinaré a Vincenzo, al cual le encanta todo aquello que tenga que ver con la vida ajena, para que se interese de sus avatares en la camareta.

Obviamente, el hueco dejado por el señor Red es imposible de llenar, ni siquiera por un cuerpo tan rechoncho como el del señor Bullet.

Carta al Almirante Daniels

A la atención del Almirante Daniels en Bedford. Inglaterra (escrita el 22 de octubre)

Querido padre:

Le pido mil perdones.
Como siempre, sabe que me gusta escribirle el día de su cumpleaños, pero en esta ocasión lo hago un día después, algo imperdonable y que le ruego que me disculpe.
Pero créame cuando le digo que no han sido momentos fáciles.
No hace ni cuatro días ocurrió algo horrible de lo que aún estoy afectado.

A bordo contábamos con la presencia de un joven guardiamarina, el señor Red, un jovencito realmente encantador, que desde el día que se enroló con nosotros en Portsmouth despertó todas mis simpatías.
Su aspecto, bastante delicado, siempre pálido, con ojeras, y una mirada de persona desvalida, despertó en mi un sentimiento paternal que desconocía y que me empujaba a estar pendiente de él día y noche.

Aunque soy un gran defensor de que lo que ocurre en la camareta de los guardiamarinas no es asunto mío, e incluso veo con buenos ojos que los más veteranos 'pongan a prueba' a los nuevos para que no se relajen y se habitúen a la vida a bordo, con el señor Red hice una excepción, y se lo presenté personalmente a sus compañeros, con la advertencia de que cualquier cosa que pudiera ocurrirle terminaría con el infractor colgado de los tobillos del tope.

Durante nuestro misión en el Báltico, le he invitado en varias ocasiones a comer en la cabina, y aunque apenas comía, ya que se limitaba a dar pequeños mordiscos de ratón y minúsculos sorbos a las copas, su presencia me agradaba, y le hablaba con amabilidad, preguntándole constantemente qué tal se encontraba, recibiendo como respuesta tímidas sonrisas.

Sin embargo, y sin previo aviso, el señor Red enfermó, justo el día después de nuestra aproximación al puerto de Rogerswick, cuando Saumarez pretendía quemar la flota rusa.
Aunque parecía un simple enfriamiento, el cirujano me informó de que su estado empeoraba a cada día que pasaba, y tal fue mi preocupación que pasé días y noches enteras junto a su coy, haciéndole compañía, leyéndole pasajes de mis novelas favoritas para su entretenimiento.

Pero una mañana que me encontraba en mi cabina, revisando las cartas de navegación junto a mis tenientes Lawer y Byron, el cirujano se presentó con una cara que lo decía todo, y tras un par de zancadas, apartando de mí todo lo que pudiera detener mi avance hacia la enfermería, me encontré con el rostro del señor Red, silenciado para siempre.
Tras un momento de estupor, y tras llamarlo inútilmente, me volví loco de rabia y dolor, y camino de mi cabina fui destrozando todo lo que encontraba ante la mirada horrorizada de mis hombres, que creían ver al mismo demonio en persona. Muchos fueron los que se santiguaron.

Después de mi ataque de furia, me invadió una profunda tristeza que me ha tenido enclaustrado en mi cabina durante todos estos días. Sólo salí de ella para enviar su cuerpo a las profundidades del Báltico, en una ceremonia donde apenas pude evitar que me brotaran las lágrimas de unos ojos que miraban con odio a cualquiera que se atreviera a observarme.

Hoy he sacado fuerzas de donde no las tengo para escribir estas líneas, y espero que sepa disculparme que no siga la tradición de redactarla el mismo día de su cumpleaños, celebración de la Batalla de Trafalgar hace tres años.
Precisamente nuestro vicealmirante celebró ayer en el mismísimo Victory una cena en su honor, a la cual me invitaron.
Me disculpé y no acudí, ¡con lo que me habría gustado haber participado en otra ocasión!, pero no tenía ni tengo ganas de socializar dadas las circunstancias.

En fin, querido padre. No me extiendo más.
Le felicito de nuevo, y espero que esta carta no llegue demasiado tarde.
Como siempre le ruego que tenga a bien dar un cariñoso beso a mi madre.
Sin otro particular se despide, suyo afectuoso

Capitán Daniels, a bordo de la HMS Circe, en el Báltico.

viernes

El concierto

Frente al puerto de Rogerswick, el 10 de octubre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Para vencer el tedio del bloqueo a la flota rusa, el capitán William Lukin, del Mars, no tuvo mejor ocurrencia que la de organizar un concierto donde participarían todos aquellos, en la flota, capaces de tocar los instrumentos correspondientes a la pieza musical elegida por sir James Saumarez, en su honor.
Nuestro vicealmirante vio con buenos ojos la iniciativa, y optó por una de Mozart, concretamente el tercer movimiento de la sublime 'Gran Partita'.

Ahí fue cuando comenzaron mis problemas.
Después de varios días de búsqueda de los músicos apropiados, mi teniente Jack Byron, que es incapaz de mantener el pico cerrado por mucho que le haya prevenido al respecto, comentó al primer oficial del Orion que yo tengo, en mi cabina, un fagot.
Precisamente el único instrumento que faltaba para formar la orquesta que tocaría en la gran cabina del Victory.

Mi experiencia con este instrumento se resumen a no más de una decena de clases con mi profesor de música, el señor Volkan, y alguna que otra práctica en alta mar cuando mi tiempo me lo permite.
Por tanto, soy plenamente consciente de que mi talento deja mucho que desear, e incluso llamarlo así, 'talento', es algo demasiado aventurado.

El caso es que, cuando corrí a buscarlo, casi me desmayo al preguntar a Vincenzo por él y recibir como respuesta que se "estaba secando".
Tras mantener la compostura mejor que en el alcázar cuando las balas vuelan sobre mi cabeza, le insté a mi sirviente a que me lo trajera de inmediato. Un minuto después ya lo tenía en mis manos.

Todo parecía en orden hasta que Vincenzo me informó que se había llenado de agua después del aguacero del otro día, pero que no me preocupara, que él, el carpintero y hasta el herrero de a bordo lo habían desmontado y vuelto a montar, limpiando con detenimiento cada parte del instrumento.
Tras un instante de duda, observando detenidamente el fagot por si fuera posible hacérselo tragar, le dejé marchar, aunque no me pude reprimir y le pateé el trasero justo cuando salía por la puerta.

Pero lo peor estaba por llegar.
El día señalado, acudimos a la cabina del buque insignia, todos con nuestras mejores galas, acompañado de mi primer oficial, el señor Lawyer. A Byron lo dejé de guardia el resto de la noche.
Nuestro vicealmirante nos recibió con gran educación, nos invitó a cenar, y tras disfrutar de la comida y la bebida (sobre todo esto último, ya que los nervios me impedían tomar bocado), llegó el momento del concierto.

Los primeros compases fueron bien, y los oficiales Dodds y Sieber demostraron ser auténticos maestros con el clarinete y el oboe respectivamente.
El capitán Lukin se encargó de llevar la batuta, mientras que por mi parte trataba de soplar discretamente, sin querer hacer más ruido del necesario.
Desgraciadamente, el señor Lukin se percató y me instó a que subiera el volumen señalándome con la batuta como si de una acusación se tratase. Para mala fortuna de todos accedí.

Aún no sé si lo peor fue mi poco virtuosismo o el chorro de agua que surgió de mi fagot y que alcanzó al contraalmirante Jackson en plena cara, pero lo cierto es que pasé una vergüenza horrorosa, siendo ya la guinda la mirada asesina que me dedicó Saumarez, al que le agarraba discretamente el capitán George Hope para que no se levantara y me arrojara por el ventanal.

De vuelta a la fragata, ya bien entrada la noche (subí por la escala de babor, para no llamar la atención), lancé el fagot al agua y me fui directamente al coy.
Sentía tanta vergüenza que no pude conciliar el sueño, y aún hoy no me he atrevido a salir a cubierta para exponerme a los ojos de toda la flota.

Eso sí, hace una hora, me ha llegado una carta del capitán Lukin en la que me daba las gracias por tomar parte ayer en el concierto. Además, me explicaba que sir Saumarez ha decidido que, hasta que termine el bloqueo, las piezas musicales que se toquen serán exclusivamente con instrumentos de cuerda.

jueves

Lavandería

Frente al puerto de Rogerswick, el 2 de octubre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Nuestro siempre querido y respetado vicealmirante está de un humor de perros.
Su intento de quemar la flota rusa fondeada en Rogerswick se ha quedado en eso, en un intento.
Según me han contado, lleva tres días sin querer hablar con nadie, y hay quien jura que por las noches se dedica a tirar al suelo todo lo que encuentra en el camino, y hasta aseguran que arrojó el escritorio por el ventanal de popa.
Por supuesto no está probado.

Después de que estuviera todo listo para lanzar los brulotes contra el puerto enemigo (el bergantín Erebus, el cúter Baltic y cinco veleros suecos), la Circe fue la encargada de inspeccionar el puerto enemigo, siempre con cuidado de no acercarnos demasiados a las baterías de tierra y a las de los costados en los buques enemigos.
Conforme nos acercábamos, con el sol asomando tímidamente en su despertar, y un suave oleaje que mecía la fragata en un vaivén sin brusquedad, mandé a mis mejores hombres a las vergas, listos para largar trapo por si ocurriera algún percance.
Sin embargo, los buques del almirante Hanickoff nada hicieron por ir a la caza debido a dos motivos de peso: el primero, porque a nuestra popa, y a no mucha distancia, se encontraba nuestra flota combinada, con un navío de tres puentes, el Victory, como amenaza; y segundo, y quizás más importante, porque el puerto se encontraba bien protegido por una barrera de embarcaciones inservibles que hacía imposible la entrada y salida de navíos.

De este modo la operación 'brulote' quedaba suspendida, y a nuestro regreso, a vista del buque insignia, enviamos un mensaje informando de la situación.
Para mi horror se me ordenaba subir a bordo del Victory, por lo que enseguida eché la lancha al mar para acudir raudo y veloz al encuentro con mi vicealmirante, que me recibió en el mismo alcázar, con cara de pocos amigos y reunido por la plana mayor, incluyendo el contraalmirante Hood, del Centaur.

"Informe Daniels, y déjese los adornos para las fiestas de sociedad".
La bienvenida me secó la garganta, y le expliqué la situación con la voz entrecortada, ante la mirada impasible de mi insigne público, todos guardando una distancia con Saumarez, que echaba chispas por los ojos.
"¿Absolutamente imposible, señor Daniels?"
Por el Rey y por mi puesto, le contesté, y tras un minuto de silencio (juro que no se oía ni una mosca. Todas las dotaciones de la escuadra parecían estar atentos a la cubierta del Victory), me dio permiso para retirarme y volver a mi fragata.

Para colmo de males, a la llegada de la noche, y con los ánimos por los suelos, cayó el aguacero más intenso que he visto en mi vida.
Era pasada la medianoche cuando, de repente, el Diluvio pareció desastarse, en lo que era una auténtica manta de agua que nos impedía ver a más de diez yardas de distancia.
Además, ordené cerrar todos los accesos al sollado, ya que era la lluvia tan potente que los imbornales eran auténticas cascadas.
A base de lampazos tuvimos que arrojar todo el agua posible al mar, ya que el combés era una piscina y muchos marineros chapoteaban como patos, agarrándose a lo que podían mientras yo me dedicaba a 'rescatarlos' con una cuerda atada a la cintura al no saber nadar casi ninguno.

Para colmo teníamos que estar muy pendientes de no acercarnos a los navíos de la escuadra y repetir el episodio del Faderneslandet, por lo que dispuse doble guardia, con los hombres de mejor vista y, por supuesto, con doble ración de grog para evitar que cogieran una pulmonía.

Afortunadamente, y después de alejarnos de la costa para evitar problemas, al amanecer las lluvia se detuvo, y a la vista de tierra, un marinero gritó que se trataba del monte Ararat, arrodillándose la mitad de la tripulación dando gracias a Dios.
Tras tratar de convencerlos de que ni aquello era el monte donde reposó el Arca, ni que un servidor es Noé, cada cual se puso a trabajar para arreglar los daños.

Desde entonces, y han pasado dos días, es imposible encontrar algo seco a bordo, por lo que he decidido que usemos todo cabo que se encuentra a bordo para tender la ropa, por lo que la Circe, más que un buque de su Majestad, parece una lavandería de la calle Marriot.

Por lo demás, poco más, con los rusos a buen recaudo en su puerto, Saumarez desesperado y nosotros con nada mejor que hacer que tareas domésticas.

miércoles

Brulotes

Frente al puerto de Rogerswick, el 24 de septiembre de 1808. A bordo de la HMS Circe

Parece ser que nuestro vicealmirante Saumarez se ha vuelto loco, o bien, piensa que estamos en los tiempos de Drake.Desesperado por acabar de una vez con la flota rusa que día a día observamos con nuestros catalejos, ha optado, en acuerdo con el contraalmirante sueco Nauckhoff, quemarla, haciendo uso de brulotes.

Dado que se acerca el invierno, y que la estancia en estas aguas no va a ser nada cómoda, frente a las costas rusas y con el frío y el viento, el fuerte viento, del lado del enemigo, a Saumarez le han entrado las prisas, por lo que ya están preparando las embarcaciones que serán destinadas a buscar las escuadra enemiga y quemarla.

Los elegidos para este fin han sido un bergantín de 18 cañones, el Erebus, y un cuter que le apresamos a los rusos rebautizado como Baltic (antes Apith). Además, cinco veleros suecos han llegado esta misma mañana desde Carloskrona, y más bien parecen gabarras del Támesis que buques de guerra.

Antes, a la Circe se le ha ordenado que se acerque lo más posible al enemigo para comprobar la posición de los enemigos antes de lanzar contra ellos nuestros barcos, una misión que no cabe duda de que es honrosa para la tripulación y para mí mismo.

Mañana, con las primeras luces del alba, pondré proa al puerto de Rogerswick, ya que esta noche es inútil al no haber luna llena. Además, no creo que los rusos sean tan tontos como para dejar encendidos por la noche los faroles que delaten su posición, por lo que en reunión con el resto de capitanes de nuestra flota, junto a Saumarez y el contraalmirante Hood, se ha decidido que sea mañana por la mañana el mejor momento para la exploración.

Esta tarea le vendrá muy bien a la tripulación, que está algo enrarecida después del incidente con el 74 sueco.Durante varios días sus hombres han estado reparando nuestro trinquete (cuyo aspecto es ya impecable), e incluso han llegado a producirse algunos hechos desagradables. Uno de ellos me ha afectado personalmente, y ha sido un sabor de boca amargo.

Hace cuatro días, y cuando los suecos se encontraban en plena faena, paseaba dirección al castillo cuando observé que Paint, mi timonel y hombre de confianza, abofeteaba a uno de ellos.Justo cuando se iba a producir una nueva pelea, todos quedaron paralizados a una voz mía.

Sin pensármelo dos veces, y con gran dolor de mi corazón ya que no hace apenas una semana que Paint estaba a mi diestra en la escaramuza de Naskon, ordené que le pusieran grilletes, y a los dos días estaba recibiendo sus quince azotes correspondientes en el enjaretado.

Me siento mal, mucho, ya que Paint es posiblemente uno de los mejores de a bordo, y con él tengo un trato especial.
El teniente Byron me informó, extraoficialmente, que el sueco no paró de insultarlo desde que subió a bordo, por lo que Jhonny no pudo más y terminó cruzándole, como vulgarmente, la cara. Pero no me puedo permitir favoritismos a bordo. ¡Así es la vida de un capitán!, por lo que me vi obligado a cumplir con mi deber.

Después de los azotes me he cruzado con Paint una vez, y aunque no tuvo el descaro de no saludarme, noté en su mirada la falta de aprecio que solía demostrar antaño.

Espero que la próxima vez que abordemos un navío enemigo, pueda contar con su compañía y con su siempre bien dirigida hacha de mano.

Abordaje

Frente al puerto de Rogerswick, en el Báltico, el 17 de septiembre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Menudo contratiempo.
Ayer noche la cubierta de la Circe se convirtió en Bedlam.
Yo estaba en el coy, bien tapado, descansado después de haber permanecido durante todo el día en el alcázar, observando las maniobras del bloqueo de la flota combinada, con la intención de que las cosas se hicieran bien a bordo, sobre todo al pasar por el costado del Victory, donde nuestro vicealmirante Saumarez vigilaba que todo se llevara a cabo de la forma más correcta posible, especialmente ante la mirada de nuestros aliados suecos.

Mientras dormía y disfrutaba de un dulce sueño, viéndome a través de una pantalla de humo paseando por la campiña con Lively (¡mi conciencia es incapaz de olvidarla!), me encontré de repente en el suelo de mi cabina, rodando y tropezando con todo lo que encontraba mi voluminoso cuerpo, con un buen dolor de cabeza y el estado de desconcierto que sufrimos cuando nos despertamos de manera forzada.

Cuando trataba de levantarme, me topé con Vicenzo, hablándome de los suecos, pero sin entenderle completamente, ya que el dolor de cabeza iba en aumento. Además, casi no podía oírle porque el estruendo en cubierta era ensordecedor, con gritos de cientos de bocas. Sin dudarlo, tomé sable y pistola, aún en camisón, ya que no me cabía duda de que nos estaban abordando.

Inexplicablemente no oía el redoblar del tambor anunciado el zafarrancho, por lo que ordené a un guardiamarina con rostro asustado con el que me crucé que diera la orden de inmediato.
Cuando logré subir a cubierta, seguido por dos docenas de marineros que imitaban a su capitán, armados y gritando como posesos, me encontré con un espectáculo realmente sorprendente.

El trinquete estaba destrozado y caía por la amura de babor, entre una maraña de cabos y con algunos marineros colgados como monos, que se balanceaban tratando de recuperar el equilibrio.
Lo que más me llamó la atención es que el enorme bauprés de un navío de dos puentes había sido el causante de tal destrozo, por lo que mi asombro fue mayúsculo al no lograr explicarme cómo un buque de semejantes características había logrado burlar el bloqueo y, más inaudito aún, abordar mi fragata como si de un trirreme de los tiempos de Temístocles se tratase.

Sin más dilación me lancé al ataque del buque enemigo, cuando a medio camino me topé con mi teniente Byron, que me rogaba que le ayudara a aplacar los ánimos de nuestros hombres que trataban de embarcar, por la fuerza, en el navío de línea.
Me dispuse a recriminar su poco honorable cobardía cuando observé, en el castillo del buque 'enemigo', a un oficial sueco que trataba de contener a los hombres que intentaban llegar a nuestra fragata, mientras que por nuestra parte mi primer oficial, el señor Lawer, junto al contramaestre y otros oficiales, hacían lo mismo, ya que marineros de ambas embarcaciones se emprendían a golpes salvajemente, entre insultos que eran inteligibles y otros muchos que no.

Mi presencia y mi vozarrón fueron suficiente para calmar los ánimos, e incluso los suecos se pararon en seco cuando vieron llegar a un oficial en camisón, sable y pistola en mano, con un tricornio agujereado (resultado de la escaramuza en la desembocadura del Naskon) como único distintivo, y un reguero de sangre que brotaba de la sien y teñía de rojo el hombro y buena parte del brazo.

Inmediatamente, el capitán del 74 cañones sueco, que a la postre supe que se trataba del capitán Blessing, al mando del Faderneslandet, me dijo a voces desde su navío en un horroroso inglés que me pedía disculpas y solicitaba permiso para subir a bordo.
Tras hacerlo e invitarlo a mi cabina mientras el cirujano trataba de curar mi herida, me explicó que vieron las gavias de la Circe entre las sombras a un cable de distancia, y creyendo que se trataba de una embarcación rusa que trataba de escapar de Rogerswick, puso vela a nuestro encuentro, con la mala fortuna de que al divisar nuestro pabellón y tratar de virar, sus marineros no estuvieron tan acertados como él desearía y terminó destrozando nuestro trinquete.
Mis hombres, en un arrebato de furia, habían comenzado a insultar a los suyos, hasta que las provocaciones llevaron a las manos y unos y otros se fueron intercambiando de embarcación hasta que se produjo la gran pelea que presencié.

Tras despedirlo de mala gana (en ese momento estaba de muy mal humor), no sin la promesa del capitán Blessing de que sus hombres se encargarían de la reparación del trinquete, reuní a mis oficiales para informarles de que hablaré personalmente con todos y cada uno de los involucrados en el incidente, mañana, después de las ocho campanas que anuncian el mediodía.
A buen seguro que no podrán dormir bien esta noche esperando el castigo que les aguarda.

Lo que no saben es que no tengo tal intención, ya que quiero esperar a que el navío sueco esté lo más lejos posible para felicitarlos personalmente por su celo en la defensa de la integridad de la fragata.

jueves

Cena a bordo del 'Goliath'

Frente al puerto de Rogerswick, el 11 de septiembre de 1808. En el Báltico.

Desde el alcázar he estado observando durante un buen rato la flota rusa anclada en el puerto de Rogerswick.
Navíos suecos y británicos continuamos con nuestra vigilancia, aunque todo parece indicar que el grueso de nuestra flota volverá a Karlskrona, nuestro centro de operaciones aquí, en el Báltico.

Fue precisamente allí donde establecimos contacto con nuestros barcos tras nuestro paso por el Estrecho de Dinamarca.
Nada más llegar, desde el HMS Victory largaron señal de que el capitán Puget y yo deberíamos de subir a bordo, lo que me produjo una gran satisfacción.
Pisar la cubierta del buque insignia es siempre motivo de alegría, y una vez fuimos recibidos con los honores a nuestro rango en la cubierta principal, no pude evitar dirigir una mirada lo más disimulada posible al lugar donde cayó abatido el gran almirante Nelson, ¡que Dios lo haya acogido en su seno!
Me sorprendió encontrarme con la mirada del capitán Puget, que estaba haciendo exactamente lo mismo, y ambos no pudimos evitar una sonrisa cómplice.

El mismísimo vicealmirante James Saumarez nos recibió en una cabina que nada tiene que envidiar al Palacio de Buckingham.
Estaba en compañía del capitán Hope, que fue el encargado de llevar las riendas de la conversación, poniendo al día al capitán Puget sobre el estado de su próximo mando, el Goliath. Al finalizar, le entregué los despachos y las cartas que traía desde Portsmouth, único momento en el que nuestro vicealmirante alzó su empolvada cabeza para darme las gracias.
Tras ofrecernos una copa de clarete y darnos la bienvenida, volví a la Circe, y a los pocos días poníamos proa al puerto de Rogerswick (en compañía de Victory, Mars, Goliath, y Africa), donde nos esperaba la flota sueca y nuestros navíos Centaur e Implacable.

En la misma noche de nuestra llegada el capitán Puget me invitió a cenar en su navío, en un encuentro que fue espléndido, en compañía de los capitanes Henry Webley y Byam, del Centaur y el Implacable respectivamente.
Y es que Puget había comentado a bordo del Victory con su primer oficial la acción de ambos a finales de agosto con un 74 ruso, el Sewolod, y ardía de impaciencia por que nos relataran los detalles de tan honorable combate.

Después de disfrutar de una exquisita bebida y no un menos magnífico vino (que viajó en la bodega de la Circe en cajas perfectamente cerradas), Byam nos contó cómo en plena noche avistaron al navío ruso cruzar por su popa, abriendo fuego ambos en un intenso reparto de hierro que se prolongó durante una hora y media, concluyendo con el arriado de bandera del Sewolod.
Desgraciadamente, la flota rusa se acercó a los nuestros para ayudar a su compañero, y sir Samuel Hood, con su insignia en el Centaur, ordenó alejarse, con el recuento de seis muertos (incluyendo el ayudante del piloto, Thomas Pickerwell) por parte del Implacable y 48 aproximadamente en el Sewolod.
Los intentos de tomar el barco fueron inútiles, ya que los rusos, con el almirante Hanickoff a la cabeza, fueron más rápidos para remolcar con una fragata su navío, que según Byam presentaba un aspecto lamentable. No obstante reconoció que seguía siendo una apetitosa presa.

La narración de la batalla fue mucho más extensa, sobre todo porque tanto el capitán Puget como yo no parábamos de preguntar por éste o aquél detalle, hasta que los ronquidos del capitán Webley nos obligaron a finalizar con la cena y volver cada un a su embarcación.

Una buena forma de comenzar por tanto esta aventura en el Báltico, y espero ser yo, en la próxima ocasión, el que relate una brillante victoria ante la atenta mirada de oficiales de mayor rango.

viernes

Victoria en Naskon

En el Báltico, el 5 de septiembre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

No hay nada como un buen combate para levantarle a uno el ánimo.

Después de zarpar de Portsmouth, la travesía fue relativamente aburrida, con la única salvedad que contamos a bordo con el capitán de navío Peter Puget, que sustituye al señor William Brown. Éste llegó hace una semana a Inglaterra afectado de una pulmonía de la que pocos creen que logre salir, por lo que el señor Puget ha sido destinado al 74 Goliath, bajo el mando del vicealmirante Saumarez, que en estos momentos ha de encontrarse en Karlskrona con el resto de la flota.

Tal como esperábamos nuestro paso por el estrecho de Great Belt, que separa Dinamarca de Suecia, fue complicado, ya que aunque los daneses (nuestros enemigos) apenas cuentan con navíos de línea y fragata tras la Batalla de Copenhague, en determinados puntos, y si el viento no nos es favorable, pasamos demasiado cerca de la costa y, por tanto, al alcance de sus baterías, algunas de 44 libras.
En esas estábamos cuando desde el tope avistaron varias velas a la entrada del río Nakson. Tras tomar yo mismo el catalejo comprobé que se trataban de cañoneras, y una especialmente grande, con dos cañones largos de al menos 18 libras.
Apenas me lo pensé, y aprovechando la presencia del capitán Puget, el cual podría hablar bien de mí a la llegada a Karlskrona, decidí entablar combate y destruir el máximo número posible de barcos daneses, ya que resultan una constante amenaza para el tráfico de mercantes ingleses que se ven obligados a pasar por el estrecho en su viaje hacia Suecia.

Aunque no suelo protagonizar este tipo de ataques, me pudo la vanidad ante la presencia del señor Puget, y tras negarse amablemente a tomar partido ya que se considera un pasajero a bordo de mi fragata, tomé el mando del cúter rojo y me dispuse a abordar la gran cañonera danesa, mientras que el primer oficial, el señor Lawyer, se encargaría de gobernar la Circe.
Destiné a Byron al frente del otro cúter y pusimos proa al enemigo.

Desde la batería de estribor de la fragata se encargaron de mantener a raya a las cañoneras mientras nosotros éramos recibido por fuego de mosquetes.
Con las balas silbando sobre mi cabeza (perdí el tricornio en una que pasó muy cerca), y tratando de no caerme a las gélidas aguas en mi intento saltar al costado de la cañonera (el mar tampoco lo ponía fácil), fui seguido por mis hombres, con Vicenzo a la derecha, que pese a su más de medio centenar de primaveras es un excelente tirador, y Paint a la izquierda, un maestro en el manejo del hacha de abordaje.

El hacha desapareció pronto de su mano para terminar en el pecho de un danés con una pica que se me echaba encima, mientras que un gigante con un garrote trató de lanzarme por la borda hasta que le disparé a bocajarro para dejarlo en la cubierta retorcido en su agonía.
El combate continuaba, con disparos, entrechocar de metal, gritos de dolor y de victoria y, mientras, el tronar de los cañones de la Circe que se elevaban por encima de todos.
Los daneses se rindieron con una decena de bajas, mientras que de mi tripulación no se tuvo que lamentar muerte alguna, sólo heridas de diversa consideración.
Volvimos a la fragata después de hundir la cañonera, y ya a bordo el señor Lawyer me informó que la fragata había hundido otras tres embarcaciones de menor tamaño.
A continuación el capitán Puget me felicitó por la victoria, y con la sonrisa en los labios di orden de largar vela para alejarnos de la costa y poner proa al Báltico con la satisfacción del deber cumplido.

Un gran día por tanto el de ayer, con la obligada cena de celebración a la noche una vez superado el Estrecho.
Los brindis y los cantos no pararon hasta despuntar el alba, y he tardado más de la cuenta en dejar atrás el coy, con un dolor de cabeza que dadas las circunstancias es dulce.
Triunfos de este tipo mitigan todo tipo de males.

Rumbo al Báltico

En Portsmouth, el 29 de agosto de 1808. A bordo de la HMS Circe

Estoy agotado y no sé por qué. No se puede decir que haya realizado un esfuerzo físico considerable, ya que lo único que he hecho es estar toda la mañana en el alcázar observando con desgana cómo mis hombres cargan a bordo suministros y pólvora.
Después de las misiones que me han llevado esencialmente por el Atlántico, el cambio de aires será considerable, ya que la fragata pondrá proa al Báltico, donde Inglaterra mantiene su alianza con Suecia en la guerra contra la armada rusa.

Nuestro principal cometido es portar despachos importantes y de los que poco sé, aunque según me han dicho mis amigos del Almirantazgo, quizás contemos a bordo con algún pasajero inesperado. No han podido adelantarme algo más.

En cuanto a lo de mi cansancio, creo que se debe más bien al estado de ánimo. Tantos días lejos del mar (unas dos semanas), dándole vueltas al asunto de Lively, me dejan sin energías para afrontar el día a día, por lo que el tricornio parece pesar más que nunca, y levantarme cada mañana del coy se convierte en poco menos que una victoria.

Ahora he de dejar de escribir.
Me reclaman en cubierta.

Carta a Lively Caster

A la atención de Lady Caster, en Plymouth (escrita el 15 de agosto. Entregada el 22 del mismo mes)

Querida señora, si usted está leyendo esta carta, eso significa que no me ha recibido en su casa en Plymouth.
Mi intención no era otra que la de hablar cara a cara con usted después de tantos meses ignorándome por completo.
A día de hoy, aún no comprendo qué pude hacer mal para ganarme este castigo, el castigo de haber dejado de existir para su persona.
Le he escrito constantemente sin recibir una sola respuesta suya.
Si por ventura se ha dedicado a guardar mis cartas, no me cabe duda de que tendrá en su disposición el papel suficiente para envolver el HMS Victory por completo.
Pero creo que ha llegado el momento de terminar con esto.
Es demasiado duro para mí. Demasiado.
Mi vida es una no vida. El día a día se convierte en un tormento, en una eterna espera sin final. En un laberinto sin Minotauro donde hago de un Teseo a la deriva.
Noches enteras sin poder conciliar el sueño, y días completos donde el sueño de encontrarla se esfuma con las nubes grises de Hampshire y de cualquier mar donde me encuentro.
Es por tanto por lo que he decidido zanjar esta situación de una vez, es por tanto por lo que me despido señora. Le digo adiós.
Este capitán al que ha desterrado a lo más profundo de su memoria, ésa donde los recuerdos dejan de florecer, se marcha, se marcha para siempre, para no volver, para dejar de soñar despierto. Para poder dormir sin temer la velada.
Créame. Jamás en la vida, ¡jamás!, he amado tanto a alguien. Es cierto que he conocido a otras mujeres, y también es verdad que alguna ha sabido tocar mi fibra más sensible para suspirar como un joven enamorado y alardear de ser el objetivo de Eros.
Pero usted, mi querida señora, usted, ¡ay!, es la única que de verdad me ha hecho entender lo que es el amor en su forma más pura.
Es usted, y sólo usted, la única que me ha hecho ver que el querer a alguien puede ser el pilar sobre el que se sostiene toda una vida, siendo todo lo demás meros accesorios que no eclipsan, ni por muy buenos o malos que sean, lo que supone rozar los dedos de su mano u observar un suave parpadeo de sus ojos al sonreír.
Pero ese pilar, ¡ese bendito pilar!, está cayéndose a pedazos al no poder contar con un mínimo de correspondencia por su parte, y es por ello que antes de que se caiga por completo y me convierta en un ser balbuceante, sin rumbo, buscando un sustento que no encuentra y un camino que no tiene salida, decido acabar con la incertidumbre tomando yo mismo la iniciativa para decidir que, a partir de ahora, Vincent Richard Daniels, capitán al servicio de su Graciosa Majestad, opta por renunciar a usted.
Sé que las consecuencias serán fatales, y no sé si mi cordura lo resistirá.
Pero debo hacerlo, no me queda otra solución.
No quiero ser más vulnerable.
Me niego a sufrir más entre sol y sol.

Me despido sin más demora, mi querida Lively, me despido.

Adiós para siempre, adiós.
Deseándole la mayor de las fortunas se despide su capitán, el que más le amó, el que le veneró hasta no sentir ni penas ni alegría. El que quiso ser suyo hasta la llamada del fin de los tiempos


Capitán Vincent Daniels. En Wood Fields. Cerca de Portsmouth (Hampshire)

Una decisión

En Wood Fields, el 15 de agosto de 1808. Cerca de Portsmouth (Hampshire)

He estado toda la mañana haciendo prácticas con el fagot.
A los dos días de mi llegada desde Portugal, con un dura travesía que nos ha tenido ocupados día y noche combatiendo con los elementos, llamé a mi profesor de música, el señor Volkan.
Hemos continuado con las clases, y aunque hace rato que se ha ido, he seguido por mi cuenta, sacando notas tristes al instrumento y con Vicenzo, que como siempre me acompaña en tierra, mirándome con gesto preocupado.

Y es que estoy triste, ¡triste!
Esto es un sin vivir, una tortura donde mi principal enemigo soy yo mismo y mis pensamientos.

Nada más llegar a Portsmouth, como siempre y tras el papeleo pertinente, fui corriendo a la Oficina de Correos.
Siempre que llego a puerto, ¡siempre!, acudo para ver si, por ventura divina, he recibido carta de mi querida Lively.
Sin embargo, aún persiste en su mutismo, y desde aquella vez que me escribió asegurándome que no quería volverme a ver más no he tenido noticias suyas.
Lo único que había eran cartas de personas a las que debo dinero (mi paga es miserable y me impide vivir con un mínimo lujo). Ni siquiera de un amigo o familiar que me pueda dar algo de consuelo en estos momentos.

Pero me empiezo a cansar de esta larga espera. Bien es cierto que lo que siento por Lively es algo tan puro y profundo que me obliga a insistir hasta llegar al punto de convertirme en un pedigüeño de atención y cariño.
Pero, ¿es esto vida? No, yo creo que no.
No ha de ser bueno el sentir que el corazón va a salir del pecho cada vez que se acerca por el camino que conduce a Portsmouth un jinete con una posible carta, o en puerto con la mirada fija en el muelle por si surgiera una lancha con un mensaje para mí.

Creo que tomaré una silla de posta y acudiré a Plymouth para despedirme de ella en persona, aunque por si las moscas escribiré una carta por si no tuviera bien recibirme.
No va a ser fácil.

Tempestad

En alta mar, el 8 de agosto de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Durante dos días el mar no nos está dando respiro alguno.
Apenas zarpamos de vuelta a Inglaterra para acompañar a los transportes que han traído en sus bodegas a los miles de soldados, y el barómetro comenzó a bajar a una velocidad endiablada, y di orden de alejarnos de la costa en la medida de lo posible.

Casi se podía ver aún la columna de polvo que levantaban las tropas del general Wellesley, en plena marcha, cuando el cielo se puso negro en pleno día, con las olas que levantaban la fragata muy por encima de la superficie marina y con todos mis hombres en las vergas listos para combatir con los elementos.
¡Y qué combate! Ni un navío francés de tres puentes es tan duro.
El Atlántico nos está mostrando toda la fiereza de la que es capaz, con un viento fortísimo como pocos he podido ver en mi vida, obligándome a reducir el velamen hasta casi dejar las vergas sin paño.

Pero no podía llegar a ese límite, ya que, aunque la fuerte lluvia y los picos de las olas apenas nos dejaban ver más allá de dos cables de distancia, casi podía oler la costa. De este modo mantuve hasta tres hombres al timón para que no perdieran el rumbo bajo la amenaza de 200 azotes, ya que pretendía seguir dejando atrás la costa pasara lo que pasara.
Para colmo de males el viento llegaba del noreste, por lo que nuestro retorno a Inglaterra se volvía más complicado si cabe.

En cubierta, con la Circe dando bandazos y casi ronco de gritar órdenes, habíamos perdido de vista cualquier embarcación, por lo que nuestro único fin era el de mantener la fragata lo más entera posible y esperar que el viento no nos desviase demasiado del rumbo. Llegado el momento, consideré que lo más oportuno era dejar las vergas desnudas y dejarnos llevar por una tormenta que iba a más a cada momento que pasaba.

El ulular del viento era ensordecedor, y era bien entrada la noche cuando el mastelero del mesana se vino abajo con mucho estruendo de madera rota y pesados cabos cayendo sobre el alcázar. Afortunadamente la mayor parte cayó en el mar, por lo que una vez cortados los cabos y eliminar una posible ancla flotante, hice recuento para comprobar que no se habían registrado heridos.

Y así estuvimos toda la noche y el día siguiente, con el cielo tan oscuro que parecía el infierno.
En los pocos momentos en los que podía abandonar el alcázar para descansar algún momento en la cabina, me dedicaba a observar las cartas y hacer un cálculo del rumbo, pero no lo sabremos con certeza hasta que pueda tomar una medición en condiciones, lo que no será posible hasta dentro de un par de días como mínimo.

Tras una jornada agotadora, otra vez de noche, y cuando me encontraba de nuevo en el alcázar, con el viento que seguía soplando como mil demonios al unísono, un grito en la lejanía que resultó ser al serviola que teníamos en proa anunciaba que dirigiéramos la mirada hacia la amura de estribor.
Dirigí mi catalejo hacia el punto que me señalaba y pude ver la figura de un gran navío muy escorado, con las vergas de los juanetes que casi rozaban las olas.
Fuimos incapaces de identificarlo, ya que la espuma hacía imposible leer el nombre de popa. Además su aspecto era lamentable, ya que había perdido el trinquete.
Finalmente terminó por perderse más allá de las olas después de intentar comunicarnos a base de señales con banderas y luminosas. Pero ambas fueron inútiles.

Ahora estoy de nuevo en el escritorio, con mi diario mientras hago equilibrios para no caer rodando hasta uno de los mamparos.
La lluvia sigue golpeando con fuerza el ventanal, y Vicenzo hace guardia a mi lado, sirviéndome café para no enfriarme, ya que sigo con el capote de mal tiempo (empapado) puesto.

Ahora vuelvo a cubierta para seguir combatiendo con la tempestad.
He escrito estas líneas por si fueran las últimas.
Nunco se sabe en alta mar.

domingo

Mala noticia

A la atención del almirante Daniels, en Bedford.

Querido padre:

He enviado esta carta apenas recibida la suya, por lo que le ruego que disculpe la brevedad de la misma.
Como sabrá, aquí en la costa de Portugal el general Wellesleyk y su fuerza expedicionaria se encuentra desembarcando para luchar contra el ejército francés, que recientemente ha sufrido una importante derrota en Bailén ante el español Castaños.
Por mi parte, me dedico a ayudar en la medida de lo posible con el desembarco de los más de 10.000 soldados que aquí se encuentran, con la práctica totalidad pisando ya tierra y a la espera del orden de marcha.
De hecho, he podido hablar con el teniente Byron, que se ha hecho muy amigo del general, y me ha dicho que éste parece algo nervioso y contrariado, y que no para de dar órdenes para que el proceso de desembarco se acelere en la medida de lo posible.
Aún desconocemos el por qué de la actitud del señor Wellesley, pero mi teniente, especialista en averiguar lo que se pretenda, me ha asegurado que tarde o temprano pondrá en mi conocimiento qué le pasa por la cabeza al general.

Pero no quiero extenderme más. Lo importante es que he recibido su carta donde me informa de que mi querido abuelo está enfermo, lo cual apena mi corazón. Espero que sepa disculpar mi ausencia, pero ahora mismo me resulta imposible viajar hasta Inglaterra, ya que debemos de permanecer aquí hasta que el ejército comience con su avance. Es por ello que le ruego que le transmita tanto a mi abuelo como a mi querida madre todos los ánimos que se pueden dar a través de una hoja de papel, y desear una pronta recuperación para la que es, sin duda, una de las personas más queridas por mí en este mundo.
Aún recuerdo cuando yo, con apenas cinco años, paseaba con él por la ribera del Támesis mientras me mostraba las diferentes embarcaciones allí fondeadas, y después, como colofón, me llevaba por todas las tabernas de Londres mientras continuaba con sus historias y me dejaba probar pequeños sorbos que terminaban con el pequeño Daniels dando tumbos de vuelta a casa.
No quiero extenderme más. Sólo quiero que la carta llegue cuanto antes.
Le ruego que me escriba lo antes posible para poder tranquilizar mi ánimo.

Sin más se despide, siempre suyo

Capitán Daniels, en la Bahía de Mondego. El 3 de agosto de 1808.

sábado

Una sabia rectificación

En la Bahía de Mondego, el 26 de julio de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Esto es muy tedioso. Llevo varios días observando la misma escena. Lanchas que van y vienen cargadas de casacas rojas mientras el horizonte se pierde entre un campo espinado por los mástiles de los centenares de embarcaciones de transportes y porte de todo tipo.

Pero no quiero adelantar acontecimientos. La última vez que me senté a escribir explicaba cómo me disponía a zarpar desde Portsmouth con el general Wellesley a bordo, con el objetivo de desembarcar en la península para colaborar con los españoles para expulsar las tropas de Bonaparte de la península.
La labor en mi barco fue constante, ya que me esforcé para que mi huésped estuviera lo más cómodo posible entre mi tripulación, así como sus hombres de confianza.
Puse a trabajar a todos en la fragata para que, a través de paneles, me dejaran un espacio digno para poder estar lo más cómodo posible.
Sin embargo, uno, que ha llegado a vivir durante meses confinado en una camareta con otros compañeros en travesías oceánicas cuando era guardiamarina, llegando a luchar físicamente por un trozo de queso, no encontró inconveniente en pasar unos días con estrecheces, sobre todo con el honor de contar con tan ilustre personaje a bordo.

Después de dejar atrás Pompey, comenzamos con nuestra lenta, lentísima travesía para acompañar a la flota de transportes, con unos 10.000 soldados, rumbo al puerto de la Coruña. Antes de llegar celebré una cena donde invité al señor Wellesley, el cual aceptó gustosamente.
No estuvimos solos, ya que varios de sus oficiales y de la propia Circe se reunieron alrededor de la mesa, por lo que fue interesante ver a cada lado el rojo y el azul de las casacas, con conversaciones muy formales en todo momento, y mis hombres tratando por todos los medios de que la botella no estuviera siempre frente a sus narices.
Sin embargo, aunque la charla fue correcta en términos generales, mi teniente Byron, tan ácido como acostumbra, no desaprovechó la oportunidad para recalcar el poderío naval británico, dueño y señor de los mares. Su pregunta al propio general sobre “¿cuándo cree usted, señor, que estaremos en la misma situación en el continente?”, sonó descortés.

Desde mi posición busqué la mirada de Jack para fulminarlo, y a la vez pude ver cómo los ‘langostas’ comenzaban a ponerse tan rojos como sus casacas.
Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar y proponer un brindis por el Rey para acabar con el tenso ambiente, el mismísimo señor Wellesley, con un gesto de la mano, acaparó la atención de todos. “Teniente Byron –dijo con una sonrisa franca en los labios-, nuestra infantería no ha aprendido aún a volar. Agradecemos la colaboración de nuestras fuerzas navales que tan bien han despejado el camino para que llegue nuestro turno”.
Estas palabras parecieron satisfacer a todos, y la cena prosiguió hasta que poco a poco la mesa se fue vaciando de personas. Cada uno volvió a su lugar, ahítos de comida y bebida, mientras el convoy proseguía con su camino.

Cuando avistamos la Coruña, el señor Wellesley me rogó que forzara vela, pues quería adelantarse a los transportes para calibrar la situación que se encontraría en tierra.
Con la oportunidad de demostrar la velocidad de la fragata, puse todo mi empeño en ello, y quedó muy satisfecho con el resultado a pesar de que se pasó buena parte de la travesía intentando mantener la compostura ante los cabeceos de la Circe, que le obligaban a estar agarrado a la batayola. Algo muy comprensible cuando se habla de gentes de tierra adentro.

Sin embargo, después de fondear y ofrecerle mi falúa, su vuelta a bordo, pasadas las horas, no fue ni mucho menos agradable.
A pesar de que se caracteriza por su tranquilidad y dominio de sus emociones, sobre todo cuando hablamos de un militar que ha demostrado que es capaz de defenderse aún mejor en el parlamento, no ocultó su disgusto tras decirme que los españoles le habían comunicado que era imposible mantener a la flota de transportes, por lo que finalmente nos vimos obligados a poner proa a Portugal, donde desembarcaríamos para enfrentarnos a los franceses.
En esta segunda travesía el general Wellesley, muy contrariado, habló mal de los españoles. Que si eran poco caballerosos, y que era un aliado poco afortunado para esta guerra y que sumiría a nuestro país en el desastre sin remedio de seguir las cosas igual.

"Sólo quieren cañones, ¡cañones!, nada de hombres, como si ellos tuvieran suficiente con esa pandilla de pastores y desocupados de plaza", me decía. A lo que seguía algunas palabras malsonantes que no transcribiré.

Después de estas declaraciones, hace ya varios días, era gracioso ver su rostro durante la cena de esta noche. Aceptó una nueva invitación mía, y dado el gran calor que por las noches castiga estas aguas, la comida fue servida en el combés de la fragata, con las estrellas como testigo y los faroles del resto de embarcaciones pendientes de nuestros brindis. La costa, a poco más de dos cables, estaba tenuamente iluminada por el campamento de los primeros regimientos desembarcados.
Tras estar durante muchos días criticando duramente todo lo que está más allá de las fronteras portuguesas, y tachando a los españoles de poco más que simios, a lo largo de la velada se ha mostrado reservado, yo diría que casi avergonzado, y sus ojos azules, que habitualmente irradian gallardía, hoy se encontraban más bien apagados, tímidos, y yo diría que hasta avergonzados.

Cuando los platos ya estaban vacíos, y las botellas dejaban pasar a través de su cristal la luz de la luna llena, el señor Wellesley se levantó, nos miró a todos uno a uno, y con potente voz, como si quisiera ser oído por toda la flota, incluso la del almirante Charles Cotton, cuya escuadra de bloqueo protege a los transportes, propuso un brindis, para nuestra sorpresa, por Bailén y el general Castaños, el primero que recibe la rendición por parte francesa de un ejército de Boney.
La respuesta fue los gritos en forma de vítores de casi todas las bocas en la bahía de Mondego.