miércoles

En la 'Proserpine'

Miércoles, 25 de febrero de 1809, a bordo de la HMS Proserpine. Frente a Tolón

No cabe duda de que esta fragata es magnífica.
Es prácticamente nueva, y aún me parece oler a pintura allá por donde voy. Todo luce un aspecto realmente hermoso.

Una lástima que mi cometido sea sólo el de sustituir al capitán Charles Otter, que sufrió una aparatosa caída cuando se encontraba en el tope observando la escuadra francesa en puerto y que en estos momentos se encuentra en Gibraltar, bajo los cuidados de las monjas del Hospital de los Desamparados.
Según parece es verdaderamente grave, y es por ello que el Almirantazgo ha decidido buscar un sustituto para comandar esta potente fragata por un tiempo, por ahora, indefinido.

El caso es que aquí me encuentro, de nuevo en alta mar, disfrutando de la navegación en esta preciosa fragata, con el resto de la flota y las repetidas maniobras, pero feliz de poder sentir otra vez en mi cara el olor a sal.

Mi llegada a Gibraltar en el Nercuse y subir a bordo de la Proserpine fue todo uno, y mientras leía mi nombramiento ante la dotación, observé rostros de todo tipo, desde curiosos hasta de auténtica preocupación, ya que un nuevo capitán es siempre un acontecimiento relevante a bordo, quizás el que más junto al día que se sirve doble ración de grog.
Después tuve la ocasión de hablar con mis oficiales, aunque sin llegar a profundizar en exceso, ya que todos sabemos que es un cambio temporal, sin mayor trascendencia, y menos aún con un bloqueo que realizar donde la rutina es la nota predominante.

Esta mañana estuve tocando mi fagot, y tras tranquilizar al infante de marina de la puerta de que no estaba sufriendo ningún tipo de crisis de posesión demoniaca ni nada parecido, he estado en cubierta, observando a los grandes y pequeños navíos que nos acompañan, atento a la costa francesa, donde la tranquilidad es absoluta.
No creo que ocurra nada relevante en mi vida de aquí a unas semanas.

lunes

Un profundo dolor

Lunes, 16 de febrero de 1809, a bordo del Nercuse. En alta mar.

Viajo rumbo a Gibraltar, a bordo del paquete para el correo Nercuse, en la pequeña cabina de su capitán, que tan amablemente me la ha cedido para esta travesía.
Un tipo poco simpático y que apesta a alcohol, pero que al menos ha sabido guardar las formas ante un servidor, a buen seguro más por verse obligado que fruto de la generosidad.

He recibido órdenes de tomar el mando de la fragata de 40 cañones Proserpine, fondeada en estos momentos en la rada de Gibraltar.
Está destinada a labores de bloqueo en Tolón, y aunque no es lo más interesante dado lo tedioso que resulta, no cabe duda de que prefiero un millón de veces las aguas del Mediterráneo a las del Báltico.

Durante esta semana ocurrió algo interesante y de lo que me gustaría dar constancia en este mi diario.
Me encontraba hace tres día en Portsmouth, hablando con el capitán del Nercuse sobre nuestra marcha hacia Gibraltar. Trataba de no respirar mientras le respondía para evitar, en la medida de lo posible, oler el fétido aliento de tan lamentable personaje.
Estábamos junto a la lancha del bergantín, rodeados de marineros que cargaban barriles y fardos, con un aspirante a oficial ladrando órdenes a la vez que me miraba, seguramente impresionado por mi uniforme, buscando mi aprobación.

Me limitaba a ignorarlo y observaba con curiosidad y admiración la enorme cantidad de velas allí fondeadas, con un cielo azul y limpio con el sol iluminándolo todo, cuando me quedé helado al reconocer la voz que oí a mis espaldas.
Convirtió en un murmullo el elevado ruido que siempre produce un puerto cuando se faena a destajo.

Me volví tan rápido que noté un doloroso pinchazo en la rodilla y allí, como una rosa entre un manto de cardos, brillante, sublime, simplemente maravillosa, se encontraba, enamorándome una vez más, la señorita Lively Caster.
Vestía completamente de blanco, e iba acompañada de un oficial de infantería, con rango de capitán. Los dos iban cogidos del brazo. Un ángel y un demonio.

Hacia tanto tiempo que no volvía a verla que, inmediatamente, noté un intenso dolor en el estómago, a lo que no ayudaba nada verla en los brazos de ese maldito 'langosta'.
Desoyendo al capitán del Nercuse, que seguía hablando a mis espaldas, y cojeando, pues la rodilla parecía lastimada, me dirigí al encuentro de Lively.
La última vez que la vi huí como una balandra danesa ante un navío de línea británico, pero en esa ocasión no estaba de humor para mostrarme correcto.
Amo a esa mujer, y quería decírselo allí mismo.

Lively no ocultó su sorpresa, y sus ojos marrones como las encinas me observaron con curiosidad.
A punto estuve de decir una incorrección, pero su sonrisa y oír en sus labios mi nombre me desarmó por completo. Pese a no estar en el plan, sonreí sinceramente y le dediqué una profunda reverencia.

Todo era maravilloso hasta que el imbécil de su compañero, de una forma insolente (así lo interpreté en ese momento), preguntó por mi nombre, mientras levantaba la ceja y ponía una postura digna, con el puño apoyado en la cintura y el brazo formando un ángulo.
Sin más miramientos le ordené que se marchara, y aunque estuvo a punto de protestar, a pesar de que mi rango es muy superior al suyo, Lively intervino para rogar a su amigo que nos dejara solos.

Nuestra conversación fue muy breve. Tras un par de preguntas que más parecían de protocolo, sin contemplaciones le dije que la echaba de menos y que quería volver a verla.
Lively se sonrojó, dirigió su mirada hacia el 'langosta', que nos observaba a no mucha distancia, y me respondió que eso era imposible, que ya me dejó claro hace tiempo cuál era su postura, y que por favor no volviera a insistirle sobre lo mismo.

Me sentí morir.
Allí mismo me habría encantado cavar un hoyo y pedir que me enterraran con un barril de pólvora y prenderle fuego.
Pero me controlé, me despedí de ella respetuosamente, y me marché de allí, no sin antes dirigirle una mirada de odio al capitán 'langosta' que, a Dios gracias, optó por fijar su atención en Lively, que me observaba mientras me dirigía a buscar una silla de posta que me devolviera a mi casa.

Ha sido duro. Mucho.
Llevo desde entonces con el ánimo por los suelos, soñando con ella cada noche.
Ni siquiera el estar en cubierta, con los hombres trabajando, la espuma bañándonos, el mar entre azul y verde, el olor a sal y el balanceo de la Nercuse que me hacen recordar una y otra vez que estoy de nuevo en el mar, logra que me anime.

En estos momentos me siento vacío y triste. No tengo consuelo.

Carta a William Daniels

A la atención del sargento de Dragones William Daniels, en Valencia. España

Estimado hermano:

Lamento ser el portador de malas noticias. En plena campaña contra las fuerzas de 'Buenoenparte' no creo que sea el mejor momento para que recibas esta carta, pero tampoco es justo que vivas en la ignorancia del triste hecho que voy a relatarte a continuación.

La semana pasada falleció en Londres nuestro querido primo Joseph.
Como bien sabes, padecía una enfermedad que le impedía vivir con normalidad, aunque todos sabemos que tenía fuerza interior suficiente para mostrar que no era una traba para él, a buen seguro para evitar que nos preocupáramos.
Sin embargo, sus ganas de vivir no fueron suficientes para superar el mal y se durmió para no despertar en la noche del pasado martes.

Recibí un mensaje cuanto me encontraba en mi casa de Wood Fields, y sin perder un minuto tomé mi caballo para ir a Pompey y tomar allí la silla de posta hasta la capital, donde nos reunimos buena parte de la familia, llegados desde todos los puntos del país, incluyendo a nuestros tíos y primos irlandeses.

No hace falta que te explique lo mal que lo pasamos todos, ya que, como conoces, Joseph era joven, ¡mi edad nada menos!, y se encontraba en un momento dulce al ser publicada su primera novela.
Su gran pasión era escribir, lo que compaginaba a la perfección con sus artículos de la Gazette.

Todos preguntaron por ti, pero ya les explicamos que te encuentras en España combatiendo contra los franceses.
El deber es el deber, ya sabes.

He de decirte que la muerte del primo Joseph me ha afectado profundamente. No cabe duda de que mi estado de ánimo no es bueno de por si, lo que añadido a esta desgracia me ha sumido en un estado de tristeza que me convierte en un muerto andante que no presta atención a lo que rodea, reaccionando por instinto a lo que ocurre a mi alrededor.

Fue enterrado en Bonehill
¿Por qué demonios ha de llover en todos los malditos entierros? Entiendo que es difícil que en Londres el tiempo sea apacible, pero el ver a la familia y amigos empapados, con el cielo gris sobre piedra gris y los árboles dejando caer sus viejas ramas sobre nosotros como si fuera cera derretida, convirtió la escena en un auténtico drama.

Me vestí para la ocasión con mi mejor uniforme, y aunque aguanté estoicamente buena parte de la ceremonia, las palabras del tío Michael a su hijo, emocionadas, derribaron mis defensas, por lo que me marché para pasear entre lápidas, flores y estatuas de ojos muertos para expresar libremente mis sentimientos en soledad.

Eso es todo lo que tengo que contarte William, y no creo que sea el momento más oportuno para hablarte de otras trivialidades que no vienen al caso.
Sólo te deseo fortuna y suerte en España, y aprovecho la ocasión para enviarte todo el cariño de nuestros padres y familia.

Atentamente se despide:

Capitán Vincent Francis Daniels, en Wood Fields (Hampshire), el 9 de febrero de 1809.

Un mes de ausencia

En Wood Fields, el 2 de febrero de 1809. Hampshire (Inglaterra)

Ha pasado más de un mes desde la ultima vez que escribí.
De hecho estoy haciendo un gran esfuerzo por sentarme en mi escritorio y garabatear estas líneas, pero creo que es necesario no abandonar mi diario, ya que durante tantos viajes me ha acompañado y me será muy útil en el futuro, cuando la edad castigue mi memoria.
Al fin y al cabo uno vive de los recuerdos.

¿Cómo resumir todo lo que ha ocurrido desde que escribía sobre mi regreso desde Karlskrona?
¿Debería de comentar cómo el vicealmirante Saumarez exigió que lleváramos a bordo a un guardiamarina de su dotación personal con la excusa de que aprendiera sobre la labor a bordo en una fragata cuando, en verdad, su verdadero fin era vigilar que regresáramos inmediatamente después de llevar el correo?
¿Acaso tendría que relatar la tensión que se vivió a bordo al saber que nadie vería su familia, los intentos de deserción, o los azotes que me vi obligado a repartir con entusiasmo ante las insolencias?
¿Sería necesario que relatara la semanas en Karlskrona, sin otra cosa que hacer que evitar que la fragata se congelase, o nuestra triste celebración tanto de la Navidad como de Año Nuevo, donde tuvimos que comer carne de cerdo reseca tras nuestro fracasado intento de cazar un alce y que terminó con Vicenzo en la enfermería?
¿No sería muy triste relatar como, finalmente, me ordenaron regresar a Inglaterra definitivamente, dejando la Circe en Portmouth, y quedarme por tanto sin mando y en mi casa, sin otra cosa que hacer que mirar por la ventana, tocar el fagot y arreglar torpemente el jardín?

Es mejor no darle mayor importancia y mirar al futuro.
Llevo apenas uno días desde mi regreso de Suecia, y de momento necesito descansar.
Podría ir a Londres para mendigar un destino, pero en estos momentos no me apetece lo más mínimo, y lo único que quiero es estar sentado y mantener la mente en blanco.
Mañana, eso sí, iré a Portsmouth para ponerme al día del estado de la guerra contra 'Boney' .
También me gustaría escribir alguna carta para informar a mis padres o a algún amigo de que no me congelé en Suecia.

Un regreso triste, sin duda.

viernes

Crudo retorno

En Karlskrona, Suecia, el 19 de diciembre de 1808. En una habitación en la calle Stortoget.

El frío es sencillamente insoportable. Esto, unido al dolor de la herida tras el abordaje con el Heldige, me impide descansar como debería.
Las noches se hacen eternas, y cuando más intensa es la sensación de pinchazo en el costado, me veo obligado a pasear por la habitación, enfundado en varias mantas de piel, mientras recito el Código Naval para distraerme.

Tal como esperaba, la llegada a Karlskrona, de manos vacías, fue mal recibida por parte de Saumarez, que ni se dignó a verme y se limitó a enviarme un mensaje donde me informaba que preparase la fragata para el retorno a Inglaterra.
Cuando ya veía la luz más allá de las nubes de tormenta, y me creía lejos de esta gélida cárcel de malos recuerdos, continué leyendo para conocer por entero los detalles de la misión, que consiste en llevar a Portsmouth el correo de los oficiales de la escuadra aquí en Suecia para volver, SIN DEMORA (el muy bellaco, o su secretario a las órdenes del mismo, lo había escrito con mayúsculas), a Karlskrona.

Así es como me castigan por mi falta de eficacia en dos semanas de crucero donde las presas han sido prácticamente testimoniales, y al coste nada más y nada menos que de veinte muertos.
Tras una pequeña reflexión creo que merezco esto y más.
Me vendrá bien para que el frío aclare mis ideas.

Esta mañana he ido hasta el puerto para comprobar las labores de aprovisionamiento de la Circe, en manos del teniente Byron, ya que Lawyer ha sufrido estos días fuertes dolores en su brazo tras el combate de la semana pasada y ha tenido que ser atendido por el cirujano del Victory en tierra.
Parece ser que una bala de mosquete se ha clavado en el hueso y no hay forma de sacarla.

Con la nieve crujiendo bajo mis pies, he paseado por las calles de Karlkrona, oliendo a leña quemada y planteándome una y otra vez si girar en redondo y volver sobre mis pasos para refugiarme en mi cama bajo siete mantas.
¡Pero el deber es el deber! Finalmente opté por seguir adelante, devolviendo de mala gana los saludos que llegaban de boca de otros oficiales con los que me cruzaba, ya que al estar la flota fondeada en el puerto los ingleses somos Legión.

Conforme empecé a divisar los mástiles de los navíos de mayor porte por encima de los techos de forma triangular, se me alegró levemente el corazón, ya que me produce una sensación de absoluta felicidad dejar atrás los entresijos de calles de una ciudad, donde los hombres de mar nos sentimos en ocasiones como una cabra perdida en el sollado, para encontrarme de repente con el bosque de mástiles de embarcaciones de todo tipo.

Tras un rápido vistazo, observé a marineros de mi tripulación, cargando barriles en una lancha ante la mirada de algo que en un principio pensé que debía de tratarse de una especie de osezno del que brotaba vaho.
Al acercarme, comprobé era el señor Bullet, al borde de la hipotermia y que observaba a los hombres trabajar tiritando de frío violentamente.

Sin mayor protocolo, pusimos rumbo a la fragata y ordené subir por el portalón de babor para evitar que tuvieran que recibirme en cubierta con la ceremonia acostumbrada. Lo único que quería hacer era hablar con mi teniente, resolver un pequeño papeleo en mi cabina y volver a mi habitación de Stortoget y pegar el culo al brasero.

Tal como esperaba, el teniente Byron estaba de un humor de perros, como toda la tripulación, ya que al margen de verse obligados a trabajar con semejante frío, a nadie le ha hecho gracia, como es normal, saber que no tendremos la ocasión de disfrutar con la familia de las fiestas.
A pesar de que comprendo la situación, el teniente estuvo más grosero que de costumbre, por lo que no tuve reparos en llamarle la atención delante del resto de hombres, amenazándole con lanzarle al mar a la próxima palabra salida de tono.
Se calló, refunfuñando por bajo, y me dirigí a la cabina, donde me reuní con mi contador para ponerme al día de las provisiones.
Acto seguido volví a la lancha sin despedirme de nadie para volver aquí.

Desde luego no es un buen momento a bordo de la Circe.
Como es normal aún escuece la muerte de tantos compañeros, lo que añadido al malestar por la falta de presas y, para colmo, el viaje hasta Inglaterra para volver de forma casi instantánea, hará que la travesía sea especialmente complicada.
Menuda Navidad me espera.

Muerte en el Báltico

En alta mar (en el Báltico), el 12 de diciembre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Jamás una victoria supo tanto a derrota.
Me duele todo el cuerpo, y el vendaje que me rodea el tronco no me deja escribir con comodidad. La noche en el coy tampoco ha sido buena, y apenas he podido descansar. Doy cabezazos de sueño de los que despierto con profundos pinchazos que me hacen aullar.

El silencio en la fragata es casi absoluto, y las órdenes se dan sin levantar la voz.
Aunque casi no puedo moverme, he subido esta mañana bien temprano al alcázar para dar ejemplo de ánimo.
He intentado por todos los medios aparentar que no presto atención a los arreglos en la fragata (no sin asegurarme de que todo estuviera en orden) ni a los trabajos de limpieza de la sangre que aún sigue bien agarrada a la madera, como una macabra penitencia por castigo a mi desacierto.

He mantenido una breve charla con el teniente Lawyer, con el brazo en cabestrillo, y me ha informado del estado de las reparaciones. A continuación hemos procedido a la medición del mediodía, con un sol gris y borroso que más bien parecía una mancha sobre un mar plomizo sin espuma.
Después he vuelto a mi cabina, y aquí estoy, listo y preparado ante mi diario para escribir sobre nuestro duro combate frente al bergantín danés Heldige.

Tras una larga caza, a estela del enemigo, y cuando acortábamos distancias, no pude dejar de sorprenderme ante el hecho de que el capitán no decidiera tirar por la borda los toneles de agua y cañones, táctica habitual en las embarcaciones de poco porte que quieran ganar velocidad.
Eso me hizo comprender que su intención era la de buscar el enfrentamiento, así que no me resultó extraño ver cómo, a pocas horas de que cayera la noche del pasado 9 de diciembre, el bergantín se situaba a nuestro barlovento para comenzar el combate.

En el primer intercambio de andanadas quedó claro que, pese a la desventaja de nuestra posición respecto al viento, el superior calibre de nuestros cañones pronto desequilibraría la balanza a nuestro favor, y sin apenas daños en la Circe, el bergantín ya había perdido el mayor y el trinquete.
Sin posibilidad de maniobra, y, reconozco, algo confiado, decidí abordar al enemigo para no causar más daños a una embarcación realmente hermosa y que quería llevar en las mejores condiciones posibles de vuelta a Karlskrona.
¡Gran error! Si llego a saber lo que iba a ocurrir después, habría mandado al danés al fondo del mar con mi batería de 12 libras.

Me pudo la confianza, y dispuse a los hombres para el abordaje.
Pero, cuál fue mi sorpresa, cuando con los garfios bien fijados en el Heldige y listos para el ataque fueron los daneses los que se nos echaron encima.
¡Y vaya hombres! Todos enormes, fortísimos y bravos en el intercambio de sablazos, disparos y hachazos. Por un momento pensé que abordábamos un drakkar vikingo. Ni me dio tiempo a ordenar una descarga de metralla en la cubierta del bergantín.

Con mi sable en una mano y la pistola en la otra bajé corriendo al combés, donde la lucha era más encarnizada, con otra pistola más fijada en el cinturón, que si bien me restaba movimiento me daba seguridad.
Y entré en el infierno.

Mientras los disparos de mosquetes silbaban a mi alrededor, comencé a gritar como un poseso para animar a los míos, que se enfrentaban con brío a la marea enemiga, que dado su tamaño parecía que nos superaban en número (lo que no era el caso).
Casi resbalo al pisar algo viscoso, pero me recompuse para disparar en pleno pecho a un danés que le había clavado una pica por la espalda a uno de mis infantes de marina.

Paré un golpe, y con la espada del enemigo aún trabada (me insultaba, a buen seguro, mientras espumarajos de saliva me salpicaban la cara), con la culata de la pistola a modo de maza le abrí la cabeza con un golpe violento.
Se desplomó mientras miraba con rostro inexpresivo parte de su cerebro en la mano.

Y llegó.
Enorme, posiblemente una deidad nórdica, quizás el mismísimo Thor. Podría medir seis pies y medio, y en una de sus manos portaba un hacha gigantesca que manejaba como si se tratase de un florete.
Se plantó enfrente mío, y tras esquivar sus ataques me partió el sable es dos tras un golpe brutal. Estaba desarmado.
En ese momento el mundo desapareció a mi alrededor: los gritos de furia; los llantos; los lamentos en plena agonía; el estampido de los disparos; el sonido metálico de las armas...
Sólo existía mi enemigo.

Cuando ya me disponía a recibir el golpe de gracia, y el hacha ya se cernía sobre mí, surgió la figura de Johnny Paint: timonel y hombre de confianza; escolta sempiterna en los abordajes; buen luchador; y un mejor marinero si cabe.
A pesar de que la diferencia de tamaño era considerable, Paint se echó encima del gigante como un gato rabioso, clavándole su pequeña hacha de abordaje en el costado del danés.

A pesar de mi dolor por su pérdida, me queda el consuelo de que fue rápido.
La respuesta del Titán fue letal. Con el arma clavada en su cuerpo, agarró el brazo desnudo de Paint, descargó el suyo con fuerza sobre el cuello de mi timonel y éste, ya inerte, fue lanzado como un trapo sucio a las aguas del Báltico.

A veces uno se asusta de lo deshumanizado que puede llegar a ser un combate, ya que en ese momento no sentí la pérdida de Paint. Sólo quería salir vivo de ahí, y cuando mi rival volvió su mirada hacia mí, ya tenía amartillada mi pistola, le disparé donde menos se lo esperaba, en sus mismas partes, y estaba doblado gritando de dolor cuando le arranqué la hacha de su costado para abrirle la cabeza (me hicieron falta dos golpes).

En ese momento creí ser un héroe mitológico, y como si de Héctor se tratase cuando cuando derrotó a Ajax, escuché con satisfacción los gritos entusiastas de mis hombres.
La batalla, tras echar un vistazo a mi alrededor, parecía ganada, pero mi alegría pronto se borró de mi rostro cuando escuché el grito del teniente Byron, que con su sable lleno de sangre y con Lawyer aferrado a su hombro, me avisaba de que había fuego en el Heldige.

Aquellos malditos demonios preferían morir y, a ser posible, llevándonos con ellos a las aguas del Aqueronte.
Ordené por tanto cortas los garfios y maniobrar para salir de allí cuanto antes mientras mis hombres, con poca ceremonia, terminaban de rematar a los enemigos que aún seguían a bordo de la Circe sin que osaran rendirse.

Cuando empezábamos a alejarnos, el bergantín explotó con tanta furia como la forma de combatir de los que fueran sus tripulantes.
Caí de espaldas, y cuando me fui a levantar me di cuenta de que tenía un buen trozo de astilla clavado en la camisa.
No perdí el conocimiento, pero me habría encantado hacerlo, ya que el aspecto de la enfermería era realmente dantesco.
No sé quiénes me llevaban, pero sí tenía conciencia de que iban resbalando con la sangre y órganos esparcidos por el suelo, ya que no había arena suficiente para impedirlo.

Eso fue hace tres días, y desde entonces el estado de ánimo de la fragata es sombrío.
Hemos perdido muchos hombres (20 muertos), y son pocos los que no echan en falta a algún compañero.
A mí mismo me cuesta aún creer que Paint no vaya a estar más a la caña de mi falúa, tan silencioso como siempre pero sin reparos a la hora de poner en orden a los remeros.

Desde luego la guerra, al margen de sus batallas gloriosas, de los botines, las publicaciones en la Gazette, los ascensos..., las victorias en definitiva, es también la exposición al fracaso, la muerte, el miedo, las dolorosas heridas, la pérdida de seres queridos.

Desde luego, ahora mismo no le veo ningún sentido a la guerra, máxime cuando volvemos a Karlskrona con las manos y muchos coys vacíos.

miércoles

Persecución

En alta mar (en el Báltico), el 3 de diciembre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Durante toda la mañana he estado observando los juanetes del Heldige, perdiéndose más allá de las olas, enormes, grises, como tiburones gigantes y silenciosos con aletas de espuma.
Navegar por estas aguas es un reto. Si a esto añadimos que el bergantín danés ha tomado rumbo norte, el frío va en aumento y es poco menos que peligroso el mantenerse en el alcázar, ya que no pasa mucho tiempo sin que uno note cómo se va congelando su cuerpo poco a poco.

La captura del Heldige es una cuestión personal desde nuestro encuentro. Mis hombres así los sospechan, y me consta que hay descontento.
La idea era realizar una misión de crucero de dos semanas, y de momento sólo hemos apresado un pequeño balandro que arrió la vela como un gato asustado ante nuestros primeros cañonazos.
Mientras mis hombres cargaban a bordo lo necesario y el guardiamarina Bullet se preparaba para tomar el mando para llevar la embarcación a Karlskrona, interrogué a su capitán.
La mercancía, bastante valiosa (ámbar gris, pieles gruesas como maromas y un centenar de barriles de cerveza) poco me importaba, ya que lo que me interesaba especialmente era la información: ¿dónde estaba el Heldige?

El danés, un tipo enorme con brazos que le llevaban a la rodilla y unos ojos azules que me fulminaban (cada parpadeo era como un disparo), se negó a hablar, hasta que tras negociar y a condición de mantener su barco (con el posterior disgusto del señor Bullet), finalmente habló.
Me informó que el bergantín usa como puerto base Vordingborg (al sur de Zealand), y que probablemente se encontraría allí, ya que hace una semana se cruzó con él y le informó que echarían el ancla para aprovisionarse.

Tras despedirlo y con mucha vela en su jarcia, seguramente por si acaso, el balandro rápidamente se perdió de nuestra vista, y pusimos por tanto proa a Vordingbord con el objetivo de dar caza, ¡por fin!, al Heldige.

Llegamos cerca de la noche, y envié el cúter con el teniente Byron a bordo para inspeccionar el puerto y comprobar si se encontraba el bergantín, así como para observar las defensas de la ciudad.
Tras una tensa espera, finalmente el vigía dio aviso de que se acercaba el cúter, con Byron que subió con su acostumbrada habilidad para confirmarme que el bergantín se encontraba en puerto con el ancla echada.
Estaba rodeada de varias gabarras, sin presencia de barcos armados.
No pudo ver si había alguna batería de defensa en tierra firme, lo cual me preocupó.

No obstante, no había ni un minuto que perder, y despaché al propio Byron para atacar al Heldige a bordo del cúter, apoyado por la lancha con el oficial de derrota, el señor Blond, además del sargento de infantes de marina, el señor Basket, y diez de sus mejores hombres.

No sé qué demonios pudo ocurrir, pero aún era de noche cuando nos llegó el oído de fuego de mosquetes y cañones mientras observábamos a una distancia prudencial de la costa, intentando adivinar qué demonios estaba ocurriendo.
Sin atenerme a las precauciones, di orden de acercarnos al puerto, con los hombres listos y preparados en sus puestos.
Yo mismo tenía ya una pistola en la mano, la otra cargada bien sujeta en el calzón, y el sable firme en mi mano 'buena', listo para asaltar las mismas puertas del Infierno.

Y de la oscuridad, como si se tratase de una araña que surge lentamente de su cueva, apareció la proa del Heldige, encarándonos directamente.
Esta vez no me dejé llevar por la sorpresa, y ordené mostrarles la batería de estribor, listos para destrozarlos y no darles opción a escapar.
No obstante, ¡maldición!, el teniente Lawyer me avisó de que, pegado a la popa del bergantín, navegaba el cúter, con el teniente Byron haciendo equilibrios sobre el bauprés y disparando con su pistola, algo inútil dada la distancia que lo separaba del barco danés.

Éste finalmente viró para tomar rumbo Este, en una brillante maniobra (ya que lo hicieron por avante) que me confirmó que tanto su capitán como su tripulación son excelentes.
Aprovechamos para disparar una andanada que no hizo tanto daño como me hubiera gustado. Además, perdimos un tiempo precioso en recoger a nuestros hombres, ya que no nos podíamos arriesgar a dejarlos en zona enemiga sin provisiones.
Afortunadamente, el Heldige no fue en esta ocasión tan afortunado, ya que en su intento de forzar vela rompió el mastelero del trinquete, por lo que pronto lo divisamos al horizonte para comenzar con una persecución que dura ya cuatro días.

El teniente Byron me explicó que cuando intentaron el abordaje, fueron descubiertos, y el capitán del bergantín no dudó en cortar el ancla mientras rechazaban a los míos con mucho fuego de mosquetes, con el resultado de algunos heridos de diversa consideración, pero sin muertos.

Espero poder dar caza al Heldige lo antes posible, ya que el barómetro baja a cada día que pasa, el mar está muy peligroso y el viento sopla con muchísima fuerza, lo que vuelve más lenta la persecución pero nos agota a todos, desde oficiales a simples marineros.

Ahora que se me ha calentado el cuerpo gracias a las infusiones que me ha preparado Vincenzo (he bebido como un camello) volverá al alcázar.
No hay un minuto que perder.

jueves

Carta desde España

En el puerto de Karlskrona (Suecia), el 27 de noviembre de 1808. A bordo de la HMS Circe

Llueve como si todos los ángeles del cielo estuvieran meando sobre nosotros.
Además, hace un frío de mil demonios, y cada gota de agua que le alcanza a uno es un alfiler helado que sientes en la mismísima espina dorsal.
A través del ventanal puedo ver, algo borrosa, la silueta del HMS Victory, orgullo de la Armada de Su Majestad, atalaya desde donde Lord Nelson dirigió a nuestros navíos hacia el triunfo ante la escuadra franco-española en Trafalgar: ahora sólo parece un perro apaleado y mojado bajo la lluvia.

No sé si estará a bordo Saumarez.
Obviamente la actividad en cubierta es nula. Pero no me importa. Lo importante es que he recibido su permiso para realizar una misión de crucero de dos semanas en el Báltico, por lo que volveremos al mar a la búsqueda de suculentas presas que nos alegren estos días grises.
Por supuesto, qué duda cabe de que nuestro vicealmirante saldrá ganando, ya que con su escuadra anclada y sin poco o nada que hacer, nuestra fragata, en el caso de que el viaje sea un éxito, le reportará su parte correspondiente, ya que de los botines todos se llevan su parte, empezando por los que mandan.

El caso es que tengo previsto zarpar en uno o dos días, dependiendo de que la condiciones climatológicas sean todo lo buenas que permita este mar.
También he de enviar una carta que la he dejado a medio escribir para don Ricardo, del cual recibí noticias antes de ayer.
Fue una gran alegría, qué duda cabe, ya que pasé con él buenos momentos, con multitud de interesantes y sanos debates sobre nuestros respectivos países, siempre amparados en la cordialidad y, por qué no decirlo, con una botella de vino al alcance de la mano.

En su misiva me hablaba sobre todo del estado en el que se encuentra la guerra en España, con cierto tono de preocupación.
Desde Tudela (reconozco que no tengo la menor idea de dónde demonios se encuentra) me escribía para decirme que después de la esperanzadora toma de Logroño y el posterior despliegue de las fuerzas españolas, Castaños, Joachim Blake y compañía no pueden ocultar su preocupación, ya que más allá de los Pirineos llegan noticias de movimientos de tropas francesas, y es un rumor gritado a voces que el mismísimo Napoleón está al frente de su Grande Armée para acabar de una vez con esos españoles que se le están subiendo a las barbas.
¡Napoleón en España! Desde luego ha de ver un panorama realmente negro para ponerse él mismo al frente de sus tropas.

Le escribiré una carta para desearle suerte, e intentaré hacerlo en español, o al menos, buena parte de ella después de las lecciones que me daba en nuestros viajes por la costa gallega, en el alcázar y con algunos de mis hombres observándome con cara de asombro.
Insisto en que personalmente me causó una gran impresión, ya que es todo un caballero, y me encantaba invitarlo a cenar cuando coincidía con oficiales de otros navíos, que le observaban realmente sorprendidos, como si en vez de esperar un señor de finos modales y un inglés cada vez más tolerable, se esperasen encontrar un pueblerino con barba de una semana y cejijunto.

Pobres estúpidos. Ellos y sus estereotipos, y el de todos, en definitiva, sean de la nación que sean, ya que opino que no hay que fiarse de los colores de la bandera, las costumbres o el color del cabello y la piel, ya que lo mismo te mata una bala de un cañón inglés, que el de un francés, español, ruso o danés.
Hay que ser respetuoso por encima de todo.

En fin. Después de esta pequeña reflexión, terminaré de escribir la carta a don Ricardo y subiré a cubierta para comprobar que los preparativos para zarpar van por buen camino.

De momento sigue lloviendo.

El bosque de Harstop

En Karlskrona, Suecia, el 20 de noviembre de 1808. En una habitación en la calle Stortorget.

Todavía me cuesta controlar los temblores, y no es precisamente a causa del frío. Me avergüenza reconocerlo, incluso en este diario mío, personal, que teóricamente no leerá nadie (a lo sumo quizás lo haga alguien una vez esté dando de comer a los gusanos).
Pero es así, tiemblo de miedo, y no me tranquiliza el mirar a través de la ventana y observar la calle solitaria, oscura, con un cielo sin estrellas, y una suave neblina que se arrastra por el suelo como un moribundo.

Ocurrió hace tres noches, pero cuando el cielo se oculta vuelvo a sentir un escalofrío, y parezco estúpido cuando me meto en la cama con la pistola bien cerca, atento a cualquier ruido que surja del silencio, y con la manta a la altura de la nariz.
Yo, ¡un oficial del Rey! Es ciertamente bochornoso.
Tal como explicaba, me encontraba tomando un extraño brebaje en una posada (en una calle de nombre impronunciable) que aquí llaman Glogg.
No suelen prepararla diariamente, pero el dueño, al ver mi uniforme, la sirvió especialmente para mí, a base de vino, muy fuerte, y todo tipo de tropezones flotantes que me tragué lentamente para no ser descortés con mi anfitrión.

Conforme fueron pasando las horas, el tal Glogg no me resultó tan desagradable, y hasta llegó un momento donde el intento de identificar dichos tropezones dejó de ser importante. Me limitaba a beber, dejando que mi vista se nublara, rumiando mis penas, recordando a los amigos, echando de menos a Lively.
Cuando estaba a punto de dar un cabezazo a la mesa, el ruido de la puerta al abrirse, una sonoras carcajadas y una fría corriente de aire me despertaron de mi ensimismamiento.

El teniente Byron estaba acompañado por otros dos oficiales, uno de ellos de infantería, y me saludaron cortésmente, tratando de recomponerse, aunque estaba claro que su estado de embriaguez era comparable al mío. Me los presentó y al momento tuve que dar permiso para que se sentaran, porque sirvieron una ronda y empezaron a contar batallitas.
Sólo se interrumpían para reírse de forma escandalosa.

Cuando ya me disponía a marcharme llegó el momento de la fatídica decisión.
Jack, sin borrar la sonrisa de su cara, afirmó que esa misma mañana había podido hablar con el cirujano del Implacable, el cual le contó que durante la noche anterior había estado en el bosque de Harstop, al norte de Karlskrona, a la búsqueda de un alce, ya que nunca ha visto uno.
El caso es que, y Jack aquí se reía mostrando sus perfectos y bien alineados dientes, el "matasanos" había huido despavorido al sentirse observado por presencias, "¡presencias!", repitió una y otra vez mi teniente con lágrimas en los ojos.

No sé cómo me dejé convencer, pero antes de darme cuenta ya íbamos camino de Harstop, a lomos de cuatro burros, lo único que pudimos encontrar a tales horas de la noche gracias a la intervención del posadero, que conocía a un amigo que no pondría reparos en cedérnoslos gracias a una interesante suma de dinero. Además nos prestó mantas bien gordas para combatir el gélido viento nocturno.
No sé si fue este último, el abrumador silencio de las calles abandonadas de Karskrona o una extraña sensación en el estómago que me advertía que no siguiera adelante, pero el caso es que cada vez me sentía más despierto, y empezaba a ser consciente de que era una locura lo que estábamos haciendo.

Tras dejar atrás las leves luces de la ciudad, comenzamos a adentrarnos por un camino donde, obviamente, no había un alma.
De vez en cuando nos sobresaltábamos al notar que algo se movía más allá de los matorrales, por lo que las risas de Jack y sus amigos se fueron apagando hasta que divisamos, iluminados levemente por una luna enorme, las puntas de los abetos del bosque de Harstop, que como estacas de empalamiento aguardaban nuestra llegada.

Tras abandonar las monturas, empezamos a andar por el bosque, de una quietud que imponía respeto.
Empezó a nevar, con copos que caían suavemente sobre nosotros, como luciérnagas, hasta que el viento comenzó a soplar, haciendo que el roce de las copas de los árboles más parecieran susurros de demonios que algo natural.
En esos momentos uno recuerda perfectamente todas y cada una de las leyendas que de pequeño nos contaban nuestras abuelas para evitar que nos alejáramos demasiado de la casa: como la de los muertos que vuelven de la tumba para visitar de nuevo a sus seres queridos; criaturas con alas de murciélago que te sacan los ojos cuando te dispones a dormir al aire libre: pequeños seres de orejas puntiagudas y afilados dientes que te observan a la espera de que te descuides; o los espíritus que le vuelven a uno loco al oír su quebrada voz.

El caso es que lo que durante el día son poco más que paparruchas, cuando la luz deja de existir y la inquietud se adueña de tu pecho, conviertes en ciertas todas estas leyendas, y sientes que cada ruido o sombra que logras percibir es una amenaza real.
De esta forma, no es extraño que transcurrido poco más de veinte minutos, y de forma involuntaria, estuviéramos los cuatro prácticamente espalda con espalda, como si en vez de en un bosque oscuro a altas horas de la noche, estuviéramos en la cubierta de un navío enemigo, defendiéndonos ante las acometidas de nuestros enemigos.

Y lo vi. No sé si los demás lo hicieron, pero yo lo vi.
El silencio era total, no se oía absolutamente nada, ¡nada!, y en un tronco con un enorme boquete que se perdía en las profundidades del árbol, observé lo que parecían dos ojos verdes que daban luz a un rostro blanco, sin nariz, con dientes afilados y sin pelo. Me miraba atentamente.
Tras unos segundos que me parecieron eternos, una mano huesuda y blanquecina apareció de la oscuridad, con uñas afiladas en la punta de unos dedos larguísimos, seguida al rato por su gemela.
La criatura empezó a salir del agujero sin dejar de posar sus ojos en mí.

Reaccioné. Tras gritar como un loco, emprendí la huida hacia el burro. Alguien intentó agarrarme por la espalda, solté el codo con furia y oí el sonido de huesos al romperse.
Sin subirme a mi montura, tomé las bridas y arrastré al asustado animal hasta más allá del bosque, para montar una vez me sentí más o menos seguro, sin volver la vista en ningún momento hasta que llegué a mi habitación en la calle Stortorget.

Insisto, a día de hoy aún me siento intranquilo cuando cae la noche.
Esta mañana escribí una carta para el teniente Byron, donde le informaba de que no volvería a tierra hasta nueva orden, y que no le revelara nuestra aventura absolutamente a nadie bajo amenaza de colgarlo de la verga del mayor.
Me respondió dando su conformidad absoluta, comunicándome de paso que el oficial Phillips Howard ya se encuentra mejor, aunque su nariz no volverá a tener el perfil griego de antaño.

En estos momentos, aún no sé que ocurrió esa noche, y me gustaría pensar que todo fue fruto de ese maldito brebaje sueco en una mezcla maldita con el terror.
El caso es que no me cabe la menor duda de que no volveré al bosque de Harstop para comprobarlo.

En tierra firme

En Karlskrona, el 13 de noviembre de 1808, en una habitación de la calle Stortorget

Karlskrona es una de las ciudades más importantes de Suecia, y se nota.
Ahora que se acerca el invierno, el puerto está completamente atestado de embarcaciones de todo tipo y porte.
Hace tres días que llegamos, y ha sido una tarea ardua encontrar un lugar donde echar el ancla de la Circe.
La verdad es que no tengo ni la menor idea de dónde van a ubicar la escuadra de Saumarez, que para colmo llegará con los navíos suecos, lo que podrán sumar una veintena de velas aproximadamente.

Nada más llegar, me reuní con el comandante del puerto, el señor Mats Näslund, que en un inglés correcto me dio la bienvenida y me informó de que dispondrían todo para recibir a la escuadra.
Aproveché la ocasión para rogarle que tuviera a bien encontrar una habitación donde poder instalarme, ya que después de tantos días en alta mar uno agradece el poder dormir en tierra firme.
Al final me indicó que acudiera a la calle Stortoget, ya que un primo suyo posee un edificio donde me podría instalar cómodamente.

Tras enviar un mensaje a mi primer oficial, donde le informaba de que dispusiera de lo necesario para los turnos de permiso para toda la dotación, me dirigí a la mencionada calle, acompañado de Vincenzo, cargado con mi baúl y maravillado por una ciudad donde se puede respirar el mar por todos sus costados.
Un mozalbete de apenas 12 años hizo de guía, señalando éste o aquel edificio mientras respondíamos con bobas sonrisas que denotaban nuestro limitado conocimiento del sueco.

Karlskrona es una ciudad que se adentra en el mar, y está dividida en varias islas, muchas de ellas unidas por puentes. No fue fácil llegar hasta el lugar destinado a la fragata, ya que son tantas estas islas que tuvimos que navegar con mucho cuidado. Afortunadamente pudimos contar con un eficiente práctico sueco al timón, de unos 102 años seguramente y que hablaba con gran alegría sin que nadie en el alcázar entendiera una sola palabra de lo que decía.
Las defensas de la ciudad son admirables, con baterías que controlan perfectamente la entrada al puerto, y un arsenal y astillero donde no deja de oírse el repicar de los martillos.

Uno ve a los suecos y se da cuenta de por qué cuando sus antepasados se embarcaban en los célebres drakkars arrasaban las costas inglesas.
Hasta las mujeres son más altas que yo, y aunque me puedo jactar de no ser precisamente bajo, me siento intimidado cuando vamos por las calles más atestadas, rodeados por estos gigantes rubios que, eso sí, me saludan amablemente al reconocer mi uniforme inglés.

La habitación en sí no es nada del otro mundo, pero tiene lo necesario, con cama, armario, escritorio (desde donde puedo ver, a través de la ventana, un bello edificio de muros amarillos) y, lo más importante, un brasero que mantiene la habitación a buena temperatura.

No cabe duda de que me hacía falta descansar un poco y poder disfrutar de un poco de tranquilidad e intimidad, ya que esto último, en una fragata, es siempre algo muy relativo.
No obstante, aprovecharé estos días para pasear y conocer más a fondo la ciudad.
Ahora me tumbaré y dormiré un poco.
Será extraño no sentir el vaivén de la Circe.

Heldige

En alta mar, en la madrudaga del 5 de noviembre 1808. En el Báltico, a bordo de la HMS Circe.

Ha sido emocionante. Eso no puedo negarlo.
Después del aburrimiento de semanas frente al puerto de Rogerswick, sin la menor emoción, reconozco que lo de hoy ha sido muy interesante a pesar de que, en términos prácticos, resulte ser un completo fracaso.

En la tarde de ayer, largaron señal de subir a bordo del HMS Victory.
Con poca ceremonia, nuestro vicealmirante James Saumarez, sin levantar la mirada de un montón de papeles que tenía sobre el escritorio, me entregó una hoja con mis nuevas órdenes para, a continuación, dar permiso para retirarme.
Ya a bordo de mi fragata, la leí atentamente para comprobar, no sin cierto disgusto, que nuestra misión simplemente consistía en poner rumbo a Karlskrona para dar aviso de que los buques ingleses de la combinada levantaban el bloqueo.
Las malas condiciones climatológicas y el hecho de que es imposible que la flota rusa zarpe, han terminado de echar abajo la voluntad inquebrantable de Saumarez.

Esta mañana, con las primeras luces del alba, la Circe ya estaba en marcha rumbo suroeste, con la tripulación y, por qué no decirlo, hasta mis propios oficiales, contentos ante la perspectiva de poder pisar por fin tierra.
Durante toda la mañana he estado en el alcázar, observando la fragata navegar por este frío y peligroso mar, dando suaves cabezazos, con la jarcia bien tensa y dejando que la espuma me acariciara la cara.
Mis tenientes Lawyer y Byron me han acompañado durante tan dulce travesía, y los tres nos hemos mantenido en silencio, disfrutando del espectáculo de nuestra pirámide de velas.
Después de que sonara Hearts of Oak, nos fuimos a comer, yo solo en mi cabina, y tras un poco de práctica con mi fagot (que al día siguiente de arrojarlo por el ventanal apareció en mi cabina), me tumbé en el coy para leer un poco. Un par de páginas después ya estaba dormido.

Cómo no, fue Vincenzo el que me despertó, y cuando logré enfocar pude ver en la puerta al señor Bullet. Me informaba de que el teniente Byron, en cubierta, me presentaba sus respetos y me rogaba que me encontrara con él cuanto antes.
Conozo a Jack, y él me conoce a mí, por lo que deduje al momento que debía de tratarse de algo importante.
En un par de zancadas el frío del Báltico me azotó en la cara mientras Vincenzo hacía malarabarismos para ponerme el capote del mal tiempo.

"Por la amura de estribor señor. Al menos quince velas. Han virado en cuanto nos han visto".
Tomé su catalejo de las manos y trepé al tope. Cuando llegué, resoplando por el esfuerzo, dirigí la lente hacia el lugar donde me señalaba Byron (que subió conmigo pero teniendo la cortesía de no llegar primero).
En efecto, al menos quince embarcaciones, y su huida era la mejor de las señales.
Por fuerza debería de tratarse de un convoy danés. La solución a mis problemas económicos estaba justo enfrente.

Ordené tocar a zafarrancho, y de nuevo en el alcázar me dispuse a hacer cálculos con mis oficiales para averiguar cuánto tiempo tardaríamos en darles caza.
Aunque ganaban el barlovento, la Circe se encontraba en una inmejorable situación para ceñir, por lo que de maniobrar con acierto podríamos hacer andar a la fragata por lo menos a 13 nudos.
Y así fue. La Circe volaba, y los marineros, algunos con muchas bocas que alimentar en nuestro país, gritaban hurras al ver que acortábamos distancia a una velocidad pasmosa.

Todo era simplemente perfecto, hasta que el serviola dio el aviso de que una de las naves salía a nuestro encuentro.
La sorpresa fue total, y de nuevo tomé el catalejo para correr hacia la proa para comprobar quién nos salía al paso.
Tres palos, aparejo de bergatín. A lo sumo 12 cañones, y el pabellón danés ondeando con orgullo.
En definitiva, un juego de niños para nuestra fragata.
Pero, ¡ay!, nunca menosprecies a tu enemigo, y mucho menos en el mar.

Una acertadísima guiñada, seis balas de a buen seguro 12 libras que se nos echaban encima y una de ellas, en una probabildidad que está, sin exagerar, de una entre un millón, que impacta de lleno en el trinquete y lo parte por la mitad.
El crujido y el palo que se caía sobre bauprés fue lo que siguió, además de una bordada involuntaria por parte de la Circe al ser ya imposible continuar con nuestra ceñida.
Al rato, un carraspeo del señor Blond, oficial de derrota, me indicaba que tenía la boca abierta.

Ladré las órdenes pertinentes para repararlo cuanto antes, no sin antes enfocar de nuevo la lente sobre la popa del bergatín: Heldige.
El ayudante del herrero pasó muchos años como marinero en una embarcación danesa antes de la guerra, y tras reclamar su presencia me comunicó que significa 'Afortunado'.
No pude evitar sonreír.

Ahora es bien entrada la noche, y hace un buen rato que mis hombres lograron reparar el trinquete, el cual ha sufrido mucho en este viaje, por lo que habrá que cambiarlo por completo.
Tenía ganas de escribir estas líneas, ya que no quiero dejar abandonado, por mucho que el cansancio me anime a ello.
Lo que voy a hacer ahora es acostarme, descansar, y esperar a llegar a Karlskrona cuanto antes.
Quiero cumplir mi misión de dar informe sobre la llegada de Saumarez.
Después ya habrá tiempo para ir a la caza del Heldige.

miércoles

El señor Bullet

Frente al puerto de Rogerswick, en el Báltico, el 29 de octubre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Llevamos varios días con mal tiempo. Muy mal tiempo.
Conforme va llegando el invierno, las condiciones aquí, frente a la costa rusa, empeoran, y mantener el bloqueo nos está desgastando, y mucho.

Al margen del frío, que es cada vez más intenso (tengo en la enfermería los primeros casos de dedos congelados), el viento y el oleaje están causando problemas en los navíos más grandes, cuya capacidad de maniobra es limitada.
Esto, unido a que todavía no hay soltura en cuanto a la coordinación entre barcos suecos e ingleses, ha provocado que en los últimos días los casos de jarcias enredadas haya ido en aumento, hasta el punto de que antes de ayer el Uladislaffe y el Centaur chocaron frontalmente, con los dos baupreses echados a perder y el trinquete del navío inglés colgando por babor.

Según he podido oír, nuestro vicealmirante está de los nervios, ya que mientras la flota rusa continúa bien segura en puerto, con ninguna intención de zarpar y menos aún con el barómetro bajando a una velocidad de vértigo, nuestros barcos sufren muchos daños sin que sirva absolutamente para nada.
No sería extraño que pusiéramos proa a Karlskrona antes de una semana, ya que al menos allí podremos pisar tierra antes de que terminemos cañoneándonos unos a otros.

En cuanto a mí, poco a poco, repito, poco a poco, trato de superar la marcha del señor Red.
De hecho, hace tres días, el capitán Lukin, del Mars, me invitó a bordo de su 74 para consultarme si sería posible incluir en el libro del rol de la Circe a otro joven guardiamarina, ya que son tantos sus compromisos en Inglaterra que se vio obligado a aceptar a más aspirantes de lo que la camareta de su navío puede soportar.
De este modo, en la cabina de su navío se presentó este caballero, de 19 años.
Su aspecto, pese a la dureza de las condiciones aquí en el Báltico, es bastante sano, y me llama mucho la atención que está muy 'rellenito', algo extraño teniendo en cuenta el hambre que se pasa entre esos cuatro mamparos.
Aún recuerdo mis enfrentamientos por conseguir un trozo de queso en mis tiempos de guardiamarina. De hecho, la cicatriz que tengo entre ceja y ceja es fiel recuerdo de una de mis batallas perdidas por alimentar mi apetito.

Su nombre es John Bullet, y es muy educado y callado.
No obstante, cuando come se transforma, y esta misma mañana, en el desayuno al cual le invité en mi cabina, hizo gala de una voracidad asombrosa, hasta tal punto que mantuvimos un intenso duelo por comprobar quién acababa con el mayor número de huevos fritos. Creo que hasta gruñó.

El caso es que tendré que seguir atentamente su comportamiento a bordo, por lo que destinaré a Vincenzo, al cual le encanta todo aquello que tenga que ver con la vida ajena, para que se interese de sus avatares en la camareta.

Obviamente, el hueco dejado por el señor Red es imposible de llenar, ni siquiera por un cuerpo tan rechoncho como el del señor Bullet.

Carta al Almirante Daniels

A la atención del Almirante Daniels en Bedford. Inglaterra (escrita el 22 de octubre)

Querido padre:

Le pido mil perdones.
Como siempre, sabe que me gusta escribirle el día de su cumpleaños, pero en esta ocasión lo hago un día después, algo imperdonable y que le ruego que me disculpe.
Pero créame cuando le digo que no han sido momentos fáciles.
No hace ni cuatro días ocurrió algo horrible de lo que aún estoy afectado.

A bordo contábamos con la presencia de un joven guardiamarina, el señor Red, un jovencito realmente encantador, que desde el día que se enroló con nosotros en Portsmouth despertó todas mis simpatías.
Su aspecto, bastante delicado, siempre pálido, con ojeras, y una mirada de persona desvalida, despertó en mi un sentimiento paternal que desconocía y que me empujaba a estar pendiente de él día y noche.

Aunque soy un gran defensor de que lo que ocurre en la camareta de los guardiamarinas no es asunto mío, e incluso veo con buenos ojos que los más veteranos 'pongan a prueba' a los nuevos para que no se relajen y se habitúen a la vida a bordo, con el señor Red hice una excepción, y se lo presenté personalmente a sus compañeros, con la advertencia de que cualquier cosa que pudiera ocurrirle terminaría con el infractor colgado de los tobillos del tope.

Durante nuestro misión en el Báltico, le he invitado en varias ocasiones a comer en la cabina, y aunque apenas comía, ya que se limitaba a dar pequeños mordiscos de ratón y minúsculos sorbos a las copas, su presencia me agradaba, y le hablaba con amabilidad, preguntándole constantemente qué tal se encontraba, recibiendo como respuesta tímidas sonrisas.

Sin embargo, y sin previo aviso, el señor Red enfermó, justo el día después de nuestra aproximación al puerto de Rogerswick, cuando Saumarez pretendía quemar la flota rusa.
Aunque parecía un simple enfriamiento, el cirujano me informó de que su estado empeoraba a cada día que pasaba, y tal fue mi preocupación que pasé días y noches enteras junto a su coy, haciéndole compañía, leyéndole pasajes de mis novelas favoritas para su entretenimiento.

Pero una mañana que me encontraba en mi cabina, revisando las cartas de navegación junto a mis tenientes Lawer y Byron, el cirujano se presentó con una cara que lo decía todo, y tras un par de zancadas, apartando de mí todo lo que pudiera detener mi avance hacia la enfermería, me encontré con el rostro del señor Red, silenciado para siempre.
Tras un momento de estupor, y tras llamarlo inútilmente, me volví loco de rabia y dolor, y camino de mi cabina fui destrozando todo lo que encontraba ante la mirada horrorizada de mis hombres, que creían ver al mismo demonio en persona. Muchos fueron los que se santiguaron.

Después de mi ataque de furia, me invadió una profunda tristeza que me ha tenido enclaustrado en mi cabina durante todos estos días. Sólo salí de ella para enviar su cuerpo a las profundidades del Báltico, en una ceremonia donde apenas pude evitar que me brotaran las lágrimas de unos ojos que miraban con odio a cualquiera que se atreviera a observarme.

Hoy he sacado fuerzas de donde no las tengo para escribir estas líneas, y espero que sepa disculparme que no siga la tradición de redactarla el mismo día de su cumpleaños, celebración de la Batalla de Trafalgar hace tres años.
Precisamente nuestro vicealmirante celebró ayer en el mismísimo Victory una cena en su honor, a la cual me invitaron.
Me disculpé y no acudí, ¡con lo que me habría gustado haber participado en otra ocasión!, pero no tenía ni tengo ganas de socializar dadas las circunstancias.

En fin, querido padre. No me extiendo más.
Le felicito de nuevo, y espero que esta carta no llegue demasiado tarde.
Como siempre le ruego que tenga a bien dar un cariñoso beso a mi madre.
Sin otro particular se despide, suyo afectuoso

Capitán Daniels, a bordo de la HMS Circe, en el Báltico.

viernes

El concierto

Frente al puerto de Rogerswick, el 10 de octubre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Para vencer el tedio del bloqueo a la flota rusa, el capitán William Lukin, del Mars, no tuvo mejor ocurrencia que la de organizar un concierto donde participarían todos aquellos, en la flota, capaces de tocar los instrumentos correspondientes a la pieza musical elegida por sir James Saumarez, en su honor.
Nuestro vicealmirante vio con buenos ojos la iniciativa, y optó por una de Mozart, concretamente el tercer movimiento de la sublime 'Gran Partita'.

Ahí fue cuando comenzaron mis problemas.
Después de varios días de búsqueda de los músicos apropiados, mi teniente Jack Byron, que es incapaz de mantener el pico cerrado por mucho que le haya prevenido al respecto, comentó al primer oficial del Orion que yo tengo, en mi cabina, un fagot.
Precisamente el único instrumento que faltaba para formar la orquesta que tocaría en la gran cabina del Victory.

Mi experiencia con este instrumento se resumen a no más de una decena de clases con mi profesor de música, el señor Volkan, y alguna que otra práctica en alta mar cuando mi tiempo me lo permite.
Por tanto, soy plenamente consciente de que mi talento deja mucho que desear, e incluso llamarlo así, 'talento', es algo demasiado aventurado.

El caso es que, cuando corrí a buscarlo, casi me desmayo al preguntar a Vincenzo por él y recibir como respuesta que se "estaba secando".
Tras mantener la compostura mejor que en el alcázar cuando las balas vuelan sobre mi cabeza, le insté a mi sirviente a que me lo trajera de inmediato. Un minuto después ya lo tenía en mis manos.

Todo parecía en orden hasta que Vincenzo me informó que se había llenado de agua después del aguacero del otro día, pero que no me preocupara, que él, el carpintero y hasta el herrero de a bordo lo habían desmontado y vuelto a montar, limpiando con detenimiento cada parte del instrumento.
Tras un instante de duda, observando detenidamente el fagot por si fuera posible hacérselo tragar, le dejé marchar, aunque no me pude reprimir y le pateé el trasero justo cuando salía por la puerta.

Pero lo peor estaba por llegar.
El día señalado, acudimos a la cabina del buque insignia, todos con nuestras mejores galas, acompañado de mi primer oficial, el señor Lawyer. A Byron lo dejé de guardia el resto de la noche.
Nuestro vicealmirante nos recibió con gran educación, nos invitó a cenar, y tras disfrutar de la comida y la bebida (sobre todo esto último, ya que los nervios me impedían tomar bocado), llegó el momento del concierto.

Los primeros compases fueron bien, y los oficiales Dodds y Sieber demostraron ser auténticos maestros con el clarinete y el oboe respectivamente.
El capitán Lukin se encargó de llevar la batuta, mientras que por mi parte trataba de soplar discretamente, sin querer hacer más ruido del necesario.
Desgraciadamente, el señor Lukin se percató y me instó a que subiera el volumen señalándome con la batuta como si de una acusación se tratase. Para mala fortuna de todos accedí.

Aún no sé si lo peor fue mi poco virtuosismo o el chorro de agua que surgió de mi fagot y que alcanzó al contraalmirante Jackson en plena cara, pero lo cierto es que pasé una vergüenza horrorosa, siendo ya la guinda la mirada asesina que me dedicó Saumarez, al que le agarraba discretamente el capitán George Hope para que no se levantara y me arrojara por el ventanal.

De vuelta a la fragata, ya bien entrada la noche (subí por la escala de babor, para no llamar la atención), lancé el fagot al agua y me fui directamente al coy.
Sentía tanta vergüenza que no pude conciliar el sueño, y aún hoy no me he atrevido a salir a cubierta para exponerme a los ojos de toda la flota.

Eso sí, hace una hora, me ha llegado una carta del capitán Lukin en la que me daba las gracias por tomar parte ayer en el concierto. Además, me explicaba que sir Saumarez ha decidido que, hasta que termine el bloqueo, las piezas musicales que se toquen serán exclusivamente con instrumentos de cuerda.

jueves

Lavandería

Frente al puerto de Rogerswick, el 2 de octubre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Nuestro siempre querido y respetado vicealmirante está de un humor de perros.
Su intento de quemar la flota rusa fondeada en Rogerswick se ha quedado en eso, en un intento.
Según me han contado, lleva tres días sin querer hablar con nadie, y hay quien jura que por las noches se dedica a tirar al suelo todo lo que encuentra en el camino, y hasta aseguran que arrojó el escritorio por el ventanal de popa.
Por supuesto no está probado.

Después de que estuviera todo listo para lanzar los brulotes contra el puerto enemigo (el bergantín Erebus, el cúter Baltic y cinco veleros suecos), la Circe fue la encargada de inspeccionar el puerto enemigo, siempre con cuidado de no acercarnos demasiados a las baterías de tierra y a las de los costados en los buques enemigos.
Conforme nos acercábamos, con el sol asomando tímidamente en su despertar, y un suave oleaje que mecía la fragata en un vaivén sin brusquedad, mandé a mis mejores hombres a las vergas, listos para largar trapo por si ocurriera algún percance.
Sin embargo, los buques del almirante Hanickoff nada hicieron por ir a la caza debido a dos motivos de peso: el primero, porque a nuestra popa, y a no mucha distancia, se encontraba nuestra flota combinada, con un navío de tres puentes, el Victory, como amenaza; y segundo, y quizás más importante, porque el puerto se encontraba bien protegido por una barrera de embarcaciones inservibles que hacía imposible la entrada y salida de navíos.

De este modo la operación 'brulote' quedaba suspendida, y a nuestro regreso, a vista del buque insignia, enviamos un mensaje informando de la situación.
Para mi horror se me ordenaba subir a bordo del Victory, por lo que enseguida eché la lancha al mar para acudir raudo y veloz al encuentro con mi vicealmirante, que me recibió en el mismo alcázar, con cara de pocos amigos y reunido por la plana mayor, incluyendo el contraalmirante Hood, del Centaur.

"Informe Daniels, y déjese los adornos para las fiestas de sociedad".
La bienvenida me secó la garganta, y le expliqué la situación con la voz entrecortada, ante la mirada impasible de mi insigne público, todos guardando una distancia con Saumarez, que echaba chispas por los ojos.
"¿Absolutamente imposible, señor Daniels?"
Por el Rey y por mi puesto, le contesté, y tras un minuto de silencio (juro que no se oía ni una mosca. Todas las dotaciones de la escuadra parecían estar atentos a la cubierta del Victory), me dio permiso para retirarme y volver a mi fragata.

Para colmo de males, a la llegada de la noche, y con los ánimos por los suelos, cayó el aguacero más intenso que he visto en mi vida.
Era pasada la medianoche cuando, de repente, el Diluvio pareció desastarse, en lo que era una auténtica manta de agua que nos impedía ver a más de diez yardas de distancia.
Además, ordené cerrar todos los accesos al sollado, ya que era la lluvia tan potente que los imbornales eran auténticas cascadas.
A base de lampazos tuvimos que arrojar todo el agua posible al mar, ya que el combés era una piscina y muchos marineros chapoteaban como patos, agarrándose a lo que podían mientras yo me dedicaba a 'rescatarlos' con una cuerda atada a la cintura al no saber nadar casi ninguno.

Para colmo teníamos que estar muy pendientes de no acercarnos a los navíos de la escuadra y repetir el episodio del Faderneslandet, por lo que dispuse doble guardia, con los hombres de mejor vista y, por supuesto, con doble ración de grog para evitar que cogieran una pulmonía.

Afortunadamente, y después de alejarnos de la costa para evitar problemas, al amanecer las lluvia se detuvo, y a la vista de tierra, un marinero gritó que se trataba del monte Ararat, arrodillándose la mitad de la tripulación dando gracias a Dios.
Tras tratar de convencerlos de que ni aquello era el monte donde reposó el Arca, ni que un servidor es Noé, cada cual se puso a trabajar para arreglar los daños.

Desde entonces, y han pasado dos días, es imposible encontrar algo seco a bordo, por lo que he decidido que usemos todo cabo que se encuentra a bordo para tender la ropa, por lo que la Circe, más que un buque de su Majestad, parece una lavandería de la calle Marriot.

Por lo demás, poco más, con los rusos a buen recaudo en su puerto, Saumarez desesperado y nosotros con nada mejor que hacer que tareas domésticas.

miércoles

Brulotes

Frente al puerto de Rogerswick, el 24 de septiembre de 1808. A bordo de la HMS Circe

Parece ser que nuestro vicealmirante Saumarez se ha vuelto loco, o bien, piensa que estamos en los tiempos de Drake.Desesperado por acabar de una vez con la flota rusa que día a día observamos con nuestros catalejos, ha optado, en acuerdo con el contraalmirante sueco Nauckhoff, quemarla, haciendo uso de brulotes.

Dado que se acerca el invierno, y que la estancia en estas aguas no va a ser nada cómoda, frente a las costas rusas y con el frío y el viento, el fuerte viento, del lado del enemigo, a Saumarez le han entrado las prisas, por lo que ya están preparando las embarcaciones que serán destinadas a buscar las escuadra enemiga y quemarla.

Los elegidos para este fin han sido un bergantín de 18 cañones, el Erebus, y un cuter que le apresamos a los rusos rebautizado como Baltic (antes Apith). Además, cinco veleros suecos han llegado esta misma mañana desde Carloskrona, y más bien parecen gabarras del Támesis que buques de guerra.

Antes, a la Circe se le ha ordenado que se acerque lo más posible al enemigo para comprobar la posición de los enemigos antes de lanzar contra ellos nuestros barcos, una misión que no cabe duda de que es honrosa para la tripulación y para mí mismo.

Mañana, con las primeras luces del alba, pondré proa al puerto de Rogerswick, ya que esta noche es inútil al no haber luna llena. Además, no creo que los rusos sean tan tontos como para dejar encendidos por la noche los faroles que delaten su posición, por lo que en reunión con el resto de capitanes de nuestra flota, junto a Saumarez y el contraalmirante Hood, se ha decidido que sea mañana por la mañana el mejor momento para la exploración.

Esta tarea le vendrá muy bien a la tripulación, que está algo enrarecida después del incidente con el 74 sueco.Durante varios días sus hombres han estado reparando nuestro trinquete (cuyo aspecto es ya impecable), e incluso han llegado a producirse algunos hechos desagradables. Uno de ellos me ha afectado personalmente, y ha sido un sabor de boca amargo.

Hace cuatro días, y cuando los suecos se encontraban en plena faena, paseaba dirección al castillo cuando observé que Paint, mi timonel y hombre de confianza, abofeteaba a uno de ellos.Justo cuando se iba a producir una nueva pelea, todos quedaron paralizados a una voz mía.

Sin pensármelo dos veces, y con gran dolor de mi corazón ya que no hace apenas una semana que Paint estaba a mi diestra en la escaramuza de Naskon, ordené que le pusieran grilletes, y a los dos días estaba recibiendo sus quince azotes correspondientes en el enjaretado.

Me siento mal, mucho, ya que Paint es posiblemente uno de los mejores de a bordo, y con él tengo un trato especial.
El teniente Byron me informó, extraoficialmente, que el sueco no paró de insultarlo desde que subió a bordo, por lo que Jhonny no pudo más y terminó cruzándole, como vulgarmente, la cara. Pero no me puedo permitir favoritismos a bordo. ¡Así es la vida de un capitán!, por lo que me vi obligado a cumplir con mi deber.

Después de los azotes me he cruzado con Paint una vez, y aunque no tuvo el descaro de no saludarme, noté en su mirada la falta de aprecio que solía demostrar antaño.

Espero que la próxima vez que abordemos un navío enemigo, pueda contar con su compañía y con su siempre bien dirigida hacha de mano.

Abordaje

Frente al puerto de Rogerswick, en el Báltico, el 17 de septiembre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Menudo contratiempo.
Ayer noche la cubierta de la Circe se convirtió en Bedlam.
Yo estaba en el coy, bien tapado, descansado después de haber permanecido durante todo el día en el alcázar, observando las maniobras del bloqueo de la flota combinada, con la intención de que las cosas se hicieran bien a bordo, sobre todo al pasar por el costado del Victory, donde nuestro vicealmirante Saumarez vigilaba que todo se llevara a cabo de la forma más correcta posible, especialmente ante la mirada de nuestros aliados suecos.

Mientras dormía y disfrutaba de un dulce sueño, viéndome a través de una pantalla de humo paseando por la campiña con Lively (¡mi conciencia es incapaz de olvidarla!), me encontré de repente en el suelo de mi cabina, rodando y tropezando con todo lo que encontraba mi voluminoso cuerpo, con un buen dolor de cabeza y el estado de desconcierto que sufrimos cuando nos despertamos de manera forzada.

Cuando trataba de levantarme, me topé con Vicenzo, hablándome de los suecos, pero sin entenderle completamente, ya que el dolor de cabeza iba en aumento. Además, casi no podía oírle porque el estruendo en cubierta era ensordecedor, con gritos de cientos de bocas. Sin dudarlo, tomé sable y pistola, aún en camisón, ya que no me cabía duda de que nos estaban abordando.

Inexplicablemente no oía el redoblar del tambor anunciado el zafarrancho, por lo que ordené a un guardiamarina con rostro asustado con el que me crucé que diera la orden de inmediato.
Cuando logré subir a cubierta, seguido por dos docenas de marineros que imitaban a su capitán, armados y gritando como posesos, me encontré con un espectáculo realmente sorprendente.

El trinquete estaba destrozado y caía por la amura de babor, entre una maraña de cabos y con algunos marineros colgados como monos, que se balanceaban tratando de recuperar el equilibrio.
Lo que más me llamó la atención es que el enorme bauprés de un navío de dos puentes había sido el causante de tal destrozo, por lo que mi asombro fue mayúsculo al no lograr explicarme cómo un buque de semejantes características había logrado burlar el bloqueo y, más inaudito aún, abordar mi fragata como si de un trirreme de los tiempos de Temístocles se tratase.

Sin más dilación me lancé al ataque del buque enemigo, cuando a medio camino me topé con mi teniente Byron, que me rogaba que le ayudara a aplacar los ánimos de nuestros hombres que trataban de embarcar, por la fuerza, en el navío de línea.
Me dispuse a recriminar su poco honorable cobardía cuando observé, en el castillo del buque 'enemigo', a un oficial sueco que trataba de contener a los hombres que intentaban llegar a nuestra fragata, mientras que por nuestra parte mi primer oficial, el señor Lawer, junto al contramaestre y otros oficiales, hacían lo mismo, ya que marineros de ambas embarcaciones se emprendían a golpes salvajemente, entre insultos que eran inteligibles y otros muchos que no.

Mi presencia y mi vozarrón fueron suficiente para calmar los ánimos, e incluso los suecos se pararon en seco cuando vieron llegar a un oficial en camisón, sable y pistola en mano, con un tricornio agujereado (resultado de la escaramuza en la desembocadura del Naskon) como único distintivo, y un reguero de sangre que brotaba de la sien y teñía de rojo el hombro y buena parte del brazo.

Inmediatamente, el capitán del 74 cañones sueco, que a la postre supe que se trataba del capitán Blessing, al mando del Faderneslandet, me dijo a voces desde su navío en un horroroso inglés que me pedía disculpas y solicitaba permiso para subir a bordo.
Tras hacerlo e invitarlo a mi cabina mientras el cirujano trataba de curar mi herida, me explicó que vieron las gavias de la Circe entre las sombras a un cable de distancia, y creyendo que se trataba de una embarcación rusa que trataba de escapar de Rogerswick, puso vela a nuestro encuentro, con la mala fortuna de que al divisar nuestro pabellón y tratar de virar, sus marineros no estuvieron tan acertados como él desearía y terminó destrozando nuestro trinquete.
Mis hombres, en un arrebato de furia, habían comenzado a insultar a los suyos, hasta que las provocaciones llevaron a las manos y unos y otros se fueron intercambiando de embarcación hasta que se produjo la gran pelea que presencié.

Tras despedirlo de mala gana (en ese momento estaba de muy mal humor), no sin la promesa del capitán Blessing de que sus hombres se encargarían de la reparación del trinquete, reuní a mis oficiales para informarles de que hablaré personalmente con todos y cada uno de los involucrados en el incidente, mañana, después de las ocho campanas que anuncian el mediodía.
A buen seguro que no podrán dormir bien esta noche esperando el castigo que les aguarda.

Lo que no saben es que no tengo tal intención, ya que quiero esperar a que el navío sueco esté lo más lejos posible para felicitarlos personalmente por su celo en la defensa de la integridad de la fragata.