viernes

Gran sorpresa


En Londres, el 7 de junio de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Es la primera vez que he navegado hasta el mismo Londres, remontando el Támesis, al mando de una fragata, en este caso la Circe.
La aglomeración de embarcaciones es sencillamente abrumadora, y la mayoría son de bajo porte y de mercancías, por lo que muchos curiosos han sido atraídos por las franjas negras y amarillas de la fragata.

Nuestra arribada a la capital no trajo consigo mayores consecuencias, y la delegación española desembarcó siendo recibida por representantes de nuestro Gobierno, con muchas reverencias y estrechamientos de manos por una parte y por otra mientras me dedicaba a observar la escena desde una prudente distancia.
Parece mentira que hace sólo un mes el HMS Redwing (del capitán Thomas Ussher) capturaba un navío español.

Por supuesto todas estas negociaciones quedan muy lejos de un capitán de navío al mando de una pequeña fragata, por lo que la comitiva se perdió montada en sus carruajes entre las calles, no sin antes de que el señor James Oliver se despidiera de mí con un afectuoso abrazo a la manera española, con palmadas en mi espalda.

Antes de volver a Portsmouth, ya que me han entregado un sobre con las órdenes de preparar la fragata para zarpar de nuevo, he aprovechado la ocasión para pisar tierra y visitar la residencia de los Caster, con el firme propósito de no repetir mi lamentable actuación en la última visita.
Por ello compré una botella de vino para lord Caster a modo de reconciliación, cepillando con esmero mi uniforme y estrenando medias para presentar el mejor aspecto posible.

Tras pasear por las calles, con muchas inclinaciones de cabeza a mi paso a las cuales yo correspondía agradecido, llegué a la casa de los Caster y allí, con ojos como platos y mi boca abierta, casi caigo desmayado por la impresión.
En la puerta, en la misma puerta, Lively Caster, mi amada Lively Caster, charlaba amigablemente con unas señoras que debían de haberse parado para saludarla.
La hacía en Halifax, pero supongo que ya habrá acabado con los negocios que allí la tenían ocupada para volver a la madre patria.

Vestía de blanco, un blanco inmaculado, el cual hacía contraste con su pelo negro. Sonreía amable, como siempre, una sonrisa que me enamoró y que me sigue enamorando, y pude oír su risa a pesar de que era una distancia considerable la que nos separaba, lo que produjo que se me erizaran todos los pelos del cuerpo.

Tras dudar un instante, y ocultarme tras una esquina al creer que había vuelto la cara hacia mí, decidí huir hacia mi fragata, cobarde cual rata, ya que no me atrevía, ni me atrevo, a hablar con ella, correteando por las calles ante la asombrada mirada de los londinenses (algunos reían), hasta que pisé mi falúa, resoplando.

Ahora mismo me siento de lo más avergonzado por mi actuación, pero no sé cómo reaccionaría, máxime cuando me envió una carta informándome que no quería saber nada de mí.
Soy persona que no gusta de estar donde no me quieren, por lo que el conflicto que hay entre mi corazón, que quiere a Lively, y mi cabeza, que exige algo de orgullo y saber estar, me impiden pensar con claridad, por lo que opté por huir hasta que tome una decisión al respecto.

De momento subiré a la cubierta principal, pues me dispongo a ultimar detalles antes de que mañana, al alba y aprovechando la crecida de la marea, marchemos sobre Portsmouth.
Quizás cuando llegue a Spithead busque una solución a mi conflicto personal.

2 comentarios:

CORQUI dijo...

Otro muy buen comentario amigo.

Capitán Daniels dijo...

Gracias señor, con su permiso.