miércoles

Franceses en Cádiz

Frente a Cádiz, el 11 de junio de 1808. A bordo de la HMS Circe.

España, por fin, ha sacado a relucir su orgullo y combate al invasor francés.
A pesar de que Boney ha nombrado a su hermanó José Rey de España (realmente curioso, sin lugar a dudas, viniendo de un hijo predilecto de la Revolución), los problemas, en forma de insurrecciones, brotan aquí y allá por todo el territorio ibérico, como los champiñones después de una noche de lluvia.

En Oporto el general español Belesta ha capturado al general Quesnel du Torpt, en funciones de gobernador, y ha marchado hacia Galicia.
Además, un grupo de insurrectos atacó a los franchutes en Logroño, aunque al final fueron repelidos por el general Jean Antoine Verdier. En Palencia, el comandante de caballería de Bessieres ha derrotado a una fuerza española.
Pero lo realmente serio llegó el pasado 7 de junio, ya que el coronel Pedro de Echevarri intentó defender el paso del río Guadalquivir frente a las tropas del general Dupont. Al final los españoles fueron dispersados, y los franceses, enardecidos por la lucha, han saqueado Córdoba, lo que a buen seguro terminará de poner a casi todo el país en contra de Boney.
Más al norte, Segovia ha sido capturada por el Cuerpo de Dupont, con el general Frere al frente, y al día siguiente un ejército al mando del Marqués de Lazán fue derrotado en Navarra por el general Lefebvre.

Y aquí estamos nosotros, frente a Cádiz, con la fragata Circe que se ha unido a la escuadra del almirante Purvis (en funciones de bloqueo), siendo nuestro cometido el cumplir con labores de observación, ya que el Almirantazgo recibió informes de que los españoles se disponían a atacar los barcos franceses que aquí se encuentran desde la batalla de Trafalgar, éstos son: el Heros, de 80 cañones; y los 74 Algesiras, Pluton, Argonaute y Neptune; además de una fragata de 40 cañones, la Cornelie.

A pesar de que nuestro almirante ha ofrecido su ayuda para la toma de dichos navíos, los españoles se han negado con educación pero firmeza, a buen seguro porque no querrán ver su bahía repleta de nuestros barcos, ya que el conflicto entre ambos países aún sigue vigente.
Sin embargo, tras muchos ruegos, el general Morla, a regañadientes, ha aceptado que dentro del ataque se permita la presencia de un observador inglés.
Yo he sido el elegido, ya que los españoles conocen mi relación con el señor Ricardo de Castro y nuestro 'relaciones públicas', el señor James Oliver.

Los españoles han tomado como táctica el enviar una flota de lanchas cañoneras y bombarderas esencialmente, al margen de un elevado número de embarcaciones auxiliares. El poco espacio de maniobra y la previsión del almirante francés Rossily, que siendo consciente de la situación ha alejado sus barcos de las baterías de Puntales y Matagorda, ha hecho que el Jefe de Escuadra, don Juan Ruiz de Apocada, y el Teniente General, Juan Joaquín Moreno, hayan optado por esta táctica.

Embarqué en la cañonera nº 33, al mando del Teniente de Navío Joaquín Ibáñez de Corbera, que no ocultó su desagrado al contar con un pérfido inglés entre sus tripulantes, siendo imitado por sus hombres, que contestaban con gruñidos y algunos hasta escupían por la borda cuando yo les dirigía la palabra.
Mis constantes intentos de conversación con don Ricardo de Castro y algunas lecciones del señor Oliver me han ayudado a comprender algo, muy poco, sobre el español, aunque no el suficiente, sobre todo cuando la otra persona no tiene ninguna intención de llevar a cabo una conversación.
El caso es que allá íbamos, con una veinte cañoneras y una decenas de bombarderas, apoyadas por el fuego de las baterías y el de los navíos Príncipe de Asturias, muy hermoso, de 112 cañones y que estuvo tanto en Trafalgar como en San Vicente, y el 74 Terrible.

Estas pequeñas embarcaciones, de uno y dos palos y armadas con un cañón de 24 libras, son muy prácticas, y en mis propias carnes he sufrido su efectividad, sobre todo cuando hay poco viento, por lo que mientras comenzaban a ser nítidas las portas de los franceses, y sus primeros disparos levantaban chorros de espuma a nuestra proa, me dediqué a observar interesado cómo los españoles trabajaban en la recarga de su arma, ajustando con los remos la dirección y haciendo así sus disparos más certeros y, por lo tanto, más mortíferos.

Yo me mantuve en la popa, cerca de la caña, sin intervenir en la lucha, intentando no molestar a la tripulación, algo realmente complicado dada la estrechez de la embarcación, por lo que no me tomé a mal los codazos y pisotones que me daban (creo que alguien me pateó el trasero), más pendiente de observar la evolución del combate, con los franceses que se defendieron mucho y bien.
Un navío de 74 cañones destrozó una de las baterías de costa, y allá fue nuestra lancha cañonera, disparando con acierto a las portas enemigas, con mucho disparos de mosquete de una y otra parte, y un valor del teniente Ibáñez que me llenó de admiración, ya que era casi grotesco verle dirigir el sable hacia un enemigo que nos superaba en 73 cañones sin mostrar temor alguno.

Entre el estampido de los cañones, el humo y los gritos, mi sorpresa fue máxima cuando vi ondear en el tope de una falúa nada más y nada menos que la bandera británica, la Union Jack, por lo que no pude impedir el impulso de levantarme y gritar hurra al creer, estúpido de mí, que nuestros navíos llegaban en auxilio de los españoles.
Casi me muero de vergüenza cuando el propio teniente Ibáñez, cuando ya a la vuelta y tras la primera ofensiva, me devolvía a la fragata Circe rodeada por los buques españoles, me explicaba que usaron nuestra bandera a modo de señal (la número 15), para indicar el mensaje "faltan balas".

Todo esto ocurrió antes de ayer, y de momento los franceses no han dicho que se vayan a rendir.
Es más, según he podido saber, la cantidad de pólvora de la que disponen los españoles es mínima, por lo que sería complicado, casi imposible, repetir el ataque del día 9.
Sin embargo, siguen trayendo embarcaciones para que su número intimide a Rossily, que por mucho que pueda resistir sabe que tarde o temprano, con la pólvora que irá desapareciendo de su barriles, así como la comida y el agua, tendrá que rendirse, máxime si tenemos en cuenta que toda una escuadra inglesa protege la bahía de una poco probable escapatoria.

Tras dar mi informe al almirante Purvis, hemos realizado un par de viajes a bordo de la falúa para comprobar el estado de los franceses, que seguramente terminarán por rendirse en uno o dos días.
Ahora mismo me encuentro escribiendo estas líneas en mi cabina, mientras la fragata navega a barlovento de la escuadra, que en breve realizará una nueva virada para mantener la posición.
El problema es que me siento levemente indispuesto, ya que en la noche de ayer me excedí en la cena, y pasé buena parte de la madrugada evacuando en el jardín, por lo que a estas horas me siento algo molesto y con pocas fuerzas.
Lo peor de todo es que no podré realizar mis pasos diarios en el alcázar en mi constante y eterno intento de rebajar mi peso.

4 comentarios:

SANTIAGO dijo...

Magnífica y completísima entrada en el blog, no exenta de los detalles que la hacen más amena e incluso divertida. Los amantes de la historia estarán contentos por la cantidad de datos. Felicidades. Con su permiso

Capitán Daniels dijo...

Muchas gracias señor. Como siempre tan amable.
Un fuerte abrazo.
Con su permiso.

Anónimo dijo...

Buena entrada Captain Daniels, me hizo un poco de daño el "hondear", comprendo que siendo inglés no distinga con hache o sin hache, poca cosa, la chicha está en el combate, muy bien narrado y divertido. Enhorabuena de un marino español de la actualidad, me voy a llamar Lezo, en memoria y homenaje a tan ilustre y valiente marino.

Daniels dijo...

Quedo agradecido con su apunte señor. Como bien dice soy hombre más de hechos que de palabras, y si no son en mi idioma natal entonces soy un despropósito con charreteras.