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lunes

A la caza de berberiscos

En Gibraltar, el 7 de marzo de 1816

Nunca he tenido muy claro cuál es el funcionamiento de los sueños. Personalmente siempre me he sentido muy sensible a ellos. Una buena o mala noche condiciona el resto del día y es por eso que, en parte, los temo.

Esta noche, por ejemplo, he soñado con viejas caras, rostros del pasado que creía olvidados, pero que al regresar al amparo de los sueños lo hacen con tanta fuerza que me deja claro que nunca se terminaron de marchar.

¿Cuál es la razón, biológica, para este fenómeno? Imagino que nuestra cabeza no puede apagarse y punto, y que necesita estímulos para seguir en movimiento. Lo otro sería, quizás, la muerte, el vacío absoluto, la nada.

¿Cuál es la razón de los sueños?
En tiempos de la Grecia clásica les otorgaban poderes proféticos. El gran Alejandro Magno, como tantos otros desde los espartanos, no acudía al campo de batalla si no lo hacían amparados por los presagios, ya fuera leyendo las entrañas de una bestia o mientras dormían.

Francamente no creo que la mente pueda alcanzar tal poder que sea capaz de adivinar el futuro. Eso es cosa de brujas, y a bordo de un navío hay que tener cuidado con este tipo de situaciones, y es mejor no mentarlas, ya que la marinería suele ser supersticiosa por naturaleza, y el mero hecho de saber que su capitán tiene tales pensamientos podría dar pie a un auténtico motín o, lo que sería casi peor, una desbandada en masa.

He estado tentado de consultarlo con el médico de a bordo, un jovenzuelo que parece ser persona estudiada y de mentalidad abierta. Pero como he dicho no me fío aún de que se vaya de la lengua, que a bordo todo se sabe y no quiero alterar la aburrida rutina de la vida en puerto a bordo de un navío.

La guerra acabó y sigo destinado en Gibraltar, a bordo de la Circe con este viejo y silencioso diario como único y viejo amigo, eterno espectador de un capitán de navío sin gloria. Napoleón se pudre en Santa Elena, una isla perdida en el Atlántico, lejos de cualquier nuevo intento de resistencia, abrumado bajo el peso de millones de fantasmas, los de los muertos en infinidad de combates por todo el mundo.


"Sigo destinado en Gibraltar"
La paz con Francia y al otro lado del océano con los americanos ha vuelvo la mirada de la nuestra Royal Navy hacia los piratas berberiscos y su intención de liberar el Mediterráneo de su presencia, y esa será durante los próximas semanas la misión de la Circe, una patrulla constante en busca de presas para asegurar el comercio en la zona y hacer dormir más tranquilos a los habitantes de las costas europeas.

Ardo en deseos de volver a oír el estampido de los cañones y oler a pólvora quemada por la mañana.


martes

Fantasmas

En Gibraltar, el 23 de junio de 1815

Siempre que regreso a Gibraltar siento una sensación agridulce en mi interior. El recuerdo de la muerte de mi amigo Peter es lejano, pero igualmente doloroso.
Cuando la Circe echa el ancla, mi imaginación me juega malas pasadas y creo verlo de pie en su falúa, con esa sonrisa de pícaro en la cara y la alegría en los ojos de volverme a ver. 

Pero no. 
Peter está muerto. Sólo es producto de mi imaginación, y nadie viene a recibir al Capitán Daniels, al menos nadie que no lo haga únicamente por un mero formalismo burocrático.

En esta noche con luna llena, el silencio es total. Hace un momento, en el alcázar y bajo un manto de estrellas que no eclipsaban las luces de la ciudad, pensaba en los fantasmas. No esos que vagan por los salones de antiguos castillos perdidos en bosques. No. Fantasmas del pasado, personas que no hace tanto parecían imprescindibles en mi vida, y que a día de hoy son sólo eso, fantasmas, seres difusos, irreales e intangibles.


"En esta noche con luna llena el silencio es total"

Amistad y amor ¡Que armas tan poderosas! Ambas capaces de convertirte en un héroe invencible, o en el más mísero de los villanos.

Hace unas semanas, en mi 36 cumpleaños, me sentí más solo que nunca. 
No hubo celebraciones, sólo la soledad del capitán, rodeado de muchos y acompañado por nadie, sin regalos ni pasteles, únicamente una solitaria comida y un silencioso brindis con mi reflejo en el cristal del ventanal de popa.

Nostalgia, un enemigo casi invencible, más duro que un navío de tres cubiertas con gente brava a bordo que se niega a arriar la bandera a pesar de que la sangre chorrea por los imbornales, y su potencia de fuego se ha reducido a algún cañonazo solitario poco efectivo, pero la única voz que se eleva para protestar ante la derrota.

Pasear por las calles de Gibraltar es un sabor agridulce constante. La dulzura de los buenos recuerdos, correteando y estrenando flamante uniforme de guardiamarina con compañeros que prometían amistad para toda la vida; o charlas en donde decidíamos el futuro de la guerra Peter y yo mientras disfrutábamos de un fresco vino dulce español a la luz de las estrellas; el contraste es el conocimiento de que nada de esto volverá, de que la vida y la amistad son etapas, y que quién sabe si las mejores de ellas no regresarán jamás.

Pensamientos demasiado profundos a estas horas de la noche, un ataque de melancolía de este capitán que ayer trataba de poner su mejor cara mientras los oficiales nos reuníamos a bordo del Goliath para festejar la derrota (quizás la definitiva) de Napoleón en Waterloo (Bélgica).

El gran corso se enfrentó, cuentan, ante ingleses, prusianos y todo el que se le puso por delante en una batalla terrible en donde murieron miles y miles de hombres hasta tal punto que el general Wellesley, ahora conocido como Duque de Wellington, quedó tan horrorizado que aseguró que lo único tan triste como una batalla perdida puede ser una batalla ganada.


"(...) lo único tan triste como una batalla perdida, es una ganada"

Tras beber lo que no cabría ni en un barril, abandoné la fiesta tratando de mantener la compostura sin éxito, tropezando hasta mi bote, en donde perdí la conciencia hasta que me desperté esta mañana en mi cama y con la ropa de dormir, perfectamente aseado y con el café caliente en mi mesa.

En estos momentos espero órdenes. De nuevo la guerra se acaba y el futuro es incierto.
Yo sólo quiero navegar, sentir en mi cara el aire fresco y la espuma del mar. 

Lo demás no me importa.
Al menos deseo que no me importe. 


viernes

La cañonera francesa

En Gibraltar, el 15 de febrero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy es un buen día. El cielo está azul y el mar algo gris, recobrando su color verde después de que el Estrecho haya sido azotado por el furioso levante durante una semana, algo que no recuerdan los más viejos del lugar.
Tal era la fuerza del viento que ninguno de los navíos ha podido levar anclas en todo este tiempo, e incluso el paquete español que hace el trayecto Algeciras-Ceuta tuvo que refugiarse en nuestro puerto después de estar a punto de irse al fondo.
Tras revisar detenidamente la correspondencia y comprobar que no había oficiales a bordo, se ha puesto en libertad a su tripulación e incluso al pequeño jabeque, el cual ha zarpado esta misma mañana con poca vela, temeroso de que algunas de las cientos de bocas de fuego que erizan los navíos de Gibraltar traspasara sus cuadernas sin previo aviso.

En cuanto a nosotros y nuestra presencia en el Tajo, no vimos barcos rusos, ninguno, aunque la remontada del río por parte del segundo del piloto, el señor Blond, a bordo del cúter, con el guardiamarina Evans en la lancha, fue digna de ser mencionada en La Gazette.
Después de dejarlos lo más cerca posible de la costa sin poner en riesgo nuestra posición, tanto por la posibilidad de ser descubiertos como por exponer demasiado la fragata, ya que el viento seguía soplando con fuerza, nos adentramos en alta mar.

Bogando con brío, con olas de tamaño considerable, ambas embarcaciones se alejaron para fundirse con la noche mientras yo me limitaba a observarlos desde el alcázar. Lo último que vi fue al señor Blond ponerse de pie y saludarme con el sombrero, haciendo gala de un equilibrio memorable.
Aquí transcribo el informe redactado por el propio suboficial:

Pasadas las doce de la noche, y una vez dejamos atrás la fragata que V.E. comanda, comenzamos a bogar con brío para acercarnos lo máximo posible a Lisboa, sin largar la vela en ningún momento para pasar lo más desapercibido posible. Era noche cerrada y sin luna cuando, según mis cálculos, nos encontrábamos cerca, muy cerca de la ciudad, a vista del fuerte San Pedro, exactamente entre la torre de Belén y la batería de San Julián.
Apenas habían pasa
do unos minutos cuando uno de los hombres a mi mando señaló muy cerca nuestra, quizás demasiado, la presencia de una cañonera que enarbolaba bandera francesa.
Traté de actuar lo más rápido posible y ordené su inmediato abordaje.
La resistencia fue dura, muy dura, con fuego de mosquetes desde la cubierta y algún disparo de un cañón de seis libras que no dio en el blanco (más tarde comprobamos que el armamento se completaba con su gemelo y un cañón de 24 que no fue disparada por falta de tiempo). Nos dividimos en dos, y mientras mi grupo atacaba por babor, el comandado por el señor Evans (cuya labor fue diga de mención) atacó por estribor.
El combate en cubierta fue encarnizado, con brava resistencia francesa, ya que el enemigo perdió tres hombres (uno de ellos abatido por un disparo a bocajarro del marinero Paint) y fueron heridos nueve hombres. Una vez su capitán, el señor Gaudolphe, rindió el barco, cortamos las anclas y nos alejamos río abajo.
Las baterías reaccionaron demasiado tarde y sus disparos no nos alcanzaron, exceptuando algún balazo en el paño sin mayores consecuencias. Así logramos abandonar la ciudad, y al alba vimos en el horizonte las gavias del navío que V. E. comanda, para satisfacción nuestra.
Es un placer informarle de que no hemos tenido bajas entre nuestros hombres, y permita que destaque la labor de los nombres reflejados en la lista que le entrego a continuación:

Martin Evans, guardiamarina
John Paint, marinero de primera

William Gaiman, segundo del contramaestre

Arthur Rosh, ayudante del carpintero


Un informe realmente bello y que merece estar en las páginas de mi diario.
No cabe duda de que propondré el ascenso de Blond, y dado que ahora estamos faltos de oficiales el señor Evans es teniente en funciones, noticia que ha recibido con gran alegría.
Después de una noche de celebración, ya en Gibraltar, con mi cabina más alegre que de costumbre, hoy disfrutamos de un merecido descanso, aunque pronto tendremos que levar anclas para reunirnos con la escuadra de Tolón de Collingwood.
Llevaremos correo, lo que pondrá de muy buen humor a los oficiales, lo suficiente, espero, para que nuestro contraalmirante tenga a bien enviarnos a Inglaterra y no someternos a la rutina del bloqueo.

Ahora bajaré a tierra para visitar al teniente Byron, en el hospital de la Virgen de los Desamparados, para darle las noticias de nuestra incursión en Lisboa, las cuales serán recibidas a buen seguro con satisfacción.

miércoles

Correo

En Gibraltar, el 6 de febrero de 1808, a bordo de la HMS Circe.

Se nos ha ordenado zarpar en cuanto sea posible, y afortunadamente la fragata ya está lista en el fondeadero, al menos en cuanto a las reparaciones se refiere, ya que aún falta subir los barriles de pólvora y agua a bordo.
Nuestra misión consiste en poner proa al estuario del Tajo,ya que, según nuestros informes, navíos rusos anclados en Lisboa podrían zarpar en breve, por lo que la Circe, la embarcación más rápida que se encuentra en estos momentos en Gibraltar y con opciones de soportar alguna andanada de un navío de línea, es la más adecuada para esta misión.

Esta mañana, mientras mis hombres se encargaba de realizar las labores de aprovisionamiento, me dirigí raudo, correteando por las calles de esta pequeña gran ciudad, en busca de la oficina de correos, ya que he escrito una carta para mi hermano Yakko, ya que hoy es su cumpleaños y, torpe de mí, no he sido más previsor para mandársela antes.
A pesar de que nuestro distanciamiento es manifiesto, ya que nunca hemos estado de acuerdo en multitud de asuntos (quizás el que yo sea oficial de la Armada y él de los Dragones tenga algo que ver), tampoco creo que sea correcto el no enviarle una felicitación formal, ya que la familia es la familia, y en resumidas cuentas es el único hermano que tengo.
Probablemente no recibiré respuesta de agradecimiento alguno, pero al menos yo habré cumplido con mi deber. Que se vea que la gente de mar tenemos más clase que los 'langostas'.

Por otra parte, he decir que me he llevado una gran sorpresa cuando el encargado del correo me informó que había llegado un paquete para mí.
Éste, de enormes proporciones, ha sido enviado por mi tío Francis, hermano de mi padre, general al mando del Regimiento de las Guardias del Rey, en Irlanda.
Se trata de un precioso cuadro del HMS Victory adentrándose en Gibraltar tras la gloriosa victoria de Trafalgar (¡excelente juego de palabras!).
Eso sí, para poder desenvolver el paquete he tenido que recibir ayuda por parte de señor Evans, que me acompañó, ya que mi tío, que siempre ha sido muy meticuloso, ha tenido mucho cuidado de que el paquete no sufriera desperfectos, con un sinfín de cordeles y telas que ha sido más difícil de abrir que un cofre judío. Más que a Gibraltar parece que el cuadro fuera a ser enviado a Valparaíso.
Sin embargo, estoy muy agradecido por el presente, y he garabateado una nota para mi tío, aunque en un futuro le enviaré una carta más formal y amplia para darle mil gracias.

Después, y todavía a la carrera, visitamos al teniente Byron, cuya mejoría roza lo milagroso, ya que lo encontramos bebiendo un caldo servido por una joven monja que, en ese instante, estaba boquiabierta ante la verborrea de Jack, que le relataba sus peripecias en el Mar Rojo.
Mi primer oficial, aún con el rostro pálido y un aparatoso vendaje en la cabeza, no ocultó su disgusto al enterarse de que la Circe levaría anclas.
Según parece, el médico le ha informado de que se encuentra mucho mejor de lo que podría esperarse tras semejante caída, y que los daños no han sido graves, aunque deberá de seguir bajo observación un par de semanas como mínimo.
Así nos despedimos no sin que Byron nos deseara suerte, rogándome que lo tuviera informado en la medida de lo posible.

Después, junto a mi guardiamarina, hemos subido a la fragata, yo con una amplia sonrisa de satisfacción que ha relajado los gestos de mis oficiales, y con la ayuda de Vincenzo hemos colgado el cuadro en un lugar bien visible en mi cabina.
En estos momentos lo observo y no puedo dejar de sentirme orgulloso por poder lucirlo ante mis visitas, y espero que nos dé suerte en nuestro pequeño viaje a la costa portuguesa.

domingo

Espera en Gibraltar


En Gibraltar, el 3 de febrero de 1808. En el 'London'.

Escribo desde mi habitación de un pequeño hostal (el 'London') cuya ventana da al puerto. A lo lejos puedo ver la Circe en el astillero, donde se le están realizando las reparaciones pertinentes tras los daños recibidos por las baterías de Tolón. Afortunadamente conozco al Maestro Carpintero, y tal como esperaba ha sido honesto, y ha reconocido que a bordo de la fragata ya se hizo un buen arreglo, por lo que el trabajo durará poco y no será excesivamente caro.

Tuve la oportunidad de seguir con mi vida normal en la cabina, pero los constantes martilleos y las voces de la gente de tierra (que a diferencia de la de la mar grita siempre, hasta cuando no es necesario) me han obligado a buscar una habitación en tierra. Y no ha sido nada fácil, ya que son muchos los barcos fondeados y más los oficiales que no desaprovechan la ocasión de disfrutar de una forma más directa los placeres de la ciudad.

Al menos, por mi parte, logro huir del ruido ahora que tengo un incómodo dolor de muelas que me impide comer con normalidad, por lo que tras varios intentos a lo largo de la mañana que terminaron con más lágrimas en mis ojos que comida en el estómago, he optado por rendirme.
Lo que no ha conseguido un buque enemigo lo ha hecho una maldita muela.

Ante tal inactividad, me he dedicado gran parte del día a pasear, a observar los buques, hablar con algún que otro conocido, y recabar información sobre el estado de la guerra, que sigue con la entrada lenta pero segura de las fuerzas de Napoleón en la península Ibérica.
También he visitado la oficina del correo, y para mi gran decepción no he recibido misiva alguna, por lo que me siento solo y triste.
Después de que mi querida Lively me escribiera ordenándome que la olvidara, no ha pasado día que no haya soñado con ver en horizonte una vela dando salvas para subir el correo a bordo, o aquí en tierra, esperar que un mozo traiga consigo un sobre que hubiera conseguido saltar mi corazón por la boca.
Pero nada de nada.
A pesar de los deseos de Lively, creo que me voy a animar y a mandar una carta ahora que el paquete Nercuse se encuentra en Gibraltar listo para levar anclas y dirigirse a Inglaterra.
Sé que la espera podría resultar angustiosa, pero en esta vida quien no arriesga no gana, y eso mejor que nadie lo sabe un oficial de la Armada de Su Majestad.

jueves

Lord Collingwood

En Gibraltar, el 31 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Dicen que después de la tempestad llega la calma, lo que no significa que se vayan del todo las nubes.

Tras el desagradable incidente con el teniente Byron, lo atamos bien al coy para que se moviera lo menos posible mientras la fragata seguían dando profundas e irregulares cabezadas.
Una vez el mar se volvió más practicable, y conforme se iban reuniendo en controlado desorden los buques de la escuadra, desde el insignia, el Ocean, se largó la señal de que el capitán de la Circe subiera a bordo, por lo que embarqué en mi falúa en un mar que no estaba aún tranquilo, y mi timonel falló dos veces antes de enganchar el bichero.

Ya a bordo, Lord Collingwood me recibió en su cabina. En cuanto vi su rostro, pálido, casi cetrino, y con una copa de agua junto a una cristalina jarra de cristal, comprendí que no sería una reunión agradable, ya que nuestro vicealmirante sufre de profundos dolores estomacales (según parece se le ha detectado una grave enfermedad) que le enturbian el carácter.
Me tuvo de pie varios minutos, ojeando papeles, carraspeando con discreción a la vez que mostraba un rictus de dolor en el rostro, y con la cabeza levemente inclinada de tal forma que el sol se reflejaba en su blanca cabeza y casi me deslumbraba.

Con su potente voz Lord Collingwood me pidió explicaciones de por qué había abandonado mi puesto junto a la costa tal como ordenó, ya que sería poco aconsejable para los intereses de la Royal Navy en el Mediterráneo que los buques al abrigo de las baterías de Tolón ganaran el mar. En un principio a punto estuve de explicarle que sería poco probable que lo intentaran dadas las horribles condiciones climatológicas, pero me mordí la lengua. Al fin y al cabo estaba hablando con un héroe de Trafalgar, y no me cabía duda de que le molestaría recibir una lección de un capitán de navío al mando de una pequeña fragata.
Por tanto opté por excusarme y explicar el riesgo que corría la Circe, ya que además tenía una reparación prácticamente recién efectuada tras nuestra incursión días anteriores en las inmediaciones de Tolón, donde las baterías casi nos destrozan.

Collingwood me miró por primera vez a los ojos, como si se hubiera dado cuenta de repente que fue mi fragata la que consiguió confirmar la información de la presencia de buques de poderoso porte en el puerto francés.
Tras un instante de meditación, tocó la campanilla, me ofreció un dulce oporto y me invitó a retirarme.
Ante de marcharme le expliqué el asunto del teniente Byron, que necesitaba ser atendido inmediatamente en tierra, ya que su estado era de serio peligro.
Tras unos instantes de meditación, el vicealmirante, que recordó el heroico papel del teniente en Tolón, dijo lo mucho que lo sentía y dio permiso para poner proa a Gibraltar.

Nada más llegar a un fondeadero atestado (la entrada de las fuerzas de Napoleón en España ha obligado a reforzar nuestras posiciones), y con los hombres al timón mostrando su habilidad para deslizarnos entre navíos de alto y bajo porte, enviamos a Byron a tierra, supervisando yo mismo su traslado, el cual se produjo sin mayores incidentes. Conseguimos una cama para el teniente en un lugar bastante limpio, el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, con monjas que ejercen con ternura de enfermeras.

Ahora he de plantearme a quién asciendo como primer oficial, ya que el Comandante del Puerto me ha explicado que no hay oficiales libres en estos momentos.
Seguramente será cuestión de continuar con la escala de mandos, aunque no es algo que me preocupe por ahora, al menos mucho.
Estamos en puerto amigo y sólo me apetece tumbarme en mi coy y descansar.

A dieta

En Gibraltar, el 17 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Jamás pensé que iba a echar de menos algo tan superficial como la comida.
Desde que he decidido dejar al margen los excesos, los días se convierten en meses, y llegar por la noche a mi coy sin haber profanado este régimen se convierte en una victoria a la altura del asalto al alcázar de un tres puentes.
Vincenzo me sirve las verduras con mayor pesadumbre que la que yo pudiera tener, y no puedo soportar sus ojos compasivos cuando me observa mientras miro el plato de cada día con claro disgusto reflejado en mi rostro.
Como es normal, tengo un humor de perros (más del que suele ser habitual), y en alguna ocasión se ha oído tronar mi voz en cubierta por encima del golpe de los lampazos y con Vicenzo huyendo a la carrera.

Lo único que tengo pendiente es realizar mis tres mil pasos diarios, ya que todavía no he tenido tiempo dado lo mucho que hay que hacer a bordo de la fragata, sobre todo después de que la escuadra de Hood haya abandonado Gibraltar rumbo a Inglaterra, mientras que a la Circe se le ha ordenado permanecer en aguas del Estrecho a la espera de reforzar el bloqueo a Tolón.
¡Otro bloqueo más no, por favor! Los odio con todas mis fuerzas, ya que mi tripulación, veterana, apenas tiene problemas para realizar las maniobras, y las habitualmente emocionantes viradas por avante se convierten en un mero trámite que no merece mi atención: Timón de arribada, orza, soltar escotas, acuartela foque... Lo de siempre

Al menos aprovecharé tantos días de tranquilidad para poner en orden algunos asuntos, ya que tengo cartas que escribir y no se me ocurre un mejor momento.

lunes

Decisión drástica

En Gibraltar, el 14 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy es un día gris, lluvioso.
Los navíos fondeados en Gibraltar parecen perros con las orejas gachas.
Hace un rato me encontraba en la cofa del mayor, con mi catalejo bajo la ceja y observando el Estrecho, con la superficie del mar como un plato, casi sin olas, y el continente africano más allá, que más que verse se intuía tras una fina bruma.

Pocas veces he visto tantos navíos en esta rada, y cuando llegamos desde Funchal fuimos recibidos con vítores y el estampido de las baterías, tanto de tierra como la de los costados de las embarcaciones de franjas negras y amarillas.
Gibraltar está armada y preparada para un posible ataque desde la península.
Sí, es algo habitual y nada sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta nuestro estado de guerra con España, a la que hace aproximadamente un mes le arrebatamos el 12 cañones San José gracias a la intervención de la corbeta HMS Grasshopper, del capitán Searle, sigue en pie.

Sin embargo, desde lo que ocurrió en Trafalgar parece que ser que a este país se le quitan las ganas de entrar en batallas que lo acerquen más a la miseria que a la gloria, con un aliado, Francia, más pendiente de sus intereses que de apoyar o colaborar con sus vecinos de más allá de los Pirineos.
Valga como ejemplo la entrada la semana pasada del mariscal Jeannot de Moncey en territorio español al mando de un Cuerpo de Observación que, unido al ejército de Junot en Portugal, deja totalmente controlada la península en caso de que hubiera problemas para los intereses de Boney.

Mañana levaremos anclas y tomaremos rumbo hacia Portsmouth, aunque dadas las circunstancias, las nuevas circunstancias con las que nos hemos encontrado, puede que se produzca algún cambio de órdenes, por lo que será mejor esperar hasta el último momento.
Mientras, estos días los he aprovechado para escribir alguna que otra carta y pasear en tierra para reducir el peso, aunque continúo con los excesos, y ayer asistí a una fiesta donde me atiborré de tarta para terminar buena parte de la noche en el jardín.

De hecho, esta mañana, en mi paseo, me encontré de frente nada más y nada menos que con el contraalmirante Hood.
Al parecer estaba revisando la situación de nuestra escuadra, en compañía de los capitanes Barton y Wolley, del York y del Captain.
Al encontrarse conmigo Hood, tras mirarme de arriba abajo, me recomendó que dejara de engordar con finas palabras que no impidieron que mi cara se pusiera roja y que apretara con fuerza los nudillos tras mi espalda. Detrás suyo Barton y Wolley me observaron con rostros inexpresivos, aunque uno de ellos carraspeó nervioso y miró con disimulo si mi mano se acercaba a la vaina.
Después de este desagradable incidente volví a mi fragata con los puños cerrados y mirada de pocos amigos que enmudeció a mis hombres de la falúa y, una vez en cubierta, incluso el teniente Byron se limitó a saludarme con gesto marcial.

En mi cabina llamé a Vincenzo y le ordené que se deshiciera de todo lo que tuviera grasa de la despensa, y que desembarcara para hacerse con frutas y verduras. Tras una serie de protestas y una patada en su trasero, ha abandonado la fragata para cumplir con mis órdenes.
Todo sea porque no ponga en riesgo mi carrera al tentarme la idea de rebanarle el pescuezo a un oficial de mayor rango.