lunes

Decisión drástica

En Gibraltar, el 14 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy es un día gris, lluvioso.
Los navíos fondeados en Gibraltar parecen perros con las orejas gachas.
Hace un rato me encontraba en la cofa del mayor, con mi catalejo bajo la ceja y observando el Estrecho, con la superficie del mar como un plato, casi sin olas, y el continente africano más allá, que más que verse se intuía tras una fina bruma.

Pocas veces he visto tantos navíos en esta rada, y cuando llegamos desde Funchal fuimos recibidos con vítores y el estampido de las baterías, tanto de tierra como la de los costados de las embarcaciones de franjas negras y amarillas.
Gibraltar está armada y preparada para un posible ataque desde la península.
Sí, es algo habitual y nada sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta nuestro estado de guerra con España, a la que hace aproximadamente un mes le arrebatamos el 12 cañones San José gracias a la intervención de la corbeta HMS Grasshopper, del capitán Searle, sigue en pie.

Sin embargo, desde lo que ocurrió en Trafalgar parece que ser que a este país se le quitan las ganas de entrar en batallas que lo acerquen más a la miseria que a la gloria, con un aliado, Francia, más pendiente de sus intereses que de apoyar o colaborar con sus vecinos de más allá de los Pirineos.
Valga como ejemplo la entrada la semana pasada del mariscal Jeannot de Moncey en territorio español al mando de un Cuerpo de Observación que, unido al ejército de Junot en Portugal, deja totalmente controlada la península en caso de que hubiera problemas para los intereses de Boney.

Mañana levaremos anclas y tomaremos rumbo hacia Portsmouth, aunque dadas las circunstancias, las nuevas circunstancias con las que nos hemos encontrado, puede que se produzca algún cambio de órdenes, por lo que será mejor esperar hasta el último momento.
Mientras, estos días los he aprovechado para escribir alguna que otra carta y pasear en tierra para reducir el peso, aunque continúo con los excesos, y ayer asistí a una fiesta donde me atiborré de tarta para terminar buena parte de la noche en el jardín.

De hecho, esta mañana, en mi paseo, me encontré de frente nada más y nada menos que con el contraalmirante Hood.
Al parecer estaba revisando la situación de nuestra escuadra, en compañía de los capitanes Barton y Wolley, del York y del Captain.
Al encontrarse conmigo Hood, tras mirarme de arriba abajo, me recomendó que dejara de engordar con finas palabras que no impidieron que mi cara se pusiera roja y que apretara con fuerza los nudillos tras mi espalda. Detrás suyo Barton y Wolley me observaron con rostros inexpresivos, aunque uno de ellos carraspeó nervioso y miró con disimulo si mi mano se acercaba a la vaina.
Después de este desagradable incidente volví a mi fragata con los puños cerrados y mirada de pocos amigos que enmudeció a mis hombres de la falúa y, una vez en cubierta, incluso el teniente Byron se limitó a saludarme con gesto marcial.

En mi cabina llamé a Vincenzo y le ordené que se deshiciera de todo lo que tuviera grasa de la despensa, y que desembarcara para hacerse con frutas y verduras. Tras una serie de protestas y una patada en su trasero, ha abandonado la fragata para cumplir con mis órdenes.
Todo sea porque no ponga en riesgo mi carrera al tentarme la idea de rebanarle el pescuezo a un oficial de mayor rango.

2 comentarios:

adycto dijo...

El exceso de volumen o peso es algo que preocupa a muchos hombres desde tiempos inmemoriales. Yo, que estoy sobre las 225 libras, puedo dar fe de ello con rotundidad pero, aún así pregunto, ¿qué debe hacer un caballero ante una invitación a cenar? ¿no acudir?¿no comer más que fruta y verduras? ¿no brindar cuando nos lo pidan? ¿no probar los platos que con esmero nos preparan? son difícles decisiones

Capitán Daniels dijo...

Señor, estoy completamente de acuerdo con usted.
No cabe duda de que la dieta y la vida en sociedad no son buenas amigas, ya que todo evento que se precie ha de estar acompañado de buena comida y bebida, por lo que sería una completa descortesía ofender al anfitrión si no demostramos nuestro entusiasmo.
Espero que a partir de ahora no me inviten a fiestas o comidas con otros oficiales, ya que me temo que, de seguir así, ni siquiera seré capaz de subir la escalerilla hasta el alcázar.