miércoles

Abordaje

Frente al puerto de Rogerswick, en el Báltico, el 17 de septiembre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Menudo contratiempo.
Ayer noche la cubierta de la Circe se convirtió en Bedlam.
Yo estaba en el coy, bien tapado, descansado después de haber permanecido durante todo el día en el alcázar, observando las maniobras del bloqueo de la flota combinada, con la intención de que las cosas se hicieran bien a bordo, sobre todo al pasar por el costado del Victory, donde nuestro vicealmirante Saumarez vigilaba que todo se llevara a cabo de la forma más correcta posible, especialmente ante la mirada de nuestros aliados suecos.

Mientras dormía y disfrutaba de un dulce sueño, viéndome a través de una pantalla de humo paseando por la campiña con Lively (¡mi conciencia es incapaz de olvidarla!), me encontré de repente en el suelo de mi cabina, rodando y tropezando con todo lo que encontraba mi voluminoso cuerpo, con un buen dolor de cabeza y el estado de desconcierto que sufrimos cuando nos despertamos de manera forzada.

Cuando trataba de levantarme, me topé con Vicenzo, hablándome de los suecos, pero sin entenderle completamente, ya que el dolor de cabeza iba en aumento. Además, casi no podía oírle porque el estruendo en cubierta era ensordecedor, con gritos de cientos de bocas. Sin dudarlo, tomé sable y pistola, aún en camisón, ya que no me cabía duda de que nos estaban abordando.

Inexplicablemente no oía el redoblar del tambor anunciado el zafarrancho, por lo que ordené a un guardiamarina con rostro asustado con el que me crucé que diera la orden de inmediato.
Cuando logré subir a cubierta, seguido por dos docenas de marineros que imitaban a su capitán, armados y gritando como posesos, me encontré con un espectáculo realmente sorprendente.

El trinquete estaba destrozado y caía por la amura de babor, entre una maraña de cabos y con algunos marineros colgados como monos, que se balanceaban tratando de recuperar el equilibrio.
Lo que más me llamó la atención es que el enorme bauprés de un navío de dos puentes había sido el causante de tal destrozo, por lo que mi asombro fue mayúsculo al no lograr explicarme cómo un buque de semejantes características había logrado burlar el bloqueo y, más inaudito aún, abordar mi fragata como si de un trirreme de los tiempos de Temístocles se tratase.

Sin más dilación me lancé al ataque del buque enemigo, cuando a medio camino me topé con mi teniente Byron, que me rogaba que le ayudara a aplacar los ánimos de nuestros hombres que trataban de embarcar, por la fuerza, en el navío de línea.
Me dispuse a recriminar su poco honorable cobardía cuando observé, en el castillo del buque 'enemigo', a un oficial sueco que trataba de contener a los hombres que intentaban llegar a nuestra fragata, mientras que por nuestra parte mi primer oficial, el señor Lawer, junto al contramaestre y otros oficiales, hacían lo mismo, ya que marineros de ambas embarcaciones se emprendían a golpes salvajemente, entre insultos que eran inteligibles y otros muchos que no.

Mi presencia y mi vozarrón fueron suficiente para calmar los ánimos, e incluso los suecos se pararon en seco cuando vieron llegar a un oficial en camisón, sable y pistola en mano, con un tricornio agujereado (resultado de la escaramuza en la desembocadura del Naskon) como único distintivo, y un reguero de sangre que brotaba de la sien y teñía de rojo el hombro y buena parte del brazo.

Inmediatamente, el capitán del 74 cañones sueco, que a la postre supe que se trataba del capitán Blessing, al mando del Faderneslandet, me dijo a voces desde su navío en un horroroso inglés que me pedía disculpas y solicitaba permiso para subir a bordo.
Tras hacerlo e invitarlo a mi cabina mientras el cirujano trataba de curar mi herida, me explicó que vieron las gavias de la Circe entre las sombras a un cable de distancia, y creyendo que se trataba de una embarcación rusa que trataba de escapar de Rogerswick, puso vela a nuestro encuentro, con la mala fortuna de que al divisar nuestro pabellón y tratar de virar, sus marineros no estuvieron tan acertados como él desearía y terminó destrozando nuestro trinquete.
Mis hombres, en un arrebato de furia, habían comenzado a insultar a los suyos, hasta que las provocaciones llevaron a las manos y unos y otros se fueron intercambiando de embarcación hasta que se produjo la gran pelea que presencié.

Tras despedirlo de mala gana (en ese momento estaba de muy mal humor), no sin la promesa del capitán Blessing de que sus hombres se encargarían de la reparación del trinquete, reuní a mis oficiales para informarles de que hablaré personalmente con todos y cada uno de los involucrados en el incidente, mañana, después de las ocho campanas que anuncian el mediodía.
A buen seguro que no podrán dormir bien esta noche esperando el castigo que les aguarda.

Lo que no saben es que no tengo tal intención, ya que quiero esperar a que el navío sueco esté lo más lejos posible para felicitarlos personalmente por su celo en la defensa de la integridad de la fragata.

3 comentarios:

Adnan dijo...
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AlmaLeonor dijo...

¡Hola!
Hasta ahora me había fijado poco en las imagenes que coloca en su bitácora Capitán Daniels. Pero después de conocer una de ellas, hoy las he admirado todas.
¡¡¡Que plasticidad y que bellos paisajes ofrecen esos enormes barcos con su velamen y cordelería!!!!
¡¡¡Preciosos!!!
Besos.AlmaLeonor

Daniels dijo...

Me alegro que le gusten las imágenes, lady Leonor, mi trabajo me cuesta seleccionarlas.