lunes

El duelo

Carta enviada al almirante Daniels, en Bedford, el 12 de diciembre de 1811

Querido padre:


Le escribo desde Gibraltar. Ha ocurrido un hecho en verdad terrible, y han tenido que pasar varios días para atreverme a tomar la pluma y darle forma a mis pensamientos.
No se preocupe, no se trata de mi querido hermano, en plena campaña en la península apoyando a los españoles en su guerra con Napoleón. Se trata únicamente de asuntos de índole personal.


Hace unos dos meses tuve un problema con mi viejo amigo, el coronel Peter Rush, del que le he hablado a menudo. Ya sabe usted que nos criamos juntos en Bedford, aunque con el tiempo nuestros caminos se separaron, ya que mientras él hizo carrera, y con éxito, en el ejército de tierra, yo opté por embarcarme en busca de aventuras y países exóticos.
Pese a nuestra distanciamiento físico, siempre nos mantuvimos en contacto a través de nuestras cartas, y cada vez que mi nave, desde el más humilde bergantín hasta la fragata que ahora comando, echaba el ancla en Gibraltar, acudía presto a saludarle.

Ese fue el caso en nuestro último encuentro, aunque en esta ocasión no acabó con una conversación junto a su magnífica chimenea y degustando un aún mejor magnífico vino, ni en un salón de baile cortejando a las más bellas damas del lugar. No. Allí me encontré con, para mi sorpresa, su esposa, una señora cuyo recibimiento no fue de mi gusto. Además, en ese justo momento también apareció el propio Peter, cuya frialdad y distanciamiento fue aún peor.


El caso es que, de vuelta a la fragata y dispuesto a emborracharme en la soledad de mi cabina, al final opté por hacerme acompañar de mi teniente, el señor Byron, al que invité a vaciar un par de botellas en 'The Pipper'. Tras unas copas y reflexiones sobre el mundo de las amistades y las mujeres, se unieron a nuestra conversación otros oficiales para formar una tertulia a varias bandas.
Pero cometí el gran error de hablar de mi caso particular con Peter, y aunque Byron me advertía con sutiles movimientos de las cejas que era mejor callar, a esas alturas de la noche y con una considerable cantidad de alcohol en mi cuerpo, no me encontraba en condiciones de interpretarlas correctamente.


El caso es que al día siguiente, y con un dolor de cabeza considerable, fui visitado nada menos que por un capitán de infantería de nombre Martins que, con mucha autosuficiencia, me informó de que ejercía en ese preciso instante como padrino del coronel Peter Rush, y que éste tenía intención de batirse en duelo conmigo por las falacias sobre su persona, según sus palabras, que yo pregonaba por cada esquina de Gibraltar.


En ese momento tuve tiempo para un instante de reflexión para recordarme que, en el futuro, tendría que tener cuidado con quién desataba mi lengua. Por otro lado me maldije por mi mala suerte, ya que iba a ser la segunda ocasión en que me iba a batir en duelo con uno de mis, antaño, mejores amigos. No tuve otra opción que aceptar, y le pedí al teniente Byron que por favor ejerciera nuevamente como padrino y acordara con Martins las condiciones de nuestro encuentro, lugar, armas y todo lo demás.
Para no permitir que la noticia de nuestro duelo se propagase, se acordó que tendría lugar a la mañana siguiente, rozando el alba, en un pequeño bosque a las afueras de Gibraltar y que Peter conoce bien por sus batidas de caza. 

Apenas pude dormir y con la máxima discreción posible, bien temprano, el propio Byron remaba en dirección a la orilla en el chinchorro, en donde nos esperaba un mozo con dos caballos para dirigirnos a nuestro destino. Mientras trotaba con mi habitual torpeza, la cual se acentuaba junto al estilo perfecto de mi teniente, me vino a la mente cómo hace tres años me dirigía a mi duelo con mi amigo John James por las calles de Funchal.


Allí nos esperaba Peter, acompañado de Martins, un médico y, para mi sorpresa mayúscula, la mujer de mi antiguo amigo. El teniente Byron protestó por la presencia de una dama en semejantes circunstancias, y fue ella misma la que respondió asegurando que iría con su marido hasta las mismas puertas del infierno de una forma tan teatral como torpe que me produjo indignación y rabia.


Gibraltar comenzaba a percibirse a lo lejos. Brotaba de la bruma matinal que clareaba perezosamente conforme el sol iba asomando su dorada cara más allá del continente africano. 
Pistolas. Fue el instrumento de muerte elegido por Peter, un arma que le daba una considerable ventaja por su reconocida fama como cazador. Con el sable poco podría haber hecho contra mí, más habituado a combatir en los últimos años que él, acomodado con su puesto en tierra. Mi habilidad con la pistola se limita a sucios disparos a bocajarro sobre cubiertas en movimiento que apenas permiten apuntar con corrección.


Tras los pasos de rigor y medirnos cara a cara, tuve un momento para pensar y llegué a la conclusión de disparar al aire y permitir que Peter tuviera suficiente con herirme y saldar así nuestra disputa. Sin embargo, observé con temor cómo mi, en ese momento, enemigo, alzaba su cañón buscando algo más que mis piernas, y mi instinto de supervivencia se activó ante la posibilidad de la muerte para ser el primero en efectuar el disparo y acertarle de lleno en el estómago, mientras que su bala se perdió en las alturas.


Con el llanto de su mujer resonando en mis oídos y la imagen del médico intentando evitar lo inevitable ante la mirada perdida de mi viejo amigo, volví hacia Gibraltar en compañía de Byron y con la promesa del oficial Martins de que, tal como había ordenado el propio Peter, la versión oficial de tal fatídico final se debía a un encuentro con bandidos en el camino mientras se dirigía con su esposa a cazar perdices.
Siempre fue un caballero, hasta el final.


Esta mañana no se oía otra cosa en Gibraltar. El ataque al coronel Rush, que se encuentra gravemente herido en su casa, al borde de la muerte. Son pocos los que creen que logre sobrevivir a tan fatal herida.
Byron me ha confirmado que nadie sospecha de que haya otro motivo, aunque ni él ni yo creemos que su mujer vaya a mantenerse fiel a los deseos de su marido. Veremos qué ocurre si no cambia de opinión en el caso de que Peter fallezca en las próximas horas, algo que no deseo.


Siento escribirle para contarle tan desagradable historia, querido padre, pero quería que conociera mi versión de los hechos por si, finalmente, se llega a saber lo que verdaderamente ha ocurrido y acabo colgado de algún penol.
Por favor, no le cuente esta historia a mi querida madre y limítese a recordale que mi cariño hacia ella y, por supuesto, hacia usted, sigue tan vigente como el primer día en que llegué a este mundo.


Sin otro particular, me despido de usted siendo su más humilde y fiel servidor.

Capitán Vincent Francis Daniels, a bordo de la HMS Circe. En Gibraltar.


La señora Rush

En Gibraltar, el 11 de septiembre de 1811. A bordo de la HMS Circe.

Ha sido un día agradable. Al menos en su comienzo. El sol brilla y el cielo es muy azul. He paseado por la ciudad en compañía de Byron, que ha puesto interés en visitar el Hospital de los Desamparados, lugar en donde fue atendido tras su grave accidente. Las monjas lo han reconocido en seguida, y aunque no pocas han dicho que tenían urgentes asuntos que atender, otras se han mostrado encantadas de volver a verle.

Después hemos tomado un vino de Jerez sentados en una terraza, a la vista del puerto y de las preciosas líneas de los navíos que allí se encontraban, además de las 'líneas' no menos sugerentes de la chica que nos ha servido, una española de ojos oscuros como una noche en el Cabo de Hornos en los que cualquiera se mostraría presto a naufragar. El teniente Byron optó por permanecer en compañía de Margarita, pues así se llamaba, y yo continué con mi paseo.

Por mi parte decidí visitar a mi viejo amigo, el coronel Peter Rush, en su magnífica residencia de fachadas blancas, muy cerca de Punta Europa, desde donde se puede ver todo el Estrecho, con Ceuta, la plaza española, al fondo, en el continente africano.
Llamé a la campanilla de la puerta y me recibió uno de sus criados, vestido de manera impecable. Me invitó a sentarme en el porche, y sin prisas me centré en oír el canto de los pájaros del jardín, aunque eché de menos a sus perros de caza, que habitualmente ladraban alegres, en libertad, pero que en esa ocasión se encontraban en sus jaulas, sumisos y moviendo la cola tristemente en muda súplica de libertad. Me resultó extraño.

Me recibió una mujer que, para mi sorpresa, se presentó como señora Rush. No sé qué me produjo mayor perplejidad, si el mero hecho de haber conocido a una mujer con el apellido de mi viejo amigo, aquel que cada noche se acostaba con una señorita (y señoras) diferente, o el no haber sido invitado al feliz enlace. Ni siquiera se dignó a escribirme. Eso me dolió más que la mirada escrutadora de aquella rubia insolente y descarada que me ofreció su mano enguantada mientras que con la otra se llevaba un bombón a la boca. No mostró ningún saber estar ante un oficial de la armada.

Me invitó a entrar por supuesto, y me ofreció otro bombón. Viendo sus opulentas curvas, no me cupo ninguna duda de que cada ofrecimiento conllevaba para la señora Rush un deseo interior de recibir una negativa, "más para mí" se diría, pero no le di el gusto y me lo comí, aunque la mezcla de menta y chocolate me supo a rayos. Por supuesto no mudé el gesto. He comido carne en mal estado como si fuera un manjar ante los invitados en mi cabina en la Circe. Un triste bombón no me iba a derrotar.

"El 'famoso' capitán Daniels", fue la primera frase que oí de sus labios. El tono de sus palabras dejaba claro que lo de "famoso" la dudaba, y lo de "capitán" lo despreciaba. Me di cuenta de lo ignorante que era. Mi rango de capitán equivale al de comandante en tierra, pero era absurdo sacarla de su error, sobre todo porque por sus modales y vanos intentos de parecer una dama, se notaba a todas luces que Peter no la habría conocido en las cercanías de Whitehall precisamente.

Tras una conversación agotadora, sobre todo porque ninguno de los dos lo deseábamos, llegó Peter, enfundado en su uniforme. Algo en su mirada no me gustó. Percibí sorpresa pero también algo que se acercaba peligrosamente a la incomodidad de querer estar en ese momento muy lejos. Tras estrecharnos la mano, le felicité por su boda y el tartamudeó algo parecido a una disculpa por no haberme escrito que ni me molesté en tener en cuenta. Le invité a cenar en mi cabina, pero dijo tener un compromiso ineludible. Me despedí con la convicción de que no volveríamos a vernos.

El camino de vuelta hacia el puerto fue más duro que la ida, y eso que la cuesta por entonces se me hizo eterna y llegué a la residencia resoplando y con la chaqueta en la mano. Ahora el agotamiento era mental, ese que no se cura en el coy. Siempre he creído que las amistades de verdad son inmunes al tiempo y a la distancia, pero no estoy seguro de que también lo sean a los encantos de un mujer, por muy torpe que sea con el colorete.

Ni siquiera la visión de las franjas negras y amarillas del casco de la Circe (un remedio infalible para los momentos de crisis) me levantó el ánimo. Subí por la escala de babor, no quería ceremonias, y me encerré en la cabina. Perdí la cuenta de las botellas que me pude ver brindando únicamente con las sombras, y me quedé dormido sobre el escritorio.

Esta mañana me he despertado en mi coy, con la ropa para dormir, y un dolor de cabeza insoportable. Llevo toda la mañana para escribir en mi diario, con pausas para tomar café y Vincenzo como única y silenciosa compañía, a intervalos, y reflexionando nuevamente de la amistad, la verdadera y la que no lo es, ni lo fue.

sábado

Un centenar de recuerdos

En alta mar, el 26 de abril de 1811. A bordo de la HMS Circe.

Atrás queda Tolón ¡Por fin! Hay hombres mirando hacia la costa francesa con rostros que muestran auténtica felicidad, mientras otros cantan e incluso bailan. Les dejo hacer. Ha sido muchos meses de rutina. No se les puede reprochar nada.

Por mi parte tengo sentimientos encontrados. Atrás quedan buenos amigos. Oficiales de otros navíos con los que, alrededor de una mesa y regado con un buen vino, he pasado veladas agradables, ganando la guerra ante los franceses de mil formas diferentes, suspirando por amores perdidos o brindando por felices situaciones que no volveremos a vivir jamás.

Pero todo esto se acabó. Al menos frente al puerto francés de Tolón, en este interminable bloqueo que parece que nunca se va a acabar o, al menos, hasta que termine una guerra cuyo fin parece lejos mientras Napoleón continúe tan firme en el continente.
La HMS Circe vuelve a Portsmouth. Vuelve a Inglaterra.

Pero hoy, al margen de la felicidad de volver a la madre patria, es un día especial.
Cien capítulos han pasado ya en este diario, cien vivencias, cien formas de ver lo que me ha ocurrido en estos años desde que decidí tomar la pluma y descargar lo que tengo dentro, sin la necesidad de hacerlo con una botella a mi lado o enfurecido con el primer infeliz que se cruce en mi camino.
Los recuerdos pueden ser una bendición o la peor de las maldiciones. Ser su esclavo, atormentarte en lo que pudo ser o y no fue, o saber gobernalos como el que lo hace como una nave, disfrutando en la travesía, volviendo a vivir tus experiencias y dejarte llevar por las sensaciones. Este diario me servirá en el futuro como le mejor de los timones.

Haremos una parada en Gibraltar, ¡y de ahí a Portsmouth! Ciertamente tengo mucho interés por regresar a mi casa (espero no volver a sufrir otro imprevisto desagradable), y por supuesto visitar a mis padres en Bedford. Quizás así tenga noticias de mi hermano, que según tengo entendido sigue combatiendo con los dragones en la península ibérica.
He barajado incluso la posibilidad de pedir un permiso e intentar buscarlo, para lo que necesitaré informarme de dónde se encuentra y de contar además con un buen guía, ya que España es un país completamente desconocido para mí, y me encontraría tan desubicado como una cabra en la cabina del capitán. Lo estudiaré cuando llegue a la 'Roca'.

Por ahora subiré a cubierta para disfrutar de una de las mejores travesías de los últimos meses. Sin lugar a dudas.

miércoles

Un año más

En Gibraltar, el 4 de junio de 1810. A bordo de la HMS Circe.

Ya me encuentro bastante mejor. Durante la mañana he estado en cubierta, trabajando duro, ya que en cuanto terminemos con las labores de aprovisionamiento pondremos proa a Tolón, para reunirnos con la escuadra del almirante Charles Cotton (que sustituyó al fallecido, y que Dios tenga en su gloria, Lord Collingwood) y continuar así con las labores de bloqueo a la flota del escurridizo Ganteaume.

Ayer estaba en cubierta, disfrutando del silencio de la noche. Como ya estamos en fechas de calor, sobre todo en estas aguas mediterráneas, para evitar el sofoco en mi cabina decidí acomodarme en el alcázar bajo las atenciones de Vincenzo y disfrutar de la lectura a la luz de las estrellas (y un pequeño farol, del todo necesario).
¡Qué delicia! Con un café al alcance de la mano y una tripulación respetuosa y que dormía (en su mayor parte al menos), me metí de lleno en Las Aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York, de Daniel Dafoe. Una novela curiosa y divertida.
Comentaba cada ciertas páginas con Vincenzo qué le parecía la forma en la que Crusoe se desenvolvía en la isla y sobre nuestras posibilidades de encontrarnos en una situación similar, cuando oí una voz en la oscuridad.

A grandes zancadas me acerqué hasta el combés, por babor, en donde un infante de marina, más relajado de lo que debía dadas las circunstancias (era noche cerrada), oteaba el manto negro de la noche más con curiosidad que con recelo.
Nada más verme se cuadró bruscamente, y a mí pregunta y tras una breve, muy breve vacilación, me informó de que el teniente Byron se disponía a subir a bordo.

Yo mismo le tendí la mano para ayudarle a subir, y alzó la ceja de modo imperceptible para mostrar su sorpresa, ya que no esperaba, a buen seguro, encontrarme ahí a tales horas.
El que sí se sorprendió fui yo, y mucho, ya que junto a mi primer teniente llegaban un auténtico trozo de abordaje, con los hombres más peligrosos a la hora de asaltar un navío enemigo, marineros sin escrúpulos, que lees la palabra 'motín' en cada ojo pero de plena confianza cuando llueve acero del enemigo.

Lo más extraño de todo, por encima de todas las cosas, es que estaban completamente sobrios, algo de lo más inusual a esas horas de la noche y llegando de tierra.
Sin embargo, algo en mi interior me dijo que era mejor no preguntar, dejar a Jack con la responsabilidad de que lo hubiera pasado e intercambiar una serie de formalidades para volver al alcázar y seguir con la lectura.

Esta me he despertado aún intrigado, aunque pronto se me olvidó cualquier preocupación ya que el bueno de Vincenzo, siempre tan dispuesto a complacerme, me ha servido un desayuno de huevos revueltos y salchichas, mi favorito, observándome con plena satisfacción mientras lo devoraba. Después, tras quitarse su gorro de lana, me ha felicitado por mi cumpleaños y le he estrechado la mano dándole las gracias por seguir a mi lado durante tanto tiempo.
Se ha debido sentir realmente incómodo, ya que desde entonces lleva todo el día gruñendo y protestando, inflexible ante cualquier mota de polvo o mancha en la cubertería de plata.

Por lo demás, no he recibido felicitación de nadie. He estado en cubierta, hasta que me he sentido como un tonto, esperando algún bote que me trajera una misiva de algún amigo o familiar, pero con escaso éxito. Y de nuevo en mi cabina me he limitado a perderme en mis pensamientos y analizando qué punto estamos realmente solos en este mundo.

Ahora he de dejar de escribir. Llaman a la puerta.

martes

'The Piper'

En Gibraltar, el 11 de mayo de 1810. A bordo de la HMS Circe.
He tardado varios días en poder sentarme a escribir. Me duele todo el cuerpo, pero estaba cansado de pasar tanto tiempo tumbado en el coy, sin hacer nada, recibiendo las atenciones de un silencioso Vincenzo, solícito ante cualquier queja o gesto de dolor que percibiera en mí.

He hecho un verdadero esfuerzo por subir a cubierta, ya que aunque tengo los ventanales de la Circe completamente abiertos, me apetecía andar y que me diera en la sol, ya que aquí en Gibraltar el día ha amanecido especialmente hermoso. 
Y ha merecido la pena, sin duda. Me ha levantado el ánimo contemplar los navíos de todo porte aquí y allá, con pequeños botes a su lado que van y vienen desde tierra firme con todo tipo de cargamentos. 

Ahora, sentado en el alcázar en mi escritorio (antes de pedir a Vincenzo que me lo trajeran ya subía por la escala gruñendo mientras varios hombres lo cargaban entre resoplidos), escribo con la suave brisa de poniente acariciándome la cara, con un silencio inusual a bordo, como si toda la dotación se hubiera puesto de acuerdo para no molestar a su dolorido capitán.
Explicaré qué sucedió para encontrarme en esta situación.

Tras llegar desde la Isla de Santa Maura y dejar los prisioneros que transportábamos en manos de la Comandancia de Gibraltar, di orden al teniente Byron de que estableciera el turno de permisos para nuestros hombres, merecedores de unos días de asueto tras un largo viaje, combates incluidos.
Incluso yo mismo me permití pisar tierra y pasear, solo, por las calles de la ciudad.
Por la noche me acerqué a una de mis tabernas favoritas, 'The Piper', que siempre visito cuando paso por Gibraltar. Estuve bebiendo durante horas, ofuscado en mis pensamientos y respondiendo mecánicamente a los saludos de algunos oficiales.

Y fue entonces cuando lo vi: sentado en una mesa, rodeado de sus compañeros 'langostas', riendo groseramente y borrachos hasta rozar la inconsciencia (durante un segundo de reflexión me pregunté si mi aspecto sería el mismo), pude ver al capitán que hace más de un año me encontré en Portsmouth del brazo de mi amada Lively.
Ciertamente no sé qué me dolió más, si toparme con ese infame o, más bien, recordar a mi amada. Desde luego envidio con todas mis fuerzas a todos aquellos que son capaces de pasar las páginas del pasado y no volver la vista atrás, continuando con su vida sin tener la necesidad de recordar los mejores momentos de su vida o a las mejores personas, como es mi caso.
Es lo que me ocurre con Lively, que aunque me dejó más que claro que no quería volver a seguir a mi lado, y no veo desde hace un año, sigue aferrada con fuerza a mi corazón, tanto que siento verdadero dolor físico cuando el recuerdo me trae su imagen a la mente.

Estos pensamientos, mezclados con el alcohol, me hicieron perder la cabeza, y sinceramente no sé si me autosugestioné y creí ver miradas divertidas hacia mí del maldito 'langosta', ya que incluso me pareció oír el nombre de Lively acompañado de comentarios intolerables.
Lleno de ira, esperé a que el capitán de infantería saliera a la calle para vaciar su vejiga y continuar así bebiendo por dos, y cuando por fin lo hizo le seguí.

El frío de la noche contrastaba con el baboso calor del interior, y ahí estaba el maldito sodomita, apoyado en la pared mientras hacía sus cosas con total tranquilidad, riendo aún entre dientes al son del ruido de su orín.
Ni me lo pensé.
De una patada le estrellé la cara contra la pared, y mientras se tambaleaba, indeciso por devolver aquello a sus calzones o echar mano del sable, le di un puñetazo con todas mis fuerzas que le destrozó la boca, clavándome sus dientes partidos en mi mano.

Habría continuado si no fuera porque me arrojaron al suelo.
Cuando me disponía a levantarme, mis atacantes comenzaron a golpearme salvajemente sin que yo no pudiera hacer más que insultarles mientras buscaba la forma de levantarme y contraatacar.
Pero no pude. Eran demasiados, fuertes y borrachos, por lo que llegó un momento en que perdí la consciencia tras hacerse de noche en mi cabeza.

Cuando abrí los ojos ya el alba empezaba a pedir sitio. Sólo sé que no podía moverme. Tanto era el dolor que sentía por todo mi cuerpo que lo único que me apetecía era quedarme ahí, tirado en ese sucio callejón, que apestaba a vómito, orín y mierda.
Frente a mí, con gesto de preocupación y, a la vez, de desaprobación, estaba el teniente Byron, acompañado de varios hombres.
"Por fin le encontramos señor", me dijo, y sin esperar respuesta me quitaron la chaqueta y los zapatos, colocándome un sombrero de marinero y unas zapatillas mientras me arrastraban hacia la falúa.

Los hombres que nos íbamos encontrando por el camino decían cosas como "menuda borrachera que lleva el gordito" o "con esa panza espero que haya dejado algo de bebida para esta noche", mientras mi esfuerzo por quedarme con sus caras era estéril.
Tras subirme a bordo, Vincenzo se ocupó de mí tras recibir las atenciones del cirujano, que me realizó un examen exhaustivo para decirme que habría que esperar algunos días para comprobar si había heridas internas de consideración.

Como ya he escrito antes, he dormido varios días, y por fin hoy tengo fuerzas para poder subir a cubierta y tomar aire y sol.He intentado hablar con el teniente Byron para darle las gracias y pedirle el informe tras mis días de reclusión en la cabina, pero han dicho que se encuentra en tierra solventando algunos asuntos de vital importancia.