jueves

Heldige

En alta mar, en la madrudaga del 5 de noviembre 1808. En el Báltico, a bordo de la HMS Circe.

Ha sido emocionante. Eso no puedo negarlo.
Después del aburrimiento de semanas frente al puerto de Rogerswick, sin la menor emoción, reconozco que lo de hoy ha sido muy interesante a pesar de que, en términos prácticos, resulte ser un completo fracaso.

En la tarde de ayer, largaron señal de subir a bordo del HMS Victory.
Con poca ceremonia, nuestro vicealmirante James Saumarez, sin levantar la mirada de un montón de papeles que tenía sobre el escritorio, me entregó una hoja con mis nuevas órdenes para, a continuación, dar permiso para retirarme.
Ya a bordo de mi fragata, la leí atentamente para comprobar, no sin cierto disgusto, que nuestra misión simplemente consistía en poner rumbo a Karlskrona para dar aviso de que los buques ingleses de la combinada levantaban el bloqueo.
Las malas condiciones climatológicas y el hecho de que es imposible que la flota rusa zarpe, han terminado de echar abajo la voluntad inquebrantable de Saumarez.

Esta mañana, con las primeras luces del alba, la Circe ya estaba en marcha rumbo suroeste, con la tripulación y, por qué no decirlo, hasta mis propios oficiales, contentos ante la perspectiva de poder pisar por fin tierra.
Durante toda la mañana he estado en el alcázar, observando la fragata navegar por este frío y peligroso mar, dando suaves cabezazos, con la jarcia bien tensa y dejando que la espuma me acariciara la cara.
Mis tenientes Lawyer y Byron me han acompañado durante tan dulce travesía, y los tres nos hemos mantenido en silencio, disfrutando del espectáculo de nuestra pirámide de velas.
Después de que sonara Hearts of Oak, nos fuimos a comer, yo solo en mi cabina, y tras un poco de práctica con mi fagot (que al día siguiente de arrojarlo por el ventanal apareció en mi cabina), me tumbé en el coy para leer un poco. Un par de páginas después ya estaba dormido.

Cómo no, fue Vincenzo el que me despertó, y cuando logré enfocar pude ver en la puerta al señor Bullet. Me informaba de que el teniente Byron, en cubierta, me presentaba sus respetos y me rogaba que me encontrara con él cuanto antes.
Conozo a Jack, y él me conoce a mí, por lo que deduje al momento que debía de tratarse de algo importante.
En un par de zancadas el frío del Báltico me azotó en la cara mientras Vincenzo hacía malarabarismos para ponerme el capote del mal tiempo.

"Por la amura de estribor señor. Al menos quince velas. Han virado en cuanto nos han visto".
Tomé su catalejo de las manos y trepé al tope. Cuando llegué, resoplando por el esfuerzo, dirigí la lente hacia el lugar donde me señalaba Byron (que subió conmigo pero teniendo la cortesía de no llegar primero).
En efecto, al menos quince embarcaciones, y su huida era la mejor de las señales.
Por fuerza debería de tratarse de un convoy danés. La solución a mis problemas económicos estaba justo enfrente.

Ordené tocar a zafarrancho, y de nuevo en el alcázar me dispuse a hacer cálculos con mis oficiales para averiguar cuánto tiempo tardaríamos en darles caza.
Aunque ganaban el barlovento, la Circe se encontraba en una inmejorable situación para ceñir, por lo que de maniobrar con acierto podríamos hacer andar a la fragata por lo menos a 13 nudos.
Y así fue. La Circe volaba, y los marineros, algunos con muchas bocas que alimentar en nuestro país, gritaban hurras al ver que acortábamos distancia a una velocidad pasmosa.

Todo era simplemente perfecto, hasta que el serviola dio el aviso de que una de las naves salía a nuestro encuentro.
La sorpresa fue total, y de nuevo tomé el catalejo para correr hacia la proa para comprobar quién nos salía al paso.
Tres palos, aparejo de bergatín. A lo sumo 12 cañones, y el pabellón danés ondeando con orgullo.
En definitiva, un juego de niños para nuestra fragata.
Pero, ¡ay!, nunca menosprecies a tu enemigo, y mucho menos en el mar.

Una acertadísima guiñada, seis balas de a buen seguro 12 libras que se nos echaban encima y una de ellas, en una probabildidad que está, sin exagerar, de una entre un millón, que impacta de lleno en el trinquete y lo parte por la mitad.
El crujido y el palo que se caía sobre bauprés fue lo que siguió, además de una bordada involuntaria por parte de la Circe al ser ya imposible continuar con nuestra ceñida.
Al rato, un carraspeo del señor Blond, oficial de derrota, me indicaba que tenía la boca abierta.

Ladré las órdenes pertinentes para repararlo cuanto antes, no sin antes enfocar de nuevo la lente sobre la popa del bergatín: Heldige.
El ayudante del herrero pasó muchos años como marinero en una embarcación danesa antes de la guerra, y tras reclamar su presencia me comunicó que significa 'Afortunado'.
No pude evitar sonreír.

Ahora es bien entrada la noche, y hace un buen rato que mis hombres lograron reparar el trinquete, el cual ha sufrido mucho en este viaje, por lo que habrá que cambiarlo por completo.
Tenía ganas de escribir estas líneas, ya que no quiero dejar abandonado, por mucho que el cansancio me anime a ello.
Lo que voy a hacer ahora es acostarme, descansar, y esperar a llegar a Karlskrona cuanto antes.
Quiero cumplir mi misión de dar informe sobre la llegada de Saumarez.
Después ya habrá tiempo para ir a la caza del Heldige.

6 comentarios:

Salvador Díaz dijo...

Magnífico, capitán. Va usted subiendo el nivel.

Daniels dijo...

Gracias don Salvador.
Como siempre tan amable con este humilde capitán.

Pilar Alonso Márquez dijo...

Vaya, Capitán, qué blog más interesante!!

Siempre que el tiempo acompañe, prometo aproximarme y echar un vistazo a vuestro diario.

Gadatas dijo...

¡Oa-a-a-a-hh, del barco! ¿Para cuando una patrulla por las costas del Mediterráneo oriental? Creo que su teniente tenía una debilidad oculta por la arquitectura otomana ;).

Saludos desde la Angleure -preciosa fragata robada durante una chovinista fiesta gabacha-.

Daniels dijo...

Gracias Pilar y Gadatas por su visita.
Angleure, ¡precioso nombre!

Daniels dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.