jueves

El bosque de Harstop

En Karlskrona, Suecia, el 20 de noviembre de 1808. En una habitación en la calle Stortorget.

Todavía me cuesta controlar los temblores, y no es precisamente a causa del frío. Me avergüenza reconocerlo, incluso en este diario mío, personal, que teóricamente no leerá nadie (a lo sumo quizás lo haga alguien una vez esté dando de comer a los gusanos).
Pero es así, tiemblo de miedo, y no me tranquiliza el mirar a través de la ventana y observar la calle solitaria, oscura, con un cielo sin estrellas, y una suave neblina que se arrastra por el suelo como un moribundo.

Ocurrió hace tres noches, pero cuando el cielo se oculta vuelvo a sentir un escalofrío, y parezco estúpido cuando me meto en la cama con la pistola bien cerca, atento a cualquier ruido que surja del silencio, y con la manta a la altura de la nariz.
Yo, ¡un oficial del Rey! Es ciertamente bochornoso.
Tal como explicaba, me encontraba tomando un extraño brebaje en una posada (en una calle de nombre impronunciable) que aquí llaman Glogg.
No suelen prepararla diariamente, pero el dueño, al ver mi uniforme, la sirvió especialmente para mí, a base de vino, muy fuerte, y todo tipo de tropezones flotantes que me tragué lentamente para no ser descortés con mi anfitrión.

Conforme fueron pasando las horas, el tal Glogg no me resultó tan desagradable, y hasta llegó un momento donde el intento de identificar dichos tropezones dejó de ser importante. Me limitaba a beber, dejando que mi vista se nublara, rumiando mis penas, recordando a los amigos, echando de menos a Lively.
Cuando estaba a punto de dar un cabezazo a la mesa, el ruido de la puerta al abrirse, una sonoras carcajadas y una fría corriente de aire me despertaron de mi ensimismamiento.

El teniente Byron estaba acompañado por otros dos oficiales, uno de ellos de infantería, y me saludaron cortésmente, tratando de recomponerse, aunque estaba claro que su estado de embriaguez era comparable al mío. Me los presentó y al momento tuve que dar permiso para que se sentaran, porque sirvieron una ronda y empezaron a contar batallitas.
Sólo se interrumpían para reírse de forma escandalosa.

Cuando ya me disponía a marcharme llegó el momento de la fatídica decisión.
Jack, sin borrar la sonrisa de su cara, afirmó que esa misma mañana había podido hablar con el cirujano del Implacable, el cual le contó que durante la noche anterior había estado en el bosque de Harstop, al norte de Karlskrona, a la búsqueda de un alce, ya que nunca ha visto uno.
El caso es que, y Jack aquí se reía mostrando sus perfectos y bien alineados dientes, el "matasanos" había huido despavorido al sentirse observado por presencias, "¡presencias!", repitió una y otra vez mi teniente con lágrimas en los ojos.

No sé cómo me dejé convencer, pero antes de darme cuenta ya íbamos camino de Harstop, a lomos de cuatro burros, lo único que pudimos encontrar a tales horas de la noche gracias a la intervención del posadero, que conocía a un amigo que no pondría reparos en cedérnoslos gracias a una interesante suma de dinero. Además nos prestó mantas bien gordas para combatir el gélido viento nocturno.
No sé si fue este último, el abrumador silencio de las calles abandonadas de Karskrona o una extraña sensación en el estómago que me advertía que no siguiera adelante, pero el caso es que cada vez me sentía más despierto, y empezaba a ser consciente de que era una locura lo que estábamos haciendo.

Tras dejar atrás las leves luces de la ciudad, comenzamos a adentrarnos por un camino donde, obviamente, no había un alma.
De vez en cuando nos sobresaltábamos al notar que algo se movía más allá de los matorrales, por lo que las risas de Jack y sus amigos se fueron apagando hasta que divisamos, iluminados levemente por una luna enorme, las puntas de los abetos del bosque de Harstop, que como estacas de empalamiento aguardaban nuestra llegada.

Tras abandonar las monturas, empezamos a andar por el bosque, de una quietud que imponía respeto.
Empezó a nevar, con copos que caían suavemente sobre nosotros, como luciérnagas, hasta que el viento comenzó a soplar, haciendo que el roce de las copas de los árboles más parecieran susurros de demonios que algo natural.
En esos momentos uno recuerda perfectamente todas y cada una de las leyendas que de pequeño nos contaban nuestras abuelas para evitar que nos alejáramos demasiado de la casa: como la de los muertos que vuelven de la tumba para visitar de nuevo a sus seres queridos; criaturas con alas de murciélago que te sacan los ojos cuando te dispones a dormir al aire libre: pequeños seres de orejas puntiagudas y afilados dientes que te observan a la espera de que te descuides; o los espíritus que le vuelven a uno loco al oír su quebrada voz.

El caso es que lo que durante el día son poco más que paparruchas, cuando la luz deja de existir y la inquietud se adueña de tu pecho, conviertes en ciertas todas estas leyendas, y sientes que cada ruido o sombra que logras percibir es una amenaza real.
De esta forma, no es extraño que transcurrido poco más de veinte minutos, y de forma involuntaria, estuviéramos los cuatro prácticamente espalda con espalda, como si en vez de en un bosque oscuro a altas horas de la noche, estuviéramos en la cubierta de un navío enemigo, defendiéndonos ante las acometidas de nuestros enemigos.

Y lo vi. No sé si los demás lo hicieron, pero yo lo vi.
El silencio era total, no se oía absolutamente nada, ¡nada!, y en un tronco con un enorme boquete que se perdía en las profundidades del árbol, observé lo que parecían dos ojos verdes que daban luz a un rostro blanco, sin nariz, con dientes afilados y sin pelo. Me miraba atentamente.
Tras unos segundos que me parecieron eternos, una mano huesuda y blanquecina apareció de la oscuridad, con uñas afiladas en la punta de unos dedos larguísimos, seguida al rato por su gemela.
La criatura empezó a salir del agujero sin dejar de posar sus ojos en mí.

Reaccioné. Tras gritar como un loco, emprendí la huida hacia el burro. Alguien intentó agarrarme por la espalda, solté el codo con furia y oí el sonido de huesos al romperse.
Sin subirme a mi montura, tomé las bridas y arrastré al asustado animal hasta más allá del bosque, para montar una vez me sentí más o menos seguro, sin volver la vista en ningún momento hasta que llegué a mi habitación en la calle Stortorget.

Insisto, a día de hoy aún me siento intranquilo cuando cae la noche.
Esta mañana escribí una carta para el teniente Byron, donde le informaba de que no volvería a tierra hasta nueva orden, y que no le revelara nuestra aventura absolutamente a nadie bajo amenaza de colgarlo de la verga del mayor.
Me respondió dando su conformidad absoluta, comunicándome de paso que el oficial Phillips Howard ya se encuentra mejor, aunque su nariz no volverá a tener el perfil griego de antaño.

En estos momentos, aún no sé que ocurrió esa noche, y me gustaría pensar que todo fue fruto de ese maldito brebaje sueco en una mezcla maldita con el terror.
El caso es que no me cabe la menor duda de que no volveré al bosque de Harstop para comprobarlo.

5 comentarios:

Navegante dijo...

¿Un trol quizás?

Daniels dijo...

O un mero vagabundo buscando refugio y que influido por el miedo y el alcohol se convertía en un monstruo al amparo de la noche.
Como ya he dicho no estoy dispuesto a comprobarlo, señor.

Thomas Pullings dijo...

Muy bueno, Daniels, realmente inquietante y cómico a partes iguales. Y es que estos bosques del norte guardan oscuros arcanos sobre los que es mejor no intentar echar demasiada luz...

A su servicio

Daniels dijo...

Así es señor Pullings. Me alegro de que le haya gustado nuestra pequeña aventura en el bosque de Harstop, pero le aseguro que será la última. Mi corazón lo agradecerá.

Salvador Díaz dijo...

Compañero, con cada relato se va superando. Este relato ha tenido algo diferente a los demás, además de la tangible diferencia de temática.

Me ha hecho sentir lo mismo que sintió usted en el bosque, cada sensación, cada sentimineto.

Ha adquirido usted una experiencia narrativa impresionante y tengo el honor de felicitarte.

Felicidades, capitán!