miércoles

Planes de libertad

En Marsella, 18 de marzo de 1809. En una habitación de la calle Le Panier

Considero la huida. Por supuesto. Es algo que tengo en mente constantemente. Escribo de ello con la tranquilidad de ser consciente de que no van a hurgar en mi diario, sobre todo porque el capitán Dubourdieu ha dado órdenes precisas de que no se vulnere mi intimidad.
No obstante, de forma preventiva, escribo cuando sé que no me observan, y siempre tengo escondido mi diario bajo las mantas del catre.

Mi carcelero es un mozalbete que no llegará a los dieciocho años. Lleva uniforme, pero no reglamentario del ejército, pues no logro identificarlo. Ha de ser de la milicia más bien.
Su cabeza me llega al pecho, y cada vez que entra en la habitación para traer comida, una jofaina para asearme o retirar mis inmundicias, es casi cómico comprobar como intenta hacer todo eso sin perderme ojo de encima, revelando gran torpeza y, sobre todo, nerviosismo.
En más de una ocasión he tenido que recoger su mosquete del suelo y entregárselo, a lo que siempre responde con un 'merci' que me hace ver que, con toda probabilidad, no ha cambiado aún la voz.

Es innegable que yo no tendría ningún problema para reducirlo. A buen seguro ni me haría falta usar la fuerza, ya que tengo la sensación de que un buen grito, de esos que vienen muy bien cuando, en plena galerna, con el viento silbando, el rugido de las olas y el crujir de madera, consigues que te oigan tus gavieros mientras recogen paño a toda prisa, sería más que suficiente.

Pero en el caso de que el joven francés estuviera atado con sus correas en mi habitación y amordazado con una de las medias que me trajo Dubourdieu, ¿qué debería hacer después? No conozco nada de Marsella, y menos de Francia. Lo único que podría intentar sería encontrar la costa y alguna embarcación que me llevara hasta la escuadra que bloquea Tolón.
Desde luego me alzarían a la posición de un héroe, y seguramente recibiría parte del prestigio perdido.
Pero sería una misión casi suicida.

Para empezar la única ropa que tengo es mi propio uniforme, y el del francés sólo me valdría para jugar a los muñecos.
Es de suponer que un oficial de Su Británica Majestad de casi seis pies de alto y 242 libras de peso llamaría la atención en una de las ciudades más importantes de Francia.
La caza del zorro sería un juego de niños comparado con lo que me harían a mí al verme correteando por las calles, perdido y desorientado.

No cabe duda de que mi única oportunidad llegará con el momento de mi traslado.
No es lo mismo huir en un centro urbano de la importancia de Marsella que en algún camino rumbo a mi desconocido destino, ya que en los campos tendría la ocasión de ocultarme e intentar encontrar la forma de hacerme a la mar por el medio más seguro, si acaso existe alguno que no entrañe riesgo.

He intentado preguntar a mi pequeño carcelero si tiene conocimiento de cuándo marcharé de aquí, pero su inglés es tan malo, o inexistente, como mi francés, que se reduce a unos cuantos insultos y a solicitar la rendición.
De tal forma, tras muchas gesticulaciones por ambas partes sin que llegáramos a conseguir nada en claro, he optado por dejar de intentarlo y limitarme a esperar lo que el destino crea conveniente.

De momento no tengo otra salida.

4 comentarios:

nacho dijo...

Vamos Capitán, no sea melindroso y a la carga. saludos

Capitán Tormentas dijo...

Antes de nada dejarte un saludo entre colegas de profesión y aficiones. Después darte la enhorabuena por este magnífico blog; y aprovechando me felicito a mi mismo por encontrarlo. Con su venia me auto enrolo en su aventura, prometiendo no molestar mucho.
Gracias Capitán

Daniels dijo...

Bienvenido a bordo capitán Tormentas, le serviría una copa de clarete, pero ahora sólo tengo un cuenco con algo de agua, ya que el vino avinagrado es sólo los domingos.
A su servicio.

Navegante dijo...

Querido capitán, me complace comprobar que mantiene la cabeza entretenida con esos planes de fuga. Le recomendaría que aprovechara la primera oportunidad que tuviera para salir de allí y, tal vez, en una ciudad más grande fuera más fácil pasar desapercibido, poder esconderse, robar algo de ropa... Si espera al traslado, tal vez no tenga oportunidad en ese momento y haya dejado pasar su última oportunidad.

De todas forma, suerte.