Menudo espectáculo. Sencillamente impresionante.
Hace unos minutos me encontraba en el alcázar de la Circe observando, con ojos maravillados, parte de la flota portuguesa desfilar ante nosotros, después de que las 'negociaciones' del embajador Lord Strangford hayan puesto definitivamente a la familia real de nuestro lado.
Nuestra escuadra escoltará a las velas lusas hasta Brasil, concretamente a Río de Janeiro, donde el príncipe regente, su reina madre y el resto de la parentela se asentarán a la espera de que las tropas francesas entren definitivamente en Lisboa a las órdenes del general Junot.
Apenas había amanecido esta mañana cuando el vigía avistó las velas portuguesas que comenzaban a asomar por el Tajo, seguido lo cual todos los oficiales nos encontr

El Hibernia, después de los pitidos y el redoble de tambor de rigor (en ese momento la fragata se situaba a sotavento del buque insignia), comenzó a retumbar con sus 21 salvas, siendo correspondidas por todos nuestros barcos y, casi sin interrupción, por los portugueses, sucediéndose los cañonazos y sin que los oficiales en el alcázar pudieran disimular sonrisas satisfechas. Yo mismo me sorprendí riendo de alegría mientras mis hombres se esforzaban porque todo terminara de ser perfecto.
No cabe duda de que no hay nada mejor que el olor a pólvora por la mañana.
Afortunadamente la flota portuguesa, al mando del vicealmirante Manuel de Acunha, ya se encontraba prácticamente preparada para zarpar, por lo que todo se ha desarrollado rápidamente y sin problemas.
En estos momentos se cruza por nuestra popa un 74 cañones, el Medusa, seguido a medio cable de distancia por un 44, Golfinho reza en su espejo de popa, aunque los mástiles se siguen perdiendo más allá del Tajo, ya que según nos han informado, al margen de los navíos de guerra, que pueden ser una veintena aproximadamente, hay otros tantos mercantes armados.

Mientras los buques continúan deslizándose ante la atenta mirada de nuestra escuadra, he tenido la oportunidad de echar un vistazo al correo, que llegó a bordo del bergantín Nercuse, donde he recibido una carta de mi querida y muy amada Lively, la cual me ha enviado todo su cariño y me ha contado que ha viajado a Londres junto a su padre para asistir a una importante representación teatral, nada más y nada menos que Shakespeare.
Según me ha escrito, actúa un joven de nombre Edmund Kean cuyo futuro parece ser prometedor y que despierta todas mis simpatías, ya que se enroló en Portsmouth durante algunos años, haciéndose pasar por sordo y cojo de una forma tan perfecta que engañó a los doctores que le atendían.
Entre las salvas de hace apenas una hora y esta carta de Lively noto el corazón muy alto, y escribo con una sonrisa tonta en la cara.
Sólo falta una buena batalla y, por qué no, un buen botín para entregarle a mi amada un hermoso presente y afianzar un poco más nuestro futuro.