viernes

Muerte en el Báltico

En alta mar (en el Báltico), el 12 de diciembre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Jamás una victoria supo tanto a derrota.
Me duele todo el cuerpo, y el vendaje que me rodea el tronco no me deja escribir con comodidad. La noche en el coy tampoco ha sido buena, y apenas he podido descansar. Doy cabezazos de sueño de los que despierto con profundos pinchazos que me hacen aullar.

El silencio en la fragata es casi absoluto, y las órdenes se dan sin levantar la voz.
Aunque casi no puedo moverme, he subido esta mañana bien temprano al alcázar para dar ejemplo de ánimo.
He intentado por todos los medios aparentar que no presto atención a los arreglos en la fragata (no sin asegurarme de que todo estuviera en orden) ni a los trabajos de limpieza de la sangre que aún sigue bien agarrada a la madera, como una macabra penitencia por castigo a mi desacierto.

He mantenido una breve charla con el teniente Lawyer, con el brazo en cabestrillo, y me ha informado del estado de las reparaciones. A continuación hemos procedido a la medición del mediodía, con un sol gris y borroso que más bien parecía una mancha sobre un mar plomizo sin espuma.
Después he vuelto a mi cabina, y aquí estoy, listo y preparado ante mi diario para escribir sobre nuestro duro combate frente al bergantín danés Heldige.

Tras una larga caza, a estela del enemigo, y cuando acortábamos distancias, no pude dejar de sorprenderme ante el hecho de que el capitán no decidiera tirar por la borda los toneles de agua y cañones, táctica habitual en las embarcaciones de poco porte que quieran ganar velocidad.
Eso me hizo comprender que su intención era la de buscar el enfrentamiento, así que no me resultó extraño ver cómo, a pocas horas de que cayera la noche del pasado 9 de diciembre, el bergantín se situaba a nuestro barlovento para comenzar el combate.

En el primer intercambio de andanadas quedó claro que, pese a la desventaja de nuestra posición respecto al viento, el superior calibre de nuestros cañones pronto desequilibraría la balanza a nuestro favor, y sin apenas daños en la Circe, el bergantín ya había perdido el mayor y el trinquete.
Sin posibilidad de maniobra, y, reconozco, algo confiado, decidí abordar al enemigo para no causar más daños a una embarcación realmente hermosa y que quería llevar en las mejores condiciones posibles de vuelta a Karlskrona.
¡Gran error! Si llego a saber lo que iba a ocurrir después, habría mandado al danés al fondo del mar con mi batería de 12 libras.

Me pudo la confianza, y dispuse a los hombres para el abordaje.
Pero, cuál fue mi sorpresa, cuando con los garfios bien fijados en el Heldige y listos para el ataque fueron los daneses los que se nos echaron encima.
¡Y vaya hombres! Todos enormes, fortísimos y bravos en el intercambio de sablazos, disparos y hachazos. Por un momento pensé que abordábamos un drakkar vikingo. Ni me dio tiempo a ordenar una descarga de metralla en la cubierta del bergantín.

Con mi sable en una mano y la pistola en la otra bajé corriendo al combés, donde la lucha era más encarnizada, con otra pistola más fijada en el cinturón, que si bien me restaba movimiento me daba seguridad.
Y entré en el infierno.

Mientras los disparos de mosquetes silbaban a mi alrededor, comencé a gritar como un poseso para animar a los míos, que se enfrentaban con brío a la marea enemiga, que dado su tamaño parecía que nos superaban en número (lo que no era el caso).
Casi resbalo al pisar algo viscoso, pero me recompuse para disparar en pleno pecho a un danés que le había clavado una pica por la espalda a uno de mis infantes de marina.

Paré un golpe, y con la espada del enemigo aún trabada (me insultaba, a buen seguro, mientras espumarajos de saliva me salpicaban la cara), con la culata de la pistola a modo de maza le abrí la cabeza con un golpe violento.
Se desplomó mientras miraba con rostro inexpresivo parte de su cerebro en la mano.

Y llegó.
Enorme, posiblemente una deidad nórdica, quizás el mismísimo Thor. Podría medir seis pies y medio, y en una de sus manos portaba un hacha gigantesca que manejaba como si se tratase de un florete.
Se plantó enfrente mío, y tras esquivar sus ataques me partió el sable es dos tras un golpe brutal. Estaba desarmado.
En ese momento el mundo desapareció a mi alrededor: los gritos de furia; los llantos; los lamentos en plena agonía; el estampido de los disparos; el sonido metálico de las armas...
Sólo existía mi enemigo.

Cuando ya me disponía a recibir el golpe de gracia, y el hacha ya se cernía sobre mí, surgió la figura de Johnny Paint: timonel y hombre de confianza; escolta sempiterna en los abordajes; buen luchador; y un mejor marinero si cabe.
A pesar de que la diferencia de tamaño era considerable, Paint se echó encima del gigante como un gato rabioso, clavándole su pequeña hacha de abordaje en el costado del danés.

A pesar de mi dolor por su pérdida, me queda el consuelo de que fue rápido.
La respuesta del Titán fue letal. Con el arma clavada en su cuerpo, agarró el brazo desnudo de Paint, descargó el suyo con fuerza sobre el cuello de mi timonel y éste, ya inerte, fue lanzado como un trapo sucio a las aguas del Báltico.

A veces uno se asusta de lo deshumanizado que puede llegar a ser un combate, ya que en ese momento no sentí la pérdida de Paint. Sólo quería salir vivo de ahí, y cuando mi rival volvió su mirada hacia mí, ya tenía amartillada mi pistola, le disparé donde menos se lo esperaba, en sus mismas partes, y estaba doblado gritando de dolor cuando le arranqué la hacha de su costado para abrirle la cabeza (me hicieron falta dos golpes).

En ese momento creí ser un héroe mitológico, y como si de Héctor se tratase cuando cuando derrotó a Ajax, escuché con satisfacción los gritos entusiastas de mis hombres.
La batalla, tras echar un vistazo a mi alrededor, parecía ganada, pero mi alegría pronto se borró de mi rostro cuando escuché el grito del teniente Byron, que con su sable lleno de sangre y con Lawyer aferrado a su hombro, me avisaba de que había fuego en el Heldige.

Aquellos malditos demonios preferían morir y, a ser posible, llevándonos con ellos a las aguas del Aqueronte.
Ordené por tanto cortas los garfios y maniobrar para salir de allí cuanto antes mientras mis hombres, con poca ceremonia, terminaban de rematar a los enemigos que aún seguían a bordo de la Circe sin que osaran rendirse.

Cuando empezábamos a alejarnos, el bergantín explotó con tanta furia como la forma de combatir de los que fueran sus tripulantes.
Caí de espaldas, y cuando me fui a levantar me di cuenta de que tenía un buen trozo de astilla clavado en la camisa.
No perdí el conocimiento, pero me habría encantado hacerlo, ya que el aspecto de la enfermería era realmente dantesco.
No sé quiénes me llevaban, pero sí tenía conciencia de que iban resbalando con la sangre y órganos esparcidos por el suelo, ya que no había arena suficiente para impedirlo.

Eso fue hace tres días, y desde entonces el estado de ánimo de la fragata es sombrío.
Hemos perdido muchos hombres (20 muertos), y son pocos los que no echan en falta a algún compañero.
A mí mismo me cuesta aún creer que Paint no vaya a estar más a la caña de mi falúa, tan silencioso como siempre pero sin reparos a la hora de poner en orden a los remeros.

Desde luego la guerra, al margen de sus batallas gloriosas, de los botines, las publicaciones en la Gazette, los ascensos..., las victorias en definitiva, es también la exposición al fracaso, la muerte, el miedo, las dolorosas heridas, la pérdida de seres queridos.

Desde luego, ahora mismo no le veo ningún sentido a la guerra, máxime cuando volvemos a Karlskrona con las manos y muchos coys vacíos.

5 comentarios:

AlmaLeonor dijo...

¡Hola!
Capitan, una narración espeluznante pero sublime. No se si atreverme a decir que es la mejor que he leído, porque he leído muchas buenas. Pero ha sido fantástica. Se supera Capitán, Enhorabuena.
Quiero aprovechar la ocasión para desearle

¡¡¡FELICES FIESTAS DE NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO 2009!!!

Besos.AlmaLeonor

Daniels dijo...

Muchísimas gracias Alma por sus palabras.
Un grandísimo honor teniendo en cuenta su cultura y sus lecturas.
Yo también quiero aprovechar la ocasión para desearle una Feliz Navidad.
A su servicio.

Fernando dijo...

Genial, un león herido y 20 compañeros muertos. ¿ el sentido de la guerra ?; supongo que la pérdida de seres queridos hace plantearse muchas cosas. Mientras halla una causa justa que defender, valdrá la pena el sacrificio. Un saludo capitán

Navegante dijo...

Querido y dolorido capitán, he podido sentir en mis propias carnes la excitación del abordaje mientras, todavía, resuena en mis oídos, el fragor de la batalla.

Enhorabuena por el relato y siento la pérdida de parte de su tripulación.

Daniels dijo...

Estimados Fernando y Navegante, como siempre es un placer comprobar que siguen la estela de la 'Circe'.
Con esta tripulación se combate más a gusto.
Con su permiso.