viernes

El cielo sigue gris

 En Wood Fields, el 11 de septiembre de 1825

Poco ha cambiado desde la última vez que escribí en este diario. Los pensamiento oscuros siguen ahí, como las nubes negras del Cabo de Hornos, que parecen empecinadas en hacer que tu travesía nunca sea cómoda.

El silencio de las habitaciones de mi casa es ensordecedor. Incluso sus gruesas paredes parecen ocultar por completo el trino de los pájaros en el jardín, o el susurro del viento en las hojas de los árboles. A veces incluso tengo la sensación de que el mundo ahí fuera se ha detenido, lo que me provoca que se encoja mi pecho y me falte el aire, y salga a toda prisa afuera dando bocanadas como un pez lejos del agua.

¿Todo esto es producto de estar alejado de la cubierta de un navío? Es cierto que echo en falta el silbido del viento en las jarcias, y el vaivén suave sobre las olas, pero por otro lado tengo que cerrar de una vez esa etapa de mi vida, hacerme a la idea de que mi etapa como comandante se ha acabado, que lo que queda es esto, deambular por la tierra como un alma en el purgatorio.

Lo único que me mantiene a flote es mi relación con Mary. Cuando estoy junto a ella me siento bien, feliz, perdiéndome en sus ojos azules y sintiendo como música en mis oídos el sonido de su risa. Pasear de su brazo viendo los mástiles de los barcos fondeados en Pompey mientras me cuenta con todo lujo de detalles sus vivencias como institutriz, y respondiendo sus preguntas sobre las velas y el tipo de embarcaciones que vemos, aunque lo hace más por no acaparar la conversación que por auténtico interés, es una especie de oasis en el cruel desierto que es en estos tiempos mi mente.

¿Y nuestro compromiso? ¿Por qué aún no me he visto con el valor suficiente para pedirle la mano? No puedo evitar pensar que soy un lastre. Mary, que es más joven que yo, se merece algo mejor. Y yo no creo que sea lo mejor para ella. Cuando surge la conversación, o me lanza alguna indirecta, respondo con evasivas y trato de cambiar de conversación, esperando quizás así que se canse y que no me vuelva a abrir las puertas de su casa. 

Por supuesto no manifiesto mis sentimientos. Me pongo la careta de alegría, pues es una persona con la empatía suficiente para preocuparse en verdad por los demás. Pero en ese sentido no quiero que sufra por mí ni un segundo. No quiero estar junto a ella dándole quebraderos de cabeza, pues ya tendrá los suyos propios, y no quiero añadir más carga de la necesaria. Además, como digo, con ella soy feliz, y pese a mis temores e inseguridades respecto a mi relación, si tengo algo claro es que quiero disfrutar de ella cada segundo como si fuera el último.

Es suficiente por hoy. Creo que voy a dar un paseo por la ribera del río. Quizás haya suerte y pueda observar las truchas y las carpas, a alguien pescando con la paz que da la calma espera ante ese triunfo momentáneo que es la captura de un pez. Me sentaré sobre la hierba y veré al río pasar, como el tiempo, como siempre imparable e inevitable. 


jueves

Pensamientos oscuros

 En Wood Fields. El 23 de enero de 1825

Han pasado meses desde que decidí pedir la mano a Mary, pero todo sigue igual. Tengo miedo al fracaso y al no. Mi confianza pasa por uno de sus peores momentos, y me siento como un barco en medio del Pacífico, con las velas flácidas e inútiles, sin una sola brisa de viento para avanzar unas pocas millas. 

Estar lejos del mar me está consumiendo por dentro. Deambulo por la casa y por mi jardín sumido en mis pensamientos, y lo único que hago es comer y beber, con cierta moderación, pero con la determinación lenta de la autodestrucción al no tener en estos momentos un incentivo real para afrontar los días sin este eterno desasosiego. 

Aunque recibo cartas de Mary, y al menos una vez al mes viajo hasta Porstmouth para pasar el tiempo con ella, siento en el estómago una comezón constante que me impide disfrutar del todo de su compañía, aunque a día de hoy siga siendo lo único que me mantiene de alguna forma cuerdo para rebajar así los impulsos de tomar una de mis pistolas y poner fin a este extraño sufrimiento, como si mi barco estuviera perdido tras la derrota y solo queda asumir las consecuencias de mis decisiones.

Es curioso. A pesar de que me he enfrentado a la muerte en múltiples ocasiones en el alcázar de mi navío, la incertidumbre de qué habrá al otro lado una vez abandone este mundo, evita que tome una decisión estúpida de este calibre


Y en el caso de que lo hiciera. ¿Quién lo sentiría realmente? Seguramente muchos hemos imaginado nuestro funeral o el después de nuestra marcha. ¿Alguien lo sentiría realmente? Seguramente no. La vida sigue para todos, y la pérdida de personas, la muerte, no deja de ser algo natural, y nuestra condición humana nos hace seguir adelante ya que, de lo contrario, nos habríamos extinguido hace tiempo.

Me he tomado un descanso antes de continuar escribiendo. He sentido ansiedad y me costaba respirar. He bebido algo de agua del pozo y he observado las nubes grises del cielo, gordas y llenas de nudos. He respirado profundamente el aire fresco, el viento que llega del este, y he observado el barómetro para comprobar si el tiempo empeorará aún más. Son costumbres que quedan después de pasar tanto tiempo a bordo de un navío, como calcular la dirección del viento.

Creo que voy a tomar mi oboe y a tocar un poco. La música me relaja, el sonido grave y quejumbroso de mi instrumento, estudiando partituras para liberar mi mente de estos oscuros pensamientos.


sábado

El compromiso

 En Wood Fields, el 3 de agosto de 1824

Después de un tiempo de reflexión, he tomado la decisión de pedir la mano a mi amada Maryam Ryall. Ahora queda esperar el momento oportuno para hacerlo, y me devano los sesos al respecto aquí, en mi casa, mientras observo pasar las nubes en un cielo tan azul como el de sus ojos.

A mis 45 años, creo que ha llegado el momento de dar este paso hacia adelante, y considerar si ha llegado ya la hora de dejar de lado el mar y centrarme en una persona que ha sabido dar luz a los recovecos más oscuros de mi alma, plagados de malas experiencias pasadas y una nostalgia que a veces no parece tener fin.

Desde el día en que nos conocimos, pasar el tiempo a su lado se ha convertido en una liberación total, pues encuentro junto a ella un equilibrio en mi interior que me hace sentir en paz con hechos tan sencillos y bellos como es pasear de la mano por los parques de Londres, mientras observamos las velas de diferentes barcos surcar las aguas del Támesis.

Echo la mirada atrás, a una carrera de más de 20 años haciendo la guerra en el mar, salpicados de momentos buenos y malos, recibiendo heridas físicas y espirituales, las cuales me han llevado a ser el hombre que soy hoy en día, con mis luces y muchas sombras.

Pero como digo, Mary hace que en la oscuridad su luz sea aún más fuerte, y aunque he pasado muchos años atormentado por el recuerdo del que fuera mi antiguo y malsano amor, Lively Caster, ahora soy consciente de que he esperado toda una vida a que llegara mi encuentro con una persona que me trata con la única pretensión de un amor sencillo y puro, sin ambages ni otras consideraciones que la de pasar el tiempo juntos y disfrutar de nuestra compañía.



A veces los demonios vuelven a aparecer por los oscuros rincones y me cuchichean al oído que no soy lo suficiente bueno para ella, un hombre de mar y guerra retirado, con una sencilla casa a las afueras de Portsmouth y una pensión que apenas me llega para mantener un nivel de vida modesto. Sin embargo, Mary no parece ver problema alguno en ello. Es una mujer independiente, con su propia casa y ahora en un proyecto de crear su escuela en Portsmouth, con la garantía de ser una de las mejores institutrices de la ciudad tras haber trabajado durante muchos años para los hijos e hijas de las mejores familias de la ciudad.

¿Tengo miedo a una negativa por respuesta, cuando no lo he tenido cuando me enfrentado, sable en mano, a un oficial enemigo sobre un alcázar de navío con la muerte acechándome mientras las astillas de madera y los disparos de los enemigos desde sus cofas no me hacían temblar el pulso? Siempre he dicho que se me ha dado mejor afrontar la vida y la muerte al mando de una fragata que ante lo cotidiano del día a día en tierra. Sin embargo, en esta ocasión merece la pena afrontar el riesgo más que nunca, y abrir las puertas de una vez a una felicidad plena y eso, no me cabe la menor duda, está al alcance de mi mano si es junto a mi amada.


lunes

De vuelta a casa

 8 de enero de 1824. En Wood Fields.

Estas hojas ya no son un diario, son más bien un anuario, o no sé cómo llamarlo dado lo dilatado en el tiempo entre los hechos que aquí relato.

Han pasado ya varios meses desde mi aventura en las heladas aguas del norte junto al comandante Edward Parry, con el HMS Griper bajo mi mando a la búsqueda del esquivo Paso del Noroeste. 

Podría escribir un libro solo con lo que viví en aquellas inhóspitas aguas, en donde he podido conocer lugares peligrosos y extraordinarios como la Bahía de Baffin o la península de Melville, además de un pueblo misterioso y sabio a la vez como es el que allí habita, llamados esquimales por los extranjeros y que sobrevive en aquel terrible desierto blanco.

Después de tantos años al mando de buques de guerra, sin lugar a dudas ha sido una experiencia extraordinaria el mero hecho de tener que sobrevivir a situaciones extremas de frío y hambre, en lugar de cruzar los dedos a la espalda esperando que una bala me alcanzara en el alcázar de mi navío.

De vuelta a casa, la encontré prácticamente como la dejé, ya que el bueno y leal de Vincenzo se encargó de tenerla apunto para mi llegada, más de dos años después de que zarpáramos de Deptford en abril de 1821. Además de compensarle con una buena suma de guineas que trató de rechazar de forma cortés con el brillo del oro en sus ojos, le regalé unas pieles de focas curtidas que recibió como si fueran un auténtico tesoro.


Lo mejor de mi regreso ha sido reencontrarme con mi querida Mary, con la que apenas tuve oportunidad de cartearme, sobre todo cuando nuestros navíos estaban atrapados en el hielo durante meses. Pese al tiempo de separación, y temiendo que la llama de nuestro amor se hubiera apagado, me recibió con la mayores de las alegrías, lo que hizo que el frío que siento en el interior se calentara de nuevo ante la visión de sus preciosos ojos azules y su espontánea y franca sonrisa.

Y es que durante estos largos meses he tenido una extraña sensación de vacío en mi interior. A pesar de estar de nuevo al mando de un navío, lo que supone para mí la mayor de las alegrías, me dejé contagiar por la soledad y desolación de los lugares que he visitado, y no he podido evitar un sentimiento de desasosiego que aún me acompaña en estos días.

No conozco la naturaleza de este sentir, y aunque cuando estoy con Mary ese sentimiento parece desaparecer, noto que repta en mi interior como si fuera una serpiente venenosa, esperando los momentos más insospechados para volver a inyectar su veneno en mi alma.

Durante estos días solo me apetece estar sentado en el porche de mi casa observando el movimiento de las nubes y oyendo el trinar de los pájaros, aunando las pocas fuerzas que tengo para escribir a Mary.

Del resto, al menos de momento, no logro encontrar el sentido.



jueves

Una nueva aventura

 17 de diciembre de 1820. En Wood Fields. 


La vida es una constante sucesión de sorpresas. Las hay malas y buenas, pero está en constante movimiento, y como bien sabemos los marinos es mejor eso que la calma total, cuando la falta de movimiento te deja sin opciones ni decisiones, ya sean acertadas o no.


Esta semana he tenido el honor de hablar con el comandante William Edward Parry. En los últimos años ha sido uno de los grandes protagonistas en la Gazzetta y en todos los corrillos en donde el mar sea protagonista por sus interesantísimos descubrimientos en el intento de encontrar una ruta en el célebre paso del noroeste. 


Hace ya un par de años el Almirantazgo ofreció una suma de casi 20.000 libras por encontrar un punto por el que recorrer el norte de América sin tener que rodear su continente por el sur y el Cabo de Honor, así como viajar hacia el este por el sur de África para buscar rutas comerciales más óptimas para nuestro país. Aunque se han hecho descubrimientos interesantes en el mar de hielo, muchos han sido los que han fracasado dejando su vida en ello por las condiciones extremas que allí existen. Parry ha sido de los pocos que ha vuelto a nuestro país habiendo cartografiado parte de la zona y con avances importantes.


El terrible mar de hielo


El caso es que tras los buenos resultados de su primera expedición, Parry ha decidido repetir, y tengo el intenso honor de contar con su confianza. Esta semana nos hemos reunido en el Crown, en Portsmouth, y después de disfrutar de algún clarete y recrear sobre la mesa alguna de las batallas más importantes de los últimos años, me explicó sus planes y cuenta conmigo para ponerme al mando del bergantín HMS Griper


Lo cierto es que mi experiencia por esas latitudes es mínima, pero Parry me ha explicado con todo lujo de detalles que mi experiencia y mis dotes de mando es todo lo que necesita, y  que dado mi rango comandar una nave de estas características ya sería un auténtico honor para él y la expedición, y que mi fama me precede y que no duda de que mi aportación será clave para lograr el éxito en esta auténtica aventura.


Aunque oficialmente estoy retirado forzosamente, Parry me ha dicho que una de las condiciones que pondría para liderar esta nueva expedición sería contar conmigo, y que no le cabe la menor duda de que accederán a sus peticiones pues cuenta en estos momentos con toda la confianza del Almirantazgo.


Parry y yo fuimos compañeros en nuestros tiempos de guardiamarinas a bordo del HMS Aqueron, y desde luego forjamos una cordial amistad que hemos mantenido a través de la correspondencia al ser nuestros destinos muy dispares. No puedo decir que nuestra amistad sea muy estrecha, pero sí reconozco que en alguna ocasión nos hemos escrito para felicitarnos ya sea por alguna fecha señalada o por algún éxito en nuestra carrera.


Tengo que hablar primero con Mary para explicarle la situación, ya que podrían ser varios años en alta mar. Aunque sé que no será de su agrado el perderme de vista durante tanto tiempo, sé que mi felicidad es su prioridad, y la mía, además de ella, es el mar, al que me debo y pertenezco.


A lo largo de lo que queda de semana escribiré a Parry para darle una respuesta, pero he de reconocer que me ilusiona la posibilidad de volver al alcázar de un navío, aunque sea un pequeño bergantín y ante un reto peligroso.

lunes

Prescindible

En Southsea Beach, el 13 de abril de 1820

Observo ante mis ojos el mar. Aquí, en la playa, hace frío. El agua es de color verde, con pequeñas olas con flequillos de espuma y algunas velas van y vienen por el horizonte, e intento adivinar de dónde vienen y hacia dónde van.

Escribo en mi diario mientras observo este paraje onírico. Cuando llegue mi momento y cruce el velo gris, espero encontrarme al otro lado un lugar así, y pasar el resto de los días sintiendo únicamente la brisa en la cara y el olor de la sal.

Pasan los meses y los años y la sensación de soledad va siempre en aumento. Apenas recibo cartas en mi casa, y paso los días dando largos paseos cruzándome con rostros anónimos en los caminos.

Quizás uno de los mayores dolores en la vida es esa sensación de ser prescindible. En primer lugar el haber sido dado de baja de la Armada Real fue un disparo directo a mi corazón. Me sentía completo en el alcázar de un navío, al mando de unos cientos de hombres y teniendo como objetivo avistar una vela en el horizonte. Ahora todo eso ha pasado. Mi uniforme se pudre en el armario y el óxido invade mi sable. 

La sensación de ser una persona prescindible también se extiende a aquellas personas que fueron algo en mi vida y que por voluntad propia o ajena dejaron de serlo. Amores y amistades perdidas, por errores o simplemente circunstancias del destino. ¿Pensarán en mí como yo pienso en ellos, o he sido borrado de su mente, como un mal sueño?





Sí, no hay duda de que mi relación con Mary aleja esos fantasmas del pasado, pero cuando ella duerme a mi lado y la oscuridad lo cubre todo, siento cómo se mueven entre las sombras, no terminan de irse, y mi alma se sobrecoge en busca de respuestas. 

Allá a lo lejos veo aparecer las velas de un buque de 74 cañones. Estoy casi seguro de que se trata del 'HMS Ajax'. La niebla casi lo cubre, y si fuerzo la mirada puedo distinguir a los gavieros tomando posiciones.

Me siento cansado. Cada vez que me cuesta más escribir en este diario, porque cada palabra es como una confesión.

Cerraré los ojos y descansaré. 

martes

Nostalgia

En Woold Fields, el 12 de marzo de 1819

La noche es tranquila y está en calma. Sólo oigo el sonido de los insectos. El cielo está estrellado, sin luna, y observo las constelaciones recitando de memoria sus nombres. A lo lejos oigo el ulular de una lechuza.

Han pasado el frío y las lluvias. Poco a poco el buen tiempo vuelve. Los árboles se tiñen de verde y el campo se puebla de animales silvestres. Mi jardín empieza a recuperar su color, y Vincenzo ha estado toda la mañana trabajando duro para que brille y sea un placer para los sentidos.

He disfrutado de varios encuentros con la señorita Ryall. Han sido placenteros. Nos hemos hecho confidencias y compartido algunas promesas. Es una mujer bella y sobre todo divertida. Aunque algunas noches despierto sobresaltado con el nombre de Lively en mis labios, el pensar en los ojos azules de Mary me reconforta y vuelvo a dormir plácidamente.

Pero añoro el mar. Tantos meses en tierra firme me producen pesar. Echo de menos el sabor de la sal y el viento contra mi cara, al son del silbar de la jarcia y comprobando como esa máquina de madera, vela y casi doscientos hombres se conjugan a la perfección bajo mis órdenes.

Mi mundo se ha reducido a los viajes a Portsmouth para ver a Mary. Me gusta pasear por el puerto, en donde le nombro todas y cada una de las embarcaciones allí amarradas, explicaciones que oye con una sonrisa en los labios. Sé que no le interesan los nombres, pero también sé que tiene suficiente con verme feliz mientras hablo de bergantines y balandras.





También paso tardes enteras en el 'Crown', en donde oigo a oficiales activos que aún viajen por el mundo, y cierro los ojos mientras escucho sus historias, y me imagino de nuevo en el Mar Rojo o echando el ancla en Ciudad de el Cabo.

A menudo pienso en mi suerte. Cuando veo a los veteranos contando sus historias en las plazas por unas monedas apoyándose en bastones o con un parche en el ojo, me siento afortunado de no haber dejado en la guerra alguna pierna o brazo, sólo mi juventud.

Me siento además satisfecho de volver a escribir en estas páginas que son tan importantes para mí, aunque sea cada varios meses. Quizás lo que aquí escribo sirva algún día a alguien para que saque algún provecho de mis experiencias. 


Un encuentro inesperado

En Wood Fields, el 22 de mayo de 1818

Es noche cerrada aquí en casa. Después de tantos años en alta mar me sigue resultando extraño la falta de movimiento y el no estar pendiente de las estrellas para calcular dónde me encuentro, ya que aquí en Wood Fields la respuesta siempre es la misma.

Pero hoy ha pasado algo diferente. Después de tantas semanas en plena rutina y cambiando pocos mis hábitos ha tenido que ocurrir algo realmente diferente para que me siente en este diario a escribir estas breves letras mientras reflexiono sobre los acontecimientos.

Decidí dar uno de mis largos paseos. Así que me puse ropa cómoda y fresca, pues hacía un calor intenso pese a la temprana hora, y me dediqué a caminar por las colinas que rodean mi casa disfrutando del cielo azul y del canto de los pájaros que tanto me relajan. Pasadas un par de horas opté cambiar el rumbo y encaminarme hacia el sur, pues tenía intención de acercarme a la costa y ver así el mar y buscar los acantilados en el horizonte.
Y fue en el camino que lleva a Portsmouth cuando me encontré con la curiosa escena. Una mujer insultaba a voz en grito a un hombre que trataba de manera torpe excusarse mientras intentaba colocar de nuevo la rueda en el eje de un carruaje. Sé detectar a un borracho a distancia, y ese hombre lo estaba, y mucho. La situación era incluso divertida, porque de esa señora salían palabras que no he oído en la boca de la peor calaña de Pompey.

El rostro de la mujer cuando me observó mezclaba sensaciones de sorpresa y la indignación que aún guardaba en su interior, pero supo recomponerse a tiempo para dedicarme una divertida reverencia mientras me explicaba que viajaba hacia la casa de unas amigas en Durley cuando aquel "bebedor sin escrúpulos" se salió de la carretera y "arruinó" sus planes. Llevaban más de una hora parados sin que el conductor fuera capaz de solucionar el entuerto, y nadie había pasado por el camino para asistirles.

Tras reflexionar un rato le pedí disculpas por no ser capaz de ayudar, y eché en falta desde luego contar en ese momento con mi carpintero de confianza de mis tiempos a bordo de la 'Circe'. Así que le ofrecí a hacerle compañía mientras aquel señor seguía con las reparaciones, pues no me parecía bien dejar a una señora ("señorita", me corrigió) a la intemperie en medio del camino.

Sí me vi con la autoridad para recriminar a ese hombre su lamentable estado. Aunque al principio pareció molesto y el alcohol le dio algo de coraje para contestarme, se calmó cuando adopté una posición de autoridad, manos a la espalda, mientras le miraba fijamente a los ojos a la vez que le advertía de que no me parecía prudente hablarme con ese tono, advirtiéndole que había visto a hombres más peligrosos caer ante el fuego de mi pistola o mi sable. 

Parece que tras mis palabras los vapores del alcohol del conductor se esfumaron levemente e intensificó su trabajo, tras lo cual me dirigí tomado del brazo con mi nueva amiga hacia un árbol cercano, en donde nos sentamos a la sombra mientras le ofrecí algo de queso y vino que guardaba en mi bolsa, invitación que aceptó con gratitud.

Fueron horas que pasaron volando. Se presentó como la señorita Maryam Ryall, natural de Manchester. Desde hace varios años vive en Porstmouth, dedicándose a la labor de institutriz con hijos de gente distinguida. Estuvo casada muy joven y su marido murió pronto por culpa de una neumonía, y desde entonces ha vivido sola en una casa en el puerto con vistas a la Isla de Wight. Me sorprendió la alegría con la que contaba las cosas pese a la adversidad, con una risa contagiosa que despejó durante este tiempo las nubes que han ensombrecido mi ánimo en las últimas semanas. 

Con la caída del sol el conductor se acercó a donde estábamos y tras cuadrarse nos informó de que la avería parecía solucionada, y como no daría tiempo a llegar a Durley volverían a Porstmouth para retomar el viaje con las mayores garantías mañana mismo y sin coste extra, como no debía ser de otra forma, de lo cual mostré especial interés en que me diera su palabra.

Tras intercambiar nuestras direcciones para cartearnos, la señorita Ryall y yo nos despedimos con buenas palabras y promesas de seguir en contacto, y hasta que no se perdieron más allá de las colinas en dirección a Portsmouth no comencé mi regreso a casa mientras pensaba en los caprichos del destino al disfrutar de tan agradable encuentro de forma inesperada y en medio de la campiña.

Y aquí estoy, en mi casa, con la noche sobre mi cabeza y una extraña ilusión que trato de contener, pues las cicatrices de mi cuerpo y alma me aconsejan prudencia a la hora de afrontar nuevos retos, incluyendo los del corazón. 


domingo

Soledad en Wood Fields

En Wood Fields, el 8 de abril de 1818. Portsmouth

Bonito día. El cielo es azul, con algunas nubes que llegan rápido desde el este, empujadas por un viento fresco que hace que las hojas de los árboles bailen alegres.

Hace meses que fui apartado del servicio activo. No hay guerras suficientes para lo hombres de la Royal Navy, y tras negociar una pensión escasa que apenas me da para sobrevivir, vivo solo aquí, en Wood Fields, paseando y reflexionando sobre mi vida en un agotador trabajo de introspección. 

Pero la mayoría de las veces es mejor simplemente pasear. Manos a la espalda y con la cabeza gacha, doy largos paseos por los alrededores de la casa, disfrutando de pequeños detalles como el rocío de la mañana o un jilguero cantando a lo lejos. Es por eso, quizás, por lo que ha pasado más de un año desde que escribí en estas páginas, cuando me encontraba en el Mediterráneo a la caza de esclavistas. Necesito vaciar la mente y espantar los problemas y las preocupaciones como moscas, y disfrutar simplemente de las pequeñas grandes cosas que nos regala la existencia. 

Erin Hanson
Echo de menos el mar. Sería un mentiroso si dijese lo contrario. El viento salado en la cara, el crujir de la jarcia y el vaivén sobre las olas siempre seguirán en mi corazón hasta el final de los días. Incluso el retumbar de los cañones y el ruido de los aceros, aunque me hacían temblar en las ocasiones más complicadas, son ahora, con el paso del tiempo, un bonito recuerdo que echo de menos mientras cuento, ante el espejo, las cicatrices de mi cuerpo.

Y la soledad. Nadie visita al viejo capitán Daniels. A mis 38 años he cumplido casi todos ellos al servicio activo de Su Majestad. Y dejado atrás el alcázar de mi navío, rodeado siempre de oficiales y marinería, estos meses de soledad siempre han resultado ser agridulces: el ajetreo de los hombres por encima de cabeza pisando las maderas se difumina como el humo en en los vientos alisios cuando soy consciente del silencio de las mañanas cuando despierto en mi casa, intentando detectar un cambio en el viento o esperando oír el tañido de la campaña del infante de marina para descubrir finalmente que estoy en tierra.

Un día a la semana viene Vincenzo. Trae huevos y hortalizas de su granja. También dejó el mar, y se dedica a trabajar con su familia. Sin embargo no se olvida de su antiguo capitán, y aunque no lo pido que lo haga, durante ese día se dedica a limpiar la casa, doblar la ropa y sacar brilla a la poca plata de la que dispongo. Cuando acaba se sienta conmigo en el porche mientras observamos el atardecer, en silencio, tras aceptar una copa de Jerez, que sé que le encanta.

Del resto no sé nada. No recibo más visitas y nadie me escribe. He escrito algunas cartas, pero pocas o ninguna han recibido respuesta. Hay días que me importa y otros que no. Noto que mi ser van aceptando la soledad y empieza a abrazarla como a una vieja dolencia que sé que siempre estará ahí y que es inútil resistirse a ella.

Incluso el recuerdo de Lively duele menos. O es lo que quiero creer. A veces pienso preguntar a Vincenzo sobre ella, pero cuando apenas las palabras van a salir de mis labios un pensamiento se cuela en mi cabeza y cuestiona la utilidad de la información, así que simplemente callo y sigo mirando al sol morir un día más por el oeste. 

sábado

Una noche especial

A bordo de la HMS Circe. En el Mediterráneo. El 24 de diciembre de 1816

Hay días que uno espera que acaben cuanto antes. Miro de reojo el coy y lo único que quiero es tumbarme y olvidarlo. Da igual el hambre que pueda tener, o la sed. Sed de vino, se entiende. La mejor solución para pasar página es cerrar los ojos para que Morfeo me lleve de la mano hasta el siguiente alba.

Antes escribo estas líneas mientras el sol comienza a ocultarse por el horizonte. El cielo se torna rojo sangre, o quizás es sólo mi cabeza, y el mar calmado, triste, permite a la Circe deslizarse suavemente como lo hace la barca de Caronte, mientras que a menos de un cable de distancia distingo el pingue apresado con algunos de mis hombres en cubierta.

Como ya escribí estoy destinado en aguas del Mediterráneo con base en Gibraltar. Acabadas las grandes batallas la Armada pretende acabar con la piratería berberisca que tanto daño hace al comercio y que tiene en jaque a las poblaciones costeras de esta parte de Europa. Una guerra de baja estofa persiguiendo a pequeñas y escurridizas embarcaciones con poco botín en su bodegas pero con bravos hombres dispuestos a vender cara su vida.
"... aferrado a la tierra como un cangrejo a la roca..."

Esta mañana decidí acercar la Circe a la costa para reparar parte del velamen afectado por una pequeña galerna primaveral. Nada serio, pero esta zona del noroeste de Italia es realmente bella, especialmente el pueblo de Manarola, aferrado a la tierra como un cangrejo a la roca. Su vino además es excelente.

Conforme nos preparábamos para el fondeo, el serviola avistó una vela triangular, como tantas otras. Sin embargo, tras tomar el catalejo, algo en la actitud de su tripulación me hizo sospechar. Sus velas al pairo, abordado a un barco pesquero y con demasiada tripulación a bordo pese al pequeño tamaño de la embarcación despertaron mi instinto de cazador.
Mis sospechas quedaron confirmadas cuando el pingue tomó rápido el barlovento en cuanto avistó nuestra bandera y se disponía a la huida ¡Piratas!

Los daños en la vela nos hicieron perder empuje en la virada, un momento de duda que aprovechó nuestro enemigo para tomar ventaja, con un disparo de cañón afortunado que hizo volar a varios de mis hombres en el castillo de proa, lo que provocó la ira de todos a bordo.

Tras varias horas de persecución y acoso, un excelente disparo de nuestro cañón de proa partió uno de los palos del pingue, que fue perdiendo velocidad hasta que lo abordamos con mucha gente y con ganas de vengar la muerte del ayudante del cocinero, muy querido por la tripulación y uno de los asistentes del cañón que saltó por los aires.

Estas embarcaciones pequeñas engañan. Suelen tener mucha gente a bordo por lo que, sin ánimo de confiarme, en cuanto distinguí sus rostros ordené una andanada de metralla que hizo que la sangre chorreara por los imbornales. No fue muy caballeroso por mi parte dado lo desigual del combate, pero algo más diplomático no habría sido bien recibido por la tripulación.

En cuanto abordamos el pingue, un par de sablazos y pistolazos fueron suficientes para que el enemigo se rindiera. Su capitán, por su rubio cabello y ojos azules a todas luces llegado del norte de Europa y tentado por los cantos de sirena y el oro de los sarracenos en el Mediterráneo, se rindió con poca ceremonia mientras miraba con ojos horrorizados la cubierta repleta por los restos de sus hombres.

Pero nada que ver con la cara absolutamente descompuesta de uno de mis guardiamarinas cuando se presentó ante mí tras revisar la carga. Estaba realmente pálido, temblaba y apenas era capaz de articular palabra mientras señalaba torpemente hacia la portezuela que conducía a la bodega.

No hay nada más deleznable que el tráfico de seres humanos. Gente pobre que vive en las costas de las poblaciones del Mediterráneo y que además de su vida de estrechez se ven expuestos a los asaltos de esta gente canalla que les arrebata de su hogar para venderlos como ganado con los propósitos más sucios y descabellados que uno pueda imaginar. 

"... he puesto rumbo a Gibraltar..."
Tras subirlos a bordo, y darles algo de abrigo y comida caliente, he puesto rumbo a Gibraltar para dar parte de nuestra captura y buscar la forma de que todas estas personas sean devueltas a sus hogares y sus familias lo más rápido posible, que puedan despertar así cuanto antes de esta terrible pesadilla.

Hoy, una noche especial para todos ellos que querrían estar con los suyos, al igual que la gente de a bordo, haré un esfuerzo por tener una actitud positiva, ya que es la idónea para intentar hacer que sea lo menos amarga posible. De este modo, aunque Vincenzo me ha mirado con malos ojos, he decidido poner lo mejor de la despensa en un gran salón improvisado en la entrecubierta. La gente de la guardia del mayor ha improvisado un coro para cantar villancicos, y nuestro cocinero ha jurado sobre la tumba de su abuela que pondrá especial esmero en convertir nuestras provisiones en comida para los más insignes paladares. Yo mismo he buscado algo rojo que ponerme y repartiré algunas golosinas y monedas entre los más pequeños.

Es posible que sea un intento estéril por conseguir que me regalen una sonrisa, pero haré todo lo que pueda por hacerles creer que hoy puede ser un día feliz. 

lunes

A la caza de berberiscos

En Gibraltar, el 7 de marzo de 1816

Nunca he tenido muy claro cuál es el funcionamiento de los sueños. Personalmente siempre me he sentido muy sensible a ellos. Una buena o mala noche condiciona el resto del día y es por eso que, en parte, los temo.

Esta noche, por ejemplo, he soñado con viejas caras, rostros del pasado que creía olvidados, pero que al regresar al amparo de los sueños lo hacen con tanta fuerza que me deja claro que nunca se terminaron de marchar.

¿Cuál es la razón, biológica, para este fenómeno? Imagino que nuestra cabeza no puede apagarse y punto, y que necesita estímulos para seguir en movimiento. Lo otro sería, quizás, la muerte, el vacío absoluto, la nada.

¿Cuál es la razón de los sueños?
En tiempos de la Grecia clásica les otorgaban poderes proféticos. El gran Alejandro Magno, como tantos otros desde los espartanos, no acudía al campo de batalla si no lo hacían amparados por los presagios, ya fuera leyendo las entrañas de una bestia o mientras dormían.

Francamente no creo que la mente pueda alcanzar tal poder que sea capaz de adivinar el futuro. Eso es cosa de brujas, y a bordo de un navío hay que tener cuidado con este tipo de situaciones, y es mejor no mentarlas, ya que la marinería suele ser supersticiosa por naturaleza, y el mero hecho de saber que su capitán tiene tales pensamientos podría dar pie a un auténtico motín o, lo que sería casi peor, una desbandada en masa.

He estado tentado de consultarlo con el médico de a bordo, un jovenzuelo que parece ser persona estudiada y de mentalidad abierta. Pero como he dicho no me fío aún de que se vaya de la lengua, que a bordo todo se sabe y no quiero alterar la aburrida rutina de la vida en puerto a bordo de un navío.

La guerra acabó y sigo destinado en Gibraltar, a bordo de la Circe con este viejo y silencioso diario como único y viejo amigo, eterno espectador de un capitán de navío sin gloria. Napoleón se pudre en Santa Elena, una isla perdida en el Atlántico, lejos de cualquier nuevo intento de resistencia, abrumado bajo el peso de millones de fantasmas, los de los muertos en infinidad de combates por todo el mundo.


"Sigo destinado en Gibraltar"
La paz con Francia y al otro lado del océano con los americanos ha vuelvo la mirada de la nuestra Royal Navy hacia los piratas berberiscos y su intención de liberar el Mediterráneo de su presencia, y esa será durante los próximas semanas la misión de la Circe, una patrulla constante en busca de presas para asegurar el comercio en la zona y hacer dormir más tranquilos a los habitantes de las costas europeas.

Ardo en deseos de volver a oír el estampido de los cañones y oler a pólvora quemada por la mañana.


martes

Fantasmas

En Gibraltar, el 23 de junio de 1815

Siempre que regreso a Gibraltar siento una sensación agridulce en mi interior. El recuerdo de la muerte de mi amigo Peter es lejano, pero igualmente doloroso.
Cuando la Circe echa el ancla, mi imaginación me juega malas pasadas y creo verlo de pie en su falúa, con esa sonrisa de pícaro en la cara y la alegría en los ojos de volverme a ver. 

Pero no. 
Peter está muerto. Sólo es producto de mi imaginación, y nadie viene a recibir al Capitán Daniels, al menos nadie que no lo haga únicamente por un mero formalismo burocrático.

En esta noche con luna llena, el silencio es total. Hace un momento, en el alcázar y bajo un manto de estrellas que no eclipsaban las luces de la ciudad, pensaba en los fantasmas. No esos que vagan por los salones de antiguos castillos perdidos en bosques. No. Fantasmas del pasado, personas que no hace tanto parecían imprescindibles en mi vida, y que a día de hoy son sólo eso, fantasmas, seres difusos, irreales e intangibles.


"En esta noche con luna llena el silencio es total"

Amistad y amor ¡Que armas tan poderosas! Ambas capaces de convertirte en un héroe invencible, o en el más mísero de los villanos.

Hace unas semanas, en mi 36 cumpleaños, me sentí más solo que nunca. 
No hubo celebraciones, sólo la soledad del capitán, rodeado de muchos y acompañado por nadie, sin regalos ni pasteles, únicamente una solitaria comida y un silencioso brindis con mi reflejo en el cristal del ventanal de popa.

Nostalgia, un enemigo casi invencible, más duro que un navío de tres cubiertas con gente brava a bordo que se niega a arriar la bandera a pesar de que la sangre chorrea por los imbornales, y su potencia de fuego se ha reducido a algún cañonazo solitario poco efectivo, pero la única voz que se eleva para protestar ante la derrota.

Pasear por las calles de Gibraltar es un sabor agridulce constante. La dulzura de los buenos recuerdos, correteando y estrenando flamante uniforme de guardiamarina con compañeros que prometían amistad para toda la vida; o charlas en donde decidíamos el futuro de la guerra Peter y yo mientras disfrutábamos de un fresco vino dulce español a la luz de las estrellas; el contraste es el conocimiento de que nada de esto volverá, de que la vida y la amistad son etapas, y que quién sabe si las mejores de ellas no regresarán jamás.

Pensamientos demasiado profundos a estas horas de la noche, un ataque de melancolía de este capitán que ayer trataba de poner su mejor cara mientras los oficiales nos reuníamos a bordo del Goliath para festejar la derrota (quizás la definitiva) de Napoleón en Waterloo (Bélgica).

El gran corso se enfrentó, cuentan, ante ingleses, prusianos y todo el que se le puso por delante en una batalla terrible en donde murieron miles y miles de hombres hasta tal punto que el general Wellesley, ahora conocido como Duque de Wellington, quedó tan horrorizado que aseguró que lo único tan triste como una batalla perdida puede ser una batalla ganada.


"(...) lo único tan triste como una batalla perdida, es una ganada"

Tras beber lo que no cabría ni en un barril, abandoné la fiesta tratando de mantener la compostura sin éxito, tropezando hasta mi bote, en donde perdí la conciencia hasta que me desperté esta mañana en mi cama y con la ropa de dormir, perfectamente aseado y con el café caliente en mi mesa.

En estos momentos espero órdenes. De nuevo la guerra se acaba y el futuro es incierto.
Yo sólo quiero navegar, sentir en mi cara el aire fresco y la espuma del mar. 

Lo demás no me importa.
Al menos deseo que no me importe. 


miércoles

Regreso a bordo

En Portsmouth, el 3 de junio de 1815. A bordo de la HMS Circe.

El mundo gira. Todo vuelve. Es un hecho que marcha la condición esférica no sólo de nuestro mundo, sino también del Universo. Si partes de un punto, es probable que tras una extraña travesía vuelvas al mismo punto de partida.

Hace meses me veía fuera de la Royal Navy, retirado en mi casa de Wood Fields tras mi accidente en aguas del río Adour cuando intentábamos asaltar Bayona para continuar con la marcha de nuestro ejército hasta París.

De eso han pasado ya meses y días de sufrimiento, en cama, debatiéndome entre la vida y la muerte. Una vez superada esta última, apenas podía valerme con dificultad por mí mismo, un anciano prematuro en mi hogar, abandonado por casi todos (menos mi fiel criado, Vincenzo) y viendo pasar el tiempo con impotencia y frustración.

Pero cual ave fénix vuelvo a estar en forma. Paseos por el campo, baños de sol y aire fresco, sintiendo cada vez menos dolores en mi dañada espalda han servido para verme, a día de hoy y contra todo pronóstico (empezando por mí), en el cabina de la HMS Circe, escribiendo en mi diario en una pausa de la revisión de los documentos sobre el aprovisionamiento de agua y pólvora.

Aunque cobraba mi pensión por oficial retirado, todo cambió cuando saltaban todas las alarmas debido a una noticia que recorrió toda Europa, de norte a sur y este y oeste: la huida de Napoleón de su 'prisión' en la isla de Elba, concretamente en febrero.

Las fuerzas aliadas, que prácticamente habían vuelto a romper sus alianzas y retirado sus tropas y flotas de los principales escenarios de guerras y batallas, han puesto de nuevo toda la 'carne en el asador', sobre todo porque Napoleón llegó a Francia de forma triunfal, con cientos de miles de hombres a su servicio, incluyendo los de su antiguo mariscal de campo, Michel Ney, que salió a interceptar al corso pero que se encontró con la fidelidad de sus hombres al emperador.

Es por eso que la Royal Navy ha vuelto a lanzar sus barcos al mar, y a la HMS Circe se la ha destinado a labores de apoyo en el puerto de Brest. A mi juicio, muy personal, es poco menos que una tontería, ya que a 'Bueno-en-parte' no le queda flota que comandar, con sus mejores navíos en puerto, llenos de carcoma y de rincones silenciosos. 
"(...) de nuevo en la cabina de mi querida Circe (...)"
Pero toda excusa es buena para volver a disfrutar de la brisa marina, de la espuma en la cara y del viento en la jarcia.
Me siento como un guardiamarina en su primer destino, tanto que apenas he sufrido dolor al escalar hasta cubierta desde la falúa, siendo recibido con todos los honores por mis hombres, muchos de ellos antiguos tripulantes.

De nuevo en la cabina de mi querida Circe, no he podido dejar de acariciar sus viejas maderas como si terciopelo se tratase y he mirado extasiado por el ventanal el puerto de 'Pompey' como si del mismo paraíso se tratase, extasiado ante el panorama de naves de todo tipo y porte, un manto de madera y agua.

Quizás todo se trate de una cortina de humo. La guerra no será larga y por tanto mi futuro como capitán de navío es incierto. 
Más allá de las colinas me aguarda la soledad de mi casa de Wood Fields, en donde nadie me espera en el dintel de la puerta, con un buzón vacío de cartas inexistentes de amores y amigos que se esfumaron en la bruma del atardecer de la vida en la que me encuentro.

Pero la vida, y la felicidad, es un momento, y éste, a bordo de mi barco, es el mío, y ya nada ni nadie me lo arrebatará. 

lunes

La calma tras la tempestad

En Wood Fields (Hampshire), el 28 de octubre de 1814

El regreso a casa siempre sirve para despejarle a unos las ideas. Tras la tormenta llega la calma, decimos los hombres de mar, y bien es cierto que he creído en algunas travesías que la fragata se iba a partir por la mitad, y a la mañana siguiente el mar estaba tan en calma que uno de verdad se llegaba a preguntar si había vivido simplemente una pesadilla.

Esta mañana me he dado un paseo reparador. Aunque me muevo con dificultad y los dolores son intensos y agudos, tengo comprobado que es peor estar un día entero en cama rumiando mi angustia que tomar el bastón y pasear cuando el sol comienza a emerger. A la noche el dolor sigue siendo intenso, pero el haber disfrutado del aire libre hace que todo se vea diferente: se siente uno más vivo, por decirlo de alguna forma.

Sí, sé que había decidido dejar de escribir en mi diario. Pero como he dicho bastan unos días de calma y sosiego para reconciliarse un poco con la vida, sobre todo porque el escribir se convierte en poco menos que una necesidad, con este diario como un amigo paciente y que sabe oír, que no te juzgará por tus actos y te abandonará ante la oferta de un mejor postor.

Y es que estos días de paseos y reflexiones también sirven para que uno sea verdaderamente consciente de que las relaciones humanas en la sociedad dependen, en su mayoría, del grado de conveniencia del momento, y el que hoy se muestra como tu mejor aliado mañana pasará al lado de tu lápida sin mutar el gesto.

"(...) continúo en la soledad de mi retiro (...)"

Tras mi grave accidente y mi estancia en mi casa mientras me recupero de mis lesiones, el único que me acompaña es Vincenzo, que incluso es capaz de abandonar (temporalmente) a su familia mientras me acompaña en estos momentos en donde, todavía, no puedo valerme por mí mismo para acciones de lo más cotidianas como es el darse un baño.

La lista de personas que pueden decir que son o han sido mis amigos es larga, pero entre la distancia, las afrentas reales e inventadas, y decisiones egoístas como escribía antes, me han llevado a ser plenamente consciente de la futilidad de las promesas.

De este modo continúo en la soledad de mi retiro, leyendo las historietas del Weekley Meseger que me envían desde Londres para entretenerme, lejos de los temas más trascendentales, como la guerra y la política. 
Por supuesto tampoco me olvido de continuar las prácticas con mi fagot, momento que siempre aprovecha Vincenzo para ausentarse y podar así las flores del jardín.

Un intento de reconciliarme con la vida, a la espera de lo que me depare el incierto futuro, por ahora, lejos de las olas y vientos del mar. 

miércoles

Epílogo


La guerra terminó. Las tropas aliadas entraron triunfalmente en París y Bonaparte fue desterrado a la Isla de Elba, un pequeño trozo de tierra sin valor frente a la península de Italia. Tantos años de batallas, penas y alegrías, derrotas y victorias, gritos de euforia y de dolor, quedan ya en el olvido. La paz vuelve a 'reinar' en Europa. 

No cabe duda de que hemos vivido un periodo histórico. Un sólo hombre y su genio militar han tenido en vilo a millones de personas, y sólo una alianza entre los países más poderosos del continente ha conseguido acabar con este nuevo Alejandro, que a pesar de ser nuestro enemigo ha demostrado ser un émulo de Marte, un señor de la guerra cuyas tropas se han extendido de una forma imparable, como una plaga de ratones en una bodega repleta de grano.

Pero se acabó. La monarquía volverá a Francia mientras Napoleón se pudre en su retiro, y los hombres de mar y guerra como yo engordaremos y sacaremos brillo a nuestros sables para lucirnos en fiestas, en donde las batallas pasarán a ser recuerdos y anécdotas, recordando los buenos momentos y los amigos perdidos con nostalgia.

Un periodo histórico que he vivido inmerso en una nube negra de dolor y delirios. 

"... echamos los botes al agua..."
 El 20 de febrero, tal como relataba en la última página de mi diario, echamos los botes al agua para encontrar la mejor forma de cruzar las tropas de tierra a través del infierno de olas y espuma de la desembocadura del rio Adour.
Miles de 'langostas' esperaban en la orilla, atentos y tensos ante el espectáculo de ver un enjambre de pequeñas embarcaciones adentrarse en esa pesadilla blanca mientras desde las murallas de Bayona rezaban a Neptuno para lanzarnos a las profundidades y las rocas para encontrar nuestra perdición. Lo consiguieron en parte. 

El primero en intentarlo fue el capitán O'Reilly, del bergantín Lyra. Una ola levantó el pequeño bote y él y su tripulación saltaron por los aires. Afortunadamente todos llegaron sanos y salto a la costa. De reojo observé a mis hombres, todos marineros de primera que esperaban atentos con sus remos sin tocar agua. Sus rostros, a bordo de nuestro bote, eran inexpresivos.

Después le llegó el turno al teniente George Cheyne, del Woorlark. A punto estaba de ganar la costa en donde le esperaban las tropas de tierra cuando un fuerte ola hizo que el bote virase sin control, girase y volcase y se lo tragara un remolino sin que pudiéramos observar si alguno de sus hombres había sobrevivido al naufragio. Un suceso funesto que motivó que otros botes que se preparaban para intentar el cruce, se diesen la vuelta.

La desesperación parecía adueñarse de la flota, y ya veía las primeras señales en el tope del Porcupine, quizás ordenando el regreso y abortar la misión, cuando mis hombres comenzaron a lanzar 'hurras' ante mi sobresalto: allí estaba, timón en mano y gesto fiero, impoluto con su uniforme pese a la espuma que azotaba su rostro, mi primer oficial, Jack Byron, preparado y dispuesto a escribir otra página gloriosa en su carrera naval.

Su llegada a la orilla fue recibida por mil bocas que cantaban su gesta, y el rugido de la flota y la tropa se hizo extensivo a toda la desembocadura cuando mi teniente logró cruzar al primer grupo de soldados al otro lado del río sanos y a salvo. 

Esto espoleó el ánimo del resto de las embarcaciones, cuyos oficiales comenzaron a buscar la forma de imitar a mi teniente, siguiendo el rastro de su estela para hallar el camino en el laberinto mortal de agua que era el estuario, algunos con más fortuna que otros, pero sin apenas sufrir bajas en la tropa que, horas más tarde, ganaría Bayona.

Pero aún quedaba yo. Cuando ya me preparaba para tocar tierra una vez superadas las primeras dificultades, y ya distinguía los rostros de los hombres que nos esperaban en la isla, una ola terriblemente grande nos lanzó por los aires para convertir en negro la inmensidad blanca que me rodeaba.

Para cuando recobré la conciencia, me hallaba en una cama a la luz de una solitaria vela, sin percibir el vaivén de las olas y con el rostro enjuto y visiblemente aliviado de mi fiel sirviente, Vincenzo, que a pesar de ser duro como una maroma no puedo evitar una alegría desbordada que acabó con lágrimas en sus ojos.

Los recuerdos anteriores son sólo una nube negra de dolor y rostros fantasmales en la niebla que me hablaban constantemente sin que entendiera una maldita palabra. 
Pero lo peor de todo al recobrar el sentido fue no sentir nada. No podía moverme y la sensación de impotencia y angustia fue tal que Vincenzo llamó a voces a una persona que no reconocí y que me dio una buena dosis de láudano para que me tranquilizase.

Dos días después, dominada en parte mi desazón, apareció mi teniente Byron. Curiosamente, pese a que mi lucidez no era todavía completa, sí pude distinguir sus charreteras de capitán, por lo que sin saber muy bien aún qué ocurría le felicité por su ascenso con un balbuceo.
Con su habitual rostro pétreo, sin mostrar emoción alguna, me explicó cómo me rescataron del agua, medio ahogado y agarrado al resto de un madero del bote. Un par de hombres corrieron mi suerte. Del resto, a día de hoy, no se ha vuelto a saber.

Vincenzo me explicó que estuve dos semanas que parecía más muerto que vivo, con las piernas rotas, un par de vértebras también, y aún agua en mis pulmones.
Pero peor que el dolor lacerante a cada movimiento o la absoluta sensación de impotencia al estar atrapado en una cama y en una habitación de la que no pude salir, sintiéndome como un interno e Bedlam mientras me aseaban al no ser capaz de valerme por mí mismo, fue la absoluta sensación de soledad.

Durante el proceso de recuperación tuve demasiado tiempo para pensar, e hice repaso de todas aquellas personas que pasaron por mi vida dejando huella, algunas más visibles que otras, aprendiendo de todas y cada una ellas, de las alegrías y de las penas, empezando por mi querida y añorada Lively y pasando por otros tantos cuyos nombres no escribiré en esta página para que su recuerdo no acuda esta noche a mis sueños como murciélagos buscando insectos.

Una vez el médico a mi cargo consideró que me encontraba en mejores condiciones me trasladaron hasta mi casa en Wood Fields, de nuevo en compañía de Vincenzo, que me ayuda con todas las tareas del hogar, ya que aún no puedo moverme con facilidad y además mi mano derecha ha perdido parte de movilidad. El dolor en el pecho, como un gorgoteo cada vez que inspiro profundamente, continúa ahí.

Tras recibir la visita de un teniente de fragata, emisario del Almirantazgo desde Londres, que evaluó mi estado, días después recibí la temida carta de que ya no me consideran apto para el servicio. Con mucha palabrería que en estos momentos me resulta insultante, me informaban de que a partir de ahora formaré parte del "glorioso" grupo de pensionistas que vivirá de la limosna del país tras haber entregado a la patria los mejores años de mi vida y mi salud.


"... observo las suaves colinas de Hampshire..."

¿Y ahora qué? En estos momentos, mientras observo las suaves colinas de Hampshire extenderse bajo un cielo gris pálido, me doy cuenta de que todo ha dejado de tener sentido.

Mi vida era la Marina Real, y ya no formo parte de ella. Mis amigos me dejaron de lado y Lively, el amor de mi vida, es sólo un recuerdo que comienza a esfumarse en el recuerdo como un terrón de azúcar en el café.
Sólo Vincenzo sigue aquí, atento y cariñoso a su modo, pese a sus rudos modales tras toda una vida en alta mar.

Con el fin de la guerra y también el de mi carrera militar, y suponiendo un esfuerzo notable cada línea que escribo en este diario, creo que ha llegado el momento de cerrar la última página después de siete años reflejando con tinta y papel sentimientos de todo tipo, felices y tristes.
Tampoco sé qué haré con este diario, el diario de un oficial de marina sin gloria, que no le importa a nadie, sin valor, y que a buen seguro acabará cogiendo polvo en una estantería de mi casa, o bien ardiendo en la leña de mi chimenea en una noche en donde los efectos del alcohol derroten a la razón.

Así que me despido con estas líneas, sin mayor ceremonia, ante la incertidumbre del futuro, el peso del pasado y la realidad de un presente desalentador.

Capitán Vincent Richard Daniels, en Wood Fields (Hampshire), el miércoles 18 de septiembre de 1814.


martes

Desembarco

Frente a la desembocadura del río Adour, en Francia, el 11 de febrero de 1814. A bordo de la HMS Circe

La fragata da profundos cabeceos en estas aguas frías mientras el resto de la pequeña escuadra la imita bajo un cielo cargado de nubes gordas y grises como un manto de plomo. Escribo estas líneas observando la espuma de la desembocadura, surcada por botes de otras tripulaciones que sondean las aguas para valorar los riesgos de nuestra empresa.

Aún no hemos avistado el ejército de tierra, aunque mi teniente Byron realiza prácticas diarias alrededor de la fragata con los hombres más capaces y fuertes, pues considera que será fundamental a la hora de bogar en ese laberinto de remolinos y rocas en donde cualquier despiste es pase garantizado para Fiddler's Green.

En cuanto a mí estoy algo desconcertado aún por mi propio comportamiento, con todo el cuerpo dolorido y feos moretones en la cara que el cirujano de a bordo se ha limitado a curar sin hacer preguntas, pues si bien no es el mejor que uno se pueda encontrar en la flota, sí lleva muchos años embarcado y sabe muy bien cuándo mostrar discreción.

Todo ocurrió después de una noche en donde empecé a beber como si no hubiera un mañana. Me sentía solo y triste, en mi cabina, recordando a Lively, a amigos que ya no están, a un futuro incierto ahora que la guerra está cerca de concluir...; demasiada carga para un solo hombre que no tuvo más remedio en ese momento que buscar a la desesperada una vía de escape en forma de vino.

Sin embargo, con la obstinación de los borrachos, decidí que quería compañía femenina. Así de simple. Así de absurdo. Entre profundas reflexiones existencialistas, sólo quedaba el desahogo.

Demasiado tiempo a bordo. Un hombre tiene sus necesidades, y aunque en este sentido siempre he sido una persona que ha sabido mantener la compostura, rigiéndome por una absurda fidelidad a Lively pese a no saber en qué alcoba pasa cada noche, en este momento al que me refiero decidí que necesitaba desesperadamente contacto corporal y sentirme 'humano', dejar de lado por un momento las responsabilidades y la fachada de un capitán que tiene a su cargo la vida de cientos de hombres.

Así es que muy entrada la noche me vestí con ropas de civil, que siempre guardo en mi armario, y le pedí a Vincenzo que buscara hombres de confianza para llevarme a tierra.
Mi fiel sirviente nunca duerme hasta que oye mis ronquidos, y por supuesto estaba detrás de la puerta de mi cabina en cuanto la abrí. Estuvo cerca de decirme algo, pero con la boca abierta y la lámpara en la mano, la volvió a cerrar un par de veces, como un pez fuera del agua, y optó por callar ante el gesto de mi cara, que no creo que fuera digno de Whitehall en esos momentos.


"(...) el reflejo de una débil luna entre las nubes (...)"

Cuando salimos a cubierta apenas había luz. Instintivamente miré hacia las velas, sueltas y pálidas como un sudario mecido por el viento. El reflejo de una débil luna entre las nubes le daban un aspecto siniestro. Calma absoluta y ni una pizca de viento.
Tampoco vi a nadie de guardia. Lo único que se pudo oír fue una carcajada lejana en alguno de los navíos que nos acompañaban.
Vincenzo había hecho bien su trabajo.

Hacía algo de fresco, me estremecí y en seguida noté cómo me colocaban discretamente un capote por encima de mis hombros.
Descendí por el costado de babor hasta el chinchorro que ahí me esperaba. El propio Vincenzo subió a bordo. Unos hombres ocultos por las sombras de la noche esperaban. Los identifiqué al instante, me saludaron llevándose los nudillos a la frente y a lo orden de mi sirviente, el más veterano en esos momentos, el pequeño bote comenzó a bogar hacia tierra.

Tal silencio, tanta oscuridad y aquellas sombras observándome en el bote me hicieron creer en algún momento que estaba en el Río Aqueronte, y que la figura aferrada a la caña me pediría en cualquier momento el óbolo alargando su cadavérico brazo. 

Tan sumido estaban en estos pensamientos que me sobresalté al notar el roce de la arena con el casco. Acto seguido desembarcamos en la arena, y mientras algunos de mis hombres ocultaban el bote y se preparaban para la espera, yo me adentré en tierra acompañado por Paul, uno de los gavieros del mayor, francés monárquico por convicción y que me guió a través de la oscuridad y de los árboles hasta un pequeño pueblo no muy lejos de la costa. 

Antes detuve un instante a Paul para recordarle, si acaso era necesario, que cualquier falta de discreción por su parte de regreso a la Circe lo pagaría con conséquences fatales, y me tuvo que entender perfectamente, ya que tropezó un par de veces mientras continuamos el camino.

Llegamos a un conglomerado de casas de piedra que olía a leña. La caminata había hecho que los efectos del alcohol empezaran a disiparse, y por tanto comenzaba a arrepentirme de estar ahí, y cuando entramos en lo que parecía ser una especie de tasca habitada por varios hombres de aspecto sombrío, enfundados en abrigos de piel y miradas inquisidoras, ya me sentía completamente fresco.


"Llegamos a un conglomerado de casas de piedra que olían a leña."

Me sentaron en una mesa y me sirvieron en un vaso de barro algo parecido al vino. Mientras Paul hablaba con uno de los parroquianos, y tras unos minutos de tensa espera, el susodicho volvió a aparecer con una niña que no llegaría a los 15 años, ojos azules y muy grandes, trenzas y con un vestido azul deshilachado que le quedaba algo pequeño. Parecía una muñeca de trapo.

Cuando el grupo se acercaba hacia mí, oí perfectamente al hombre que acompañaba a Paul y a la niña decir en francés una cifra en guineas, y sentí de pronto tal náusea que vomité sobre la mesa todo lo que había bebido durante la noche y, sin pensármelo un momento y ante la barbaridad que ese tipo pensaba que yo estaba dispuesto a hacer, no tuve otra forma de mostrar mi disconformidad al respecto que partiéndole una de las sillas en la cabeza. Sus amigos respondieron en consecuencia, saltando contra mí mientras la niña salía corriendo y Paul acudía en auxilio de su capitán.

Tras algunos intercambios de impresiones, muy dolorosos, conseguimos escapar de allí de vuelta a la orilla perseguido por una auténtica horda de lugareños, algunos armados con hoces, palos, rastrillos y todo lo que pudieron encontrar, una huida que no fue fácil, ya que Paul fue herido por arma blanca y se desangraba sin que hubiera tiempo para cerrarle la fea herida que tenía debajo de la axila.
Afortunadamente los hombres de mi bote acudieron en nuestra ayuda cuando ya teníamos casi ganada la costa, armados con cabos y remos, y los lugareños huyeron como alma que lleva el diablo entre vítores de los míos.

Desde luego no me puedo sentir orgulloso. Ha sido una locura. 
Afortunadamente Paul se recupera, y según me cuenta Vincenzo su versión es que se cortó sin querer mientras limpiaba y pulía las armas de abordaje.
Por mi parte descarto cualquier intento de repetir semejante aventura, limitaré mis encuentros con la botella y optaré por dedicar más tiempo a la lectura y la escritura, por mi bien y el de mi tripulación.