Mostrando entradas con la etiqueta Lively Caster. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lively Caster. Mostrar todas las entradas

lunes

William J. Oliver

A bordo de la HMS Ranger, el 3 de marzo de 1808. En las aguas del Canal.

Vuelvo a tener una misión.
Hace dos días, cuando dormía (noche cerrada), me sorprendió un fuerte golpeo en la puerta, y sable en ristre acudí plenamente convencido de que Napoleón había desembarcado en el Támesis.
Cuando abrí, escoltado por Vincenzo, armado con un cuchillo para cortar pollos, nos encontramos con el gesto cansado de un mensajero acompañado a pocas yardas de un caballo negro que resoplaba con esfuerzo.

Cuando aún oía el galope perderse en la noche leí a toda prisa el mensaje, donde me ordenaban volver de inmediato a Porstmouth, donde debería de tomar el mando de una ágil corbeta, la Ranger, de 16 cañones.
Apesadumbrado al pensar que me habían degradado, viajé a toda prisa y en un tiempo record me encontraba en Pompey, donde subí a bordo de mi nuevo barco, de escaso porte pero elegantes líneas,
Toda la tripulación y los oficiales estaban preparados y me recibieron con gran respeto, ya que no es común que alguien de mi rango comande un buque de semejantes características.
El primer oficial, con no mucho más de veinte años, me recibió muy solemne, y me entregó un sobre que había llegado poco antes que yo.
El teniente Tyler, que así se llamaba, me informó que sólo podía abrirlo cuando hubiera zarpado, según habían ordenado, y observé el lacre cerrado con mucha curiosidad.
Las luces del alba nos saludaron con la Ranger deslizándose suavemente a babor de la Isla de Wight, y se me hizo muy raro dejar atrás Portsmouth sin ocupar el alcázar de mi querida Circe, a la que echo mucho de menos, sobre todo su cabina, que si bien podría ser una pequeñez al lado de cualquiera de un navío de línea, era no obstante un auténtico palacio comparado a esta pequeña ratonera que ahora ocupo.

Vincenzo, que me ha acompañado, apenas habla y se le ve muy triste, aunque no ha perdido el tiempo y se ha adueñado de la despensa y ha convertido en su nuevo siervo al cocinero, cuyo nombre desconozco.
Una vez comenzamos a navegar con viento suave del noreste, rompí el lacre para leer rápidamente las instrucciones, y grande fue mi sorpresa cuando me informaban que lo único que tenía que hacer era transportar a un pasajero hasta la costa norte de España, cuyo punto exacto me lo comunicaría en persona él mismo, que responde al nombre de William J. Oliver.

No estoy acostumbrado a este tipo de misiones, e invité a cenar a este tripulante especial que merece, nada más y nada menos, viajar escoltado por un buque de Su Majestad.
Aunque no había tenido tiempo de revisar la despensa dado lo apresurado de nuestra marcha, Vicenzo se las apañó para encontrar un par de deliciosas botellas de vino y chuletas en gran cantidad, por lo que mi invitado disfrutó de la comida mientras a mí me servían, cómo no, acelgas hervidas con un chorrito de aceite.
Oliver, de unos cuarenta años, demostró ser un hombre bastante reservado, de pocas palabras y mirada inteligente, y nuestra conversación fue de lo más banal, hasta que las copas se fueron vaciando frente a él mientras yo bebía a pequeños sorbos un zumo de uvas a la vez que fulminaba con la mirada a un victorioso Vincenzo.

Oliver me explicó que viaja a España para realizar una serie de averiguaciones, y me puso al tanto de la situación que vive el país.
Según parece, las tropas francesas, al mando desde hace poco más de una semana del mariscal Joachim Murat, han tomado las ciudades de Pamplona y Barcelona, y ahora se dirigen hacia San Sebastián, a donde llegarán en un par de días, según me relató. Éste, precisamente, es el destino escogido por este señor.
Me dijo que en ambos casos las tropas españoles no habían ofrecido ninguna resistencia, y habló con términos poco amables de los españoles durante buen rato, momento que aproveché para hacer volar la imaginación y dedicar mi pensamiento a mi querida Lively, allá en Halifax, quizás en los brazos de un rico comerciante o un oficial de alto rango.

El fuerte carraspeo de Vicenzo me sacó de mi ensimismamiento, y mientras me preguntaba si habría cometido la descortesía de cerrar los ojos, Oliver, con la segunda botella vacía, me explicó que su misión no era otra que la de informarse si los españoles estarían interesados en buscar la alianza de nuestra nación (aunque ambos seguimos en guerra).
Para cuando al señor Oliver apenas se le entendía, y empezó a hablar de la labor de Su Majestad el Rey Jorge en términos poco amables, decidí que era el momento adecuado para una estratégica retirada.
Tras estrecharme la mano, mi invitado me dijo que desembarcaría en la noche de hoy, y además me dijo que sería muy amable si esperara su regreso, el cual se llevaría a cabo en poco más de un día.
No me hace mucha gracia el navegar cerca de una costa enemiga, ya que la costa española, sobre todo en el norte, está plagada de pesqueros que pueden dar la voz de alarma y obligarnos a poner proa al norte, dejando atrás al señor Oliver, lo cual, tengo la impresión, no le resultaría muy agradable dado sus conocimientos.

Wood Fields

En Wood Fields, el 25 de febrero de 1808. Hampshire

Hacía bastante tiempo que no me sentaba tranquilamente en mi propia casa para escribir algunas letras.
Tal como tengo costumbre, he pedido a Vincenzo que coloque el escritorio fuera de la casa, a pocos pasos de mi pequeño jardín, para disfrutar de este día entre soleado y nebuloso, con los campos verdes ante mi vista y, no muy lejos, el destello plateado del mar.
La Circe se quedó fondeada en Spithead, y a la espera estoy de que me vuelvan a embarcar en ella o, quién sabe, entregar un nuevo mando.
El caso es que estoy aprovechando estos días para descansar después de tantos días lejos de mis cuatro paredes, con largos paseos por los campos que rodean mi pequeña casita, respirando un aire diferente del que se puede disfrutar en el alcázar, pero casi igual de agradable.

Pensaba que al pisar tierra podría tener un respiro en cuanto a la dieta dado que mi cirujano se ha quedado lejos de mí y, por tanto, sin posibilidad de vigilarme. Sin embargo, ha dejado como vil secuaz al sodomita de Vincenzo, el cual podría impartir clases de bloqueo en la Armada, ya que de ser almirante estoy convencido de que los franceses se habrían rendido hace años.
Ha escondido todo lo apetitoso que pudiera haber en la casa, y cada vez que se marcha a buscar comida a las granjas vecinas, siempre trae consigo todo tipo de verduras y leche, lo cual me produce indignación.
Más de una vez le he gritado que se deje de tanta leche y que, en cambio, me traiga la vaca, pero parece ser que el estar lejos del barco me resta autoridad, por lo que me siento abatido ante el yugo de éste mi Argos particular.

En otro orden de cosas, y tal como me prometí, antes de venir a casa y al poco de atracar en Porstmouth, tomé un coche de caballos hasta Plymouth, tal era mi deseo de hablar con mi querida Lively.
A mi llegada a la residencia de su padre, Lord Caster, me encontré con una seria resistencia en la puerta, ya que el mayordomo, un tipo gordo, de cara rosa y ojos minúsculos, al que nunca le gusté y nunca me gustó, me esperaba.
Me di cuenta al momento de que Lively había dado a conocer nuestra situación de alejamiento, ya que el 'centinela' puso gesto serio y me dijo que la señorita no se encontraba en casa.
Tras un minuto donde fui paciente, agarré al mayordomo y lo lancé a uno de los setos bellamente recortados que se encuentran junto a la puerta. A continuación entré a grandes zancadas, con los brazos separados del cuerpo, casi en cruz, ya que sabía que de rozar mi sable el instinto me haría sacarlo y degollar al primero que se acercara.

Y sí que se acercaron. Uno de los mozos de cuadra, muy fuerte y casi tan grande como yo, tras titubear una disculpas, trató de detenerme, y ante la aparición del mayordomo, que daba gritos de cochino asustado, ganó moral e intentó agarrarme. Dos sirvientes más aparecieron de no sé donde, y se me echaron encima como hienas.
¡Cómo eché de menos a uno de mis bravos marineros a mi lado, listo para proteger su capitán!
El combate fue titánico.
Uno de los sirvientes quedó pronto despachado, ya que de una patada lo mandé rodando bien lejos, pero el otro y el mozo de cuadras casi me inmovilizan, y eso que éste había recibido un puñetazo que lo tenía sangrando por debajo de la barbilla.
Cuando por fin logré deshacerme de ellos (250 libras en movimiento no las detienen cualquiera) y comencé mi persecución al mayordomo, apareció Lord Joseph Caster, con gesto de sorpresa ante tanto jaleo.
Inmediatamente me detuve, resollando, con el rostro encendido, la camisa manchada de sangre (alguien me alcanzó en la ceja) y, gracias a dios, el sable en su sitio.
El padre de Lively, tal como tenía por costumbre cuando estaba en casa, apareció en batín, y me miró entre enfadado y asombrado, pero pronto se recompuso para invitarme a tomar con él un vaso de leche caliente (sólo bebe eso) en su estudio.

Sus criados me dejaron marchar, visiblemente agradecidos, y Lord Caster, tras sentarse en su butaca favorita, muy cerca de su perro de nombre Stinky (ambos son inseparables), me contó que, efectivamente, Lively no se encontraba en casa, ya que había viajado a Halifax a atender, personalmente, unos negocios de la familia. Él mismo no había podido ir al encontrarse debilitado por unas dolencias en las manos, no siendo recomendables como curas travesías transoceánicas.
Tras meditar unos instantes y sentir la mayor de las vergüenzas de mi vida, me marché tras rogarle disculpas a Lord Caster, que amablemente me dio su palabra de que escribiría una carta a Lively en mi favor pero con la promesa de no ser tan efusivo en el futuro, al menos siempre que corriera riesgo la integridad de las personas a su servicio.

De eso hace ya tres días, pero no lo puedo quitar de mi cabeza, y me siento avergonzado, mucho, y Vicenzo, que tiene poderes y sabe exactamente qué ocurrió pese a no haber estado allí, trata de dejarme solo en la medida de lo posible, exceptuando la hora de las comidas, cuando aparece con el plato de coles hervidas.

Mañana viajaré hasta Porstmouth para pasear por el puerto e informarme del estado de la guerra.
Según parece Francia prosigue con su avance lento pero seguro en España, hasta tal punto de que ya ha tomado una ciudad, Pamplona, en el norte de la península.
No cabe duda de que en el continente las tropas de Boney siguen siendo muy superiores al resto, por lo que creo que a esta guerra aún le queda mucho camino por delante.

miércoles

A casa

Frente a la costa de Portugal, el 21 de febrero de 1808, a bordo de la HMS Circe.

Volvemos a casa.
Después de abandonar Gibraltar tras la captura de la cañonera francesa, nos reunimos con la escuadra de Lord Collingwood, frente a Tolón.
Apenas habíamos visto el casco del impresionante Ocean (a medio cable del Canopus, que lucía un aspecto magnifico con las juanetes largadas para mantener la formación con el 98), desde el insignia se me ordenó que subiera inmediatamente a bordo, donde fui recibido por el capitán Richard Thomas, que disculpó la ausencia del Lord, ya que se encontraba indispuesto, aquejado de fuertes dolores estomacales.
Al margen de su enfermedad, Thomas me informó de que Collingwood había sufrido en todo su cuerpo ante la noticia de que, según parece y aprovechando la tempestad que ha asolado el mediterráneo durante estos días, dos fragatas francesas, la Pénélope y la Thémis, habían superado el bloqueo.
Esta noticia había sentado como un auténtico jarro de agua fría en la escuadra, y las ojeras del capitán del Ocean me dejaron constancia de que tal error no se había producido por falta de esfuerzo.

Tras una conversación banal, Thomas me entregó las órdenes firmadas por el propio Collingwood, en las cuales se señalaba que la Circe debía de volver inmediatamente a Inglaterra, ya que es necesario reforzar nuestra posición en el Báltico con embarcaciones veloces. Sin más me despedí con un apretón de manos, y pude adivinar en los ojos de mi superior una mirada de envidia.

Ahora mismo navegamos con viento a la cuadra, y la fragata se desliza velozmente, con suaves cabeceos bajo un cielo azul, precioso, salpicado de nubes blancas y grises que dejan caer algunas finas gotas que son recibidas con alegría a bordo.
La moral es alta, ya que la captura de la cañonera fue una gran satisfacción para todos, y además ahora la dotación está ansiosa por volver a casa y ver a los suyos.

Por mi parte me alegro de tener la oportunidad de pisar mi tierra, estar en mi casa y comprobar que todo está en orden, y ante la posibilidad de poder visitar a mis padres en Bedford, a los que tanto echo de menos.
Menos agradable es pensar que volveré a estar cerca de mi amada Lively, a la que no consigo borrar de mi pensamiento pese al desprecio que mostró en su carta.
No puedo soportar la idea de que me haya dejado en la estacada, sin más, con unas breves líneas enviadas por un mensajero. Yo soy de los que gusta afrontar la alegrías y los fracasos personalmente, y me estoy planteando muy seriamente viajar a caballo o en coche hasta Plymouth tras arribar en Pompey, y presentarme en su residencia y exigir que me reciba.

Si me echan por las bravas, haré todo lo posible por intentarlo de nuevo, y estoy seguro de que no me faltarán brazos de marineros a mi mando que quieran ayudarme para tomar la casa a la fuerza, si se diera el caso.
Hemos podido con buques de mayor porte que el nuestro. Una serie de criados cuellitiesos no significarán ningún problema.

Sé que no es el mejor método, y que hay que ser ante todo un caballero y guardar las formas, pero mi corazón está por delante de mi saber estar, y en estos momentos me pide que vuelva a estar frente a frente con Lively, con la que sueño cada noche.
Sólo si ella misma, con palabras salidas de sus preciosos labios, me pide que no vuelva a verla más, en tal caso me marcharé con la cabeza bien alta pero, para qué mentirme a mí mismo, con el alma abatida.

viernes

¿Despedida?

En la HMS Circe, el 21 de diciembre de 2007. En la mar.

La vida es como la mar. Nunca me cansaré de repetirlo.
Un día te encuentras con que el viento es favorable, tu barco navega a una velocidad plenamente satisfactoria y ni un solo cabo o trozo de paño en la jarcia corre el riesgo de saltar por los aires.
Sin embargo a veces, en cuestión de segundos, una inesperada racha, arrecife mal marcado en las cartas o un trozo de hielo que el vigía no había visto hasta que ya es demasiado tarde convierten la mejor singladura en un auténtico infierno sobre la cubierta.

Algo parecido me ha ocurrido a mí.
Antes de ayer me alegraba por haber disfrutado de una cena junto a mis amigos, con buena conversación y vino, y hoy, pocas horas después y con la escuadra de Hood rumbo a Funchal, me encuentro lleno de pesar, con pocas ganas de tomar el aire en cubierta y optando por encerrarme en la cabina para rumiar mis penas.

Ayer, con señal en el Centaur de levar anclas, desde el alcázar el señor Byron me avisó de que se acercaba un pequeño bote por la aleta con sus tripulantes remando a una velocidad admirable y con un joven haciendo equilibrios para mantenerse en pie con acierto mientras hacía gestos con los brazos para advertir de que portaba un mensaje.
Por supuesto no detuvimos las maniobras, aunque sí di permiso para que se abordara con la fragata. El propio joven trepó cual araña por la escala, entregó la carta y se marchó a una velocidad que se ganó la aprobatoria mirada de todos los que nos encontrábamos en ese momento en el alcázar.

Hasta que no dejamos muy atrás la isla de Wight, no me senté en mi escritorio para leer la carta, arrugada, que guardé en mi bolsillo, y después de la cuarta o quinta vez que mis ojos repasaron cada línea de la breve misiva fui capaz de asumir su significado.

Escribiré literalmente la carta aquí.

A la atención del capitán Vincent Daniels.Señor, siento comunicarle que a partir de que haya leído esta carta no quiero tener más contactos con usted. Las razones son muchas, pero no es este el medio ni la situación donde deba darlas, y tras valorarlo detenidamente, he llegado a la conclusión de que no creo que sea posible que nuestros respectivos destinos puedan ir de la mano, al menos de momento.
Sin más se despide
Lively Caster. En Plymouth.

En Londres con Lively

En Wood Fields, el 14 de diciembre de 1807. Portsmouth

Me encuentro en mi casa después de una amena semana en Londres, en compañía de mi querida Lively y disfrutando de unos merecidos días de descanso tras mi misión frente a las costas de Portugal.
Viajé a la capital para informar en el Almirantazgo de todo lo ocurrido frente a la costa lusa (la escolta hacia Brasil de la familia real, la toma de la capital por parte de los franceses y el apresamiento de los buques rusos de Seniavin).
Aproveché que Lively se encontraba en Londres junto a su padre y su familia para tomar unos días de relax, previo permiso, los cuales fueron bastante gratos para mí.

Hemos comido y bebido bien (quizás demasiado), con visitas a lugares de gran interés, como el puente de Londres, los alrededores de Greenwich (uno de mis 'rincones' favoritos), los diferentes fondeaderos con buques de todo tipo y porte, monumentos de interés como las iglesias medievales y alguna que otra representación teatral donde disfruté como pocas veces lo he hecho en la vida, sorprendido de que haya algo que me pueda interesar más que el ser testigo de una buena andanada.

Concretamente fue una obra a la cual no quería asistir en un principio al considerarla completamente aburrida, ya que no se trata de una representación dramática, sino más bien de lecturas de cámara.
Sin embargo Lively puso mucho empeño e interés en asistir, y dado que a causa de mis viajes nos vemos relativamente poco, finalmente opté por ceder, y reconozco que salí realmente entusiasmado, recitando torpemente algunos de los versos que oí mientras paseábamos de camino a la residencia de los Caster de la capital.

También fue muy interesante nuestra visita a la Torre de Londres, donde dedicamos especial atención a la casa de fieras, donde disfrutamos con los leones que allí se encuentran y que nos observaban en todo momento con ojos que inspiraban respeto.
Eso sí, a punto estuvo de ocurrir un grave incidente, porque Lively, gran amante de todo lo que se parezca a un gato, por muy largos y peligrosos que sean sus colmillos, tuvo la osadía de acercarse demasiado a uno de los animales que, a la velocidad del rayo, desgarró parte de su vestido, no llegando a la carne de milagro.
Me dejé llevar por la ira, e incluso llegué a sacar mi sable de la vaina, y con el grito de guerra que uso a la hora de saltar a la cubierta enemiga, busqué la forma de entrar en la jaula, aunque los cuidadores que allí se encontraban y algún que otro espontáneo me sujetaron con poca ceremonia mientras Lively me lanzaba una mirada llena de amonestación.

Gracias a dios fue sólo un susto, y aunque durante una hora larga apenas hablamos y ella se mostró más silenciosa que de costumbre, la visión del sol ocultándose teñido de rojo más allá del parque que rodea Greenwich suavizó su gesto, y llegamos a casa cogidos del brazo y charlando amigablemente.

Ahora, de vuelta a Wood Fields, aprovecho la soledad de mi casa para escribir estas líneas y reflexionar sobre mi nefasta situación económica, ya que mi estancia en Londres ha agotado de forma alarmante el peso de mi bolsa.
Necesito encontrar la forma de que mi dinero crezca, pero no creo que haya posibilidades y menos con la misión que se avecina, ya que, según parece, se está preparando una escuadra para dirigirse a las islas Madeira y conquistarlas ahora que Francia se ha adueñado de Portugal y, presumiblemente, sus dominios.
Todo parece indicar que la Circe será una de las fragatas que acompañe la expedición que contará con navíos de línea y un fuerte contingente de tierra.

De momento no tengo órdenes concretas, aunque sí me han instado a tener la fragata lista para zarpar en una semana aproximadamente, lo que concuerda con la posible marcha sobre Funchal.
Será cuestión de ser paciente y esperar a que se vayan sucediendo los acontecimientos.

sábado

La escuadra de Seniavin

En la HMS Circe. El 7 de diciembre de 1807. Cerca de el cabo Finisterre.

En estos momentos la fragata navega con viento por la aleta, con prácticamente toda la vela en los palos y a una velocidad considerable.
Ayer abandonamos la escuadra de sir Sidney, frente a Portugal, con los navíos rusos a buen recaudo y con la orden de dirigirnos a Portsmouth para comunicar nuestra captura a los mandos del puerto.

Pero no quiero adelantar acontecimientos.
El pasado lunes, poco después de salir del Tajo y buscando la estela de nuestra escuadra y la portuguesa, avistamos una vela en el horizonte y nos acercamos para comprobar de qué flota se trataba.
Nuestra sorpresa fue mayúscula al comprobar en el tope de uno de los navíos el pabellón ruso, y al no estar muy clara la situación política entre ambas naciones (sobre el papel estamos en guerra), estrechamos distancias para comprobar su reacción.

Con tu torpeza habitual los rusos comenzaron a trepar por los obenques y a desplegar lona para ir en nuestra caza, y desde la proa de una de las embarcaciones (contamos diez) un disparo muy mal dirigido de aviso confirmó todas mis sospechas, por lo que haciendo oídos sordos viramos en redondo para advertir a nuestra escuadra.

Uno de las embarcaciones, de un porte similar a la Circe, trató de alcanzarnos, pero nuestro barco, dada su posición y con el viento soplando del suroeste en ese momento, no tenía rival, por lo que pronto desaparecieron sus juanetes más allá del horizonte.
A una velocidad superior a los doce nudos, nos adentramos en el atlántico, y en menos de un día vimos la silueta del Conqueror, que cerraba la larga y lenta formación británico-lusitana.
Tras remontar la larga hilera de barcos, con algunos de ellos saludándonos alegremente al creer que llevábamos correo con la posterior decepción al comunicarles que nos dirigíamos directamente a la posición que ocupaba el buque insignia Hibernia, nos limitamos a informar de alcázar a alcázar (no había un minuto que perder) la situación de los rusos.

Con el barómetro bajando a toda prisa, la eficacia de nuestra armada quedó manifiesta dada la velocidad con que Sir Sidney distribuyó la orden de despachar el Marlborough, el London y el Bedford en labores de escolta de la familia real portuguesa hasta Brasil, y mandar al resto de la flota virar para volver al Tajo con la Circe comandando la línea.

Habría dado media paga por ver la cara de los rusos al asomar nuestras vergas, ya que según el tratado de Tilsit ambas naciones nos encontramos aún en guerra, y para nuestra decepción, con redoble de zafarrancho a bordo y todos nuestros hombres listos para el combate, nuestros enemigos se limitaron a arriar la bandera sin disparar un solo cañón.
Una vez rendidos, se nos ordenó volver a Inglaterra para informar de la situación y esperar nuevas órdenes.

Con la satisfacción del deber cumplido, al menos me alegra saber que podré aprovechar nuestra arribada a Spithead para tomar una silla de posta a Londres, donde podré encontrarme con mi querida Lively y así disfrutar de algunos días de asueto antes de volver a la mar (dios mediante).
Estoy seguro que para ella será la mayor de las sorpresas al creerme a muchas millas náuticas de distancia.

viernes

La flota portuguesa

En la HMS Circe, el 29 de noviembre de 1807. Frente al estuario del Tajo.

Menudo espectáculo. Sencillamente impresionante.

Hace unos minutos me encontraba en el alcázar de la Circe observando, con ojos maravillados, parte de la flota portuguesa desfilar ante nosotros, después de que las 'negociaciones' del embajador Lord Strangford hayan puesto definitivamente a la familia real de nuestro lado.
Nuestra escuadra escoltará a las velas lusas hasta Brasil, concretamente a Río de Janeiro, donde el príncipe regente, su reina madre y el resto de la parentela se asentarán a la espera de que las tropas francesas entren definitivamente en Lisboa a las órdenes del general Junot.

Apenas había amanecido esta mañana cuando el vigía avistó las velas portuguesas que comenzaban a asomar por el Tajo, seguido lo cual todos los oficiales nos encontrábamos en cubierta listos para rendir honores a nuestros aliados.
El Hibernia, después de los pitidos y el redoble de tambor de rigor (en ese momento la fragata se situaba a sotavento del buque insignia), comenzó a retumbar con sus 21 salvas, siendo correspondidas por todos nuestros barcos y, casi sin interrupción, por los portugueses, sucediéndose los cañonazos y sin que los oficiales en el alcázar pudieran disimular sonrisas satisfechas. Yo mismo me sorprendí riendo de alegría mientras mis hombres se esforzaban porque todo terminara de ser perfecto.
No cabe duda de que no hay nada mejor que el olor a pólvora por la mañana.

Afortunadamente la flota portuguesa, al mando del vicealmirante Manuel de Acunha, ya se encontraba prácticamente preparada para zarpar, por lo que todo se ha desarrollado rápidamente y sin problemas.
En estos momentos se cruza por nuestra popa un 74 cañones, el Medusa, seguido a medio cable de distancia por un 44, Golfinho reza en su espejo de popa, aunque los mástiles se siguen perdiendo más allá del Tajo, ya que según nos han informado, al margen de los navíos de guerra, que pueden ser una veintena aproximadamente, hay otros tantos mercantes armados.

Mientras los buques continúan deslizándose ante la atenta mirada de nuestra escuadra, he tenido la oportunidad de echar un vistazo al correo, que llegó a bordo del bergantín Nercuse, donde he recibido una carta de mi querida y muy amada Lively, la cual me ha enviado todo su cariño y me ha contado que ha viajado a Londres junto a su padre para asistir a una importante representación teatral, nada más y nada menos que Shakespeare.
Según me ha escrito, actúa un joven de nombre Edmund Kean cuyo futuro parece ser prometedor y que despierta todas mis simpatías, ya que se enroló en Portsmouth durante algunos años, haciéndose pasar por sordo y cojo de una forma tan perfecta que engañó a los doctores que le atendían.

Entre las salvas de hace apenas una hora y esta carta de Lively noto el corazón muy alto, y escribo con una sonrisa tonta en la cara.
Sólo falta una buena batalla y, por qué no, un buen botín para entregarle a mi amada un hermoso presente y afianzar un poco más nuestro futuro.

lunes

Bloqueo a Portugal

En la HMS Circe. El 19 de noviembre de 1807. Frente a Lisboa.

De locos. Esto es de locos.
Hace unos días me lamentaba amargamente en estas mismas páginas de mi situación, recién llegado de una misión no del todo satisfactoria y con la idea hecha de que el Almirantazgo tardaría mucho en entregarme un mando.

Apenas me había acomodado en Wood Fields, y paseaba por mi casa mirando el jardín y comprobando el estado de mis plantas y flores después de tantos días de ausencia, cuando un trote de caballo me alertó de que alguien se acercaba por el camino de Portsmouth.
Un joven, con la lengua literalmente fuera, me entregó una carta donde, para mi mayúscula sorpresa, me ordenaban que tomara de nuevo el mando de la Circe, la cual continuaba armada en Spithead.


En un tiempo record ya me encontraba en mi falúa rumbo a la fragata, donde todos trabajaban muy duro y se detuvieron sólo para la ceremonia de mi subida a bordo.
Ya en mi cabina releí las órdenes, y comprendí por qué he sido de nuevo asignado a esta fragata, la cual muestra un aspecto impecable gracias a la labor del teniente Byron, que en mi ausencia se ha encargado de pintarla y renovar paño y cabuyería.

El avance de las tropas de Napoleón hacia Lisboa parece que ha puesto nerviosas a las más altas instancias de Inglaterra, por lo que una potente flota con sir Sidney al frente partió hacia la capital de Portugal, ya que todavía no está del todo claro qué bando elegirá, y no sería bueno para nuestros intereses tener en contra todo el litoral ibérico en el Atlántico.

En compañía del 74 cañones Monarch, que al igual que nosotros se dirigía hacia el estuario del Tajo, navegamos a toda vela hasta avistar, en la mañana de ayer, la figura en el horizonte del potente Hibernia (120 bocas de fuego), buque insignia de la flota de bloqueo, en compañía del no menos poderoso London (98) y otras velas como los 74 Elizabeth, Conqueror, Marborough, Plantagenet, Bedford y, por último, el 80 Foudroyant.

La única fragata de esta pequeña gran flota es la mía, por lo que pronto entendí cuál sería la función de la Circe antes de que el propio Sidney me recibiera en la lujosa cabina del Hibernia y me diera mis nuevas órdenes, centradas especialmente en labores de entrega de mensajes y el vigilar de cerca la costa portuguesa.
Según parece Portugal, de momento, quiere mostrarse neutral, aunque pronto tendrá que decidir qué bando elige, con 40.000 franceses de un lado y muchos cientos de cañones ingleses apuntándoles desde las aguas
del Atlántico.

Por mi parte, y mientras navegamos a sotavento de la flota, repitiendo algún que otro mensaje del buque insignia, aprovecho para poner en orden los papeles que tengo sobre mi escritorio, mientras doy sorbos a la taza de café bien caliente que me ha preparado mi despensero Vicenzo, un hombre de gesto serio de más de 50 inviernos que navega conmigo desde hace ya muchos años y que pone mucho cuidado en que me encuentre cómodo.

En cuanto termine estas líneas, tendré que escribir a mi amada Lively Caster, residente en el puerto de Plymouth y que aún no sabe que abandoné Wood Fields para embarcarme en mi próxima misión.
El pensar en ella, en su extraordinaria belleza, me alegra el ánimo, y hace que sueñe con vivir en un futuro (espero) no muy lejano en su compañía mientras disfruto de sus innumerables encantos hasta la misma eternidad.

Ahora dejaré de escribir, llegan nuevos mensajes desde el buque insignia y no es bueno hacer esperar a un almirante.