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miércoles

De vuelta

En alta mar, el 9 de enero de 1808. En la HMS Circe.

Sigo vivo y entero, a pesar de que hace un par de días pensaba que acabaría con alguna parte de mi cuerpo marcada por el acero de James.
Afortunadamente, como se dice, la sangre no llegó al río, y no se lamentaron daños, ni siquiera leves, en uno y en otro. Al menos en forma de heridas.

A la mañana siguiente de nuestro enfrentamiento dialéctico en mi falúa, nuestros respectivos padrinos, el teniente Byron y el capitán Crowe, acordaron que el mejor lugar para el duelo sería en un almacén abandonado a las afueras de Funchal, que hace años había servido para guardar grano y que dispone de un suelo firme y en buenas ocasiones para el enfrentamiento.
Antes de que sonara la campana de la guardia de alba, Byron y yo ya bajábamos por la escala de la Circe para buscar la costa a bordo del chincorro y con mi primer teniente a los remos.
El aspecto del puerto era fantasmagórico, con la niebla ocultando los navíos allí fondeados, que sólo se dejaban ver gracias a sus palos mayores, que sobresalían por encima de la niebla como un campo de estacas.
Toda la escuadra y Funchal sabía a esas horas lo que iba a ocurrir durante la mañana, por lo que las cubiertas de las embarcaciones estaban completamente vacías, y el chinchorro surcó las aguas en un silencio tan absoluto que el chapoteo de los remos se convertía en un auténtico escándalo.

A lomos de dos mulas alquiladas que ya estaban preparadas en la fonda donde el día anterior desayunamos, salimos del pueblo a través de las calles oscuras, con la única luz de las velas que iluminaban la hornacina de un santo desconocido para mí y oyendo el aullido de algún perro hambriento a lo lejos.
No tardamos mucho, y en apenas veinte minutos llegamos al almacén. Podíamos ver luz en el interior, y tras dejar a los animales bien atados a un árbol cercano entramos.

La imagen del interior me sobrecogió, y más parecía aquello un aquelarre de brujas que una sala de duelos.
Las paredes, de piedra tosca, apenas se distinguían al estar lejos del foco de luminosidad de varias decenas de velas situadas en círculo.
En el centro, y como fantasmas, se podían distinguir tres figuras que, al acercarnos (con suma precaución) pudimos reconocer: para nuestro alivio eran los rostros del capitán Crowe, el teniente James y el cirujano de la Africaine, que apartaba discretamente de nuestra visión la maleta con los instrumentos de cirugía.

Tras los saludos de rigor, y con los sables en la mano (descartamos la elección de pistolas por el ruido que pudieran causar), James (más pálido de lo habitual) y yo comenzamos a intercambiar golpes, al principio con mucha ceremonia y, poco a poco, con intención de buscar hueco y encontrar carne.
John, más bajo que yo y hábil, se mostró tan diestro como me imaginaba, aunque yo comencé a ganar ventaja cuando, a base de mi mayor fuerza bruta, apartaba sus golpes con estruendosos chasquidos.
Pronto salió del campo de luz y tocó pared con su espalda, y cuando todo parecía decidido comenzó a faltarme el aire.
Nunca antes había sentido un dolor tan profundo en el pecho, como si ardiera, y tras dar un par de traspiés me derrumbé en el suelo y todo se volvió oscuro, como si muchas bocas a la vez hubieran apagado las velas con un sincronizado soplido.

Para cuando desperté me encontraba en mi coy, con el cirujano de la Circe, el señor Marsh, poniendo sobre mi frente un trapo de agua fría. A su lado Vicenzo me miraba con ojos de preocupación, y James, en mangas de camisa, torcía la boca en una sonrisa al verme abrir los ojos.
Según pude saber, me desmayé, y el cirujano de la Africaine informó que mi pulso comenzaba a perderse, por lo que practicó maniobras de reanimación antes de conducirme, con sumo cuidado, a mi fragata.
Ya en manos de Marsh, éste me ha prohibido terminantemente realizar grandes esfuerzos y, sobre todo, me ha obligado a someterme a una dieta para rebajar mi peso. Según me dijo mi sobrepeso alcanza ya límites peligrosos.

Es por eso que me he propuesto el intentar reducir el volumen de mi barriga (Vicenzo cada vez protesta más de tener que remendar mis calzón para que pueda entrar en él), e intentaré continuar con el propósito de andar mis tres mil pasos diarios en el alcázar.
Un propósito que caerá en saco roto si no pongo todo mi esfuerzo en llevarlo a cabo. Espero que el susto sirva de estímulo.

En cuanto a lo demás, ayer zarpamos de Funchal rumbo a Portsmouth con la escuadra, aunque continuará destacada en la isla la Shannon para evitar un poco probable ataque francés.
De camino a Portsmouth quizás nos detengamos en Gibraltar, donde esperamos recibir noticias de cómo se sigue desarrollando la guerra en Europa y, quién sabe, con alguna carta a mi nombre esperando ser abierta.

viernes

Enfrentamiento

En Funchal, el 4 de enero de 1808. En la cabina de la HMS Circe

Hoy ha sido un mal día. Un día horrible, a la par que extraño. Como si se tratara de un sueño, o más bien de una pesadilla.

Esta mañana paseaba por el puerto de Funchal en compañía del teniente James. El día estaba precioso, con el cielo muy azul, sin nubes, el sol tostándonos las caras, el suave olor a sal que nos llegaba desde el atlántico y aún con sabor dulzón en nuestro paladar tras haber probado la mercancía en forma de botellas de Madeira que cargábamos hasta nuestros respectivos buques.

En ese momento, cierta algarabía entre muchos de nuestros hombres que por allí paseaban y el estampido de la batería del castillo de San Jorge nos hizo levantar la vista para observar al bergantín Arrow asomar el bauprés mientras doblaba en cabo Girao.
Pocos de los allí presentes pudimos ocultar nuestra alegría, ya que la pequeña embarcación, como ha ocurrido desde que nos encontramos en esta isla, traía consigo la saca de correo, y todos esperamos noticias, algunos más ansiosos que otros, desde Inglaterra.

Ofrecí gustosamente mi falúa a James para que viajara parte del trayecto conmigo, ya que el Centaur se encuentra a menos de un cable de distancia de la Circe, a lo que mi amigo John aceptó gustosamente inclinando la cabeza.
Y fue ahí cuando ocurrió todo.
Observando ambos la entrada del Arrow, con algún comentario aislado sobre si era conveniente o no tener tanto paño en la jarcia en un momento tan delicado, y tras un breve silencio, pregunté a John si esperaba carta de su esposa Alice.
Aunque James es de los que gusta gritar a los cuatro vientos que como amigo, de quien sea, es difícil de superar, a la hora de hablar de lo suyo, de su intimidad, se muestra hosco y cerrado, por lo que apenas habían salido las palabras de mi boca ya me había arrepentido.
Sin apartar la mirada del bergantín, John se limitó a asentir con la cabeza, y al encontrarme en una incómoda posición, le expliqué que mi único interés era saber si Alice se acordaría de enviarme un saludo, ya que no recordaba que lo hubiera hecho en las últimas misivas que habíamos recibido.

Y James enloqueció.
Me miró con ojos de odio, se levantó bruscamente (la falúa se desequilibró peligrosamente y casi caemos todos al agua) y empezó a gritarme, con la vena que parecía que iba a saltar del cuello, y el puño cerrado en mi dirección, en un claro gesto de amenaza.
Tras la sorpresa inicial, y con la cara de mis hombres, con ojos como platos, mirando de hito en hito al teniente, una furia descontrolada surgió de mi pecho, le respondí igual o peor, y mientras ordenaba, a gritos, a los marineros que condujeran la falúa hacia el Centaur, le dije a John que ya recibiría noticias de mi padrino.

Ahora, mientras escribo estas líneas, siento dolor, mucho dolor. John, rarezas propias de su carácter al margen, siempre ha sido un buen amigo, y saber que me tengo que batir con él me produce un gran desconsuelo que es proporcional al número de botellas, ya vacías, que ocupan la mesa de mi escritorio.
Pero no hay vuelta atrás. Por muy amigo mío que sea, o haya sido, me ha dicho cosas horribles que soy incapaz de perdonarle a nadie, por lo que ya he enviado al teniente Byron, que muy amablemente se ha ofrecido como padrino, para que acuerde la hora y el lugar con la máxima discreción posible, aunque a estas horas no me cabe la menor duda de que toda la escuadra tiene noticias de este desagradable suceso.

Quizás éstas sean la últimas palabras que escribo, ya que cuando dos hombres son heridos en su orgullo, y máxime si forman parte de la Armada de Su Majestad, las razones pasan a un segundo plano y mandan los sentimientos.
James es un buen espadachín, y estoy seguro de que no se contentará con un rasguño. Yo, además, tampoco soy capaz de paliar el odio que siento en mi interior. Las ofensas han sido demasiado grandes, y se convierte en gigantes si llegan desde la boca de alguien al que sentías como amigo.

Sinceramente, espero que sea Alice la que no reciba más cartas de mano de James.

miércoles

Resaca

Frente a Funchal, el 2 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Comienza un nuevo año, lejos de casa, y con la ya habitual costa de Funchal a la vista, con su atareado puerto en un constante trajín y los barcos de la escuadra de Hood fondeados y a la espera de nuevas órdenes.
Ayer gran parte de los comandantes de la escuadra nos reunimos en la cabina del Centaur para dar la bienvenida a 1808, donde el contraalmirante demostró que su despensa es la mejor servida de toda la flota y no escatimó en gastos.

Entre todos los presentes (dado el alto número de oficiales nos reunimos en la cubierta del buque insignia) se encontraba el teniente James, con el que apenas pude intercambiar palabra al estar en constante conversación con sus más afines, por lo que nuestro encuentro apenas duró unos minutos, antes de que su atención se volcara en el capitán de la Africaine, Peter Crowe.
Por tanto pasé gran parte de la fiesta bebiendo solo, apoyado en la batayola de sotavento y contemplando las embarcaciones que surcaban las aguas del puerto.

El beber en solitario tienen como principal inconveniente que dedicas todo tu tiempo a ello, sin charlas, ya sean interesantes o aburridas, que al menos detengan el camino del vaso hacia la boca, por lo que, para cuando me di cuenta, apenas podía distinguir todo lo que me rodeaba, y me tuve que retirar balbuceando disculpas y rezando para no hacer el ridículo en mi descenso hacia la falúa.

Éste se produjo de una forma correcta, y mis hombres se mostraron muy cuidadosos a la hora de intercambiar miradas. Me devolvieron a la Circe en completo silencio, bogando en perfecto orden. El teniente Byron, que me acompañó al Centaur, dirigió acertadamente la embarcación hacia el costado de babor de la fragata, por lo que mi llegada a la cabina (ni en el cabo de Hornos la había visto moverse tanto) se llevó a cabo con toda la discreción posible en un buque de sólo 28 cañones.

Tales excesos los he pagado muy caros, y esta mañana me he levantado con un dolor de cabeza horroroso que me ha tenido confinado sin que tenga el menor interés de subir a cubierta.
He delegado el mando en Byron, ya que no creo que cambie la rutina diaria, por lo que me dedicaré a descansar y a tomar la infusión que me acaba de servir mi despensero Vicenzo para paliar en la medida de lo posible el martilleo en mi cabeza.

Espero que zarpemos lo antes posible.
El tener tan cerca tal cantidad de vino de Madeira no puede ser bueno.

Victoria en Funchal

Frente a Funchal. El 26 de diciembre de 1807. A bordo de la HMS Circe.

Tal como esperábamos la resistencia de las islas ha sido nula.
Después de reunirme ayer por la noche en la cabina del Centaur con el resto de capitanes de la escuadra, establecimos la estrategia para atacar Funchal y desembarcar las tropas del general Beresford.
Sin embargo, pocos pudimos evitar la sensación de manifiesta tranquilidad al saber todos los presentes que los portugueses no tratarían de defenderse y que cumplirían con el trámite de arriar la bandera antes de recibirnos con los brazos abiertos.
Incluso el capitán Worsley, del Intrepid, no paró de contar chistes, algunos de pésimo mal gusto, sobre las fuerzas lusas (sus mejillas estaban más coloradas de lo habitual), hasta que sir Hood se vio en la obligación de amonestarle verbalmente, lo que provocó que el aludido enrojeciera aún más, lo que parecía imposible, y brindáramos por la victoria en un ambiente tenso.

En la mañana de hoy, las fragatas fondeamos a un cable de distancia del fuerte de Santiago, cuyas bocas de fuego, temibles, se mantuvieron en silencio, y nos limitamos a ser testigos de cómo el capitán Webley desembarcaba en su falúa como emisario para solicitar una rendición que se produjo prácticamente antes de que pisara tierra.
Desde el alcázar pude ver el aspecto de nuestra flota, engrandecida por una ciudad que parecía encogerse ante la visión de los costados de nuestras baterías, con el olor de las mechas encendidas impregnándolo todo y los oficiales con nuestras mejores galas, magníficos, en contraste con los torsos sudorosos de los hombres a los cañones y el rojo escarlata de los infantes poblando las cofas.

Como siempre que ocurre en estas circunstancias, tengo una sensación agridulce, ya que por un lado es una lástima el no haber podido entablar combate y poder oír a cientos de cañones disparando al unísono, pero por el otro no cabe duda de que es preferible conseguir una victoria sin que una sola vida comience su particular singladura por el Aqueronte.
Por lo que en resumidas cuentas nos podemos dar por satisfechos al haber cumplido nuestra misión, ya que las Madeira forman parte de la Corona de Su Majestad con todos los barcos y hombres intactos.

Ahora, dejaré de escribir, ya que sir Hood recibirá a los oficiales en su cabina, y según parece organizará un banquete en tierra para celebrar no sólo la victoria, sino también la Navidad, ya que dados los preparativos del combate no ha habido tiempo de disfrutar de estas fechas tan significativas.
De todos modos, el pasado lunes sí pude reunirme con James, y ambos brindamos por nosotros y nuestros seres queridos, allá en Inglaterra y a los que envió mis mejores deseos desde mi corazón y pensamiento.

John James

En Portsmouth, el 19 de diciembre de 1804. A bordo de la HMS Circe.

Me duele la cabeza pero estoy satisfecho, muy satisfecho, después de haber pasado una noche muy amena en compañía de Lively y algunos amigos.

Los trabajos a bordo están ya finiquitados, y la fragata está lista para zarpar en cuanto suba la marea, rumbo a Funchal, junto a la flota de sir Samuel Hood, insignia en el Centaur, de 74 cañones.
Cierto es que el espectáculo desde el alcázar es simplemente magnífico, y no puede dejar de maravillar a nadie la visión de una escuadra armada y lista para entablar combate.
Junto a mi Circe y el Centaur, navegarán los también 74 York y Captain (¡qué gran navío y qué gran historia!), además de las fragatas Africaine, Alceste y Shannon. A la altura de Plymouth nos reuniremos con el Intrepid, de 64, y la fragata Success, todos escoltando los transportes cargados de los 'langostas' para tomar las islas ahora mismo en poder (al menos nominalmente) de los franceses.

Lo mejor de todo, sin duda, es que a bordo del Captain navega como primer oficial mi gran amigo el teniente James.
Fue una completa satisfacción reencontrarme con él, y apenas había echado el ancla el 74 en Spithead su lancha se acercó a la fragata con John a bordo.
Después de invitarle a una copa de clarete en la cabina, nos citamos a la noche para disfrutar de una cena en mi propia fragata.

A pesar de que pocas veces tenemos la ocasión de encontrarnos James y yo al ser nuestros destinos bien diferentes, aún tengo en mente que al margen de haber sido un excelente primer oficial en los buques que he tenido a mi mando, es buen amigo, de esos que se acuerdan de enviar una carta para interesarse por ti cuando los demás sólo lo hacen cuando hay bebida o comida de por medio.

La cena estuvo a la altura de las circunstancias, y contamos con la compañía de antiguos compañeros de tripulación como el sargento de infantes de marina Anthony Basket, el oficial de derrota John Draw y el contador David Davies. La comida fue buena, el postre mejor (una deliciosa tarta enviada por Lively y que ha soportado con acierto los golpes de su viaje desde Plymouth), y como broche una partida de whist regada con vino, mucho vino, quizás demasiado y principal causante de que el dolor de cabeza de algún martillazo cada pocos minutos.

Pero sin duda ha merecido realmente la pena, y estoy seguro que el viaje hasta Funchal será bastante ameno contando con la presencia de James y compañía.
Una buena forma, en definitiva, de paliar el dolor que supone pasar las próximas fiestas navideñas lejos de Lively.