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viernes

El cielo sigue gris

 En Wood Fields, el 11 de septiembre de 1825

Poco ha cambiado desde la última vez que escribí en este diario. Los pensamiento oscuros siguen ahí, como las nubes negras del Cabo de Hornos, que parecen empecinadas en hacer que tu travesía nunca sea cómoda.

El silencio de las habitaciones de mi casa es ensordecedor. Incluso sus gruesas paredes parecen ocultar por completo el trino de los pájaros en el jardín, o el susurro del viento en las hojas de los árboles. A veces incluso tengo la sensación de que el mundo ahí fuera se ha detenido, lo que me provoca que se encoja mi pecho y me falte el aire, y salga a toda prisa afuera dando bocanadas como un pez lejos del agua.

¿Todo esto es producto de estar alejado de la cubierta de un navío? Es cierto que echo en falta el silbido del viento en las jarcias, y el vaivén suave sobre las olas, pero por otro lado tengo que cerrar de una vez esa etapa de mi vida, hacerme a la idea de que mi etapa como comandante se ha acabado, que lo que queda es esto, deambular por la tierra como un alma en el purgatorio.

Lo único que me mantiene a flote es mi relación con Mary. Cuando estoy junto a ella me siento bien, feliz, perdiéndome en sus ojos azules y sintiendo como música en mis oídos el sonido de su risa. Pasear de su brazo viendo los mástiles de los barcos fondeados en Pompey mientras me cuenta con todo lujo de detalles sus vivencias como institutriz, y respondiendo sus preguntas sobre las velas y el tipo de embarcaciones que vemos, aunque lo hace más por no acaparar la conversación que por auténtico interés, es una especie de oasis en el cruel desierto que es en estos tiempos mi mente.

¿Y nuestro compromiso? ¿Por qué aún no me he visto con el valor suficiente para pedirle la mano? No puedo evitar pensar que soy un lastre. Mary, que es más joven que yo, se merece algo mejor. Y yo no creo que sea lo mejor para ella. Cuando surge la conversación, o me lanza alguna indirecta, respondo con evasivas y trato de cambiar de conversación, esperando quizás así que se canse y que no me vuelva a abrir las puertas de su casa. 

Por supuesto no manifiesto mis sentimientos. Me pongo la careta de alegría, pues es una persona con la empatía suficiente para preocuparse en verdad por los demás. Pero en ese sentido no quiero que sufra por mí ni un segundo. No quiero estar junto a ella dándole quebraderos de cabeza, pues ya tendrá los suyos propios, y no quiero añadir más carga de la necesaria. Además, como digo, con ella soy feliz, y pese a mis temores e inseguridades respecto a mi relación, si tengo algo claro es que quiero disfrutar de ella cada segundo como si fuera el último.

Es suficiente por hoy. Creo que voy a dar un paseo por la ribera del río. Quizás haya suerte y pueda observar las truchas y las carpas, a alguien pescando con la paz que da la calma espera ante ese triunfo momentáneo que es la captura de un pez. Me sentaré sobre la hierba y veré al río pasar, como el tiempo, como siempre imparable e inevitable. 


sábado

El compromiso

 En Wood Fields, el 3 de agosto de 1824

Después de un tiempo de reflexión, he tomado la decisión de pedir la mano a mi amada Maryam Ryall. Ahora queda esperar el momento oportuno para hacerlo, y me devano los sesos al respecto aquí, en mi casa, mientras observo pasar las nubes en un cielo tan azul como el de sus ojos.

A mis 45 años, creo que ha llegado el momento de dar este paso hacia adelante, y considerar si ha llegado ya la hora de dejar de lado el mar y centrarme en una persona que ha sabido dar luz a los recovecos más oscuros de mi alma, plagados de malas experiencias pasadas y una nostalgia que a veces no parece tener fin.

Desde el día en que nos conocimos, pasar el tiempo a su lado se ha convertido en una liberación total, pues encuentro junto a ella un equilibrio en mi interior que me hace sentir en paz con hechos tan sencillos y bellos como es pasear de la mano por los parques de Londres, mientras observamos las velas de diferentes barcos surcar las aguas del Támesis.

Echo la mirada atrás, a una carrera de más de 20 años haciendo la guerra en el mar, salpicados de momentos buenos y malos, recibiendo heridas físicas y espirituales, las cuales me han llevado a ser el hombre que soy hoy en día, con mis luces y muchas sombras.

Pero como digo, Mary hace que en la oscuridad su luz sea aún más fuerte, y aunque he pasado muchos años atormentado por el recuerdo del que fuera mi antiguo y malsano amor, Lively Caster, ahora soy consciente de que he esperado toda una vida a que llegara mi encuentro con una persona que me trata con la única pretensión de un amor sencillo y puro, sin ambages ni otras consideraciones que la de pasar el tiempo juntos y disfrutar de nuestra compañía.



A veces los demonios vuelven a aparecer por los oscuros rincones y me cuchichean al oído que no soy lo suficiente bueno para ella, un hombre de mar y guerra retirado, con una sencilla casa a las afueras de Portsmouth y una pensión que apenas me llega para mantener un nivel de vida modesto. Sin embargo, Mary no parece ver problema alguno en ello. Es una mujer independiente, con su propia casa y ahora en un proyecto de crear su escuela en Portsmouth, con la garantía de ser una de las mejores institutrices de la ciudad tras haber trabajado durante muchos años para los hijos e hijas de las mejores familias de la ciudad.

¿Tengo miedo a una negativa por respuesta, cuando no lo he tenido cuando me enfrentado, sable en mano, a un oficial enemigo sobre un alcázar de navío con la muerte acechándome mientras las astillas de madera y los disparos de los enemigos desde sus cofas no me hacían temblar el pulso? Siempre he dicho que se me ha dado mejor afrontar la vida y la muerte al mando de una fragata que ante lo cotidiano del día a día en tierra. Sin embargo, en esta ocasión merece la pena afrontar el riesgo más que nunca, y abrir las puertas de una vez a una felicidad plena y eso, no me cabe la menor duda, está al alcance de mi mano si es junto a mi amada.


martes

Nostalgia

En Woold Fields, el 12 de marzo de 1819

La noche es tranquila y está en calma. Sólo oigo el sonido de los insectos. El cielo está estrellado, sin luna, y observo las constelaciones recitando de memoria sus nombres. A lo lejos oigo el ulular de una lechuza.

Han pasado el frío y las lluvias. Poco a poco el buen tiempo vuelve. Los árboles se tiñen de verde y el campo se puebla de animales silvestres. Mi jardín empieza a recuperar su color, y Vincenzo ha estado toda la mañana trabajando duro para que brille y sea un placer para los sentidos.

He disfrutado de varios encuentros con la señorita Ryall. Han sido placenteros. Nos hemos hecho confidencias y compartido algunas promesas. Es una mujer bella y sobre todo divertida. Aunque algunas noches despierto sobresaltado con el nombre de Lively en mis labios, el pensar en los ojos azules de Mary me reconforta y vuelvo a dormir plácidamente.

Pero añoro el mar. Tantos meses en tierra firme me producen pesar. Echo de menos el sabor de la sal y el viento contra mi cara, al son del silbar de la jarcia y comprobando como esa máquina de madera, vela y casi doscientos hombres se conjugan a la perfección bajo mis órdenes.

Mi mundo se ha reducido a los viajes a Portsmouth para ver a Mary. Me gusta pasear por el puerto, en donde le nombro todas y cada una de las embarcaciones allí amarradas, explicaciones que oye con una sonrisa en los labios. Sé que no le interesan los nombres, pero también sé que tiene suficiente con verme feliz mientras hablo de bergantines y balandras.





También paso tardes enteras en el 'Crown', en donde oigo a oficiales activos que aún viajen por el mundo, y cierro los ojos mientras escucho sus historias, y me imagino de nuevo en el Mar Rojo o echando el ancla en Ciudad de el Cabo.

A menudo pienso en mi suerte. Cuando veo a los veteranos contando sus historias en las plazas por unas monedas apoyándose en bastones o con un parche en el ojo, me siento afortunado de no haber dejado en la guerra alguna pierna o brazo, sólo mi juventud.

Me siento además satisfecho de volver a escribir en estas páginas que son tan importantes para mí, aunque sea cada varios meses. Quizás lo que aquí escribo sirva algún día a alguien para que saque algún provecho de mis experiencias. 


Un encuentro inesperado

En Wood Fields, el 22 de mayo de 1818

Es noche cerrada aquí en casa. Después de tantos años en alta mar me sigue resultando extraño la falta de movimiento y el no estar pendiente de las estrellas para calcular dónde me encuentro, ya que aquí en Wood Fields la respuesta siempre es la misma.

Pero hoy ha pasado algo diferente. Después de tantas semanas en plena rutina y cambiando pocos mis hábitos ha tenido que ocurrir algo realmente diferente para que me siente en este diario a escribir estas breves letras mientras reflexiono sobre los acontecimientos.

Decidí dar uno de mis largos paseos. Así que me puse ropa cómoda y fresca, pues hacía un calor intenso pese a la temprana hora, y me dediqué a caminar por las colinas que rodean mi casa disfrutando del cielo azul y del canto de los pájaros que tanto me relajan. Pasadas un par de horas opté cambiar el rumbo y encaminarme hacia el sur, pues tenía intención de acercarme a la costa y ver así el mar y buscar los acantilados en el horizonte.
Y fue en el camino que lleva a Portsmouth cuando me encontré con la curiosa escena. Una mujer insultaba a voz en grito a un hombre que trataba de manera torpe excusarse mientras intentaba colocar de nuevo la rueda en el eje de un carruaje. Sé detectar a un borracho a distancia, y ese hombre lo estaba, y mucho. La situación era incluso divertida, porque de esa señora salían palabras que no he oído en la boca de la peor calaña de Pompey.

El rostro de la mujer cuando me observó mezclaba sensaciones de sorpresa y la indignación que aún guardaba en su interior, pero supo recomponerse a tiempo para dedicarme una divertida reverencia mientras me explicaba que viajaba hacia la casa de unas amigas en Durley cuando aquel "bebedor sin escrúpulos" se salió de la carretera y "arruinó" sus planes. Llevaban más de una hora parados sin que el conductor fuera capaz de solucionar el entuerto, y nadie había pasado por el camino para asistirles.

Tras reflexionar un rato le pedí disculpas por no ser capaz de ayudar, y eché en falta desde luego contar en ese momento con mi carpintero de confianza de mis tiempos a bordo de la 'Circe'. Así que le ofrecí a hacerle compañía mientras aquel señor seguía con las reparaciones, pues no me parecía bien dejar a una señora ("señorita", me corrigió) a la intemperie en medio del camino.

Sí me vi con la autoridad para recriminar a ese hombre su lamentable estado. Aunque al principio pareció molesto y el alcohol le dio algo de coraje para contestarme, se calmó cuando adopté una posición de autoridad, manos a la espalda, mientras le miraba fijamente a los ojos a la vez que le advertía de que no me parecía prudente hablarme con ese tono, advirtiéndole que había visto a hombres más peligrosos caer ante el fuego de mi pistola o mi sable. 

Parece que tras mis palabras los vapores del alcohol del conductor se esfumaron levemente e intensificó su trabajo, tras lo cual me dirigí tomado del brazo con mi nueva amiga hacia un árbol cercano, en donde nos sentamos a la sombra mientras le ofrecí algo de queso y vino que guardaba en mi bolsa, invitación que aceptó con gratitud.

Fueron horas que pasaron volando. Se presentó como la señorita Maryam Ryall, natural de Manchester. Desde hace varios años vive en Porstmouth, dedicándose a la labor de institutriz con hijos de gente distinguida. Estuvo casada muy joven y su marido murió pronto por culpa de una neumonía, y desde entonces ha vivido sola en una casa en el puerto con vistas a la Isla de Wight. Me sorprendió la alegría con la que contaba las cosas pese a la adversidad, con una risa contagiosa que despejó durante este tiempo las nubes que han ensombrecido mi ánimo en las últimas semanas. 

Con la caída del sol el conductor se acercó a donde estábamos y tras cuadrarse nos informó de que la avería parecía solucionada, y como no daría tiempo a llegar a Durley volverían a Porstmouth para retomar el viaje con las mayores garantías mañana mismo y sin coste extra, como no debía ser de otra forma, de lo cual mostré especial interés en que me diera su palabra.

Tras intercambiar nuestras direcciones para cartearnos, la señorita Ryall y yo nos despedimos con buenas palabras y promesas de seguir en contacto, y hasta que no se perdieron más allá de las colinas en dirección a Portsmouth no comencé mi regreso a casa mientras pensaba en los caprichos del destino al disfrutar de tan agradable encuentro de forma inesperada y en medio de la campiña.

Y aquí estoy, en mi casa, con la noche sobre mi cabeza y una extraña ilusión que trato de contener, pues las cicatrices de mi cuerpo y alma me aconsejan prudencia a la hora de afrontar nuevos retos, incluyendo los del corazón. 


domingo

Soledad en Wood Fields

En Wood Fields, el 8 de abril de 1818. Portsmouth

Bonito día. El cielo es azul, con algunas nubes que llegan rápido desde el este, empujadas por un viento fresco que hace que las hojas de los árboles bailen alegres.

Hace meses que fui apartado del servicio activo. No hay guerras suficientes para lo hombres de la Royal Navy, y tras negociar una pensión escasa que apenas me da para sobrevivir, vivo solo aquí, en Wood Fields, paseando y reflexionando sobre mi vida en un agotador trabajo de introspección. 

Pero la mayoría de las veces es mejor simplemente pasear. Manos a la espalda y con la cabeza gacha, doy largos paseos por los alrededores de la casa, disfrutando de pequeños detalles como el rocío de la mañana o un jilguero cantando a lo lejos. Es por eso, quizás, por lo que ha pasado más de un año desde que escribí en estas páginas, cuando me encontraba en el Mediterráneo a la caza de esclavistas. Necesito vaciar la mente y espantar los problemas y las preocupaciones como moscas, y disfrutar simplemente de las pequeñas grandes cosas que nos regala la existencia. 

Erin Hanson
Echo de menos el mar. Sería un mentiroso si dijese lo contrario. El viento salado en la cara, el crujir de la jarcia y el vaivén sobre las olas siempre seguirán en mi corazón hasta el final de los días. Incluso el retumbar de los cañones y el ruido de los aceros, aunque me hacían temblar en las ocasiones más complicadas, son ahora, con el paso del tiempo, un bonito recuerdo que echo de menos mientras cuento, ante el espejo, las cicatrices de mi cuerpo.

Y la soledad. Nadie visita al viejo capitán Daniels. A mis 38 años he cumplido casi todos ellos al servicio activo de Su Majestad. Y dejado atrás el alcázar de mi navío, rodeado siempre de oficiales y marinería, estos meses de soledad siempre han resultado ser agridulces: el ajetreo de los hombres por encima de cabeza pisando las maderas se difumina como el humo en en los vientos alisios cuando soy consciente del silencio de las mañanas cuando despierto en mi casa, intentando detectar un cambio en el viento o esperando oír el tañido de la campaña del infante de marina para descubrir finalmente que estoy en tierra.

Un día a la semana viene Vincenzo. Trae huevos y hortalizas de su granja. También dejó el mar, y se dedica a trabajar con su familia. Sin embargo no se olvida de su antiguo capitán, y aunque no lo pido que lo haga, durante ese día se dedica a limpiar la casa, doblar la ropa y sacar brilla a la poca plata de la que dispongo. Cuando acaba se sienta conmigo en el porche mientras observamos el atardecer, en silencio, tras aceptar una copa de Jerez, que sé que le encanta.

Del resto no sé nada. No recibo más visitas y nadie me escribe. He escrito algunas cartas, pero pocas o ninguna han recibido respuesta. Hay días que me importa y otros que no. Noto que mi ser van aceptando la soledad y empieza a abrazarla como a una vieja dolencia que sé que siempre estará ahí y que es inútil resistirse a ella.

Incluso el recuerdo de Lively duele menos. O es lo que quiero creer. A veces pienso preguntar a Vincenzo sobre ella, pero cuando apenas las palabras van a salir de mis labios un pensamiento se cuela en mi cabeza y cuestiona la utilidad de la información, así que simplemente callo y sigo mirando al sol morir un día más por el oeste. 

viernes

El bosque de los robles

En Wood Fields (Portsmouth), el 29 de noviembre de 1814.

He recibido órdenes de presentarme en Plymouth dentro de tres días, de nuevo destinado a la HMS Circe en labores de escolta de un convoy que desembarcará tropas en el norte de España para hacer presión sobre el ejército francés en su retirada a su territorio.
Napoleón, según mis últimas noticias, busca una salida airosa con el Rey Fernando para anular uno de los frentes y centrarse en la coalición de rusos, austriacos y demás que llega desde el norte dispuesto a arrasar desde Brest a Tolón.
En caso de que el gran Corso se salga con la suya, muchos serían los perjudicados, desde los españoles que claman venganza a nosotros, ya que nos veríamos obligados a retirarnos y buscar otro lugar por donde atacar Francia y 'pelear' con nuestros aliados por ser los primeros en alcanzar la gloria: París.

Amo el mar por encima de todas las cosas, pero también los pequeños placeres de tierra firme, y es por eso que antes de embarcarme decidí pasar el día de ayer en un pequeño bosque de robles centenarios, a unas horas de camino de mi casa, y hacia allá fui cargado con mi fagot dispuesto a relajarme con la intención de dar sentido a alguna melodía, tratando de recordar las clases del señor Volkan.

Tarde más de lo esperado en llegar a mi destino, y lo hice sin aliento. Bebí agua en un arroyo cercano y me senté debajo de uno de los hermosos y grandes árboles centenarios. Reflexioné sobre mi lamentable estado de forma, en gran parte debido a mi desmedido peso. Me he visto en la obligación de arreglar mi uniforme para poder encajar en él sin parecer un fantoche, y creo que tendré que plantearme el volver a dar mis 3.000 pasos sobre el alcázar de la Circe. Con estos pensamientos me quedé dormido al son del canto de un cuco que sonaba en la lejanía.

"... me senté debajo de uno de los hermosos y grandes árboles centenarios..."

Desperté con el cambio de viento. Los marinos somos capaces de dormir profundamente y abrir los ojos ante circunstancias de este tipo, totalmente despejado, como si llevara despierto desde mi llegada. Comprobé echando un vistazo a la posición del sol que había pasado el mediodía, y que el viento había rolado, suavemente, dirección sur. Calculé de manera automática cuánto tardaríamos en llegar con este viento a la costa española, y tras repasar mentalmente las notas y quedar satisfecho con el resultado, armé el fagot y comencé a tocar con el único acompañamiento del susurro de las hojas y el chirriar de algún insecto en busca de compañía.

Es curioso que eligiera el fagot para adentrarme en el mundo de la música, un instrumento que por sí solo es poco brillante, dependiendo sobre todo de sus acompañantes, casi siempre el clarinete y el oboe cuando de tríos se trata, aportando esa 'nota' melancólica y quizás triste de una sinfonía.

Dicen que los animales se parecen a sus dueños, y quizás con los instrumentos pasa algo parecido. Soy una persona que no gusta de destacar en las reuniones, siempre en un segundo plano, un mero espectador, más amigo de colaborar con el grupo en vez de tomar la iniciativa. Quizás por eso sigo al mando de una fragata de 28 cañones y no comando un navío de línea.
Y eso sin contar con la eterna tristeza que me embarga y que sólo a ratos logro esconder, como la basura debajo de la alfombra, y sobre todo en el alcázar de mi barco, en donde trato de compensar esa falta de energía y carisma con ira y agresividad, lo que también le hace uno ganarse si no el respeto, el temor de la tripulación, válido a la hora de que sepan quién es el subordinado.

Tras hacer una pausa en mi ejercicio de improvisación y comer vorazmente la viandas que traía en mi zurrón, como si no hubiera un mañana, volví a dormir, relajado, con la tripa llena, bien agarrado a mi fagot, como cuando era guardiamaria y lo hacía aferrado a un trozo de queso o cecina por si mis compañeros de camareta quisieran paliar su hambre a costa de la mía.

Desperté con el sol cayendo más allá de las colinas y emprendí el camino de vuelta a paso ligero, ya que no es bueno andar por ciertos caminos de noche, y menos cuando me había dejado el sable y mis pistolas en casa al ir demasiado cargado de peso.
Afortunadamente la vuelta a casa no trajo novedad alguna, ya que no me crucé con nadie, acompañado por las estrellas que comenzaban a brotar en el cielo como caracoles tras la lluvia, amenizando el camino recitando de memoria los nombres de las constelaciones y pidiendo deseos a las estrellas fugaces.

"(...) recitando de memoria los nombres de las constelaciones (...)"

Una vez bajo mi techo, comí las sobras de mis provisiones disfrutando del chirriar de los grillos en el porche, pensando en seres queridos que ya no están pero que lo siguen siendo, combates pasados, perdidos y ganados, mientras volvía a tomar el fagot para improvisar algunas notas que sonaban como el ronquido de un gigante en la soledad de la noche.

Tras tomar un baño me fui al lecho, añorando ser mecido por las olas del mar, pero satisfecho y agotado tras un largo día de dulce soledad, de amor propio y paz.

miércoles

Sueños

En Wood Fields, el 2 de abril de 1808. Hampshire.

Llevo más de una semana sin sentarme frente a mi escritorio y no ha sido precisamente por exceso de trabajo.
Más bien todo lo contrario.
Durante todo estos días no he tenido otra ocupación que la de no hacer nada, sólo pasear y aprovechar la ausencia de Vicenzo, que ha ido a visitar a su familia, para aprovisionarme de comida en una granja cercana y celebrar su ausencia a base de abusos.

Es por ello que después de haber notado que no necesitaba los ojales extras de mi calzón, o que tras jugar el partido de criquet de los domingos con algunos de los oficiales fondeados en Portsmouth mis rodillas no protestaban durante días, he vuelto a notar mi peso, y de nuevo me cuesta subir a lomos de mi caballo (la equitación nunca fue uno de mis fuertes), el cual se dedica a dar cabriolas y girar sobre su hocico mientras clamo a los dioses y trato de no acabar en el barro.

Tampoco he recibido cartas ni noticias de absolutamente nadie, y mucho menos visitas, lo cual no deja de resultar un poco triste, y muchas veces me siento ridículo al creer oír unos cascos en el horizonte para que resulte que finalmente sólo se trate de un pueblerino que pasa a trote lento y que me saluda con un leve ascenso de barbilla.

Sin embargo, y es curioso, en mis sueños no estoy tan solo.
Durante días me despierto a media noche, extrañado de ver poblada mi cita con Morfeo con rostros de mi pasado que ya creía sumidos en el olvido y que vuelven a aparecer para hacerme recuperar sensaciones perdidas que duran lo que dura un sueño, efímeros destellos por tanto de recuerdos que se borran conforme la luz se adentra a través de las ventanas.
He llegado incluso a tomar una hoja de papel y escribir a esas personas para ver qué tal les va, saber de sus idas y venidas, por compartir experiencias del presente tras haberlas vivido hace años.
Sin embargo, después de haber escrito varias líneas, uno se da cuenta de que es mejor no darle vueltas al pasado y dejar las cosas tal como están, por mucho que el señor de los sueños se empeñe en lo contrario, por lo que la carta termina devorada por las llamas de la chimenea.

Lo mejor será esperar que lleguen por fin mis nuevas órdenes que me lleven de nuevo al mar, para poder pensar así en cuál es la mejor maniobra o dónde se encuentra el enemigo, cuestiones relativamente más sencillas que la de profundizar en el abismo de la mente y sus consecuencias.

lunes

A las puertas de una nueva misión

En Wool Fields, el 24 de marzo de 1808. Hampshire.

Hace ya varios días que estoy en mi casa al amparo de las verdes colinas esperando órdenes.
Después de nuestra incursión en el puerto de Vivero, que se saldó con una auténtica carnicería por parte nuestra y enemiga, recibí la felicitación del Almirantazgo, que me ordenó transmitirla a mis hombres.
Ya se sabe que en las altas instancias la satisfacción es proporcional al número de madres y esposas que tendrán una silla vacía en la mesa para el resto de la vida.

En estos días donde he tenido poca actividad, me he dedicado a pasear por los terrenos que rodean mi casa, con las manos a la espalda y dando lentos pasos.
No sé si es la habitual pena que me alberga después de una batalla, con la pérdida de hombres de uno y otro bando, con sus sueños y esperanzas, pero lo cierto es que últimamente agacho la cabeza más de la cuenta.
No hay mañana que dirija mi vista hacia el camino que lleva a Portsmouth esperando una carta de algún amigo o familiar, e incluso de Lively, pero como respuesta el camino sigue limpio, sin polvo que anuncie la llegada de un caballo, y me limito por tanto a continuar con mi paseo oyendo el trinar de los pájaros.

Hace tres días me acerqué junto a Vincenzo a Pompey para comprar algunas provisiones, y observé los buques fondeados con satisfacción, incluyendo a la Circe, que está recibiendo en el astillero un buen lavado de cara, renovando la cabuyería y limpiando los fondos, cuyas reparaciones están siendo supervisadas por el teniente Lawyer, felizmente recuperado (sólo cojea levemente) del incidente en la Apropos.
Después de un paseo acalorado, ya que la mañana era estupenda, con un azul intenso en el cielo que permitía ver con claridad muchas millas mar adentro en las aguas del Canal, me dirigí a Keppel's Head para disfrutar de una pinta bien fresca.

Después de los saludos de rigor a algunos oficiales conocidos, y tras vaciar la jarra de un largo sorbo apareció en la puerta la figura del señor Oliver, que se sentó junto a mí tras pedir permiso mientras lucía una sonrisa de oreja a oreja.
Hablando con la naturalidad de su oficio para no levantar sospechas, me comentó que todo parecía indicar que la fragata tendría que zarpar de nuevo hacia la península ibérica, donde a pesar de que oficialmente parece ser que a Francia se la recibe con los brazos abiertos, a nivel popular la cosa no está tan clara.
En Aranjuez un golpe de estado encubierto se saldó con el asalto a la residencia del valido Manuel Godoy, y sólo porque el Príncipe de Asturias, Fernando, se dirigió a la multitud, se calmaron los ánimos.
Esto no ha impedido que Godoy haya sido destituido y arrestado, y para colmo el Rey Carlos IV se ha visto obligado a abdicar en favor de su hijo.

Sin embargo, pese a tanto revuelvo, me decía Oliver, los franceses continúan tomando posiciones, y la fortaleza de Figueras también ha caído sin levantar un maldito sable, y tanto Murat como Dupont avanzan hacia Madrid sin oposición. Entrarán en la capital a buen seguro entre hoy y mañana.
Nuestro estado de guerra continúa, pero Oliver hizo algunas averiguaciones importantes en El Ferrol, y según parece en el norte, sobre todo en la zona de Asturias, están más que predispuestos a levantarse en armas contra el invasor francés independientemente del visto bueno de Madrid.

Desde luego al bueno de Oliver se le ve bastante entusiasmado, y arde en deseos de pisar de nuevo tierra española para proseguir con sus intentos de buscar aliados para acabar con Napoleón y su hegemonía en el continente.
De ser así no cabe duda de que será de nuevo la Circe la encargada de desembarcarlo, aunque me da la sensación de que su estancia será a buen seguro más duradera que en la última ocasión, donde apenas estuvo dos días en suelo firme.

Será cuestión de esperar qué día será el elegido para una nueva aventura en la costa española, amiga y enemiga a partes iguales.

Wood Fields

En Wood Fields, el 25 de febrero de 1808. Hampshire

Hacía bastante tiempo que no me sentaba tranquilamente en mi propia casa para escribir algunas letras.
Tal como tengo costumbre, he pedido a Vincenzo que coloque el escritorio fuera de la casa, a pocos pasos de mi pequeño jardín, para disfrutar de este día entre soleado y nebuloso, con los campos verdes ante mi vista y, no muy lejos, el destello plateado del mar.
La Circe se quedó fondeada en Spithead, y a la espera estoy de que me vuelvan a embarcar en ella o, quién sabe, entregar un nuevo mando.
El caso es que estoy aprovechando estos días para descansar después de tantos días lejos de mis cuatro paredes, con largos paseos por los campos que rodean mi pequeña casita, respirando un aire diferente del que se puede disfrutar en el alcázar, pero casi igual de agradable.

Pensaba que al pisar tierra podría tener un respiro en cuanto a la dieta dado que mi cirujano se ha quedado lejos de mí y, por tanto, sin posibilidad de vigilarme. Sin embargo, ha dejado como vil secuaz al sodomita de Vincenzo, el cual podría impartir clases de bloqueo en la Armada, ya que de ser almirante estoy convencido de que los franceses se habrían rendido hace años.
Ha escondido todo lo apetitoso que pudiera haber en la casa, y cada vez que se marcha a buscar comida a las granjas vecinas, siempre trae consigo todo tipo de verduras y leche, lo cual me produce indignación.
Más de una vez le he gritado que se deje de tanta leche y que, en cambio, me traiga la vaca, pero parece ser que el estar lejos del barco me resta autoridad, por lo que me siento abatido ante el yugo de éste mi Argos particular.

En otro orden de cosas, y tal como me prometí, antes de venir a casa y al poco de atracar en Porstmouth, tomé un coche de caballos hasta Plymouth, tal era mi deseo de hablar con mi querida Lively.
A mi llegada a la residencia de su padre, Lord Caster, me encontré con una seria resistencia en la puerta, ya que el mayordomo, un tipo gordo, de cara rosa y ojos minúsculos, al que nunca le gusté y nunca me gustó, me esperaba.
Me di cuenta al momento de que Lively había dado a conocer nuestra situación de alejamiento, ya que el 'centinela' puso gesto serio y me dijo que la señorita no se encontraba en casa.
Tras un minuto donde fui paciente, agarré al mayordomo y lo lancé a uno de los setos bellamente recortados que se encuentran junto a la puerta. A continuación entré a grandes zancadas, con los brazos separados del cuerpo, casi en cruz, ya que sabía que de rozar mi sable el instinto me haría sacarlo y degollar al primero que se acercara.

Y sí que se acercaron. Uno de los mozos de cuadra, muy fuerte y casi tan grande como yo, tras titubear una disculpas, trató de detenerme, y ante la aparición del mayordomo, que daba gritos de cochino asustado, ganó moral e intentó agarrarme. Dos sirvientes más aparecieron de no sé donde, y se me echaron encima como hienas.
¡Cómo eché de menos a uno de mis bravos marineros a mi lado, listo para proteger su capitán!
El combate fue titánico.
Uno de los sirvientes quedó pronto despachado, ya que de una patada lo mandé rodando bien lejos, pero el otro y el mozo de cuadras casi me inmovilizan, y eso que éste había recibido un puñetazo que lo tenía sangrando por debajo de la barbilla.
Cuando por fin logré deshacerme de ellos (250 libras en movimiento no las detienen cualquiera) y comencé mi persecución al mayordomo, apareció Lord Joseph Caster, con gesto de sorpresa ante tanto jaleo.
Inmediatamente me detuve, resollando, con el rostro encendido, la camisa manchada de sangre (alguien me alcanzó en la ceja) y, gracias a dios, el sable en su sitio.
El padre de Lively, tal como tenía por costumbre cuando estaba en casa, apareció en batín, y me miró entre enfadado y asombrado, pero pronto se recompuso para invitarme a tomar con él un vaso de leche caliente (sólo bebe eso) en su estudio.

Sus criados me dejaron marchar, visiblemente agradecidos, y Lord Caster, tras sentarse en su butaca favorita, muy cerca de su perro de nombre Stinky (ambos son inseparables), me contó que, efectivamente, Lively no se encontraba en casa, ya que había viajado a Halifax a atender, personalmente, unos negocios de la familia. Él mismo no había podido ir al encontrarse debilitado por unas dolencias en las manos, no siendo recomendables como curas travesías transoceánicas.
Tras meditar unos instantes y sentir la mayor de las vergüenzas de mi vida, me marché tras rogarle disculpas a Lord Caster, que amablemente me dio su palabra de que escribiría una carta a Lively en mi favor pero con la promesa de no ser tan efusivo en el futuro, al menos siempre que corriera riesgo la integridad de las personas a su servicio.

De eso hace ya tres días, pero no lo puedo quitar de mi cabeza, y me siento avergonzado, mucho, y Vicenzo, que tiene poderes y sabe exactamente qué ocurrió pese a no haber estado allí, trata de dejarme solo en la medida de lo posible, exceptuando la hora de las comidas, cuando aparece con el plato de coles hervidas.

Mañana viajaré hasta Porstmouth para pasear por el puerto e informarme del estado de la guerra.
Según parece Francia prosigue con su avance lento pero seguro en España, hasta tal punto de que ya ha tomado una ciudad, Pamplona, en el norte de la península.
No cabe duda de que en el continente las tropas de Boney siguen siendo muy superiores al resto, por lo que creo que a esta guerra aún le queda mucho camino por delante.

viernes

En Londres con Lively

En Wood Fields, el 14 de diciembre de 1807. Portsmouth

Me encuentro en mi casa después de una amena semana en Londres, en compañía de mi querida Lively y disfrutando de unos merecidos días de descanso tras mi misión frente a las costas de Portugal.
Viajé a la capital para informar en el Almirantazgo de todo lo ocurrido frente a la costa lusa (la escolta hacia Brasil de la familia real, la toma de la capital por parte de los franceses y el apresamiento de los buques rusos de Seniavin).
Aproveché que Lively se encontraba en Londres junto a su padre y su familia para tomar unos días de relax, previo permiso, los cuales fueron bastante gratos para mí.

Hemos comido y bebido bien (quizás demasiado), con visitas a lugares de gran interés, como el puente de Londres, los alrededores de Greenwich (uno de mis 'rincones' favoritos), los diferentes fondeaderos con buques de todo tipo y porte, monumentos de interés como las iglesias medievales y alguna que otra representación teatral donde disfruté como pocas veces lo he hecho en la vida, sorprendido de que haya algo que me pueda interesar más que el ser testigo de una buena andanada.

Concretamente fue una obra a la cual no quería asistir en un principio al considerarla completamente aburrida, ya que no se trata de una representación dramática, sino más bien de lecturas de cámara.
Sin embargo Lively puso mucho empeño e interés en asistir, y dado que a causa de mis viajes nos vemos relativamente poco, finalmente opté por ceder, y reconozco que salí realmente entusiasmado, recitando torpemente algunos de los versos que oí mientras paseábamos de camino a la residencia de los Caster de la capital.

También fue muy interesante nuestra visita a la Torre de Londres, donde dedicamos especial atención a la casa de fieras, donde disfrutamos con los leones que allí se encuentran y que nos observaban en todo momento con ojos que inspiraban respeto.
Eso sí, a punto estuvo de ocurrir un grave incidente, porque Lively, gran amante de todo lo que se parezca a un gato, por muy largos y peligrosos que sean sus colmillos, tuvo la osadía de acercarse demasiado a uno de los animales que, a la velocidad del rayo, desgarró parte de su vestido, no llegando a la carne de milagro.
Me dejé llevar por la ira, e incluso llegué a sacar mi sable de la vaina, y con el grito de guerra que uso a la hora de saltar a la cubierta enemiga, busqué la forma de entrar en la jaula, aunque los cuidadores que allí se encontraban y algún que otro espontáneo me sujetaron con poca ceremonia mientras Lively me lanzaba una mirada llena de amonestación.

Gracias a dios fue sólo un susto, y aunque durante una hora larga apenas hablamos y ella se mostró más silenciosa que de costumbre, la visión del sol ocultándose teñido de rojo más allá del parque que rodea Greenwich suavizó su gesto, y llegamos a casa cogidos del brazo y charlando amigablemente.

Ahora, de vuelta a Wood Fields, aprovecho la soledad de mi casa para escribir estas líneas y reflexionar sobre mi nefasta situación económica, ya que mi estancia en Londres ha agotado de forma alarmante el peso de mi bolsa.
Necesito encontrar la forma de que mi dinero crezca, pero no creo que haya posibilidades y menos con la misión que se avecina, ya que, según parece, se está preparando una escuadra para dirigirse a las islas Madeira y conquistarlas ahora que Francia se ha adueñado de Portugal y, presumiblemente, sus dominios.
Todo parece indicar que la Circe será una de las fragatas que acompañe la expedición que contará con navíos de línea y un fuerte contingente de tierra.

De momento no tengo órdenes concretas, aunque sí me han instado a tener la fragata lista para zarpar en una semana aproximadamente, lo que concuerda con la posible marcha sobre Funchal.
Será cuestión de ser paciente y esperar a que se vayan sucediendo los acontecimientos.

jueves

Bedford

En Wood Fields, el 15 de noviembre de 1807. Portsmouth.

Hace un día precioso para estar sentado en el jardín de mi pequeña casita.
Wood Fields se encuentra situado al norte de Portsmouth, ni cerca ni lejos, con la tranquilidad de estar perdido en algún lugar de la campiña, entre suaves, muy suaves colinas, pero a vista de las aguas del Canal y de la entrada a puerto.
Hace un día realmente bello, ya que no hace excesivo frío y son muchos los rayos de sol que se escapan tras las grandes nubes blancas.

Ayer por la mañana tomé una silla de posta desde Bedford, donde residen mis padres, con los que he compartido techo y mesa después de mi viaje a Londres.
Las cosas no fueron tan mal en el Almirantazgo, donde me recibieron tras no esperar mucho en una de sus enormes salas, con algún que otro capitán de Mar a la vista y varios tenientes que no podían ocultar su nerviosismo al estar su futuro en juego.
El secretario del First Lord recogió mi informe, y tras mostrar una fría educación y disculparse por no poder ser recibido por un oficial al que relatarle los pormenores de mi misión, me despidió asegurándome que recibiría pronto noticias sobre mi próximo mando.
Desde luego no fue un encuentro muy afortunado, y cuando salí del gran edificio mi ánimo estaba por lo suelos, aunque el ver un par de veteranos con miembros amputados que se contaban batallitas del pasado y que se lamentaban de ser ya inservibles para la Armada me levantó, de una forma egoísta, la moral.

Fue ahí cuando decidí visitar a mis progenitores, que viven en una confortable finca a las afueras de Bedford, donde mi padre reside, en la reserva del Almirantazgo, pero que gracias a su exitosa etapa como capitán de fragata, donde hizo estragos entre las flotas mercantes españolas, logra vivir con cierta holgura.
Me recibieron con los brazos abiertos, como siempre, y enseguida me encontraba sentado en la mesa, disfrutante de un excelente clarete y con mi padre muy amable y hablador.
Caminaba en bastón, ya que, según me contó, tuvo un pequeño incidente en la cuadra con uno de los caballos, que le dio una coz que acabó con uno de los clavos de la herradura en su pantorrilla.
Afortunadamente se la extrajeron sin mayores problemas. Peores heridas he sufrido en el alcázar hijo, me replicaba con una sonrisa.

Todo iba viento en popa cuando un trote de cascos alertó a todos, y la gran sonrisa que iluminó el rostro de mi madre me puso en guardia, ya que en seguida me di cuenta de qué ocurría.
Por la puerta, pomposo como siempre, con su uniforme escarlata y su ridículo sombrero bajo el brazo, entró mi hermano, teniente de los Dragones, con su habitual aire de suficiencia.
Levantó hacia mí una ceja, lo que interpreté como un saludo, y acto seguido comenzó a conversar con mi padre sobre las últimas noticias de la guerra mientras yo me dedicaba a beber de mi copa con lentos sorbos.
Parecía estar especialmente ilusionado con el avance de las tropas napoleónicas por la península ibérica, ya que el descontento de la población española va en aumento y todo parecía indicar que pronto se convertiría en el principal escenario bélico en las próximas fechas.
Cuando ya tuve suficiente, aburrido de ver a mi hermano con aires de mariscal de campo, moviendo vasos, bollos de pan, platos y todo lo que tenía a mano para explicar cuáles serían las mejores estrategias para el combate (del que creo que sólo tiene conocimiento a través de grabados), me retiré disculpándome a la habitación que me prepararon.

A la mañana siguiente desayuné con mis padres y me despedí para tomar la silla de posta hasta Portsmouth, con la promesa, por orden imperiosa de mi padre, de escribirle en cuanto llegara.
Ahora, en la soledad de mi casa, aprovecho para descansar y lanzar miradas furtivas al camino, esperando el mensajero que traiga consigo mis próximas órdenes para así poder volver al mar que tanto añoro.