lunes

La Apropos

En la HMS Circe, el 17 de marzo de 1808. Cerca del puerto de El Ferrol.

Hace tiempo que no tenía la energía suficiente para volver a escribir en una de las páginas de mi diario.
Un enfriamiento, un fuerte enfriamiento, casi acaba conmigo, y aunque ya estoy teóricamente recuperado, aún noto que me fallan las fuerzas, y realizar cualquier tarea supone un trabajo extra que me agota en minutos.
Este contratiempo en forma de enfermedad llegó en el peor momento, cuando habíamos zarpado de Pompey para llevar al señor Oliver al Ferrol.
En la primera noche ya comencé a sufrir mareos, y el cirujano me ordenó reposo absoluto para evitar males mayores.
Sin embargo no le hice caso, ya que se acercaba una situación delicada al tener que desembarcar a nuestro pasajero lo más cerca posible de su destino, y con el capote del mal tiempo y Vicenzo a mi diestra en el alcázar siempre con una taza de té bien caliente en la mano, me dispuse a realizar mi misión.

Pero no me esperaba lo que nos íbamos a encontrar en nuestro acercamiento a la costa.

Oliver decidió que el mejor lugar para desembarcar era en las inmediaciones del puerto de Viveiro, y en la lancha se dispuso a abandonarnos una vez más.
Pero apenas estaba a dos cables de la fragata, observé incrédulo (llegué a pensar que era por la fiebre) cómo la pequeña embarcación viraba y volvía sobre su estela.
El teniente Evans, a la caña, subió como un gato por el costado de la fragata y me informó sin poder ocultar su entusiasmo que un barco de pequeño porte, posiblemente una goleta, se encontraba en el puerto gallego enarbolando pabellón francés.
Sin perder un minuto, ordené zafarrancho y nos dispusimos para el ataque, con el señor Oliver con gesto contrariado al toparse con un nuevo obstáculo en sus planes.

Fuimos recibidos por fuego de baterías de dos pequeños fuertes: el de la derecha con ocho cañones de 24 libras, y el de la izquierda otros cinco del mismo calibre.
Ya que para la fragata resultaba imposible mantener a raya ambos frentes, ordené sendas partidas para neutralizarlos, maldiciéndome por estar demasiado débil para tomar mi sable y encabezar una de las expediciones.
El teniente Evans se dirigió al de la izquierda, y el teniente de infantes de marina Basket al de la derecha, con nuestra batería disparando sobre el primer fuerte, en teoría el de mayor potencia.

Ambas lanchas llegaron a su destino. Basket y sus hombres, no sin esfuerzo, lograron adentrarse en el fortín, y tras dura lucha lograron silenciar sus cañones, acabando con los españoles, que se batieron en retirada tras haber defendido por encima de sus posibilidades la posición.
El teniente no tuvo tanta fortuna, ya que su desembarco no fue sencillo dada la oscuridad de la noche y el fuego de mosquetes que llegaba desde las alturas. Finalmente optó por dar media vuelta y volver a la fragata, que con el otro fuerte ya silenciado lograba mantener a raya el que quedaba en pie, con sus cañones disparando a cada minuto con menor precisión y entusiasmo.

Era el momento de enviar al primer oficial Lawyer, que se ofreció voluntario, a abordar el barco francés, y allá fue con unos cuarenta hombres y en compañía del segundo del piloto, el señor Blond.
Fueron recibidos con hostilidad desde la cubierta francesa, con una fiera resistencia al contar con 70 franceses armados que no pudieron evitar el asalto de mis hombres.
Desde mi posición podía distinguir la cruda lucha a bordo, y a cada destello de luz de las detonaciones de los mosquetes y pistolas veía a unos y otros caer.
Después de hacer suyo el fuerte, el teniente Basket y sus hombres volvieron a la lancha y a bogar con frío para socorrer a sus compañeros, pero no llegarían a tiempo.

Cuando parecía que el buque sería nuestro, una potente explosión nos sobresaltó a todos, y una enorme columna de fuego se extendió como un géiser infernal que casi me hizo caer dado mi débil estado.
El navío francés se fue al fondo al instante, y para mi horror con buena parte de mis hombres a bordo. Hasta el fuego del fortín se detuvo y no volvió a reanudarse.

Según me relataron los supervivientes, los oficiales franceses de la goleta, de nombre Apropos y montando ocho carronadas de 12 libras, optaron por incendiar el barco al tener información importante en forma de despachos.
El balance en ambas partes ha sido trágico, ya que por nuestra parte murieron veinte hombres, quedando muy heridos también Blond y Lawyer.
Por parte francesa rescatamos a los pocos que no quedaron afectados por la explosión, apenas una decena.
Este hecho trágico, sumado a mi enfermedad, me ha tenido delirando en el coy tres días, por lo que ha sido el teniente Evans el encargado de llevar cerca de Ferrol al señor Oliver, que se despidió de mí en lo que parecía un sueño.

Hoy me encuentro mejor, he paseado por el alcázar, saludando a mis hombres, muy abatidos por la pérdida de compañeros, y he visitado en la enfermería a Blond y Lawyer, que se recuperan felizmente y a los que propondré ascender en mi informe.
Esta noche nos acercaremos a la costa, pues es la primera cita con Oliver.
Creo que ya hemos tenido contratiempos suficientes en este viaje, por lo que espero que no haya más sorpresas desagradables.

Otro intento

En Porstmouth, el 10 de marzo de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Una vez más vuelvo a pisar las familiares maderas de mi fragata.
Después del fracaso en la misión de San Sebastián (de la cual no he recibido ningún tipo de recriminación oficial), se me ha ordenado de nuevo transportar al señor Oliver en un viaje de semejantes características, aunque en esta ocasión viajaremos más al oeste, concretamente a Ferrol, donde mi ilustre pasajero quiere seguir con sus indagaciones.

Después de nuestro enfrentamiento con las cañoneras, me han entregado otra vez el mando de la Circe, de mayor potencia que la Ranger y que no pierde demasiado en cuanto a su capacidad de maniobra y velocidad.
Además, una vez más cuento con mis hombres de confianza para una misión que puede resultar igual de peligrosa o más si cabe, ya que, en primer lugar, todo lo que sea estar cerca de la costa gallega y del Cabo Finisterre supone un gran riesgo dadas las condiciones climatológicas, y en segundo y no menos importante, Ferrol sigue siendo una de las bases militares principales del país, por lo que su vigilancia será a ben seguro muy exhaustiva.

Dado que el señor Byron continúa convaleciente en Gibraltar (no tengo noticias suyas pero así lo supongo), me han enviado como nuevo primer oficial al señor John Lawyer, al que aún no conozco en profundidad pero que me ha causado una buena impresión, ya que parece bastante competente y no tiene los aires de suficiencia que he visto tantas veces en los oficiales, aunque sean de un rango inferior, de la Armada de Su Majestad.
Zarparemos mañana por la mañana, en cuanto suba la marea, y pondremos rumbo a la costa gallega.

Me habría gustado pasar más tiempo en tierra, ya que aún espero con ansia noticias desde Plymouth y mi querida Lively, por lo que he pasado gran parte del día en el alcázar observando el puerto mientras, a mis espaldas, mis hombres se encargaban de subir a bordo las provisiones en forma de agua, alimentos y pólvora, para esta nueva travesía.
He pensado escribir una carta por si no volviera vivo de esta misión (tengo un mal presentimiento), por lo que me pondré con ella en cuanto tenga tiempo para entregarla a un hombre de confianza o, en un caso drástico, al enemigo que acabe con mi vida y tenga la humanidad suficiente para cumplir mi última voluntad.

viernes

Murguita

En la HMS Ranger, el 7 de marzo de 1808, en aguas del Canal.

Hoy luce un cielo azul que parece recién pintado, con mucho sol en las aguas del Canal y que contrasta con las tensiones vividas en estos últimos días.
El martes, aprovechando que no había luna y por consejo del señor Oliver, nos adentramos en la costa española, cerca, quizás demasiado para mi gusto, de San Sebastián y de sus temibles lanchas cañoneras, que ante una embarcación de nuestras características pueden resultar mortales.

Dado que las tropas francesas marchaban a paso ligero hacia la ciudad, Oliver insistió en que lo desembarcara lo más cerca posible para no perder más tiempo, por lo que a instancias de nuestro piloto, a bordo para esta misión y con el que estuve toda la noche del lunes estudiando los mapas de las inmediaciones de San Sebastián, pusimos en facha la corbeta frente a la ensenada de Murguita, esquivando el destello blanquecino de un faro que se convertía al mismo tiempo en aliado y enemigo.

En un tiempo record arriamos la lancha y el señor Oliver se perdió en la oscuridad junto a mis hombres, previo aviso de que lo recogiera a la noche siguiente o, de no aparecer, el jueves (ayer).
Sin mutar el gesto, me dijo que en el caso de que no estuviera tampoco en la segunda cita volviera a Inglaterra y entregara una carta a su esposa, en Liverpool, si fuera tan amable.

Los días se me hicieron largos. Ya que el primero, y tal como temía, no apareció la señal acordada en la playa (dos movimientos arriba, dos abajo, uno a la izquierda, con el farol), por lo que después de poner las velas en facha volvimos a alta mar, con funestos pensamientos en mi cabeza y tratando de evitar por todos los medios plantearme cómo iba a encontrar a la señora Oliver.
El segundo tuvimos problemas.
La luna surgía con timidez entre las nubes negras y el faro parecía iluminar toda la ensenada cual Argos.
Además, uno de los serviolas advirtió lo que parecía ser una mancha blanca que bien podrían ser velas doblando la punta de Mompás, por lo que hasta que no estuve completamente seguro de que había sido una ilusión no me decidí a acercar más la corbeta a la costa.

El retraso me hizo temer lo peor, ya que me atormentaba el pensar que Oliver, ante nuestra tardanza y por miedo al alba, hubiera decidido marcharse.
Pero no fue así, y cuando comenzaba a palpar la carta de Oliver, en mi chaqueta, un destello en la orilla y la correspondiente confirmación arrancó algún hurra a bordo que fue tajado a golpe de rebenque por nuestro contramaestre.

Lancha al agua, boga con fuerza y el bichero que volvía a enganchar, fue todo uno, y Oliver, con ojeras hasta las mejillas, se encontraba de nuevo a bordo a la vez que le entregaba con una profunda satisfacción la carta.
Pero fui demasiado optimista.
El grito de Paint en la cofa y la columna de agua que surgió a babor se sucedió en un momento.
Ordené zafarrancho y sin saber a qué nos enfrentábamos ya orientábamos las velas para salir cuanto antes de aquella ratonera.
Los zumbidos de las balas que sólo daban al agua se seguían sucediendo, y cuando las velas estaban bebiendo viento y mis artilleros en sus puestos dirigí mi catalejo hacia punta Mompás, donde puede ver cuatro mástiles bien separados y que trataban de cerrarnos la salida. Las temibles cañoneras.

Respondimos al fuego con fuego, nuestros cañones babor, aunque no llegaron a alcanzar su objetivo, al menos mantuvieron a raya al enemigo, que maniobró con prudencia y, todo sea dicho viniendo de españoles, con una excelente eficacia, para evitar daños y un enfrentamiento directo.
Afortunadamente para nosotros no se enfrascaron en una persecución, y por un momento tuve la sensación de que sólo buscaban ahuyentarnos, ya que al observar a la más cercana de las embarcaciones pude ver a un oficial, en la proa y al lado del cañón de al menos 24 libras, saludarnos con el sombrero.

Ya en alta mar, intenté hablar con el señor Oliver, que amablemente me dijo que prefería descansar, por lo que no fue hasta esta mañana, en el desayuno, cuando he tenido la oportunidad de hablar con él.
Sin vino en la mesa, me ofreció pocos detalles y se mostró bastante reservado, malhumorado, diría yo. Me dijo que no pudo hablar con nadie, ya que para cuando cruzó las murallas de la ciudad las campanas sonaban con fuerte repicar al anunciar que las tropas francesas ya estaban listos para el asalto.
Por tanto lo único que pudo hacer fue darse la vuelta e intentar salir de San Sebastián cuanto antes y sin ser descubierto, ya que la ciudad se rindió el mismo miércoles sin disparar un tiro por miedo a las represalias.

Alrededor de la ciudad había muchos franceses, y Oliver me dijo que tuvo que dormir la noche en una pequeña finca tras pagar una cifra astronómica al dueño, que lo recompensó con buen queso y vino tibio.
Al caer la noche, ocultándose entre los árboles y los arbustos, llegó hasta la orilla para volver a salvo a nuestro barco.
No quise preguntar más y nos dedicamos a terminar con nuestro desayuno en silencio, proa a casa por tanto y con la sensación, ya que también estoy implicado, de haber fracasado.

lunes

William J. Oliver

A bordo de la HMS Ranger, el 3 de marzo de 1808. En las aguas del Canal.

Vuelvo a tener una misión.
Hace dos días, cuando dormía (noche cerrada), me sorprendió un fuerte golpeo en la puerta, y sable en ristre acudí plenamente convencido de que Napoleón había desembarcado en el Támesis.
Cuando abrí, escoltado por Vincenzo, armado con un cuchillo para cortar pollos, nos encontramos con el gesto cansado de un mensajero acompañado a pocas yardas de un caballo negro que resoplaba con esfuerzo.

Cuando aún oía el galope perderse en la noche leí a toda prisa el mensaje, donde me ordenaban volver de inmediato a Porstmouth, donde debería de tomar el mando de una ágil corbeta, la Ranger, de 16 cañones.
Apesadumbrado al pensar que me habían degradado, viajé a toda prisa y en un tiempo record me encontraba en Pompey, donde subí a bordo de mi nuevo barco, de escaso porte pero elegantes líneas,
Toda la tripulación y los oficiales estaban preparados y me recibieron con gran respeto, ya que no es común que alguien de mi rango comande un buque de semejantes características.
El primer oficial, con no mucho más de veinte años, me recibió muy solemne, y me entregó un sobre que había llegado poco antes que yo.
El teniente Tyler, que así se llamaba, me informó que sólo podía abrirlo cuando hubiera zarpado, según habían ordenado, y observé el lacre cerrado con mucha curiosidad.
Las luces del alba nos saludaron con la Ranger deslizándose suavemente a babor de la Isla de Wight, y se me hizo muy raro dejar atrás Portsmouth sin ocupar el alcázar de mi querida Circe, a la que echo mucho de menos, sobre todo su cabina, que si bien podría ser una pequeñez al lado de cualquiera de un navío de línea, era no obstante un auténtico palacio comparado a esta pequeña ratonera que ahora ocupo.

Vincenzo, que me ha acompañado, apenas habla y se le ve muy triste, aunque no ha perdido el tiempo y se ha adueñado de la despensa y ha convertido en su nuevo siervo al cocinero, cuyo nombre desconozco.
Una vez comenzamos a navegar con viento suave del noreste, rompí el lacre para leer rápidamente las instrucciones, y grande fue mi sorpresa cuando me informaban que lo único que tenía que hacer era transportar a un pasajero hasta la costa norte de España, cuyo punto exacto me lo comunicaría en persona él mismo, que responde al nombre de William J. Oliver.

No estoy acostumbrado a este tipo de misiones, e invité a cenar a este tripulante especial que merece, nada más y nada menos, viajar escoltado por un buque de Su Majestad.
Aunque no había tenido tiempo de revisar la despensa dado lo apresurado de nuestra marcha, Vicenzo se las apañó para encontrar un par de deliciosas botellas de vino y chuletas en gran cantidad, por lo que mi invitado disfrutó de la comida mientras a mí me servían, cómo no, acelgas hervidas con un chorrito de aceite.
Oliver, de unos cuarenta años, demostró ser un hombre bastante reservado, de pocas palabras y mirada inteligente, y nuestra conversación fue de lo más banal, hasta que las copas se fueron vaciando frente a él mientras yo bebía a pequeños sorbos un zumo de uvas a la vez que fulminaba con la mirada a un victorioso Vincenzo.

Oliver me explicó que viaja a España para realizar una serie de averiguaciones, y me puso al tanto de la situación que vive el país.
Según parece, las tropas francesas, al mando desde hace poco más de una semana del mariscal Joachim Murat, han tomado las ciudades de Pamplona y Barcelona, y ahora se dirigen hacia San Sebastián, a donde llegarán en un par de días, según me relató. Éste, precisamente, es el destino escogido por este señor.
Me dijo que en ambos casos las tropas españoles no habían ofrecido ninguna resistencia, y habló con términos poco amables de los españoles durante buen rato, momento que aproveché para hacer volar la imaginación y dedicar mi pensamiento a mi querida Lively, allá en Halifax, quizás en los brazos de un rico comerciante o un oficial de alto rango.

El fuerte carraspeo de Vicenzo me sacó de mi ensimismamiento, y mientras me preguntaba si habría cometido la descortesía de cerrar los ojos, Oliver, con la segunda botella vacía, me explicó que su misión no era otra que la de informarse si los españoles estarían interesados en buscar la alianza de nuestra nación (aunque ambos seguimos en guerra).
Para cuando al señor Oliver apenas se le entendía, y empezó a hablar de la labor de Su Majestad el Rey Jorge en términos poco amables, decidí que era el momento adecuado para una estratégica retirada.
Tras estrecharme la mano, mi invitado me dijo que desembarcaría en la noche de hoy, y además me dijo que sería muy amable si esperara su regreso, el cual se llevaría a cabo en poco más de un día.
No me hace mucha gracia el navegar cerca de una costa enemiga, ya que la costa española, sobre todo en el norte, está plagada de pesqueros que pueden dar la voz de alarma y obligarnos a poner proa al norte, dejando atrás al señor Oliver, lo cual, tengo la impresión, no le resultaría muy agradable dado sus conocimientos.

Wood Fields

En Wood Fields, el 25 de febrero de 1808. Hampshire

Hacía bastante tiempo que no me sentaba tranquilamente en mi propia casa para escribir algunas letras.
Tal como tengo costumbre, he pedido a Vincenzo que coloque el escritorio fuera de la casa, a pocos pasos de mi pequeño jardín, para disfrutar de este día entre soleado y nebuloso, con los campos verdes ante mi vista y, no muy lejos, el destello plateado del mar.
La Circe se quedó fondeada en Spithead, y a la espera estoy de que me vuelvan a embarcar en ella o, quién sabe, entregar un nuevo mando.
El caso es que estoy aprovechando estos días para descansar después de tantos días lejos de mis cuatro paredes, con largos paseos por los campos que rodean mi pequeña casita, respirando un aire diferente del que se puede disfrutar en el alcázar, pero casi igual de agradable.

Pensaba que al pisar tierra podría tener un respiro en cuanto a la dieta dado que mi cirujano se ha quedado lejos de mí y, por tanto, sin posibilidad de vigilarme. Sin embargo, ha dejado como vil secuaz al sodomita de Vincenzo, el cual podría impartir clases de bloqueo en la Armada, ya que de ser almirante estoy convencido de que los franceses se habrían rendido hace años.
Ha escondido todo lo apetitoso que pudiera haber en la casa, y cada vez que se marcha a buscar comida a las granjas vecinas, siempre trae consigo todo tipo de verduras y leche, lo cual me produce indignación.
Más de una vez le he gritado que se deje de tanta leche y que, en cambio, me traiga la vaca, pero parece ser que el estar lejos del barco me resta autoridad, por lo que me siento abatido ante el yugo de éste mi Argos particular.

En otro orden de cosas, y tal como me prometí, antes de venir a casa y al poco de atracar en Porstmouth, tomé un coche de caballos hasta Plymouth, tal era mi deseo de hablar con mi querida Lively.
A mi llegada a la residencia de su padre, Lord Caster, me encontré con una seria resistencia en la puerta, ya que el mayordomo, un tipo gordo, de cara rosa y ojos minúsculos, al que nunca le gusté y nunca me gustó, me esperaba.
Me di cuenta al momento de que Lively había dado a conocer nuestra situación de alejamiento, ya que el 'centinela' puso gesto serio y me dijo que la señorita no se encontraba en casa.
Tras un minuto donde fui paciente, agarré al mayordomo y lo lancé a uno de los setos bellamente recortados que se encuentran junto a la puerta. A continuación entré a grandes zancadas, con los brazos separados del cuerpo, casi en cruz, ya que sabía que de rozar mi sable el instinto me haría sacarlo y degollar al primero que se acercara.

Y sí que se acercaron. Uno de los mozos de cuadra, muy fuerte y casi tan grande como yo, tras titubear una disculpas, trató de detenerme, y ante la aparición del mayordomo, que daba gritos de cochino asustado, ganó moral e intentó agarrarme. Dos sirvientes más aparecieron de no sé donde, y se me echaron encima como hienas.
¡Cómo eché de menos a uno de mis bravos marineros a mi lado, listo para proteger su capitán!
El combate fue titánico.
Uno de los sirvientes quedó pronto despachado, ya que de una patada lo mandé rodando bien lejos, pero el otro y el mozo de cuadras casi me inmovilizan, y eso que éste había recibido un puñetazo que lo tenía sangrando por debajo de la barbilla.
Cuando por fin logré deshacerme de ellos (250 libras en movimiento no las detienen cualquiera) y comencé mi persecución al mayordomo, apareció Lord Joseph Caster, con gesto de sorpresa ante tanto jaleo.
Inmediatamente me detuve, resollando, con el rostro encendido, la camisa manchada de sangre (alguien me alcanzó en la ceja) y, gracias a dios, el sable en su sitio.
El padre de Lively, tal como tenía por costumbre cuando estaba en casa, apareció en batín, y me miró entre enfadado y asombrado, pero pronto se recompuso para invitarme a tomar con él un vaso de leche caliente (sólo bebe eso) en su estudio.

Sus criados me dejaron marchar, visiblemente agradecidos, y Lord Caster, tras sentarse en su butaca favorita, muy cerca de su perro de nombre Stinky (ambos son inseparables), me contó que, efectivamente, Lively no se encontraba en casa, ya que había viajado a Halifax a atender, personalmente, unos negocios de la familia. Él mismo no había podido ir al encontrarse debilitado por unas dolencias en las manos, no siendo recomendables como curas travesías transoceánicas.
Tras meditar unos instantes y sentir la mayor de las vergüenzas de mi vida, me marché tras rogarle disculpas a Lord Caster, que amablemente me dio su palabra de que escribiría una carta a Lively en mi favor pero con la promesa de no ser tan efusivo en el futuro, al menos siempre que corriera riesgo la integridad de las personas a su servicio.

De eso hace ya tres días, pero no lo puedo quitar de mi cabeza, y me siento avergonzado, mucho, y Vicenzo, que tiene poderes y sabe exactamente qué ocurrió pese a no haber estado allí, trata de dejarme solo en la medida de lo posible, exceptuando la hora de las comidas, cuando aparece con el plato de coles hervidas.

Mañana viajaré hasta Porstmouth para pasear por el puerto e informarme del estado de la guerra.
Según parece Francia prosigue con su avance lento pero seguro en España, hasta tal punto de que ya ha tomado una ciudad, Pamplona, en el norte de la península.
No cabe duda de que en el continente las tropas de Boney siguen siendo muy superiores al resto, por lo que creo que a esta guerra aún le queda mucho camino por delante.

miércoles

A casa

Frente a la costa de Portugal, el 21 de febrero de 1808, a bordo de la HMS Circe.

Volvemos a casa.
Después de abandonar Gibraltar tras la captura de la cañonera francesa, nos reunimos con la escuadra de Lord Collingwood, frente a Tolón.
Apenas habíamos visto el casco del impresionante Ocean (a medio cable del Canopus, que lucía un aspecto magnifico con las juanetes largadas para mantener la formación con el 98), desde el insignia se me ordenó que subiera inmediatamente a bordo, donde fui recibido por el capitán Richard Thomas, que disculpó la ausencia del Lord, ya que se encontraba indispuesto, aquejado de fuertes dolores estomacales.
Al margen de su enfermedad, Thomas me informó de que Collingwood había sufrido en todo su cuerpo ante la noticia de que, según parece y aprovechando la tempestad que ha asolado el mediterráneo durante estos días, dos fragatas francesas, la Pénélope y la Thémis, habían superado el bloqueo.
Esta noticia había sentado como un auténtico jarro de agua fría en la escuadra, y las ojeras del capitán del Ocean me dejaron constancia de que tal error no se había producido por falta de esfuerzo.

Tras una conversación banal, Thomas me entregó las órdenes firmadas por el propio Collingwood, en las cuales se señalaba que la Circe debía de volver inmediatamente a Inglaterra, ya que es necesario reforzar nuestra posición en el Báltico con embarcaciones veloces. Sin más me despedí con un apretón de manos, y pude adivinar en los ojos de mi superior una mirada de envidia.

Ahora mismo navegamos con viento a la cuadra, y la fragata se desliza velozmente, con suaves cabeceos bajo un cielo azul, precioso, salpicado de nubes blancas y grises que dejan caer algunas finas gotas que son recibidas con alegría a bordo.
La moral es alta, ya que la captura de la cañonera fue una gran satisfacción para todos, y además ahora la dotación está ansiosa por volver a casa y ver a los suyos.

Por mi parte me alegro de tener la oportunidad de pisar mi tierra, estar en mi casa y comprobar que todo está en orden, y ante la posibilidad de poder visitar a mis padres en Bedford, a los que tanto echo de menos.
Menos agradable es pensar que volveré a estar cerca de mi amada Lively, a la que no consigo borrar de mi pensamiento pese al desprecio que mostró en su carta.
No puedo soportar la idea de que me haya dejado en la estacada, sin más, con unas breves líneas enviadas por un mensajero. Yo soy de los que gusta afrontar la alegrías y los fracasos personalmente, y me estoy planteando muy seriamente viajar a caballo o en coche hasta Plymouth tras arribar en Pompey, y presentarme en su residencia y exigir que me reciba.

Si me echan por las bravas, haré todo lo posible por intentarlo de nuevo, y estoy seguro de que no me faltarán brazos de marineros a mi mando que quieran ayudarme para tomar la casa a la fuerza, si se diera el caso.
Hemos podido con buques de mayor porte que el nuestro. Una serie de criados cuellitiesos no significarán ningún problema.

Sé que no es el mejor método, y que hay que ser ante todo un caballero y guardar las formas, pero mi corazón está por delante de mi saber estar, y en estos momentos me pide que vuelva a estar frente a frente con Lively, con la que sueño cada noche.
Sólo si ella misma, con palabras salidas de sus preciosos labios, me pide que no vuelva a verla más, en tal caso me marcharé con la cabeza bien alta pero, para qué mentirme a mí mismo, con el alma abatida.

viernes

La cañonera francesa

En Gibraltar, el 15 de febrero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy es un buen día. El cielo está azul y el mar algo gris, recobrando su color verde después de que el Estrecho haya sido azotado por el furioso levante durante una semana, algo que no recuerdan los más viejos del lugar.
Tal era la fuerza del viento que ninguno de los navíos ha podido levar anclas en todo este tiempo, e incluso el paquete español que hace el trayecto Algeciras-Ceuta tuvo que refugiarse en nuestro puerto después de estar a punto de irse al fondo.
Tras revisar detenidamente la correspondencia y comprobar que no había oficiales a bordo, se ha puesto en libertad a su tripulación e incluso al pequeño jabeque, el cual ha zarpado esta misma mañana con poca vela, temeroso de que algunas de las cientos de bocas de fuego que erizan los navíos de Gibraltar traspasara sus cuadernas sin previo aviso.

En cuanto a nosotros y nuestra presencia en el Tajo, no vimos barcos rusos, ninguno, aunque la remontada del río por parte del segundo del piloto, el señor Blond, a bordo del cúter, con el guardiamarina Evans en la lancha, fue digna de ser mencionada en La Gazette.
Después de dejarlos lo más cerca posible de la costa sin poner en riesgo nuestra posición, tanto por la posibilidad de ser descubiertos como por exponer demasiado la fragata, ya que el viento seguía soplando con fuerza, nos adentramos en alta mar.

Bogando con brío, con olas de tamaño considerable, ambas embarcaciones se alejaron para fundirse con la noche mientras yo me limitaba a observarlos desde el alcázar. Lo último que vi fue al señor Blond ponerse de pie y saludarme con el sombrero, haciendo gala de un equilibrio memorable.
Aquí transcribo el informe redactado por el propio suboficial:

Pasadas las doce de la noche, y una vez dejamos atrás la fragata que V.E. comanda, comenzamos a bogar con brío para acercarnos lo máximo posible a Lisboa, sin largar la vela en ningún momento para pasar lo más desapercibido posible. Era noche cerrada y sin luna cuando, según mis cálculos, nos encontrábamos cerca, muy cerca de la ciudad, a vista del fuerte San Pedro, exactamente entre la torre de Belén y la batería de San Julián.
Apenas habían pasa
do unos minutos cuando uno de los hombres a mi mando señaló muy cerca nuestra, quizás demasiado, la presencia de una cañonera que enarbolaba bandera francesa.
Traté de actuar lo más rápido posible y ordené su inmediato abordaje.
La resistencia fue dura, muy dura, con fuego de mosquetes desde la cubierta y algún disparo de un cañón de seis libras que no dio en el blanco (más tarde comprobamos que el armamento se completaba con su gemelo y un cañón de 24 que no fue disparada por falta de tiempo). Nos dividimos en dos, y mientras mi grupo atacaba por babor, el comandado por el señor Evans (cuya labor fue diga de mención) atacó por estribor.
El combate en cubierta fue encarnizado, con brava resistencia francesa, ya que el enemigo perdió tres hombres (uno de ellos abatido por un disparo a bocajarro del marinero Paint) y fueron heridos nueve hombres. Una vez su capitán, el señor Gaudolphe, rindió el barco, cortamos las anclas y nos alejamos río abajo.
Las baterías reaccionaron demasiado tarde y sus disparos no nos alcanzaron, exceptuando algún balazo en el paño sin mayores consecuencias. Así logramos abandonar la ciudad, y al alba vimos en el horizonte las gavias del navío que V. E. comanda, para satisfacción nuestra.
Es un placer informarle de que no hemos tenido bajas entre nuestros hombres, y permita que destaque la labor de los nombres reflejados en la lista que le entrego a continuación:

Martin Evans, guardiamarina
John Paint, marinero de primera

William Gaiman, segundo del contramaestre

Arthur Rosh, ayudante del carpintero


Un informe realmente bello y que merece estar en las páginas de mi diario.
No cabe duda de que propondré el ascenso de Blond, y dado que ahora estamos faltos de oficiales el señor Evans es teniente en funciones, noticia que ha recibido con gran alegría.
Después de una noche de celebración, ya en Gibraltar, con mi cabina más alegre que de costumbre, hoy disfrutamos de un merecido descanso, aunque pronto tendremos que levar anclas para reunirnos con la escuadra de Tolón de Collingwood.
Llevaremos correo, lo que pondrá de muy buen humor a los oficiales, lo suficiente, espero, para que nuestro contraalmirante tenga a bien enviarnos a Inglaterra y no someternos a la rutina del bloqueo.

Ahora bajaré a tierra para visitar al teniente Byron, en el hospital de la Virgen de los Desamparados, para darle las noticias de nuestra incursión en Lisboa, las cuales serán recibidas a buen seguro con satisfacción.

lunes

A vista del Nercuse

A la atención del Almirante Daniels, en Bedford (Inglaterra). Del capitán Daniels, frente a la costa de Portugal, a bordo de la HMS Circe, el 11 de febrero de 1808

Querido padre: Aprovecho que hemos avistado en el horizonte el inconfundible palo mayor (levemente inclinado hacia atrás) del paquete Nercuse para escribir apresuradamente estas líneas. Nos encontramos frente al estuario del Tajo, ya que hemos recibido informes de que la escuadra rusa se dispone a abandonar Lisboa. De momento no hay movimiento, quizás debido al temporal que hemos tenido que sufrir durante estos días, especialmente cuando nos encontrábamos más cerca del cabo San Vicente, ya que las aguas del Estrecho eran una furia.

Tras varios días capeando el temporal, hemos vuelto a la tranquilidad, aunque l
as olas siguen siendo grandes, lo que provoca grandes cabeceos en la Circe. Por tanto hemos vuelto a nuestra posición, frente al Tajo, aunque después de tantos días sin saber nada de velas en el río he decidido enviar el cúter y la lancha con el segundo del piloto, el señor Blond, al mando. Remontarán el río hasta llegar a la misma Lisboa, una misión arriesgada pero que estoy seguro de que se llevará a cabo sin problemas, ya que el suboficial al mando ha probado en numerosas ocasiones su valía, tanto a la hora de poner firmes a los marineros como al enemigo.

El señor Evans me acaba de informar que el
Nercuse ha puesto las velas en facha, y entregaré la carta para que llegue hoy mismo a Inglaterra. Siento lo breve, muy breve, de estas líneas. Espero que tanto usted como mi querida madre se encuentren bien. Por mi parte no sé cuánto tiempo seguiré a las órdenes del contraalmirante Collingwood, pero en cuanto me liberen del servicio en Tolón (ya que oficialmente sigo a sus órdenes) trataré de visitarles.

Se despide más su hijo enviándolo el más caluroso de los saludos.

miércoles

Correo

En Gibraltar, el 6 de febrero de 1808, a bordo de la HMS Circe.

Se nos ha ordenado zarpar en cuanto sea posible, y afortunadamente la fragata ya está lista en el fondeadero, al menos en cuanto a las reparaciones se refiere, ya que aún falta subir los barriles de pólvora y agua a bordo.
Nuestra misión consiste en poner proa al estuario del Tajo,ya que, según nuestros informes, navíos rusos anclados en Lisboa podrían zarpar en breve, por lo que la Circe, la embarcación más rápida que se encuentra en estos momentos en Gibraltar y con opciones de soportar alguna andanada de un navío de línea, es la más adecuada para esta misión.

Esta mañana, mientras mis hombres se encargaba de realizar las labores de aprovisionamiento, me dirigí raudo, correteando por las calles de esta pequeña gran ciudad, en busca de la oficina de correos, ya que he escrito una carta para mi hermano Yakko, ya que hoy es su cumpleaños y, torpe de mí, no he sido más previsor para mandársela antes.
A pesar de que nuestro distanciamiento es manifiesto, ya que nunca hemos estado de acuerdo en multitud de asuntos (quizás el que yo sea oficial de la Armada y él de los Dragones tenga algo que ver), tampoco creo que sea correcto el no enviarle una felicitación formal, ya que la familia es la familia, y en resumidas cuentas es el único hermano que tengo.
Probablemente no recibiré respuesta de agradecimiento alguno, pero al menos yo habré cumplido con mi deber. Que se vea que la gente de mar tenemos más clase que los 'langostas'.

Por otra parte, he decir que me he llevado una gran sorpresa cuando el encargado del correo me informó que había llegado un paquete para mí.
Éste, de enormes proporciones, ha sido enviado por mi tío Francis, hermano de mi padre, general al mando del Regimiento de las Guardias del Rey, en Irlanda.
Se trata de un precioso cuadro del HMS Victory adentrándose en Gibraltar tras la gloriosa victoria de Trafalgar (¡excelente juego de palabras!).
Eso sí, para poder desenvolver el paquete he tenido que recibir ayuda por parte de señor Evans, que me acompañó, ya que mi tío, que siempre ha sido muy meticuloso, ha tenido mucho cuidado de que el paquete no sufriera desperfectos, con un sinfín de cordeles y telas que ha sido más difícil de abrir que un cofre judío. Más que a Gibraltar parece que el cuadro fuera a ser enviado a Valparaíso.
Sin embargo, estoy muy agradecido por el presente, y he garabateado una nota para mi tío, aunque en un futuro le enviaré una carta más formal y amplia para darle mil gracias.

Después, y todavía a la carrera, visitamos al teniente Byron, cuya mejoría roza lo milagroso, ya que lo encontramos bebiendo un caldo servido por una joven monja que, en ese instante, estaba boquiabierta ante la verborrea de Jack, que le relataba sus peripecias en el Mar Rojo.
Mi primer oficial, aún con el rostro pálido y un aparatoso vendaje en la cabeza, no ocultó su disgusto al enterarse de que la Circe levaría anclas.
Según parece, el médico le ha informado de que se encuentra mucho mejor de lo que podría esperarse tras semejante caída, y que los daños no han sido graves, aunque deberá de seguir bajo observación un par de semanas como mínimo.
Así nos despedimos no sin que Byron nos deseara suerte, rogándome que lo tuviera informado en la medida de lo posible.

Después, junto a mi guardiamarina, hemos subido a la fragata, yo con una amplia sonrisa de satisfacción que ha relajado los gestos de mis oficiales, y con la ayuda de Vincenzo hemos colgado el cuadro en un lugar bien visible en mi cabina.
En estos momentos lo observo y no puedo dejar de sentirme orgulloso por poder lucirlo ante mis visitas, y espero que nos dé suerte en nuestro pequeño viaje a la costa portuguesa.

domingo

Espera en Gibraltar


En Gibraltar, el 3 de febrero de 1808. En el 'London'.

Escribo desde mi habitación de un pequeño hostal (el 'London') cuya ventana da al puerto. A lo lejos puedo ver la Circe en el astillero, donde se le están realizando las reparaciones pertinentes tras los daños recibidos por las baterías de Tolón. Afortunadamente conozco al Maestro Carpintero, y tal como esperaba ha sido honesto, y ha reconocido que a bordo de la fragata ya se hizo un buen arreglo, por lo que el trabajo durará poco y no será excesivamente caro.

Tuve la oportunidad de seguir con mi vida normal en la cabina, pero los constantes martilleos y las voces de la gente de tierra (que a diferencia de la de la mar grita siempre, hasta cuando no es necesario) me han obligado a buscar una habitación en tierra. Y no ha sido nada fácil, ya que son muchos los barcos fondeados y más los oficiales que no desaprovechan la ocasión de disfrutar de una forma más directa los placeres de la ciudad.

Al menos, por mi parte, logro huir del ruido ahora que tengo un incómodo dolor de muelas que me impide comer con normalidad, por lo que tras varios intentos a lo largo de la mañana que terminaron con más lágrimas en mis ojos que comida en el estómago, he optado por rendirme.
Lo que no ha conseguido un buque enemigo lo ha hecho una maldita muela.

Ante tal inactividad, me he dedicado gran parte del día a pasear, a observar los buques, hablar con algún que otro conocido, y recabar información sobre el estado de la guerra, que sigue con la entrada lenta pero segura de las fuerzas de Napoleón en la península Ibérica.
También he visitado la oficina del correo, y para mi gran decepción no he recibido misiva alguna, por lo que me siento solo y triste.
Después de que mi querida Lively me escribiera ordenándome que la olvidara, no ha pasado día que no haya soñado con ver en horizonte una vela dando salvas para subir el correo a bordo, o aquí en tierra, esperar que un mozo traiga consigo un sobre que hubiera conseguido saltar mi corazón por la boca.
Pero nada de nada.
A pesar de los deseos de Lively, creo que me voy a animar y a mandar una carta ahora que el paquete Nercuse se encuentra en Gibraltar listo para levar anclas y dirigirse a Inglaterra.
Sé que la espera podría resultar angustiosa, pero en esta vida quien no arriesga no gana, y eso mejor que nadie lo sabe un oficial de la Armada de Su Majestad.

jueves

Lord Collingwood

En Gibraltar, el 31 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Dicen que después de la tempestad llega la calma, lo que no significa que se vayan del todo las nubes.

Tras el desagradable incidente con el teniente Byron, lo atamos bien al coy para que se moviera lo menos posible mientras la fragata seguían dando profundas e irregulares cabezadas.
Una vez el mar se volvió más practicable, y conforme se iban reuniendo en controlado desorden los buques de la escuadra, desde el insignia, el Ocean, se largó la señal de que el capitán de la Circe subiera a bordo, por lo que embarqué en mi falúa en un mar que no estaba aún tranquilo, y mi timonel falló dos veces antes de enganchar el bichero.

Ya a bordo, Lord Collingwood me recibió en su cabina. En cuanto vi su rostro, pálido, casi cetrino, y con una copa de agua junto a una cristalina jarra de cristal, comprendí que no sería una reunión agradable, ya que nuestro vicealmirante sufre de profundos dolores estomacales (según parece se le ha detectado una grave enfermedad) que le enturbian el carácter.
Me tuvo de pie varios minutos, ojeando papeles, carraspeando con discreción a la vez que mostraba un rictus de dolor en el rostro, y con la cabeza levemente inclinada de tal forma que el sol se reflejaba en su blanca cabeza y casi me deslumbraba.

Con su potente voz Lord Collingwood me pidió explicaciones de por qué había abandonado mi puesto junto a la costa tal como ordenó, ya que sería poco aconsejable para los intereses de la Royal Navy en el Mediterráneo que los buques al abrigo de las baterías de Tolón ganaran el mar. En un principio a punto estuve de explicarle que sería poco probable que lo intentaran dadas las horribles condiciones climatológicas, pero me mordí la lengua. Al fin y al cabo estaba hablando con un héroe de Trafalgar, y no me cabía duda de que le molestaría recibir una lección de un capitán de navío al mando de una pequeña fragata.
Por tanto opté por excusarme y explicar el riesgo que corría la Circe, ya que además tenía una reparación prácticamente recién efectuada tras nuestra incursión días anteriores en las inmediaciones de Tolón, donde las baterías casi nos destrozan.

Collingwood me miró por primera vez a los ojos, como si se hubiera dado cuenta de repente que fue mi fragata la que consiguió confirmar la información de la presencia de buques de poderoso porte en el puerto francés.
Tras un instante de meditación, tocó la campanilla, me ofreció un dulce oporto y me invitó a retirarme.
Ante de marcharme le expliqué el asunto del teniente Byron, que necesitaba ser atendido inmediatamente en tierra, ya que su estado era de serio peligro.
Tras unos instantes de meditación, el vicealmirante, que recordó el heroico papel del teniente en Tolón, dijo lo mucho que lo sentía y dio permiso para poner proa a Gibraltar.

Nada más llegar a un fondeadero atestado (la entrada de las fuerzas de Napoleón en España ha obligado a reforzar nuestras posiciones), y con los hombres al timón mostrando su habilidad para deslizarnos entre navíos de alto y bajo porte, enviamos a Byron a tierra, supervisando yo mismo su traslado, el cual se produjo sin mayores incidentes. Conseguimos una cama para el teniente en un lugar bastante limpio, el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, con monjas que ejercen con ternura de enfermeras.

Ahora he de plantearme a quién asciendo como primer oficial, ya que el Comandante del Puerto me ha explicado que no hay oficiales libres en estos momentos.
Seguramente será cuestión de continuar con la escala de mandos, aunque no es algo que me preocupe por ahora, al menos mucho.
Estamos en puerto amigo y sólo me apetece tumbarme en mi coy y descansar.

domingo

Trágico accidente

¿Frente a Tolón?, el 27 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Ayer fue un día horrible. Pocas veces he vivido algo así como capitán al mando de un buque de Su Majestad.
A día de hoy aún le doy vueltas a la cabeza, y durante mucho tiempo he estado sentado en mi escritorio sin hacer nada, mirando a través del ventanal el cielo oscurecido por nubes tan negras que convierten el día en noche. El mar está muy embravecido, con olas grandes y grises.
Por supuesto no hay rastro de la escuadra, que se han dispersado como gallinas en un corral cuando asoma su hocico el zorro.

El viernes, a primera hora de la mañana, el barómetro bajó de forma alarmante, y como soplaba viento del sureste y en ese instante veíamos Tolón a sotavento, se ordenó a la escuadra ganar mar abierto.
Dado que nuestro vicealmirante, Lord Collinwood, no quería correr el riesgo de que algún francés aprovechara la situación para salir del puerto y evitar el bloqueo (a costa de la integridad de su navío), me ordenaron mantener la Circe lo más cerca posible de la costa para evitar sorpresas.

En apenas unas horas ya teníamos encima un poderoso viento que nos obligó a tomar rizos y dejar los palos con el mínimo paño posible para permitir las maniobras sin que nos acercáramos demasiado a tierra.
Pero tras aguantar hasta la segunda guardia del cuartillo, la situación era ya insostenible, por lo que antes de que fuera imposible gobernar la fragata, viramos hacia el sur, sufriendo como nunca para ganar cada pulgada en una ceñida agónica.

El temporal duró toda la noche y ayer seguía arreciando fuerte, muy fuerte.
En la guardia de mañana fue imposible tomar la medición del mediodía, y tras ceder el mando al teniente Byron fui a mi cabina a descansar tras haber pasado toda la noche en vela.
Vincenzo me preparó un té bien caliente, y me tumbé en el coy para engañar a mi cuerpo y hacerle creer que descansaba. Pero el que me engañó fue él, y antes de que me diera cuenta me dormí en un sueño corto y profundo.

Como al que rescatan de un pozo, uno de los guardiamarinas que tenemos a bordo, el señor Evans, me despertó rogándome que subiera a cubierta inmediatamente.
Conforme daba tumbos y con Vincenzo a mi espalda que me ponía de nuevo el capote del mal tiempo exhibiendo su destreza, pude comprobar por lo escorado de la Circe que aún debíamos navegar con muchísimo viento.
El cielo seguía oscuro, tres hombres estaban al timón y el contramaestre ladraba órdenes mientras dispersaba a un grupo de hombres que se encontraba en el combés.

Afortunadamente la naturaleza compensó mi volumen de vientre con buenos y grandes pulmones, y a una orden mía todos los marineros volvían a sus puestos.
Con la espuma abofeteándome la cara y el ensordecedor silbido de la jarcia, estaba demasiado aturdido para saber qué ocurría, pero conforme me acercaba se me erizó el pelo de la nuca al reconocer la figura del cirujano arrodillada ante el cuerpo inerte de lo que parecía un oficial, ya que pese a estar en ese momento siendo abrigado por el sargento de infantes de marina, vi el brazo con chaqueta azul y charretera al hombro.
En dos zancadas me planté allí, y casi me caigo al llegar por un inoportuno resbalón.
Mientras me sostenía el sargento, me quedé horrorizado al comprobar que lo que casi me hizo caer fue un denso charco de sangre oscura que se iba diluyendo con el agua que salía por los imbornales.

Lo peor estaba por llegar, y mis sospechas se cumplieron cuando pude distinguir entre la maraña de pelos mojados el rostro pálido, terriblemente pálido, del teniente Byron.
Con mucho cuidado, en lo que fue una operación muy dificultosa ya que la Circe cabeceaba demasiado, bajamos al primer oficial al sollado para ser atendido.

Según parece, mientras yo descansaba en la cabina, uno de los gavieros que se encontraba en el mastelero del mayor dio voz de que un navío de dos palos apareció por barlovento, y tras muchas conjeturas los oficiales en el alcázar llegaron a la conclusión de que se trataba de un navío de buen porte, posiblemente un 74, que había perdido uno de los palos y se encontraba en serios apuros.
Mientras se decidía si era francés o inglés, quizás algún miembro de nuestra escuadra, el teniente Byron se armó de un catalejo y, tan osado como siempre, se lanzó a escalar hasta el tope para comprobar por él mismo de quién se trataba.

Pese a los muchos consejos que recibió, Jack los desoyó todos y comenzó a trepar por los obenques.
Recibió hurras por parte de los hombres a bordo cuando llegó a lo más alto, y algunos aseguraban que incluso en tan precaria situación no se olvidó de las formas y optó una pose más propia de un cuadro de sir William Beechey que del tope de una fragata en pleno temporal.
En el descenso, y cuando seguía oyendo los gritos de entusiasmo de los hombres en cubierta, un golpe de mar por popa tras un descuido de los hombres al timón, que tampoco quitaron ojo del teniente, hizo que éste perdiera su agarre y se estrellara con sobrecogedor estrépito contra cubierta.

El contramaestre fue el primero en llegar en su socorro, y de su propia boca me informó que el teniente, antes de perder el conocimiento, dio orden de que me presentaran sus respetos y que me informara que la HMS Circe tenía a barlovento el navío de Su Majestad HMS Eagle.

lunes

Incursión en Tolón

Frente a Tolón, el 21 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

El cielo está gris y la hilera de navíos de línea se encuentra en plena ejecución de la maniobra de virada, con algunos más acertados que otros.
Los 74 Kent e Eagle han pasado rozando, y aunque los oficiales han intentado poner orden a bordo, se ha oído perfectamente a las marinerías repartiéndose a voces todo tipo de vejaciones.
Desde el alcázar hemos estado observando el espectáculo sin disimular nuestro disgusto y, por qué no, con algo de ostentación dado el patente contraste con el vuelo de nuestra fragata gracias a la perfecta ejecución de las órdenes.

He dedicado la mañana a supervisar la labor con los daños en el casco, que han sido preocupantes, pero Astillas y los suyos han hecho un buen trabajo, y no creo que sea necesario que nos dirijamos a Mahón para realizar las reparaciones necesarias.
Ayer por la noche, aprovechando la luna nueva, nos acercamos a la costa, ya que, según hemos podido saber, los franceses tienen listos dos potentes navíos, y uno de 120 cañones, cuya entrada en la flota de Boney podría suponer un auténtico problema en el Mediterráneo.
Es por ello que nos encomendaron la misión de adentrarnos lo máximo posible aprovechando que el viento soplaba del noroeste (para una probable huida) y comprobar por mí mismo el estado de la fuerza de los franceses.

La fragata se deslizó suave por las oscuras aguas, con orden de guardar el más absoluto silencio a bordo, y ninguna luz encendida.
Una vez que pasamos el cabo Cepét, con la batería de Sablette asomando sus cañones de más de 40 libras, echamos al mar el cúter, con el teniente Byron a bordo, para bordear la península de Caire y comprobar en persona el estado de la flota que se escondía en Tolón.
Después de que se perdiera en la oscuridad, y tras unos instantes de tensión donde el leve ruido de los remos parecía ser un auténtico escándalo en la bahía, nos mantuvimos a la espera con mal disimulada tranquilidad.

No sé cuánto tiempo me mantuve tieso como una cabilla en el alcázar, con los brazos en la espalda y musitando las órdenes mientras nos manteníamos en facha, pero con los marineros en las vergas listos y preparados para largar trapo en cuanto asomara la proa del cúter.

Y asomó. Pero precedido de destellos y estampidos desde la península del Caire que se extendieron hasta Cepét.
Menuda sorpresa se llevarían cuando se encontraron con una fragata de Su Majestad en medio de la bahía, al alcance de sus cañones, los cuales pagaron nuestra osadía con una buena descarga.
Con la jarcia cubriéndose de paño y el cúter navegando hacia nosotros con sus velas extendidas, devolvimos como protesta el fuego con nuestras baterías (inútiles) y comenzamos a abandonar la bahía mientras Byron gobernaba su embarcación siguiendo nuestra estela.
Afortunadamente los comerranas centraron su artillería en la fragata, por lo que el cúter llegó a alta mar intacto.
Nosotros no corrimos tanta suerte, y al margen de algunos boquetes en las velas, recibimos dos buenos cañonazos en el casco que, de haber sido algunas pulgadas más abajo, habría supuesto serios, muy serios problemas.
Lo único bueno es que no murió nadie, aunque tres hombres resultaron heridos.

Byron, una vez en cubierta, me explicó el estado de la flota en el puerto, así como la presencia confirmada del recién estrenado 120 cañones, concretamente el Commerce-de-Paris y el 80 Robuste, una información que, sin lugar a dudas, compensa nuestros sufrimientos.
En mi informe, que escribiré en cuanto termine con esto, alabaré el valor y, sobre todo, la buena vista de mi primer teniente para divisar en los ventanales de los navíos sus respectivos nombres.
Con descaro y sonriente, Byron me dijo que, pese a la oscuridad, logró leerlos gracias al destello de los cañones de las baterías.

jueves

A dieta

En Gibraltar, el 17 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Jamás pensé que iba a echar de menos algo tan superficial como la comida.
Desde que he decidido dejar al margen los excesos, los días se convierten en meses, y llegar por la noche a mi coy sin haber profanado este régimen se convierte en una victoria a la altura del asalto al alcázar de un tres puentes.
Vincenzo me sirve las verduras con mayor pesadumbre que la que yo pudiera tener, y no puedo soportar sus ojos compasivos cuando me observa mientras miro el plato de cada día con claro disgusto reflejado en mi rostro.
Como es normal, tengo un humor de perros (más del que suele ser habitual), y en alguna ocasión se ha oído tronar mi voz en cubierta por encima del golpe de los lampazos y con Vicenzo huyendo a la carrera.

Lo único que tengo pendiente es realizar mis tres mil pasos diarios, ya que todavía no he tenido tiempo dado lo mucho que hay que hacer a bordo de la fragata, sobre todo después de que la escuadra de Hood haya abandonado Gibraltar rumbo a Inglaterra, mientras que a la Circe se le ha ordenado permanecer en aguas del Estrecho a la espera de reforzar el bloqueo a Tolón.
¡Otro bloqueo más no, por favor! Los odio con todas mis fuerzas, ya que mi tripulación, veterana, apenas tiene problemas para realizar las maniobras, y las habitualmente emocionantes viradas por avante se convierten en un mero trámite que no merece mi atención: Timón de arribada, orza, soltar escotas, acuartela foque... Lo de siempre

Al menos aprovecharé tantos días de tranquilidad para poner en orden algunos asuntos, ya que tengo cartas que escribir y no se me ocurre un mejor momento.

lunes

Decisión drástica

En Gibraltar, el 14 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy es un día gris, lluvioso.
Los navíos fondeados en Gibraltar parecen perros con las orejas gachas.
Hace un rato me encontraba en la cofa del mayor, con mi catalejo bajo la ceja y observando el Estrecho, con la superficie del mar como un plato, casi sin olas, y el continente africano más allá, que más que verse se intuía tras una fina bruma.

Pocas veces he visto tantos navíos en esta rada, y cuando llegamos desde Funchal fuimos recibidos con vítores y el estampido de las baterías, tanto de tierra como la de los costados de las embarcaciones de franjas negras y amarillas.
Gibraltar está armada y preparada para un posible ataque desde la península.
Sí, es algo habitual y nada sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta nuestro estado de guerra con España, a la que hace aproximadamente un mes le arrebatamos el 12 cañones San José gracias a la intervención de la corbeta HMS Grasshopper, del capitán Searle, sigue en pie.

Sin embargo, desde lo que ocurrió en Trafalgar parece que ser que a este país se le quitan las ganas de entrar en batallas que lo acerquen más a la miseria que a la gloria, con un aliado, Francia, más pendiente de sus intereses que de apoyar o colaborar con sus vecinos de más allá de los Pirineos.
Valga como ejemplo la entrada la semana pasada del mariscal Jeannot de Moncey en territorio español al mando de un Cuerpo de Observación que, unido al ejército de Junot en Portugal, deja totalmente controlada la península en caso de que hubiera problemas para los intereses de Boney.

Mañana levaremos anclas y tomaremos rumbo hacia Portsmouth, aunque dadas las circunstancias, las nuevas circunstancias con las que nos hemos encontrado, puede que se produzca algún cambio de órdenes, por lo que será mejor esperar hasta el último momento.
Mientras, estos días los he aprovechado para escribir alguna que otra carta y pasear en tierra para reducir el peso, aunque continúo con los excesos, y ayer asistí a una fiesta donde me atiborré de tarta para terminar buena parte de la noche en el jardín.

De hecho, esta mañana, en mi paseo, me encontré de frente nada más y nada menos que con el contraalmirante Hood.
Al parecer estaba revisando la situación de nuestra escuadra, en compañía de los capitanes Barton y Wolley, del York y del Captain.
Al encontrarse conmigo Hood, tras mirarme de arriba abajo, me recomendó que dejara de engordar con finas palabras que no impidieron que mi cara se pusiera roja y que apretara con fuerza los nudillos tras mi espalda. Detrás suyo Barton y Wolley me observaron con rostros inexpresivos, aunque uno de ellos carraspeó nervioso y miró con disimulo si mi mano se acercaba a la vaina.
Después de este desagradable incidente volví a mi fragata con los puños cerrados y mirada de pocos amigos que enmudeció a mis hombres de la falúa y, una vez en cubierta, incluso el teniente Byron se limitó a saludarme con gesto marcial.

En mi cabina llamé a Vincenzo y le ordené que se deshiciera de todo lo que tuviera grasa de la despensa, y que desembarcara para hacerse con frutas y verduras. Tras una serie de protestas y una patada en su trasero, ha abandonado la fragata para cumplir con mis órdenes.
Todo sea porque no ponga en riesgo mi carrera al tentarme la idea de rebanarle el pescuezo a un oficial de mayor rango.

miércoles

De vuelta

En alta mar, el 9 de enero de 1808. En la HMS Circe.

Sigo vivo y entero, a pesar de que hace un par de días pensaba que acabaría con alguna parte de mi cuerpo marcada por el acero de James.
Afortunadamente, como se dice, la sangre no llegó al río, y no se lamentaron daños, ni siquiera leves, en uno y en otro. Al menos en forma de heridas.

A la mañana siguiente de nuestro enfrentamiento dialéctico en mi falúa, nuestros respectivos padrinos, el teniente Byron y el capitán Crowe, acordaron que el mejor lugar para el duelo sería en un almacén abandonado a las afueras de Funchal, que hace años había servido para guardar grano y que dispone de un suelo firme y en buenas ocasiones para el enfrentamiento.
Antes de que sonara la campana de la guardia de alba, Byron y yo ya bajábamos por la escala de la Circe para buscar la costa a bordo del chincorro y con mi primer teniente a los remos.
El aspecto del puerto era fantasmagórico, con la niebla ocultando los navíos allí fondeados, que sólo se dejaban ver gracias a sus palos mayores, que sobresalían por encima de la niebla como un campo de estacas.
Toda la escuadra y Funchal sabía a esas horas lo que iba a ocurrir durante la mañana, por lo que las cubiertas de las embarcaciones estaban completamente vacías, y el chinchorro surcó las aguas en un silencio tan absoluto que el chapoteo de los remos se convertía en un auténtico escándalo.

A lomos de dos mulas alquiladas que ya estaban preparadas en la fonda donde el día anterior desayunamos, salimos del pueblo a través de las calles oscuras, con la única luz de las velas que iluminaban la hornacina de un santo desconocido para mí y oyendo el aullido de algún perro hambriento a lo lejos.
No tardamos mucho, y en apenas veinte minutos llegamos al almacén. Podíamos ver luz en el interior, y tras dejar a los animales bien atados a un árbol cercano entramos.

La imagen del interior me sobrecogió, y más parecía aquello un aquelarre de brujas que una sala de duelos.
Las paredes, de piedra tosca, apenas se distinguían al estar lejos del foco de luminosidad de varias decenas de velas situadas en círculo.
En el centro, y como fantasmas, se podían distinguir tres figuras que, al acercarnos (con suma precaución) pudimos reconocer: para nuestro alivio eran los rostros del capitán Crowe, el teniente James y el cirujano de la Africaine, que apartaba discretamente de nuestra visión la maleta con los instrumentos de cirugía.

Tras los saludos de rigor, y con los sables en la mano (descartamos la elección de pistolas por el ruido que pudieran causar), James (más pálido de lo habitual) y yo comenzamos a intercambiar golpes, al principio con mucha ceremonia y, poco a poco, con intención de buscar hueco y encontrar carne.
John, más bajo que yo y hábil, se mostró tan diestro como me imaginaba, aunque yo comencé a ganar ventaja cuando, a base de mi mayor fuerza bruta, apartaba sus golpes con estruendosos chasquidos.
Pronto salió del campo de luz y tocó pared con su espalda, y cuando todo parecía decidido comenzó a faltarme el aire.
Nunca antes había sentido un dolor tan profundo en el pecho, como si ardiera, y tras dar un par de traspiés me derrumbé en el suelo y todo se volvió oscuro, como si muchas bocas a la vez hubieran apagado las velas con un sincronizado soplido.

Para cuando desperté me encontraba en mi coy, con el cirujano de la Circe, el señor Marsh, poniendo sobre mi frente un trapo de agua fría. A su lado Vicenzo me miraba con ojos de preocupación, y James, en mangas de camisa, torcía la boca en una sonrisa al verme abrir los ojos.
Según pude saber, me desmayé, y el cirujano de la Africaine informó que mi pulso comenzaba a perderse, por lo que practicó maniobras de reanimación antes de conducirme, con sumo cuidado, a mi fragata.
Ya en manos de Marsh, éste me ha prohibido terminantemente realizar grandes esfuerzos y, sobre todo, me ha obligado a someterme a una dieta para rebajar mi peso. Según me dijo mi sobrepeso alcanza ya límites peligrosos.

Es por eso que me he propuesto el intentar reducir el volumen de mi barriga (Vicenzo cada vez protesta más de tener que remendar mis calzón para que pueda entrar en él), e intentaré continuar con el propósito de andar mis tres mil pasos diarios en el alcázar.
Un propósito que caerá en saco roto si no pongo todo mi esfuerzo en llevarlo a cabo. Espero que el susto sirva de estímulo.

En cuanto a lo demás, ayer zarpamos de Funchal rumbo a Portsmouth con la escuadra, aunque continuará destacada en la isla la Shannon para evitar un poco probable ataque francés.
De camino a Portsmouth quizás nos detengamos en Gibraltar, donde esperamos recibir noticias de cómo se sigue desarrollando la guerra en Europa y, quién sabe, con alguna carta a mi nombre esperando ser abierta.

viernes

Enfrentamiento

En Funchal, el 4 de enero de 1808. En la cabina de la HMS Circe

Hoy ha sido un mal día. Un día horrible, a la par que extraño. Como si se tratara de un sueño, o más bien de una pesadilla.

Esta mañana paseaba por el puerto de Funchal en compañía del teniente James. El día estaba precioso, con el cielo muy azul, sin nubes, el sol tostándonos las caras, el suave olor a sal que nos llegaba desde el atlántico y aún con sabor dulzón en nuestro paladar tras haber probado la mercancía en forma de botellas de Madeira que cargábamos hasta nuestros respectivos buques.

En ese momento, cierta algarabía entre muchos de nuestros hombres que por allí paseaban y el estampido de la batería del castillo de San Jorge nos hizo levantar la vista para observar al bergantín Arrow asomar el bauprés mientras doblaba en cabo Girao.
Pocos de los allí presentes pudimos ocultar nuestra alegría, ya que la pequeña embarcación, como ha ocurrido desde que nos encontramos en esta isla, traía consigo la saca de correo, y todos esperamos noticias, algunos más ansiosos que otros, desde Inglaterra.

Ofrecí gustosamente mi falúa a James para que viajara parte del trayecto conmigo, ya que el Centaur se encuentra a menos de un cable de distancia de la Circe, a lo que mi amigo John aceptó gustosamente inclinando la cabeza.
Y fue ahí cuando ocurrió todo.
Observando ambos la entrada del Arrow, con algún comentario aislado sobre si era conveniente o no tener tanto paño en la jarcia en un momento tan delicado, y tras un breve silencio, pregunté a John si esperaba carta de su esposa Alice.
Aunque James es de los que gusta gritar a los cuatro vientos que como amigo, de quien sea, es difícil de superar, a la hora de hablar de lo suyo, de su intimidad, se muestra hosco y cerrado, por lo que apenas habían salido las palabras de mi boca ya me había arrepentido.
Sin apartar la mirada del bergantín, John se limitó a asentir con la cabeza, y al encontrarme en una incómoda posición, le expliqué que mi único interés era saber si Alice se acordaría de enviarme un saludo, ya que no recordaba que lo hubiera hecho en las últimas misivas que habíamos recibido.

Y James enloqueció.
Me miró con ojos de odio, se levantó bruscamente (la falúa se desequilibró peligrosamente y casi caemos todos al agua) y empezó a gritarme, con la vena que parecía que iba a saltar del cuello, y el puño cerrado en mi dirección, en un claro gesto de amenaza.
Tras la sorpresa inicial, y con la cara de mis hombres, con ojos como platos, mirando de hito en hito al teniente, una furia descontrolada surgió de mi pecho, le respondí igual o peor, y mientras ordenaba, a gritos, a los marineros que condujeran la falúa hacia el Centaur, le dije a John que ya recibiría noticias de mi padrino.

Ahora, mientras escribo estas líneas, siento dolor, mucho dolor. John, rarezas propias de su carácter al margen, siempre ha sido un buen amigo, y saber que me tengo que batir con él me produce un gran desconsuelo que es proporcional al número de botellas, ya vacías, que ocupan la mesa de mi escritorio.
Pero no hay vuelta atrás. Por muy amigo mío que sea, o haya sido, me ha dicho cosas horribles que soy incapaz de perdonarle a nadie, por lo que ya he enviado al teniente Byron, que muy amablemente se ha ofrecido como padrino, para que acuerde la hora y el lugar con la máxima discreción posible, aunque a estas horas no me cabe la menor duda de que toda la escuadra tiene noticias de este desagradable suceso.

Quizás éstas sean la últimas palabras que escribo, ya que cuando dos hombres son heridos en su orgullo, y máxime si forman parte de la Armada de Su Majestad, las razones pasan a un segundo plano y mandan los sentimientos.
James es un buen espadachín, y estoy seguro de que no se contentará con un rasguño. Yo, además, tampoco soy capaz de paliar el odio que siento en mi interior. Las ofensas han sido demasiado grandes, y se convierte en gigantes si llegan desde la boca de alguien al que sentías como amigo.

Sinceramente, espero que sea Alice la que no reciba más cartas de mano de James.

miércoles

Resaca

Frente a Funchal, el 2 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Comienza un nuevo año, lejos de casa, y con la ya habitual costa de Funchal a la vista, con su atareado puerto en un constante trajín y los barcos de la escuadra de Hood fondeados y a la espera de nuevas órdenes.
Ayer gran parte de los comandantes de la escuadra nos reunimos en la cabina del Centaur para dar la bienvenida a 1808, donde el contraalmirante demostró que su despensa es la mejor servida de toda la flota y no escatimó en gastos.

Entre todos los presentes (dado el alto número de oficiales nos reunimos en la cubierta del buque insignia) se encontraba el teniente James, con el que apenas pude intercambiar palabra al estar en constante conversación con sus más afines, por lo que nuestro encuentro apenas duró unos minutos, antes de que su atención se volcara en el capitán de la Africaine, Peter Crowe.
Por tanto pasé gran parte de la fiesta bebiendo solo, apoyado en la batayola de sotavento y contemplando las embarcaciones que surcaban las aguas del puerto.

El beber en solitario tienen como principal inconveniente que dedicas todo tu tiempo a ello, sin charlas, ya sean interesantes o aburridas, que al menos detengan el camino del vaso hacia la boca, por lo que, para cuando me di cuenta, apenas podía distinguir todo lo que me rodeaba, y me tuve que retirar balbuceando disculpas y rezando para no hacer el ridículo en mi descenso hacia la falúa.

Éste se produjo de una forma correcta, y mis hombres se mostraron muy cuidadosos a la hora de intercambiar miradas. Me devolvieron a la Circe en completo silencio, bogando en perfecto orden. El teniente Byron, que me acompañó al Centaur, dirigió acertadamente la embarcación hacia el costado de babor de la fragata, por lo que mi llegada a la cabina (ni en el cabo de Hornos la había visto moverse tanto) se llevó a cabo con toda la discreción posible en un buque de sólo 28 cañones.

Tales excesos los he pagado muy caros, y esta mañana me he levantado con un dolor de cabeza horroroso que me ha tenido confinado sin que tenga el menor interés de subir a cubierta.
He delegado el mando en Byron, ya que no creo que cambie la rutina diaria, por lo que me dedicaré a descansar y a tomar la infusión que me acaba de servir mi despensero Vicenzo para paliar en la medida de lo posible el martilleo en mi cabeza.

Espero que zarpemos lo antes posible.
El tener tan cerca tal cantidad de vino de Madeira no puede ser bueno.