
El frío es sencillamente insoportable. Esto, unido al dolor de la herida tras el abordaje con el Heldige, me impide descansar como debería.
Las noches se hacen eternas, y cuando más intensa es la sensación de pinchazo en el costado, me veo obligado a pasear por la habitación, enfundado en varias mantas de piel, mientras recito el Código Naval para distraerme.
Tal como esperaba, la llegada a Karlskrona, de manos vacías, fue mal recibida por parte de Saumarez, que ni se dignó a verme y se limitó a enviarme un mensaje donde me informaba que preparase la fragata para el retorno a Inglaterra.
Cuando ya veía la luz más allá de las nubes de tormenta, y me creía lejos de esta gélida cárcel de malos recuerdos, continué leyendo para conocer por entero los detalles de la misión, que consiste en llevar a Portsmouth el correo de los oficiales de la escuadra aquí en Suecia para volver, SIN DEMORA (el muy bellaco, o su secretario a las órdenes del mismo, lo había escrito con mayúsculas), a Karlskrona.
Así es como me castigan por mi falta de eficacia en dos semanas de crucero donde las presas han sido prácticamente testimoniales, y al coste nada más y nada menos que de veinte muertos.
Tras una pequeña reflexión creo que merezco esto y más.
Me vendrá bien para que el frío aclare mis ideas.
Esta mañana he ido hasta el puerto para comprobar las labores de aprovisionamiento de la Circe, en manos del teniente Byron, ya que Lawyer ha sufrido estos días fuertes dolores en su brazo tras el combate de la semana pasada y ha tenido que ser atendido por el cirujano del Victory en tierra.
Parece ser que una bala de mosquete se ha clavado en el hueso y no hay forma de sacarla.
Con la nieve crujiendo bajo mis pies, he paseado por las calles de Karlkrona, oliendo a leña quemada y planteándome una y otra vez si girar en redondo y volver sobre mis pasos para refugiarme en mi cama bajo siete mantas.
¡Pero el deber es el deber! Finalmente opté por seguir adelante, devolviendo de mala gana los saludos que llegaban de boca de otros oficiales con los que me cruzaba, ya que al estar la flota fondeada en el puerto los ingleses somos Legión.
Conforme empecé a divisar los mástiles de los navíos de mayor porte por encima de los techos de forma triangular, se me alegró levemente el corazón, ya que me produce una sensación de absoluta felicidad dejar atrás los entresijos de calles de una ciudad, donde los hombres de mar nos sentimos en ocasiones como una cabra perdida en el sollado, para encontrarme de repente con el bosque de mástiles de embarcaciones de todo tipo.
Tras un rápido vistazo, observé a marineros de mi tripulación, cargando barriles en una lancha ante la mirada de algo que en un principio pensé que debía de tratarse de una especie de osezno del que brotaba vaho.
Al acercarme, comprobé era el señor Bullet, al borde de la hipotermia y que observaba a los hombres trabajar tiritando de frío violentamente.
Sin mayor protocolo, pusimos rumbo a la fragata y ordené subir por el portalón de babor para evitar que tu

Tal como esperaba, el teniente Byron estaba de un humor de perros, como toda la tripulación, ya que al margen de verse obligados a trabajar con semejante frío, a nadie le ha hecho gracia, como es normal, saber que no tendremos la ocasión de disfrutar con la familia de las fiestas.
A pesar de que comprendo la situación, el teniente estuvo más grosero que de costumbre, por lo que no tuve reparos en llamarle la atención delante del resto de hombres, amenazándole con lanzarle al mar a la próxima palabra salida de tono.
Se calló, refunfuñando por bajo, y me dirigí a la cabina, donde me reuní con mi contador para ponerme al día de las provisiones.
Acto seguido volví a la lancha sin despedirme de nadie para volver aquí.
Desde luego no es un buen momento a bordo de la Circe.
Como es normal aún escuece la muerte de tantos compañeros, lo que añadido al malestar por la falta de presas y, para colmo, el viaje hasta Inglaterra para volver de forma casi instantánea, hará que la travesía sea especialmente complicada.
Menuda Navidad me espera.