miércoles

El río Adour

Frente a la desembocadura del río Adour, en Francia, el 22 de enero de 1814. A bordo de la HMS Circe

Comienza a oscurecer mientras veo perfectamente a través del ventanal cómo comienzan a encender las luces del 74 cañones Porcupine, donde he almorzado junto al contraalmirante Charles Vinicombe Penrose y su capitán de bandera, John Coode, así como otros oficiales de esta pequeña flota improvisada que fondea frente a la desembocadura del río Adour.

En un ambiente distendido, y a falta de una reunión más formal que tendrá lugar dentro de una semana, el contraalmirante nos ha informado de los motivos de este particular encuentro de embarcaciones, en su mayor parte, de escaso tamaño, en donde el Porcupine y la propia Circe, con sus 28 cañones, son las naves de mayor potencial ofensivo.


"(...) particular encuentro de embarcaciones de escaso tampaño (...)"

El contraalmirante nos ha explicado por encima nuestra misión, en la cual está puesto "el honor de toda la armada", ha llegado a asegurar superado el cuarto brindis por el Rey.

El ejército francés sigue retrocediendo, y aunque se encuentra con dos frentes, el formado por ingleses, españoles y portugueses llegando desde el sur, y la coalición del norte con austro-húngaros y rusos envalentonados tras la victoria en Leipzig, sigue siendo igual de peligroso, ya que nos informan de que Napoleón cuenta con cerca de 80.000 hombres, a los que hay que sumar los cerca de 50.000 del mariscal Soult, enfrente de nuestras mismas narices tras ser rechazados de la península ibérica.

Es por ello que el general Wellesley ha marcado en rojo en su campaña la toma de la ciudad fortificada de Bayona, pieza clave para nuestro avance hacia París, para lo cual es fundamental el cruce del río Adour: Es ahí en donde entramos nosotros, la armada.

"Señores, el futuro de Inglaterra está en nuestras manos". Es difícil mantener la compostura, y más aún cuando has acabado con varias botellas de la mejor despensa del capitán Coode, pero he de decir que ante estas palabras pomposas fui capaz de levantar mi copa y sonreír con complicidad, mirando de reojo a mi teniente Byron, cuya gesto inexpresivo y falto de humanidad hacía desaparecer de golpe toda hilaridad que pudiera haber producido en mí el alcohol.

Afortunadamente mantuvo la compostura, mucho más que el teniente Cheyne, del bergantín Woodlark, que se quedó dormido, o el capitán Elliot, del Martial, que comenzó a contar una interminable anécdota que fue ignorada sin que eso pareciera importarle, pues acabó con su perorata y riendo a carcajadas, haciendo caso omiso de la mirada asesina de Coode.


Ya en cubierta del 74, y tomando el fresco, el capitán O'Reilly, del bergantín Lyra, me contó que había oído que el general Wellesley está haciéndose con todo lo que flota en muchos kilómetros a la redonda, por las buenas y por las malas, para hacer pasar así a sus hombres al otro lado del Adour y tomar por sorpresa Bayona, que según cuentan es una plaza perfectamente preparada para resistir un largo asedio.

"(...) existe el riesgo de volcar en estas peligrosas aguas".
El problema de este plan es que el cruce no será fácil. La desembocadura tiene bancos de arena y en los tres días que llevamos aquí el oleaje hará muy complicado el cruzarlo de una ribera a otra, para lo que hará falta embarcaciones de escaso calado, ya que existe el riesgo de volcar en estas peligrosas y traicioneras aguas.

Ahora en mi cabina escribo tranquilamente estas páginas mientras me tomo una taza de café y me preparo para cenar algo y dormir, contento de poder disfrutar de algo de acción tras varios días de aburrimiento a bordo de la fragata, dedicado a dar mis pasos por el alcázar ante la mirada divertida de mis hombres.

San Sebastián

En Brest, el 8 de enero de 1814. A bordo de la HMS Circe. 

Mi lealtad a mi país y a mi rey es inquebrantable, pero ciertamente puedo decir que esta semana he sido sometido a una dura prueba, y no me pronunciaré más sobre mis sentimientos por si este diario llega a malas manos.

Tal como esperaba la flota de transportes llegó a las costas españolas sin problemas, concretamente en el puerto de San Sebastián, bella ciudad que, para mi sorpresa, presentaba un aspecto espeluznante, más propio del Apocalipsis.

A pesar de que esperaba ser recibido como un héroe después de que las tropas inglesas y portuguesas tomasen la plaza a los franceses en septiembre del año pasado, nos hemos encontrados con una población hostil, que si bien se ha mostrado respetuosa en las formas, dicen que los ojos son el espejo del alma, y es cierto que hay miradas que, si fuera posible, matarían.

Habíamos comenzado a mover el cabestrante cuando avistamos un bote llegando desde tierra firme y a bordo un cabo con órdenes del general Graham para impedir que la tropa desembarcase en la ciudad y lo hiciera en un lugar más apartado. Afortunadamente conozco un lugar, una cala en Murguita, no lejos de San Sebastián, en la que ya estuve hace varios años.

Invité al cabo a mi cabina para tomar un clarete y tratar de averiguar así el misterioso cambio de planes, y tras un par de brindis por el rey y por la victoria ante los franceses, se le fue desatando la lengua hasta que me fue contando con detalle los pormenores que han convertido a San Sebastián en un yermo de madera quemada y resentimiento.

Con el 'langosta' de nuevo en el bote (al tercer intento) y la Circe con las velas desplegadas y proa a Murguita, y tras pasear por el alcázar sumido en profundas reflexiones, relaté al teniente Byron el escalofriante relato del cabo, y a pesar de que Jack es comedido a la hora de expresar sus sentimientos, no pudo evitar que su mirada se ensombreciese e incluso blasfemase en un susurro, lo que ignoré al comprender que la impotencia le embargaba, como era mi propio caso.

Los franceses ofrecieron una dura resistencia cuando las tropas de Graham llegaron a San Sebastián. Tuvieron que pasar muchos días hasta que se retiraron. Relataba el cabo que tan duro fue el asedio que tomada la ciudad la tropa la emprendió con los propios españoles, que salían a saludar a sus 'héroes' recibiendo como respuesta disparos y golpes. El cabo, que estuvo presente, contó que unos portugueses encontraron un almacén atestado de vino, repartido entre la tropa que, ebria, se comportó como una masa salvaje que se dejó llevar por una espiral de destrucción.

Las mujeres, de todas las edades, no se salvaron de esta locura, tomadas en cualquier lugar ante la mirada atónita de los oficiales, que, juraba el cabo, intentaba una y otra vez impedir la masacre pero con escaso éxito.



"los franceses ofrecieron una dura resistencia"


Pero lo peor estaba por llegar, ya que un incendio se propagó sin que nadie tomara un cubo de agua para aplacarlo, y las llamas consumieron la práctica totalidad de la ciudad, cientos de casas, librándose, y aquí el cabo se sonrojó y no fue por culpa únicamente del vino, la calle Trinidad, curiosamente donde los oficiales ingleses habían situado sus residencias.

Una semana duró esta episodio que parecía rememorar la toma de Jerusalén por los cruzados, un ejemplo más de la barbarie de la guerra y del hilo fino, finísimo, que separa la gloria de la batalla de los más bajos instintos humanos, la peor versión del hombre.

Escribo estas letras mientras la Circe cabecea suavemente frente a la ciudad de Brest, con la flota en funciones de bloqueo y a la espera de nuevas órdenes, viendo en mis sueños una ciudad envuelta en una niebla roja y amarilla sumida en los gritos desesperados de los inocentes.

jueves

El espejo no miente

En playmouth, el 19 de diciembre de 1813. A bordo de la HMS Circe

Mis hombres trabajan duro para zarpar cuanto antes. No hay un minuto que perder. El alto mando quiere poner 1.000 hombres en la costa española antes de dos semanas, ya que sospecha que Napoleón acelera sus negociaciones con el rey de España de cara a un tratado de paz que le asegure un frente menos en los múltiples que tiene abiertos, y nada menos que el comandado por el General Wellesley. 

Por mi veteranía como capitán de navío, pese a comandar una nave de sólo 28 cañones y que muchos osarían llamar vieja y obsoleta (nunca en mi presencia, por supuesto), me han encomendado el mando de la expedición, de la cual no creo que haya problemas, ya que consistirá en escoltar una decena de transportes hasta el puerto español de San Sebastián, una travesía en donde la única preocupación será el estado del mar, ya que con Francia prácticamente acorralada en su terreno no espero oposición militar.

Vuelvo a contar con mi segundo de abordo, el teniente Jack Byron, cuyo carácter, con ínfulas de almirante desde que abrió los ojos (apostaría que aún en el seno de su madre), le han impedido avanzar más rápido en la jerarquía naval, y eso con un noble apellido en su hoja de servicio, lo que por otra parte es un alivio para un servidor al contar con un hombre de garantías a mi derecha.

Por este motivo no me sorprendió ver todo casi preparado al llegar a bordo de la fragata tras mis días de reposo en Wood Fields. Estoy seguro de que Byron situó en la cofa a un hombre con el cometido de avistar mi llegada, avisar a cubierta y disponer todo para que no encontrara ningún fallo en el inmaculado estado de la tripulación, una cubierta limpia como el alma de un recién nacido y los cañones brillando para pasar revista ante el mismísimo Rey.

"(...) no me sorprendió ver que casi todo estaba preparado al llegar a la fragata (...) 


Tras estrecharle la mano, lo primero que hizo fue darme un breve informe de la situación en el barco mientras yo observaba atentamente a todos los hombres, oficiales, marineros y tropa de a bordo, tras lo cual le invité a mi cabina, en donde hablamos algo más relajados sobre nuestros días de asueto, pero con mi teniente, como siempre, alerta a no decir una una palabra que pudiera delatar su verdadera forma de pensar, ya que Jack es muy reservado.

En estos momentos, mientras escribo estas líneas, tomo el café que me acaba de servir Vincenzo, como siempre contento de volver a la mar tras haber disfrutado de la familia y sus infinitos hijos en la campiña inglesa, oyendo de fondo el cargar y descargar de todo tipo de provisiones y repuestos que el mismo Byron se ha encargado de gestionar, ya que además de ser un hombre de recursos, su fuerte carácter y, sobre todo, su venganza, son de sobras conocidas por todos los responsables del material desde Devon a Liverpool.

También he mantenido reuniones con el condestable para hablar de las provisiones de pólvora, con el jefe carpintero para saber si tenemos todo lo necesario a bordo en lo relativo a posibles averías, y pasando revista a los nuevos guardiamarinas puestos a mi cargo, jóvenes mozalbetes con ganas de gloria y con el sentimiento romántico de la guerra aún intacto.
Una mañana realmente ajetreada, pero productiva, qué duda cabe, lo que hace que el café sepa aún mejor y así, animado por que todo vaya viento en popa, me he permitido el lujo de comer unos pasteles que tenía reservados para altar mar y agasajar a mis suboficiales. 

Y ahora me temo que he de llamar al maestro velero, ya que al levantarme para volver a cubierta los botones de la chaqueta han saltado por los aires en mi intento de cerrarla, como si fuese una descarga de metralla sobre la cubierta del enemigo.

De este modo, y mirándome en el espejo de tamaño completo que me regaló el capitán Blessing tras nuestro incidente en Rogerswick, he podido ver mi lamentable estado de forma. Creo francamente que nunca antes había estado tan gordo. El uniforme no me cierra y el dolor en las rodillas y la espalda ha de deberse a eso.
Además miro mi rostro y no me gusta lo que me dice el espejo, que me habla de una persona de poco más de treinta años que aparenta más de cincuenta; un rostro lleno de arrugas, hinchado y una mirada carente de brillo y llena de lo que parece resignación.



"(...) con la espuma besándome la cara (...)"

Espero francamente que la navegación, con la espuma besándome la cara y el viento del este acariciándome el pelo mientras me agarro a un obenque durante la travesía, ya que no me ha gustado nada lo que he visto en el espejo. 

viernes

El bosque de los robles

En Wood Fields (Portsmouth), el 29 de noviembre de 1814.

He recibido órdenes de presentarme en Plymouth dentro de tres días, de nuevo destinado a la HMS Circe en labores de escolta de un convoy que desembarcará tropas en el norte de España para hacer presión sobre el ejército francés en su retirada a su territorio.
Napoleón, según mis últimas noticias, busca una salida airosa con el Rey Fernando para anular uno de los frentes y centrarse en la coalición de rusos, austriacos y demás que llega desde el norte dispuesto a arrasar desde Brest a Tolón.
En caso de que el gran Corso se salga con la suya, muchos serían los perjudicados, desde los españoles que claman venganza a nosotros, ya que nos veríamos obligados a retirarnos y buscar otro lugar por donde atacar Francia y 'pelear' con nuestros aliados por ser los primeros en alcanzar la gloria: París.

Amo el mar por encima de todas las cosas, pero también los pequeños placeres de tierra firme, y es por eso que antes de embarcarme decidí pasar el día de ayer en un pequeño bosque de robles centenarios, a unas horas de camino de mi casa, y hacia allá fui cargado con mi fagot dispuesto a relajarme con la intención de dar sentido a alguna melodía, tratando de recordar las clases del señor Volkan.

Tarde más de lo esperado en llegar a mi destino, y lo hice sin aliento. Bebí agua en un arroyo cercano y me senté debajo de uno de los hermosos y grandes árboles centenarios. Reflexioné sobre mi lamentable estado de forma, en gran parte debido a mi desmedido peso. Me he visto en la obligación de arreglar mi uniforme para poder encajar en él sin parecer un fantoche, y creo que tendré que plantearme el volver a dar mis 3.000 pasos sobre el alcázar de la Circe. Con estos pensamientos me quedé dormido al son del canto de un cuco que sonaba en la lejanía.

"... me senté debajo de uno de los hermosos y grandes árboles centenarios..."

Desperté con el cambio de viento. Los marinos somos capaces de dormir profundamente y abrir los ojos ante circunstancias de este tipo, totalmente despejado, como si llevara despierto desde mi llegada. Comprobé echando un vistazo a la posición del sol que había pasado el mediodía, y que el viento había rolado, suavemente, dirección sur. Calculé de manera automática cuánto tardaríamos en llegar con este viento a la costa española, y tras repasar mentalmente las notas y quedar satisfecho con el resultado, armé el fagot y comencé a tocar con el único acompañamiento del susurro de las hojas y el chirriar de algún insecto en busca de compañía.

Es curioso que eligiera el fagot para adentrarme en el mundo de la música, un instrumento que por sí solo es poco brillante, dependiendo sobre todo de sus acompañantes, casi siempre el clarinete y el oboe cuando de tríos se trata, aportando esa 'nota' melancólica y quizás triste de una sinfonía.

Dicen que los animales se parecen a sus dueños, y quizás con los instrumentos pasa algo parecido. Soy una persona que no gusta de destacar en las reuniones, siempre en un segundo plano, un mero espectador, más amigo de colaborar con el grupo en vez de tomar la iniciativa. Quizás por eso sigo al mando de una fragata de 28 cañones y no comando un navío de línea.
Y eso sin contar con la eterna tristeza que me embarga y que sólo a ratos logro esconder, como la basura debajo de la alfombra, y sobre todo en el alcázar de mi barco, en donde trato de compensar esa falta de energía y carisma con ira y agresividad, lo que también le hace uno ganarse si no el respeto, el temor de la tripulación, válido a la hora de que sepan quién es el subordinado.

Tras hacer una pausa en mi ejercicio de improvisación y comer vorazmente la viandas que traía en mi zurrón, como si no hubiera un mañana, volví a dormir, relajado, con la tripa llena, bien agarrado a mi fagot, como cuando era guardiamaria y lo hacía aferrado a un trozo de queso o cecina por si mis compañeros de camareta quisieran paliar su hambre a costa de la mía.

Desperté con el sol cayendo más allá de las colinas y emprendí el camino de vuelta a paso ligero, ya que no es bueno andar por ciertos caminos de noche, y menos cuando me había dejado el sable y mis pistolas en casa al ir demasiado cargado de peso.
Afortunadamente la vuelta a casa no trajo novedad alguna, ya que no me crucé con nadie, acompañado por las estrellas que comenzaban a brotar en el cielo como caracoles tras la lluvia, amenizando el camino recitando de memoria los nombres de las constelaciones y pidiendo deseos a las estrellas fugaces.

"(...) recitando de memoria los nombres de las constelaciones (...)"

Una vez bajo mi techo, comí las sobras de mis provisiones disfrutando del chirriar de los grillos en el porche, pensando en seres queridos que ya no están pero que lo siguen siendo, combates pasados, perdidos y ganados, mientras volvía a tomar el fagot para improvisar algunas notas que sonaban como el ronquido de un gigante en la soledad de la noche.

Tras tomar un baño me fui al lecho, añorando ser mecido por las olas del mar, pero satisfecho y agotado tras un largo día de dulce soledad, de amor propio y paz.

Vuelta a Greenwich

En Dorset Street, el 25 de octubre de 1813. Londres.

Al disfrutar aún de mis días de descanso, decidí viajar a la capital, Londres, en donde he dedicado un par de días a caminar por la ribera del Támesis y por uno de mis lugares favoritos, los jardines del observatorio de Greenwich. He estado horas viendo pasar barcos de todo tipo y porte mientras imaginaba desde qué parte del mundo vendrían, o hacia dónde irían.

"He estado horas viendo pasar barcos de todo tipo y y porte"
No he podido evitar pensar en Lively, pues por aquí paseábamos cuando parecía que nuestras vidas
estaban ligadas para siempre. En un banco bajo un sauce una mirada; un roce descuidado de nuestras manos junto al estanque de los patos; la manzana acaramelada más dulce aún con ella cogida del brazo; la fragancia de la Dama de Noche cuando el sol comenzaba a ocultarse más allá de Whitehall; el sonido de un violín entre los árboles mientras bailábamos en la hierba. Una sucesión de recuerdos que se convertían en agujas incandescentes en la nuca.

¿Hacia dónde viajarán los barcos que surcan el Támesis? Pero la pregunta que a veces me obsesiona sin poder remediarlo es ¿dónde está Lively?
Reconozco que nuestros últimos encuentros, en nada poéticos y agradables, me han empujado de una forma sutil pero firme hacia una resignación que comienza a convertirse en hábito, en algo que no es forzado y que simplemente se convierte en asumir una realidad: ya no significo nada para Lively.
Trato de no pensar en ello en exceso. De hecho hacía mucho que no me castigaba de esa forma, pero eran demasiados los recuerdos que me asaltaban como astillas en cubierta durante una batalla para poder esquivarlas todas.

Pensamientos funestos que contrastaban con una alocada algarabía por las calles de Londres de regreso a mi pequeño hotel en Dorset Street.
De repente todo eran ¡hurras! sin que yo supiera aacertar el motivo, hasta que logré enterarme de la razón: Napoleón ha sido derrotado en Leipzig y se retira hacia Francia.
A la carrera y provocando la risa de algún transeúnte, llegué a mi club para conocer más sobre la batalla, pero los datos eran imprecisos. Según parece un potente ejército de la coalición se enfrentó al corso en Alemania, en donde reagrupaba filas tras sus fracasos en España y Rusia.
A pesar de que el número de sus hombres era inferior (se habla de cientos de miles de hombres en las filas aliadas) mantuvo contra las cuerdas a su enemigo todo lo que pudo y más, hasta que el propio desgaste de hombres le obligó a volver hacia Francia, en donde acabará todo.
"Le obligó a volver a Francia, donde acabará todo"

¿Buena o mala noticia? Qué duda cabe de que me alegro por todos aquellos que volverán a encontrarse con los suyos y de los que dejarán de sufrir, que serán millones.

Sin embargo, soy un hombre de guerra que sin guerra no tiene sentido, y por mucho que el sufrimiento ajeno y el dolor tendrán su punto final cuando Napoleón arríe su bandera, no puedo dejar de pensar que cuál será la utilidad de un mosquete que no ha de disparar.

Reflexiones a altas horas de la noche a la luz de una pequeña vela en un escritorio de Dorset Street.

jueves

Vuelta a casa

En Wood Fields (Portsmouth), el 10 de octubre de 1813

Paz. Paz absoluta. Tras meses oyendo el silbar del viento en la jarcia, el crujir de las cuadernas, los gritos del contramaestre, los ronquidos de la tropa y el sempiterno tañido de la campana de guardia, me relajo al son del canto de los pájaros, a la vista de las suaves colinas verdes de fondo y no las olas de un mar infinito. Estoy en casa.

Disfruto de unos días de descanso tras haber acabado por fin con la larga y tediosa campaña de bloqueo al otro lado del Atlántico, a la espera de nuevas órdenes para continuar con una guerra que, a mi juicio, va llegando a su fin.

Con el mar en nuestras manos, Napoleón, el gran estratega corso, va cediendo terreno ante el avance aliado. Su alocado empeño de tomar Moscú fue su sentencia. Lo consiguió, sí, pero a costa de miles y miles de bajas, de hombres que cayeron ante las espadas curvas de la temible caballería cosaca y, en la mayoría de los casos, por el invierno que diezmó el ejército en su retorno.

Una división de fuerzas, dos frentes, que han sido fundamentales para que su presencia en España haya prácticamente acabado tras años de constante desgaste en los inmensos campos de maíz o en los sombrío picos montañosos del norte, con millares de franceses degollados y asesinados a traición por un pueblo que no perdona ni perdonará los hechos trágicos de Madrid de hace cinco años.

Precisamente hace un par de semanas recibí una carta de mi hermano William, que ha tomado parte en la campaña española con la caballería del general Rowland Hill y que fue protagonista directo de la Batalla de Vitoria, la cual ha supuesto la práctica expulsión de las tropas francesas de España, lo que creo que es la puntilla definitiva para 'Bueno en Parte', que tendrá que defenderse ahora a base de mosquetes en su propio país.

William, que durante esta campaña ha alcanzado el rango de teniente, a pesar de que no se prodiga en escribirme, sí fue extenso en este caso, a buen seguro consciente de que su gloria eclipsa, con mucho, las escaramuzas a bordo de mi barco que no quedarán reflejadas ni en libros ni en cuadros.

Transcribo lo más interesante de su carta:

"(...) Apenas había amanecido cuando cargamos contra las defensas francesas. Hill nos había ordenado atacar los Altos de la Puebla, y allá fuimos con decisión, primero la tropa y después mis hombres y yo, sable en mano y vivas al Rey a voz en grito.
El combate fue espeluznante. Llegó un momento en que la sangre enemiga me llegaba hasta el hombro y apenas lo sentía del cansancio. Sólo oía el grito de unos y otros en una locura de sangre y polvo, y para cuando los 'ranas' comenzaron a huir despavoridos apenas tuve fuerzas de celebrarlo. Lo único que quería era beber agua y descansar, pero no había un minuto que perder.

Alcanzamos el pueblo de Subijana, y nos disponíamos a continuar con nuestro avance cuando el fuego de artillería de la 4ª División de Conroux nos obligó a mantener la posición tras provocar una auténtica carnicería entre nuestros hombres.


Ese paso estaba cortado y el general Hill optó por mantener su sección ante un posible contraataque francés, ordenándome que junto a medio centenar de hombres volviéramos sobre nuestros pasos para reforzar el centro de nuestro frente, en donde en ese momento se producía el combate más intenso, tal como indicaba el reguero de heridos que encontrábamos a nuestro paso: imágenes de pesadilla, el horror de la guerra en su esplendor, todo sangre y lamentos de cientos de gargantas desesperadas. 


La escena ahí era dantesca. Combates cuerpo a cuerpo en medio del barro por la cantidad de sangre derramada en el suelo. Apenas se distinguían los uniformes y, pese a que en ese momento nuestro número era superior, los franceses combatían con una fiereza y un orden que explicaba el por qué de su dominio en el continente durante tantos años (...)".



(...) Parecía que no iba a llegar nunca pero el frente francés se desmoronó por el centro. El enemigo comenzó a retirarse, sin orden, incluso arrojando muchos sus armas, mientras los españoles y los aliados portugueses cargaban al degüello y yo trataba de mantener la formación de mis hombres por si se tratase de una estratagema. 


Y lo vi. Conforme los miles de uniformes azules se abrían ante nosotros como el Mar Rojo ante Moisés, justo en el centro el alto mando francés trataba de recomponer inútilmente filas y una berlina lujosamente adornada comenzaba a avanzar hacia el norte a toda prisa.
Cargamos al galope al son de la corneta, y tal era el retumbar de los cascos sobre la tierra y el grito de nuestros hombres que su distinguido ocupante se bajó de inmediato, agarró uno de los caballos que le ofrecía un húsar francés y huyó despavorido escoltado por su guardia personal.

Habríamos emprendido la persecución pero, y de esto se ha avergonzado hasta el mismísimo general Wellesley en la copa que tomamos todos los oficiales para celebrar la victoria, la tropa se lanzó como alimañas sobre los carros de transporte que escoltaban la berlina. Y es que, para nuestra sorpresa, estaban repletas de joyas y piezas de arte de un valor incalculable, por lo que primero con nuestras fustas y en algunos casos extremos con los sables, hicimos lo que pudimos para evitar semejante expolio (...).

¡Menuda historia! He pasado toda la mañana leyendo la carta varias veces mientras disfrutaba de un dulce oporto. Según parece José Bonaparte huía de España con todo el tesoro que pudo conseguir, pero no contaba con que miles de hombres se lanzarían sobre él de semejante manera.
Lo peor de todo es que fue tal el desorden que se produjo que miles de franceses huyeron al sur de Francia, por lo que a buen seguro en breve estarán disponibles para seguir combatiendo contra nosotros.

Con el mar en nuestra posesión y los franceses derrotados en España y huyendo de Rusia, no me cabe duda de que en breve esta larga guerra llegará a su fin, lo que por otra parte supondrá un quebradero de cabeza para los oficiales de marina que estamos ahora mismo de servicio y que no tendremos un ingreso garantizado en futuras fechas.

Pero no quiero pensar en ello. No de momento. Lo único que quiero es seguir sentado aquí, disfrutando del aire fresco, del oporto y del canto de los pájaros. En paz.


domingo

Caza estéril

En alta mar, a bordo de la HMS Circe, el 2 de junio de 1813

El mar y el cielo oscuro no se distinguen en esta noche sin luna. No sopla viento y las velas de la Circe cuelgan flácidas como la hojas de un sauce. El silencio es casi opresivo, y si no fuera por la presencia del infante de guardia diría que estoy solo en el universo.

El calor es sofocante. No es habitual por estas fechas, pero lo cierto es que nos hemos visto obligados a abrir todas las portas para que mis hombres no se asfixien en la entrecubierta, y he dado permiso también para doblar esta noche la ración de grog para que puedan conciliar el sueño bajo amenaza, por supuesto, de que cualquier altercado será castigado con 50 azotes. 
Por ahora parece que funciona.

Mi ánimo no ha mejorado en demasía desde la última vez que escribí. De la desesperación puedo saltar a la fatalidad, y de ahí a la apatía, el abatimiento e incluso a la resignación. Aunque mi cirujano se ha prestado a hacerme una sangría y reforzar mi dieta con algún complemento vitamínico, de momento he optado por comer con normalidad (si consideramos 'normalidad' atiborrarme de tostadas con queso por la mañana, huevos fritos a medio día, doble ración de chuletas en el almuerzo, galletas y bizcocho al atardecer, y una copiosa cena a base de salchichas en salsa de mermelada). Para paliar tantos excesos paseo por el alcázar arriba y abajo, y cuando tengo ánimos subo al tope del mayor, y aunque llego sin resuello y con los brazos adormecidos, el coronar el mástil se convierte en una pequeña victoria diaria jaleada por algunos de mis hombres.

Quizás una buena batalla, con las astillas volando sobre la cabeza y un centenar de ojos asesinos puestos en un servidor sobre una cubierta resbaladiza por la sangre, podría ser el mejor de los remedios, ya que no hay nada más revitalizador que el intento desesperado por evitar la muerte, pero lo más cerca que estuve fue durante la 'persecución' de la USS Constitution, en donde desde un principio quedó claro que nuestras opciones eran mínimas y nos limitamos a observar de lejos la mayor parte del tiempo, como una hiena intentando hacerse con un buen pedazo de gacela en manos del león.

Tal como escribí el año pasado, recibimos órdenes de poner proa a Boston, pues nuestros servicios secretos nos informaron de que la Constitution, que estaba haciendo estragos entre nuestra filas, se disponía a zarpar con rumbo desconocido, y ya que mi fragata era la más cercana a la zona, a pesar de que nuestro potencial difiere en mucho del de nuestro enemigo, se nos encomendó la 'caza', al menos en lo que respecta a labores de información.

Tras varios días de travesía, con fortísimos vientos que nos obligó a trabajar duro a bordo, atentos a que no saltara la jarcia por los aires, en la mañana del 3 de noviembre, que amaneció con niebla y con el barómetro en plena escalada, avistamos a lo lejos dos velas rumbo sur.
Con todas las precauciones posibles, comenzamos la persecución, y dos días después uno de mis hombres, que había servido a bordo de un ballenero estadounidense, aseguró que una de las naves era sin lugar a dudas la USS Hornet. Su compañero, con sus particulares franjas negras y blancas y la majestuosidad con la navegaba era, sin lugar a dudas, la Constitution.

Sin perder el barlovento y por tanto la iniciativa, perseguimos a la pareja durante muchas millas, muy atentos durante las noches por si los americanos intentaban sorprendernos con algún tipo de estratagema. Sin embargo la Circe no era su objetivo y pudimos mantener la distancia y seguir sus movimientos, redactando en mi cabina el día a día con esmero y muchos detalles el informe al Almirantazgo.

Después de reunirme con mis oficiales en mi cabina y estudiar atentamente las cartas náuticas, llegamos a la conclusión de que los norteamericanos, a buen seguro envalentonados por sus últimas victorias, se encontraban en plena caza oceánica, a la busca de presas británicas que comercian entre ambos lados del Atlántico, pero sin suerte durante las primeras semanas mientras la Circe perseguía sus estelas. 
En algún momento intentaron sorprendernos, con burdas estratagemas para atraparnos entre dos fuegos, pero a fuerza de pasar noches en vela y con el apoyo del siempre diligente Jack Byron a mi diestra, logramos esquivar el peligro sin un solo disparo, hasta que el enemigo optó por continuar con la travesía, ignorando nuestra presencia.

El 13 de diciembre, en aguas brasileñas, avistábamos San Salvador. La Constitution y la Hornet se mantuvieron durante un par de días en la zona, de forma obstinada, lo que llamó mi curiosidad.
Ordené a Byron que tomara el cúter y algunos hombres para desembarcar fuera de la vista de nuestros enemigos e investigara en puerto mientras navegábamos arriba y abajo, a vista de catalejo.

Dos días después, pasadas apenas dos horas desde que la Constitution desapareciera por el horizonte en una mañana cargada de niebla, Byron volvió a bordo y resolvió el misterio.
En el puerto se encontraba fondeada la HMS Bonne Citoyenne, y Jack tuvo la ocasión de hablar con su capitán, Pitt Burnaby Green, que le explicó que llevaban a bordo nada menos que un millón y medio de libras.
Según le explicó, zarpó de Río hacia Inglaterra, pero apenas pasados unos días una fuerte galerna le obligó a costear hasta arrivar a Salvador y reparar graves daños en la jarcia que habrían hecho imposible la travesía transoceánica. Fue entonces cuando surgieron los dos navíos norteamericanos con sus aviesas intenciones.

Byron me contó que el comandante de la Hornet, de nombre James Lawrence, envió una carta retando a Green a un combate singular, con la promesa del comodoro William Bainbrige, a bordo de la Constitution, de no intervenir en ningún momento. "Como para fiarse de estos malditos", me dijo Jack, siempre valiente en el combate pero ni mucho menos un suicida. Green fue de la misma opinión y respondió que si bien creía que su barco y la Hornet se podrían enfrentar en igualdad de condiciones, creía sinceramente que en caso de derrota de su enemigo Bainbrigde no se limitaría a cruzarse de brazos sin intervenir. 

Una vez solventadas las dudas, Jack me preguntó, con el debido respeto, si podríamos ayudar en la huida de la Bonne Citoyenne, pero tras reflexionar, le expliqué, primero, que la Hornet tiene más potencial con sus 32 cañones que nuestros 28, y que la aparición de la Constitution (mi instinto me advertía que no debía de andar lejos) podría desequilibrar la balanza en favor de nuestro enemigo, que se podría llevar de una tacada dos embarcaciones británicas y un millón y medio de libras, con el capitán Vincent Daniels destinado de por vida a guardacostas en Cornualles.

Dos días después, el 74 cañones Montagu, con bandera de contraalmirante Hanley Hall Dixon, hizo su feliz acto de presencia y la Hornet huyó sin dilación.
Mi intención habría sido comenzar su persecución, pero Dixon me  ordenó subir a bordo para dar el informe.
Tras quedar satisfecho con mis explicaciones, me ordenó continuar con mi misión mientras él se encargaría, con su barco, de escoltar al Bonne Citoyenne hasta Portsmouth y darse así su particular baño de gloria.

De regreso del Salvador, y sin ver las velas de la Constitution y la Hornet después de muchos días, fondeamos en Halifax con la sensación de derrota y con la desagradable noticia, para colmo, de que la Constituion había derrotado y hundido a la HMS Java, lo que ha provocado que el mismo Almirantazgo haya ordenado a sus fragatas no combatir contra el barco norteamericano.

Unos se llevan la gloria, otros la derrota, mientras este servidor es un triste espectador de una historia que se desarrolla a su alrededor mientras tiene la impresión de no intervenir ni un ápice.

La única buena noticia es que volvemos a Inglaterra, cuando el viento así lo permita, pero con una sensación desoladora en las tripas. 

jueves

La soledad del capitán

En alta mar, el 2 de mayo de 1813

La guerra se acaba. ¿O debería de decir la gran guerra? Me cuesta llamar 'guerra', como tal, a la que en estos momentos mantenemos con las colonias americanas, a pesar de que la USS Constitution continúe haciendo estragos entre nuestras fragatas. Hablo de la que tiene lugar allá, en el viejo continente, con un Bonaparte cuya genialidad es lo único que mantiene vivo su imperio.

El mar es nuestro, y su asalto a los rusos se ha quedado en el intento, derrotado por el invierno ante un enemigo que ha sabido esperar su momento, al igual que ocurre en España, en donde la guerra de guerrillas ha terminado por desgastar a un ejército francés que con su potencial dividido en dos frentes comienza a replegar tropas y a plantearse seriamente en proteger su territorio.
Quién se lo iba a decir a 'Boney' cuando hace cinco años se dedicó a fusilar a unos alborotadores madrileños sin pensar que sería el germen de una rebelión y, puede, que su derrota.

Lejos de toda gloria y de grandes combates que queden para siempre inmortalizados sobre tapices que cogerán polvo en paredes de viejas mansiones, la HMS Circe, mi barco, se encuentra fondeado en la bahía de Cheasepeak en labores de bloqueo, meros testigos de las escaramuzas que tienen lugar en tierra, sobre todo en el norte.

Un tedio que es el que me impide acercarme con más periodicidad a este diario. Su hoja blanca es un
reto insondable ante mis ojos, a pesar de que trato de abrazarme a él cual salvavidas cuando todo parece estar en contra y el mero hecho de salir de la cabina cada mañana se convierte en un reto titánico. Cada rasgar de mi pluma es como el ascenso al tope del mayor en medio de un viento huracanado, especialmente por la sensación de que nunca llegarás a coronarlo y que el esfuerzo que realizas es del todo inútil.

Sin embargo, en la soledad de la cabina del comandante de una nave, rodeado de subordinados de falso afecto y que te siguen fielmente por la única razón de lucir charreteras en los hombros, contar con este diario sirve para eliminar demonios internos, 'paciente' y dispuesto a soportar estas tristes lamentaciones, y no tener así que compartirlas con cualquier persona que, tras una sonrisa bobalicona o un gesto adusto de enorme interpretación, hagan como el que le interesa lo que puedas contarle.

A todo esto hay que unir que un capitán no puede mostrar debilidad ante los suyos. Nadie quiere poner su vida en manos de un inepto, un pusilánime que pueda mostrar el más mínimo asomo de duda cuando las astillas y balas vuelan a tu alrededor buscando tu cabeza. No. He visto a cientos de marineros caer en una batalla porque su superior tuvo un asomo de duda en sus ojos, un rastro de miedo o de inseguridad. Dado que no puedo permitir que mis hombres, y en esto incluyo a mis oficiales, puedan pensar en un desmoronamiento de su capitán en el peor momento, les invito a mi cabina a cenar, comer e incluso desayunar, río a carcajadas ante cualquier estúpida ocurrencia de los comensales mientras en mi cabeza cuento los minutos esperando que todo se acabe y pueda volver a sumirme en mis pensamientos.

Me encantaría escribir de la persecución de la USS Constitution, del acoso del USS Hornet, pero no tengo fuerzas, ya estoy agotado.
Quizás en otro momento, cuando los palos no amenacen con saltar por los aires.


martes

Una batalla perdida

En alta mar, el 30 de octubre de 1812. A bordo de la HMS Circe.

Navegar a 14 nudos tiene que ser una de las grandes satisfacciones de esta vida. He estado toda la mañana en el alcázar viendo trabajar a mis hombres como si fueran uno. Los oficiales apenas hemos tenido que alzar la voz y el rebenque del contramaestre casi no ha salido de su funda. Todo eran rostros de satisfacción mientras la Circe hundía una y otra vez su proa con delicadeza, como un cuchillo cortando manteca caliente.
Sin lugar a dudas una excelente terapia tras los últimos acontecimientos vividos en el puerto de Halifax junto a Lively Caster.

Tras nuestro encuentro de hace más de una semana, y tal como me anunció, me mandó una carta en la que me invitaba a 'inspeccionar' su flota de mercantes, compuesta por menos de una decena de lentas carracas sin ningún atractivo pero sólidas y con unas bodegas enormes para transportar casi de todo, incluidos los cañones de pega para evitar a piratas y corsarios indecisos. 

Nos vimos en el muelle entre un enjambre de marinos en plena faena. Iba ataviada con un elegante vestido de fino terciopelo verde, informal y más destinado a la faena de embarcar y desembarcar que para un salón de baile. Sin embargo su elegancia y aura de belleza seguían absolutamente intactas, y nuevamente me sentí desfallecer, aunque como en esta ocasión me tomé el atrevimiento de no estar acompañado por mi teniente Byron me recompuse como pude. 


El mero hecho de imaginarnos paseando por las sombras de sus barcos, con sus estrecheces y posibilidades de contactos involuntarios (y algunos no tantos) hizo que mi cabeza diera vueltas. Durante toda la noche estuve pensando en cómo iba a declararme nuevamente al menor indicio, y creé en mi mente infinidad de finales felices con una Lively en mis brazos, perdonándole por tanto cualquier agravio que pueda haber pasado en nuestro pasado común.

Pero como si de un gorgojo brotando de la mermelada de un sabroso pastel se tratase, Lively se echó a un lado para presentarme a un nuevo némesis en mi vida: Luis Francisco Perez de Piedrasanta, "con patente para servir a mi señora y a usted", dijo en un inglés deficiente mientras hacía una reverencia.

Tras recomponerme de la impresión inicial me fijé en él atentamente. Vestía de paño oscuro y calzas verdes, con sombrero de tres picos y un pañuelo de fina seda en el cuello. Me llamó la atención ver su poblada barba negra y unos ojos oscuros que me miraban con curiosidad, y creí percibir algo de respeto mientras observaba mi uniforme, lo que me consternó sobremanera, ya que en mi estómago comenzaba a formarse un revuelto de ira que se aplacó levemente ante este sorprendente descubrimiento.

A diferencia de la mayoría de mis compañeros de armas, siento un profundo respeto hacia la historia naval española, y mis contactos con sus paisanos han sido más que buenos, como los señores don Ricardo de Castro o don Queipo de Llano, cuyo trato hacia mí fue exquisito. De este modo intenté mutar el gesto y mis pensamientos hacia el señor Piedrasanta, y traté de mostrar la sonrisa más franca que pude, aunque creo que con escaso éxito.

Y es que aunque Lively trataba por todos los medios de convertir la situación en algo natural, pude percibir que entre ambos existe algo más que una relación profesional, ya que con el paso de los años uno aprende a que puedes llegar a saber lo que piensa una persona con sólo mirarle a los ojos. 
Me explicó que el señor Piedrasanta había sido contratado para proteger el convoy, y según parece no ha sido la primera vez. Tiene a su mando un rápido bergantín de 12 cañones, el cual también pudimos ver, de bellas líneas y una cubierta razonablemente bien cuidada y preparada para cualquier acción.

Durante toda la mañana paseamos por la pequeña flota de los Caster, y respondí con monosílabos cualquier pregunta de Lively o incluso al señor Piedrasanta sobre las condiciones de los barcos, mostrándome quizás grosero (sin proponérmelo del todo) en ocasiones, ya que cada vez que me preguntaban por una cuestión naval me limitaba a responder que el propio Piedrasanta podría responderle en mi lugar, ya que al fin y al cabo lo mío era comandar naves de guerra.

Acabada la visita, Lively me invitó a comer, junto a su acompañante, en un lujoso establecimiento no muy lejos del puerto, en donde bebí más de la cuenta y presté poca atención a la conversación, absorto en mis pensamientos, con la mirada perdida y asintiendo mecánicamente cada vez que creía intuir que se dirigían a mí. 

¿Cómo he podido ser tan ciego? Es cierto que nunca he sido una persona vengativa, y tengo facilidad para olvidar los agravios, incluyendo los de índole amorosa y de amistad, que son los que más duelen, pero por otra parte la línea que separa la ausencia de rencor de la estupidez es tan fina que es mejor andarse con ojo y no exponerse a más daño masivo.

Aunque durante estos años no he permitido que la esperanza arríe la bandera, totalmente confiado en que Lively, algún día, volvería a ser mía, en ese justo momento, mientras la observaba hablando divertida con su acompañante, en absoluto reacio ante tanta atención, quizás tocándose con sus piernas o pies debajo de la mesa mientras el tonto del capitán Daniels observaba la escena sin ser consciente de tal demostración de afecto, vi clara como la vela de un navío de primera clase a menos de un cable de distancia que era hora de poner fin a la situación, la mía en concreto con esa mujer. De este modo me levanté controlando mi brazo, que quería sacar el sable y rebanar el pescuezo a ese insolente y, ante la mirada estupefacta de la pareja, me excusé con nula convicción y me marché de allí con paso casi marcial, más para mantener el equilibrio que por mostrar dignidad.

El día acabó en mi cabina, con una botella de vino a mi lado y con la orden de que nadie me molestase, observando a través del ventanal el bosque de mástiles del puerto de Halifax, un espectáculo bello tras un día gris y nublado en mi interior.

A la mañana siguiente, y con un dolor de cabeza terrible, acompañado de mi habitual mal genio matutino, se presentó a bordo un guardiamarina con un sobre lacrado con mis nuevas órdenes, que no son otras que navegar hacia el sur en busca, nada menos, que de la temible USS Constitution, ya que hay rumores de que zarpará en breve de Boston, y el Almirantazago quiere controlar sus movimientos.

Nada menos que un enemigo hecho de acero enfrente, un barco temible, pero no me cabe duda de que un final a bordo de mi fragata y abatido por un adversario tan formidable es mucho mejor que caer fulminado ante los dictados del corazón.

lunes

Un encuentro inesperado

En Halifax, el 15 de octubre de 1812, a bordo de la HMS Circe

El ser humano es un estado de ánimo constante. Un día te levantas dispuesto a abordar con 20 hombres la cubierta de un navío de primera clase y otro el mero hecho de dejar el coy atrás se convierte en la mayor de las gestas.
Los motivos pueden ser de todo tipo. Pueden tener explicación o no. Un misterio más de la compleja maquinaria que somos en donde cada engranaje podría ser motivo de estudio durante siglos. 

Pero en mi caso tienen explicación.

Llevo toda la mañana en la cabina. Aunque lo que más me gusta es tomarme mi taza de café en el alcázar, en esta ocasión Vincenzo ha tenido que servirme el desayuno en mi cabina, y no ha ocultado su gesto de preocupación al comprobar que sólo he desayunado cuatro tostadas, un poco de queso y dos huevos fritos. 
Por supuesto ha optado por no ser inoportuno y ha decidido responder a mi estado de ánimo con un respetuoso silencio, aunque mientras escribo estas líneas puedo oír crujir ligeramente la madera frente a mi puerta con bastante regularidad.

Todo esto se debe a un inesperado encuentro de hace dos días, cuando me encontraba paseando alegremente por el muelle, atento al constante movimiento de carga y descarga tanto de los mercantes que cruzan el Atlántico rumbo al viejo continente como las pequeñas embarcaciones que se encargan de abastecer a nuestra flota, que continúa bloqueando la costa de nuestro enemigo norteamericano.

Acompañado por mi primer teniente, Byron, hablábamos aún de las posibilidades de entablar un combate, a mi juicio suicida, con la USS Constitution, mientras Jack aseguraba vehemente que no había que subestimar el factor sorpresa y un ataque con decisión, cuando como si de la luz de un faro en lo más espeso de la noche se tratase, como una rosa en un campo de cardos resecos, o una bella corbeta navegando a toda vela entre una flota de carracas, pude ver, sin viso de duda alguna, el rostro perfecto y deslumbrante de mi querida Lively Caster.

Durante un momento perdí la compostura. Se me secó la garganta a gran velocidad y las piernas me fallaron lo suficiente como para que Byron me agarrara con fuerza para evitar mi caída mientras fulminaba con su mirada a todos aquellos que nos rodeaban, marineros en plena faena, y que se habían percatado de la situación. Rápidamente apartaron la vista y trataron de disimular lo mejor que podían, huyendo de los ojos fríos e implacables de mi teniente.

Una vez recuperado, mantuve un paso firme en mi encuentro con Lively, que a diferencia de la última vez que cruzamos nuestros caminos, iba sola. Agradecí que no estuviera acompañada de aquel infame 'casaca roja' que casi acabó conmigo, en compañía de sus amigos, en el callejón de 'The Piper', y del que lo último que sé es que desapareció de la noche al día sin que aún se sepa el por qué, aunque Jack siempre muestra una leve sonrisa cuando le hablo del asunto. Espero que no tenga nada que ver con su inesperada aparición a altas horas de la noche días después de la paliza, pero no me atrevo a preguntarle directamente, pues es muy discreto para sus asuntos. 

Volviendo al análisis de la psique de los humanos, es verdaderamente sorprendente la capacidad que tenemos para olvidar todas las felonías que hayamos podido sufrir en el pasado y optar por los buenos recuerdos y mantenerlos como referente tanto en personas como en situaciones. Mi falta de rencor ha sido siempre una de mis grandes (y escasas) virtudes, lo que por otra parte me ha hecho tropezar en la misma piedra más de una vez al pecar de inocente en no pocos desengaños, tanto de amistades como de romances.

Quizás el caso de Lively sea uno de estos últimos. A pesar de que aún guardo en mi corazón, como un tesoro, el recuerdo de nuestros paseos por las cercanías del observatorio de Greenwich o el disfrutar de un simple café, en inmejorable compañía, a la vista de la torre de Londres, no niego que tanto su carta de despedida como sus palabras en nuestro último encuentro debieron de bastar para arriar la bandera y buscar nuevos horizontes.

Pero toda esta teoría se desmorona ante la sola visión de esos ojos negros y profundos en donde siempre me dejo naufragar sin ningún tipo de resistencia, o esa voz más dulce que el canto de una sirena por el que me dejaría conducir como un niño manso a las mismas puertas del Hades.

A punto estuve de volver a flaquear al oír en su boca mi nombre, pero Jack volvió a estar atento y carraspeó quizás algo más fuerte de lo convenido para romper el encantamiento en el que me sentía atrapado.
Tras los formalismos de rigor y saludar con exquisita frialdad a Lively, mi teniente se marchó para ocuparse de algún asunto a bordo de la fragata, cuyo tope estaba a la vista desde mi posición.

Nuestra conversación no fue tan corta como esperaba. Me explicó que seguía al frente de los negocios de su padre, en donde el transporte de mercancías ocupa un lugar importante. Como Lord Caster, una eminencia en Londres por su vinculación a la política, es mayor y cada vez pasa más tiempo recluido en su despacho con sus libros, es ella la que se encarga de tomar las riendas, y no duda a la hora de embarcarse con las partidas más importantes al frente de auténticas flotas que cruzan el Atlántico, exponiéndose con una entereza admirable a las privaciones.

Aunque pensaba que nuestra conversación se iba a limitar a un par de preguntas seguidas de las buenas tardes, me sorprendió que Lively se encontraba inusualmente cómoda hablando conmigo, y cuando hizo una discreta mención a nuestros encuentros del pasado creí desfallecer. Por supuesto, mantuve la compostura y no me arrojé a sus brazos, ni tampoco hice el más mínimo intento de invitarla a tomar cualquier cosa durante estos días en los que la fragata estará fondeada en el puerto de Halifax, por temor a espantarla.
Pero la sorpresa fue mayúscula cuando me ofreció la posibilidad de inspeccionar, "como experto oficial y marino", las naves de su flota de mercantes, y se sentiría ""halagada" con el mero hecho de tenerme a bordo de uno de sus barcos.

Tras evitar responderle con un infantil "sí" a voz en grito en medio del trajín del puerto cuando apenas había terminado de hablar, hice una sutil reverencia para evitar que percibiera mi rubor y le respondí con un "encantado de servirle", tras lo cual se marchó regalándome la maravillosa sonrisa que me conquistó en su día.

Ya a bordo, y como si de un zafarrancho se tratase, movilicé a Vincenzo y sus ayudantes para que buscaran mi mejor traje, lo cepillasen, sacasen brillo a mi sable, botones y charreteras, y diesen forma a mi sombrero de tres picos, tras lo cual ordené al serviola que subiera inmediatamente al tope para estar atento a cualquier bote que se acercara a la Circe con la invitación de mi amada.

Un enemigo hecho de acero

Frente a Halifax, el 24 de septiembre de 1812

Mi diario. Mi mejor amigo. En este mundo de falsedades en donde nadie es quien dice ser, estas silenciosas hojas de papel se convierten en el mejor de los aliados a la hora de expresar mis sentimientos. Además, cuando yo ya no esté y se haya agotado mi último aliento, se convertirán en testigo mudo y revelador de lo que un día fui, de lo que realmente fui, si acaso he sido capaz de transmitirlo a través de mi pluma.

Aquí, en Halifax, vivo una nueva etapa en mi vida. Tras el tedioso bloqueo frente a Toulon, he cruzado miles de millas para seguir prácticamente con la misma rutina, pero con más frío y otro enemigo enfrente: los Estados Unidos.

Nuevas tensiones entre ambos países y nuestra querida patria que crea otro frente mientras 'Boney' se debilita por momentos en la vieja Europa con su guerra en España y su intento de conquistar la enorme Rusia. En ambos casos nuestro enorme potencial naval hará desequilibrar la balanza en nuestro favor, lentamente pero de forma inexorable.

A la HMS Circe la han destinado a estas aguas para reforzar el bloqueo en el Atlántico. De hecho, ayer mismo llegamos desde un largo viaje desde las Barbados escoltando un convoy de lentos cascarones que transportaban todo tipo de mercancías sin que se produjera incidente alguno, salvo alguna que otra vela en el horizonte que pronto desapareció.


Reconozco que pasé algún tiempo de angustia, sobre todo por las noticias que nos llegan de la principal amenaza yanqui en estas aguas: la USS Constitution. Se trata de un barco temible que, para nuestra sorpresa mayúscula, se ha cobrado la primera víctima entre sus filas, la HMS Guerriere.
Me relató el teniente Byron (que tiene un don para saber todo lo que ocurre en la flota) que el combate, brutal, se había desenvuelto pronto en favor del enemigo, que hizo tal destrozo que ni se molestó en llevar consigo su presa.
Además, según dicen, su casco es tan sólido que hay quién jura que es de acero, y que las balas disparadas desde la Guerriere rebotaban tras golpear sus franjas negras y blancas.

Por supuesto toda la tripulación está al tanto, y cada vez que veían asomar una mancha blanca más allá de las olas crecía un murmullo (incluso no pocos rezaban) que me obligó a pedirle al contramaestre que dejara bien visible el rebenque. 

Ahora he dejar de escribir, pesto que tengo que despedir a los capitanes de los mercantes y acabar con el papeleo antes de nuestra próxima misión. 

viernes

Adiós a un amigo

Frente a Tolón, el 24 de febrero de 1811. A bordo de la HMS Circe.

Vuelta a la rutina.
La costa francesa se ve con nitidez. Sin movimiento, como siempre. Los barcos gabachos siguen escondidos bajo la protección de las baterías mientras la serpiente amarilla y negra de navíos británicos mantiene su bloqueo, expectante, lista para atacar en cuanto el enemigo se atreva a asomar su nariz.

He pasado buena parte de la mañana en el alcázar, atento a las maniobras que he dejado en manos de Byron, muy eficiente, como siempre, y más aún cuando sabe que media escuadra nos observa.
Mientras la brisa me refrescaba el rostro y el crujir de madera y el silbar de la jarcia se convertía en música para mis oídos, he estado recreando en mi mente una y otra vez las escenas vividas en el Cementerio de Trafalgar, en Gibraltar.
Han pasado meses para que recuperara las ganas de volver a escribir en estas páginas.

Es curioso. Según he podido saber, sólo dos héroes de los que murieron en esa batalla, que ya es mítica, están enterrados en dicho lugar, ya que buena parte de los cientos de caídos fueron arrojados al mar, como es evidente. Quizás este nombre sirva de homenaje por ser el emplazamiento británico más cercano, o simplemente se trate de un cuestión de patriotismo. Por uno motivo u otro no deja de ser un lugar donde enterrar a tus muertos. Nada más.

En esta ocasión el muerto era el coronel Peter Rush. Fueron muchos los que acudieron al entierro. Personas de todo rango y condición, tanto militares como civiles, acudieron en masa a la despedida de uno de los personajes más influyentes de Gibraltar y que, extra oficialmente, había muerto en una emboscada a manos de unos bandidos.

Desconozco cuántos de los presentes conocía la verdadera historia, pero por miradas más que elocuentes, imagino que buena parte, aunque todos respetando los deseos de Peter, que antes de nuestro enfrentamiento había insistido, según he podido saber, en que el trágico desenlace no había tenido nada que ver con un duelo a quemarropa entre dos caballeros y, y eso ya es información suplementaria, ex amigos. Un auténtico drama.

Por supuesto la esposa de Peter no está ni mucho menos de acuerdo con esta versión. Aunque traté de ser lo más discreto posible, apartándome de su rubia cabellera cuanto más lejos mejor, me identificó entre la multitud, berreando como una verdulera y llorando a moco tendido, no sé si por señalar mi presencia o por, simplemente, una cuestión de modales y saber estar. El caso es que fue atendida por no pocos caballeros solícitos, y aunque ella parecía realmente compungida, también parecía estar en su salsa ante tanta atención, por lo que mi opinión sobre ella bajó aún más escaños, si acaso fuera posible.

Pronto dejé de prestarle atención, y bajo un silencio respetuoso, algunos de sus más allegados ofrecieron unas bonitas palabras de condolencia. Las que más me interesaron fueron las de mi otro ex amigo, John James, que recientemente se ha estrenado como comandante de un bonita corbeta de nombre Morpheus y que está anclada no muy lejos de la Circe. La última vez que lo vi fue en mi cabina, preocupado por el infarto que casi me mata tras nuestro duelo. No cabe duda de que ser amigo mío entraña un riesgo considerable.

Una vez hubo terminado todo y me crucé con John, nuestro saludo fue frío, creo que innecesario, como si supiéramos que no había nada qué hablar y todo lo compartido en un pasado no se mereciera más que algún pensamiento aislado en alguna noche futura de esas en las que contemplas las estrellas en un inútil intento de buscar respuestas.


Sin que hubiera nadie más que mostrara un mínimo interés por hablar conmigo, me marché del cementerio sin volver la vista atrás, deseando sentarme en mi cabina bien acompañado por una botella de coñac y mis recuerdos y sin saber que me esperaba la orden de regresar a Toulon, lejos de Gibraltar, del cadáver de Peter, de James y de tantos recuerdos.




lunes

El duelo

Carta enviada al almirante Daniels, en Bedford, el 12 de diciembre de 1811

Querido padre:


Le escribo desde Gibraltar. Ha ocurrido un hecho en verdad terrible, y han tenido que pasar varios días para atreverme a tomar la pluma y darle forma a mis pensamientos.
No se preocupe, no se trata de mi querido hermano, en plena campaña en la península apoyando a los españoles en su guerra con Napoleón. Se trata únicamente de asuntos de índole personal.


Hace unos dos meses tuve un problema con mi viejo amigo, el coronel Peter Rush, del que le he hablado a menudo. Ya sabe usted que nos criamos juntos en Bedford, aunque con el tiempo nuestros caminos se separaron, ya que mientras él hizo carrera, y con éxito, en el ejército de tierra, yo opté por embarcarme en busca de aventuras y países exóticos.
Pese a nuestra distanciamiento físico, siempre nos mantuvimos en contacto a través de nuestras cartas, y cada vez que mi nave, desde el más humilde bergantín hasta la fragata que ahora comando, echaba el ancla en Gibraltar, acudía presto a saludarle.

Ese fue el caso en nuestro último encuentro, aunque en esta ocasión no acabó con una conversación junto a su magnífica chimenea y degustando un aún mejor magnífico vino, ni en un salón de baile cortejando a las más bellas damas del lugar. No. Allí me encontré con, para mi sorpresa, su esposa, una señora cuyo recibimiento no fue de mi gusto. Además, en ese justo momento también apareció el propio Peter, cuya frialdad y distanciamiento fue aún peor.


El caso es que, de vuelta a la fragata y dispuesto a emborracharme en la soledad de mi cabina, al final opté por hacerme acompañar de mi teniente, el señor Byron, al que invité a vaciar un par de botellas en 'The Pipper'. Tras unas copas y reflexiones sobre el mundo de las amistades y las mujeres, se unieron a nuestra conversación otros oficiales para formar una tertulia a varias bandas.
Pero cometí el gran error de hablar de mi caso particular con Peter, y aunque Byron me advertía con sutiles movimientos de las cejas que era mejor callar, a esas alturas de la noche y con una considerable cantidad de alcohol en mi cuerpo, no me encontraba en condiciones de interpretarlas correctamente.


Así, al día siguiente, y con un dolor de cabeza considerable, fui visitado nada menos que por un capitán de infantería de nombre Martins que, con mucha autosuficiencia, me informó de que ejercía en ese preciso instante como padrino del coronel Peter Rush, y que éste tenía intención de batirse en duelo conmigo por las falacias sobre su persona, según sus palabras, que yo pregonaba por cada esquina de Gibraltar.


En ese momento tuve tiempo para un instante de reflexión para recordarme que, en el futuro, tendría que tener cuidado con quién desataba mi lengua. Por otro lado me maldije por mi mala suerte, ya que iba a ser la segunda ocasión en que me iba a batir en duelo con uno de mis, antaño, mejores amigos. No tuve otra opción que aceptar, y le pedí al teniente Byron que por favor ejerciera nuevamente como padrino y acordara con Martins las condiciones de nuestro encuentro, lugar, armas y todo lo demás.
Para no permitir que la noticia de nuestro duelo se propagase, se acordó que tendría lugar a la mañana siguiente, rozando el alba, en un pequeño bosque a las afueras de Gibraltar y que Peter conoce bien por sus batidas de caza. 

Apenas pude dormir y con la máxima discreción posible, bien temprano, el propio Byron remaba en dirección a la orilla en el chinchorro, en donde nos esperaba un mozo con dos caballos para dirigirnos a nuestro destino. Mientras trotaba con mi habitual torpeza, la cual se acentuaba junto al estilo perfecto de mi teniente, me vino a la mente cómo hace tres años me dirigía a mi duelo con mi amigo John James por las calles de Funchal.


Allí nos esperaba Peter, acompañado de Martins, un médico y, para mi sorpresa mayúscula, la mujer de mi antiguo amigo. El teniente Byron protestó por la presencia de una dama en semejantes circunstancias, y fue ella misma la que respondió asegurando que iría con su marido hasta las mismas puertas del infierno de una forma tan teatral como torpe que me produjo indignación y rabia.


Gibraltar comenzaba a percibirse a lo lejos. Brotaba de la bruma matinal que clareaba perezosamente conforme el sol iba asomando su dorada cara más allá del continente africano. 
Pistolas. Fue el instrumento de muerte elegido por Peter, un arma que le daba una considerable ventaja por su reconocida fama como cazador. Con el sable poco podría haber hecho contra mí, más habituado a combatir en los últimos años que él, acomodado con su puesto en tierra. Mi habilidad con la pistola se limita a sucios disparos a bocajarro sobre cubiertas en movimiento que apenas permiten apuntar con corrección.


Tras los pasos de rigor y medirnos cara a cara, tuve un momento para pensar y llegué a la conclusión de disparar al aire y permitir que Peter tuviera suficiente con herirme y saldar así nuestra disputa. Sin embargo, observé con temor cómo mi, en ese momento, enemigo, alzaba su cañón buscando algo más que mis piernas, y mi instinto de supervivencia se activó ante la posibilidad de la muerte para ser el primero en efectuar el disparo y acertarle de lleno en el estómago, mientras que su bala se perdió en las alturas.


Con el llanto de su mujer resonando en mis oídos y la imagen del médico intentando evitar lo inevitable ante la mirada perdida de mi viejo amigo, volví hacia Gibraltar en compañía de Byron y con la promesa del oficial Martins de que, tal como había ordenado el propio Peter, la versión oficial de tal fatídico final se debía a un encuentro con bandidos en el camino mientras se dirigía con su esposa a cazar perdices.
Siempre fue un caballero, hasta el final.


Esta mañana no se oía otra cosa en Gibraltar. El ataque al coronel Rush, que se encuentra gravemente herido en su casa, al borde de la muerte. Son pocos los que creen que logre sobrevivir a tan fatal herida.
Byron me ha confirmado que nadie sospecha de que haya otro motivo, aunque ni él ni yo creemos que su mujer vaya a mantenerse fiel a los deseos de su marido. Veremos qué ocurre si no cambia de opinión en el caso de que Peter fallezca en las próximas horas, algo que no deseo.


Siento escribirle para contarle tan desagradable historia, querido padre, pero quería que conociera mi versión de los hechos por si, finalmente, se llega a saber lo que verdaderamente ha ocurrido y acabo colgado de algún penol.
Por favor, no le cuente esta historia a mi querida madre y limítese a recordale que mi cariño hacia ella y, por supuesto, hacia usted, sigue tan vigente como el primer día en que llegué a este mundo.


Sin otro particular, me despido de usted siendo su más humilde y fiel servidor.

Capitán Vincent Francis Daniels, a bordo de la HMS Circe. En Gibraltar.