miércoles

La caída de Shipley


En el Hospital de los Desamparados, el 30 de abril de 1808. En Gibraltar.

¡Menudo desastre! Eso me pasa por dar por seguro algo cuando hay tantos factores a tener en cuenta que pueden desencadenar en hechos del todo imprevisibles.

Hace una semana, tal como escribí, la Circe avistaba las velas de la fragata de 36 cañones de 12 libras HMS Nymphe, al mando del capitán Conway Shipley.
Apenas estábamos a tiro de cañón mi falúa tocó agua para reunirme con él, y me recibió bastante alterado y nervioso.
Según me contaba, cerca de Lisboa habían avistado una embarcación de 20 cañones con pabellón francés y en dos ocasiones, y cuando sus hombres atacaron con botes, habían sido rechazados, con el apoyo por parte del enemigo de la batería del castillo de Belem.

El nuevo plan de Shipley era el de atacar al navío en dos divisiones, cada una de ella formada por tripulaciones de nuestras respectivas fragatas.
Tan obcecado estaba el capitán de la Nymphe por hacerse con el buque que él mismo comandaría una de ellas, por lo que me ofrecí a estar al frente de la otra, a lo que aceptó estrechándome la mano con una sonrisa satisfecha.
Esa misma noche nos adentramos en el Tajo. Yo tripulaba el cúter largo, con diez infantes de marina y veinte marineros, mientras que el primer teniente Lawyer bogaba a babor, con otros tantos y en compañía del sargento Basket. La lancha estaba a manos del teniente Byron, que pese a encontrarse un par de semanas antes en el hospital, se ofreció como voluntario para tomar parte en esta empresa.
El teniente Evans se quedó a bordo de la fragata.

La idea era esperar, ocultos en la oscuridad, hasta que viéramos las velas del navío francés, ya que según nuestros informes volverá a intentar ganar el mar.
De ese modo, y en completo silencio, con nuestras armas enfundadas en tela para no hacer ruido y amenaza de 50 latigazos para aquel que osara levantar la voz, indistintamente de si era oficial, marinero o infante, aguardamos con los ojos clavados en la silueta de los navíos fondeados en el puerto de Lisboa, que se recortaba con la poca luz de la luna oculta tras las nubes.

No pasó una hora cuando ya vimos al barco, con aparejo de bergantín, acercarse hasta nosotros, por lo que di la orden a todos mis hombres de que estuvieran preparados.
Desgraciadamente, un viento fresco soplaba con fuerza, por lo que nos resultó imposible acercarnos hasta el barco sin delatar nuestra presencia.
Para nuestra sorpresa, y cuando ya estábamos listos para el abordaje (mi división lo haría por el costado de babor), oímos una voz desde la cubierta del bergantín, que en perfecto inglés nos dijo "mis queridos amigos, habría sido mejor que no hubieran venido. Morirán si suben a bordo", a lo que siguió un vivísimo fuego.
La situación era muy delicada, ya que los cañones del castillo de Belem seguían estando demasiado cerca y comenzaron a disparar contra nosotros, y para colmo de males surgió desde la orilla una batería flotante con un cañon de 24 libras, cuyos estampidos resonaban como voz llegada desde el infierno.

No era momento para venirse abajo, por lo que con mi pistola en una mano y la otra libre para trepar por el costado del bergantín llegué a bordo del enemigo, seguido por mis hombres y todos dando vivas al Rey (yo me limitaba a resoplar por el esfuerzo).
Fuimos recibido por decenas de disparos, y el infante que me acompañaba cayó hacia atrás, hacia el agua, con un gemido, a lo que respondí con un disparo a la cara del primero que se acercó.
En un cálculo rápido vi que al menos eran cien los que estaba a bordo, y me fijé que el capitán Shipley aún no había subido por estribor.
El caos era total, con el olor a pólvora, gritos en varios idiomas y mi sable apartando golpes y encontrando algo de carne.
A mi derecha combatía el marinero Paint con furia, y a la izquierda pude ver al sargento Basket, con el mosquete a modo de maza.
Sentí un dolor intenso en el trasero y cuando me giré vi que un francés me había clavado la bayoneta. Con mi sable traté de alcanzarlo, pero Paint ya le había cortado el brazo a la altura del codo con un hachazo.
Justo en ese momento pudimos oír varios hurras, y por fin llegó el socorro, con Shipley al frente de sus hombres, asomando por el costado de estribor.

Cuando los franceses parecían confusos y todo indicaba que tomaríamos el barco, quedamos horrorizados al ver que un disparo desde la cofa alcanzó al capitán de la Nymphe en la frente, cayendo acto seguido al agua.
Tras unos segundos de confusión y con los franceses ganando moral, opté por seguir con nuestra ofensiva.
Al mando de la división de la Nymphe era el hermano del capitán, Charles Shipley, el siguiente en la jerarquía.

No soy quién para poner en duda la labor de mis compañeros, ya que cada uno cumple con su cometido de la mejor forma que puede. Sin embargo, Charles no estuvo a la altura de las circunstancias, ya que tuvo gesto fraternal pero que no se rige con su deber como oficial de la Armada de Su Majestad.
Y es que Shipley no tuvo otra idea que la de retirar a sus hombres para recuperar el cuerpo de su hermano, dejando a mi división ante un enemigo volcado y que se disponía a acabar con nosotros.
Al ver que era imposible el controlar el buque, ya que los cañones de Belem disparaban a nuestros botes, así como la batería flotante, y temiendo que no hubiera forma de volver a la Circe, ordené retirarnos sin perder cara al enemigo y concentrando parte de nuestro fuego para intentar que el cañón de 24 libras se silenciara.

Afortunadamente pudimos llegar a los botes y bogar con fuerza hacia la fragata mientras oíamos los gritos de entusiasmo del enemigo mientras intentaba no cruzar la mirada con Shipley, que ya había recuperado el cuerpo de su hermano y se dirigía a la Nymphe.
Para cuando llegamos a la fragata, cansado y dolido por la derrota, Vincenzo me avisó de que la sangre me llegaba al tobillo, por lo que fui atendido por el cirujano, que me cosió la nalga (una herida muy fea, me dijo) mientras mordía con fuerza la tira de cuero. Al terminar la operación me dormí sobre la mesa.
A la mañana siguiente me limité a enviar un mensaje a Shipley donde le daba el pésame por la muerte de su hermano, a lo que contestó que pondrían rumbo a Lagos. Nosotros nos dirigimos a Gibraltar, donde he decidido solicitar una cama en el Hospital de los Desamparados para recuperarme mientras esperamos que el señor Oliver, que continúa con sus pesquisas en la península, vuelva de una maldita vez.

No sé si me duele más el trasero o el orgullo por el desastroso incidente en el Tajo.

Amena semana


Frente al Tajo, el 23 de abril de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Apenas ha salido el sol y he decidido levantarme bien temprano.
Zarpamos ayer de Gibraltar rumbo al estuario del Tajo.
Según nos informó el paquete Nercuse, que hace la travesía Porstmouth-Gibraltar, un navío con bandera francesa de 20 cañones trata de zarpar del puerto de Lisboa mientras la fragata del capitán Conway Shipley, la Nymphe, se encuentra al acecho.
Éste ha solicitado ayuda, ya que el barco enemigo está protegido bajo el fuego de la batería del castillo de Belem.
Es por ello que, a toda vela y en un tiempo récord, con el paño y la jarcia bien tensos y la espuma salpicándonos las caras, hemos avistado la línea portuguesa, y tengo al teniente Evans, que goza de buena vista, en el tope y con mi mejor catalejo para que dé la voz cuando aviste las vergas de la Nymphe.

Tengo que decir que mi estancia en Gibraltar ha sido feliz.
Mientras el señor Oliver se marchó apenas echamos el ancla al agua, y con el aviso de que estaría al menos una semana (como mínimo) en la península, he tenido la ocasión de descansar y de disfrutar de la compañía de algunos amigos.
Antes de nada, mi sorpresa fue mayúscula cuando al segundo día de llegar se abordó con la fragata una chalupa con nada más y nada menos que con el teniente Jack Byron a bordo.
Inmediatamente lo invité a mi cabina, donde pudimos disfrutar de un clarete mientras a Jack no se le podía quitar la sonrisa de la boca al saberse de nuevo a bordo de un barco de Su Majestad.
Según sus propias palabras ya se encuentra perfectamente recuperado tras su caída del palo mayor hace ya cuatro meses, puesto que los cuidados de las monjas del hospital Nuestra Señora de los Desamparados han sido dignos de todo elogio.
Dada su mejoría, el teniente me solicitó volver a bordo, y aunque el cupo lo tengo cubierto con el señor Lawyer de primero y Evans de segundo, creo que podemos permitirnos un tercero a bordo, y aunque esto supone que Byron baja de categoría, lo ha aceptado gustosamente ya que, según me contó, "no aguantaba un día más sin poder sentir el balanceo en cubierta".

Las buenas noticias no se acabaron ahí, ya que en esta semana también recibí la visita del bueno del coronel Peter Rush, que parece perpetuamente destinado a este enclave.
A pesar de que somos buenos amigos, hacía tiempo que no teníamos la ocasión de cruzar palabra, ya que Peter no es de los que escribe, y pueden pasar meses y años sin que reciba unas líneas de su mano.
Sin embargo, apenas he doblado el cabo de San Vicente parece ser que el coronel ya tiene apostados vigías por todo el suroeste español, ya que para cuando la Circe empieza a realizar las labores de fondeo se presenta un soldado a bordo con una carta de Peter donde me invita a cenar a su lujosa casa.
Como siempre la comida y el buen vino fluyó a raudales, y con el sol asomando por el Este tras una larga noche, llegué dando tumbos al pequeño bote que uso para estas ocasiones y, sin desviarme demasiado de mi ruta, llegué al costado de babor de la fragata, a la que ascendí en el cuarto intento gracias a los fuertes brazos de Vincenzo, que surgieron de la penumbra como tentáculos de pesadilla que me atraparon y me llevaron prácticamente en volandas hasta mi coy.

Dolor de cabeza al margen, no me quejo por tanto de estos días en Gibraltar, ni mucho menos, donde sólo ha faltado, quizás, recibir alguna carta desde Inglaterra, donde aún espero noticias de lord Caster, por lo que mis paseos diarios hasta la oficina de correos siempre traen consigo un gusto amargo.

Pero no creo que esto estropee lo que ha sido sin duda una buena semana, que puede completarse quizás con la captura de la embarcación francesa con su botín.
Da la sensación de que nada puede salir mal.

Fragata mensajera


En Nápoles, el 16 de abril de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Lo único bueno de un bloqueo es el poder disfrutar con la visión de magníficos navíos, orgullo de nuestra británica armada.
De nuevo la HMS Circe forma parte de la escuadra de lord Collingwood, a la espera de que me den permiso para poner proa a Gibraltar para que el señor James Oliver comience con sus indagaciones en territorio español.
Llevamos tres días a la estela de esta pequeña gran escuadra que tiene al 98 cañones Ocean como buque insignia, en compañía del Canopus y Malta, ambos de 80, y Repulse y Montagu, de 74, que completan entre contingente apoyados por un par de fragatas y dos corbetas.

No he tenido la oportunidad de ser recibido por el propio Collingwood, por lo que he tenido que ser atendido por el capitán de bandera Richard Thomas, que en el alcázar del Ocean me explicó, con discreción y lo más alejado posible de oídos curiosos, que nuestro vicealmirante no pasa por su mejor momento, ya que sus dolores de estómago son ya insoportables, y que no es raro oírlo gritar de desesperación por las noches, las cuales las pasa en su mayor parte en el jardín, evacuando.

De hecho, su secretario se encuentra en este mismo momento redactando una carta en donde Thomas me ha dado a entender que Collingwood solicita el traslado, ya que no soporta permanecer un día más en estas aguas, a la caza del escurridizo Ganteaume, que en su persecución en las cercanías de la península itálica siempre ha logrado escabullirse sin conseguir ver siquiera sus juanetes.

Tengo al teniente Evans en cubierta con la orden de no apartar la vista de la jarcia del Ocean, ya que antes de que toquen la driza de señales desde el alcázar del buque insignia, donde me manden subir a bordo para recoger dicha carta (ya que será mi fragata la que porte el mensaje hasta la Roca), quiero que comiencen las maniobras para zarpar cuanto antes.

El señor Oliver está de los nervios, y dice una y otra vez que no puede perder más tiempo en estas aguas cuando buena parte del futuro de la guerra contra Napoleón se está decidiendo en España.
En alguna que otra ocasión ha llegado incluso a levantarme la voz más de la cuenta, y ayer se presentó en mi cabina, seguido por el infante de marina que vigila la puerta con la cara más roja que su casaca, exigiendo explicaciones.
No soy persona especialmente paciente y templada, por lo que mis gritos se pudieron oír en Porstmouth, y lo eché de mi cabina agarrándolo por la chaqueta y arrojándolo al suelo sin misericordia, avisándole de que la próxima vez que intentara algo semejante sería colgado de una verga tras consejo de guerra.

Esta mañana le he estado dando vueltas a mi cabeza, y he reflexionado sobre la necesidad de que debería de controlar mis impulsos, sobre todo con un hombre de la importancia de Oliver, con tanta influencia en el Almirantazgo y que bien podría contribuir a que me destinaran a comandar un buque guardacostas en Cornualles, a la búsqueda de contrabandistas.
He pensado incluso que debería de pedirle disculpas, ya que bien temprano me topé con él mientras realizaba mi paseo habitual en el alcázar y me ha saludado con una fría inclinación de cabeza.

En nuestro viaje a Gibraltar tendré tiempo para encontrar el momento oportuno para hablar con él, y ahora dejaré de escribir, ya que el señor Evans ha enviado a un guardiamarina para rogarme que suba a cubierta cuanto antes.

Grandes batallas

En el cabo de San Vicente, el 9 de abril de 1808. A bordo de la HMS Circe

Durante toda la mañana he estado en el alcázar observando, a vista de catalejo, el cabo de San Vicente. No he podido evitar el recuerdo de la batalla que aquí se produjo contra la armada española, con lord Nelson convirtiendo en proeza algo que rozaba la insubordinación cuando desobedeció una orden directa del almirante Jervis.

Hoy el viento sopla del noroeste, con fuerza, y ya que no hay especial prisa (cosa rara en la Armada), llevamos poco paño en la jarcia, disfrutando por tanto del viaje bajo un cielo azul con nubes gordas como vacas, vacas blancas y grises.
El color de las olas varía del verde al blanco de la espuma, y uno puede respirar con toda la fuerza de sus pulmones un delicioso aroma salado que le alegra a uno el alma.
Sin embargo, esa maravillosa alegría al saberme de nuevo en el mar no logra ocultar cierta pena ante la visión del que fuera un célebre 'campo de batalla' más para la gloriosa historia de nuestra nación.
Y es que, después de Trafalgar, no cabe duda de que los grandes combates entre escuadras que reunían muchos cientos, casi miles, de cañones, son cosa del pasado, máxime después de que Boney haya apostado fuerte por el continente y dejado de lado el mar como escenario de combate.
Ahora, nuestro dominio en los mares es absoluto, y la guerra se ha convertido más en una serie de refriegas donde los navíos de poco porte, precisamente como el que tripulo, tienen mayor importancia que los monstruos de más de ochenta cañones, los cuales se han convertido más en una muestra de fuerza que una fuerza efectiva.

Por tanto, cuando miro estas aguas, creo oír el estampido de los cañones, los gritos de los oficiales, el crujir de la madera cuando un palo se partía en dos o las voces de los artilleros cuando su bala atravesaba el costado enemigo.
Sé que hay pocas, casi nulas, posibilidades de que yo pueda comandar en el futuro un buque de 74 cañones, y menos aún de ser protagonista en un trozo de la historia, con mi navío frente a otro de fuerza pareja, resistiendo estoicamente los fulminantes ataques y en cabeza de un grupo de abordaje en busca de la bandera enemiga.
Todo esto formará por tanto parte de mis sueños, y dedicaré la realidad a tareas menos gloriosas pero, quién sabe, quizás con su relativa importancia al acabar con un estratégico fortín que protege un puerto importante, o perseguir a una fragata hasta su hundimiento que está haciendo estragos entre los balleneros ingleses.

Precisamente, ahora mismo navegamos rumbo al Mediterráneo, de nuevo con nuestro ilustre pasajero, el señor James Oliver, a bordo, que tras sus incursiones en el norte de la península ibérica para averiguar la postura de los españoles frente a la invasión francesa (aunque parece que ellos de momento no lo ven así), se desplaza ahora al sur, donde la presencia gabacha es todavía escasa, y con la intención de visitar la ciudad de Cádiz.
Por supuesto, la Circe, oficialmente, viaja por otros asuntos, siendo el elegido el de reforzar la escuadra de lord Collingwood, que en estos momentos se encuentra jugando al ratón y al gato con su homóloga del almirante Ganteaume, por lo que después de rendir cuentas con mi contralmirante volveremos a Gibraltar para que Oliver prosiga con sus asuntos.

No es lo que se dice una misión que me vaya a suponer un ascenso, pero al menos me devuelve a mi medio, es decir, al mar, lugar donde disfruto como si fuera un niño, un niño feliz jugando en el parque y creyendo que puede conquistar el mundo si se lo propone.

Sueños

En Wood Fields, el 2 de abril de 1808. Hampshire.

Llevo más de una semana sin sentarme frente a mi escritorio y no ha sido precisamente por exceso de trabajo.
Más bien todo lo contrario.
Durante todo estos días no he tenido otra ocupación que la de no hacer nada, sólo pasear y aprovechar la ausencia de Vicenzo, que ha ido a visitar a su familia, para aprovisionarme de comida en una granja cercana y celebrar su ausencia a base de abusos.

Es por ello que después de haber notado que no necesitaba los ojales extras de mi calzón, o que tras jugar el partido de criquet de los domingos con algunos de los oficiales fondeados en Portsmouth mis rodillas no protestaban durante días, he vuelto a notar mi peso, y de nuevo me cuesta subir a lomos de mi caballo (la equitación nunca fue uno de mis fuertes), el cual se dedica a dar cabriolas y girar sobre su hocico mientras clamo a los dioses y trato de no acabar en el barro.

Tampoco he recibido cartas ni noticias de absolutamente nadie, y mucho menos visitas, lo cual no deja de resultar un poco triste, y muchas veces me siento ridículo al creer oír unos cascos en el horizonte para que resulte que finalmente sólo se trate de un pueblerino que pasa a trote lento y que me saluda con un leve ascenso de barbilla.

Sin embargo, y es curioso, en mis sueños no estoy tan solo.
Durante días me despierto a media noche, extrañado de ver poblada mi cita con Morfeo con rostros de mi pasado que ya creía sumidos en el olvido y que vuelven a aparecer para hacerme recuperar sensaciones perdidas que duran lo que dura un sueño, efímeros destellos por tanto de recuerdos que se borran conforme la luz se adentra a través de las ventanas.
He llegado incluso a tomar una hoja de papel y escribir a esas personas para ver qué tal les va, saber de sus idas y venidas, por compartir experiencias del presente tras haberlas vivido hace años.
Sin embargo, después de haber escrito varias líneas, uno se da cuenta de que es mejor no darle vueltas al pasado y dejar las cosas tal como están, por mucho que el señor de los sueños se empeñe en lo contrario, por lo que la carta termina devorada por las llamas de la chimenea.

Lo mejor será esperar que lleguen por fin mis nuevas órdenes que me lleven de nuevo al mar, para poder pensar así en cuál es la mejor maniobra o dónde se encuentra el enemigo, cuestiones relativamente más sencillas que la de profundizar en el abismo de la mente y sus consecuencias.

lunes

A las puertas de una nueva misión

En Wool Fields, el 24 de marzo de 1808. Hampshire.

Hace ya varios días que estoy en mi casa al amparo de las verdes colinas esperando órdenes.
Después de nuestra incursión en el puerto de Vivero, que se saldó con una auténtica carnicería por parte nuestra y enemiga, recibí la felicitación del Almirantazgo, que me ordenó transmitirla a mis hombres.
Ya se sabe que en las altas instancias la satisfacción es proporcional al número de madres y esposas que tendrán una silla vacía en la mesa para el resto de la vida.

En estos días donde he tenido poca actividad, me he dedicado a pasear por los terrenos que rodean mi casa, con las manos a la espalda y dando lentos pasos.
No sé si es la habitual pena que me alberga después de una batalla, con la pérdida de hombres de uno y otro bando, con sus sueños y esperanzas, pero lo cierto es que últimamente agacho la cabeza más de la cuenta.
No hay mañana que dirija mi vista hacia el camino que lleva a Portsmouth esperando una carta de algún amigo o familiar, e incluso de Lively, pero como respuesta el camino sigue limpio, sin polvo que anuncie la llegada de un caballo, y me limito por tanto a continuar con mi paseo oyendo el trinar de los pájaros.

Hace tres días me acerqué junto a Vincenzo a Pompey para comprar algunas provisiones, y observé los buques fondeados con satisfacción, incluyendo a la Circe, que está recibiendo en el astillero un buen lavado de cara, renovando la cabuyería y limpiando los fondos, cuyas reparaciones están siendo supervisadas por el teniente Lawyer, felizmente recuperado (sólo cojea levemente) del incidente en la Apropos.
Después de un paseo acalorado, ya que la mañana era estupenda, con un azul intenso en el cielo que permitía ver con claridad muchas millas mar adentro en las aguas del Canal, me dirigí a Keppel's Head para disfrutar de una pinta bien fresca.

Después de los saludos de rigor a algunos oficiales conocidos, y tras vaciar la jarra de un largo sorbo apareció en la puerta la figura del señor Oliver, que se sentó junto a mí tras pedir permiso mientras lucía una sonrisa de oreja a oreja.
Hablando con la naturalidad de su oficio para no levantar sospechas, me comentó que todo parecía indicar que la fragata tendría que zarpar de nuevo hacia la península ibérica, donde a pesar de que oficialmente parece ser que a Francia se la recibe con los brazos abiertos, a nivel popular la cosa no está tan clara.
En Aranjuez un golpe de estado encubierto se saldó con el asalto a la residencia del valido Manuel Godoy, y sólo porque el Príncipe de Asturias, Fernando, se dirigió a la multitud, se calmaron los ánimos.
Esto no ha impedido que Godoy haya sido destituido y arrestado, y para colmo el Rey Carlos IV se ha visto obligado a abdicar en favor de su hijo.

Sin embargo, pese a tanto revuelvo, me decía Oliver, los franceses continúan tomando posiciones, y la fortaleza de Figueras también ha caído sin levantar un maldito sable, y tanto Murat como Dupont avanzan hacia Madrid sin oposición. Entrarán en la capital a buen seguro entre hoy y mañana.
Nuestro estado de guerra continúa, pero Oliver hizo algunas averiguaciones importantes en El Ferrol, y según parece en el norte, sobre todo en la zona de Asturias, están más que predispuestos a levantarse en armas contra el invasor francés independientemente del visto bueno de Madrid.

Desde luego al bueno de Oliver se le ve bastante entusiasmado, y arde en deseos de pisar de nuevo tierra española para proseguir con sus intentos de buscar aliados para acabar con Napoleón y su hegemonía en el continente.
De ser así no cabe duda de que será de nuevo la Circe la encargada de desembarcarlo, aunque me da la sensación de que su estancia será a buen seguro más duradera que en la última ocasión, donde apenas estuvo dos días en suelo firme.

Será cuestión de esperar qué día será el elegido para una nueva aventura en la costa española, amiga y enemiga a partes iguales.

La Apropos

En la HMS Circe, el 17 de marzo de 1808. Cerca del puerto de El Ferrol.

Hace tiempo que no tenía la energía suficiente para volver a escribir en una de las páginas de mi diario.
Un enfriamiento, un fuerte enfriamiento, casi acaba conmigo, y aunque ya estoy teóricamente recuperado, aún noto que me fallan las fuerzas, y realizar cualquier tarea supone un trabajo extra que me agota en minutos.
Este contratiempo en forma de enfermedad llegó en el peor momento, cuando habíamos zarpado de Pompey para llevar al señor Oliver al Ferrol.
En la primera noche ya comencé a sufrir mareos, y el cirujano me ordenó reposo absoluto para evitar males mayores.
Sin embargo no le hice caso, ya que se acercaba una situación delicada al tener que desembarcar a nuestro pasajero lo más cerca posible de su destino, y con el capote del mal tiempo y Vicenzo a mi diestra en el alcázar siempre con una taza de té bien caliente en la mano, me dispuse a realizar mi misión.

Pero no me esperaba lo que nos íbamos a encontrar en nuestro acercamiento a la costa.

Oliver decidió que el mejor lugar para desembarcar era en las inmediaciones del puerto de Viveiro, y en la lancha se dispuso a abandonarnos una vez más.
Pero apenas estaba a dos cables de la fragata, observé incrédulo (llegué a pensar que era por la fiebre) cómo la pequeña embarcación viraba y volvía sobre su estela.
El teniente Evans, a la caña, subió como un gato por el costado de la fragata y me informó sin poder ocultar su entusiasmo que un barco de pequeño porte, posiblemente una goleta, se encontraba en el puerto gallego enarbolando pabellón francés.
Sin perder un minuto, ordené zafarrancho y nos dispusimos para el ataque, con el señor Oliver con gesto contrariado al toparse con un nuevo obstáculo en sus planes.

Fuimos recibidos por fuego de baterías de dos pequeños fuertes: el de la derecha con ocho cañones de 24 libras, y el de la izquierda otros cinco del mismo calibre.
Ya que para la fragata resultaba imposible mantener a raya ambos frentes, ordené sendas partidas para neutralizarlos, maldiciéndome por estar demasiado débil para tomar mi sable y encabezar una de las expediciones.
El teniente Evans se dirigió al de la izquierda, y el teniente de infantes de marina Basket al de la derecha, con nuestra batería disparando sobre el primer fuerte, en teoría el de mayor potencia.

Ambas lanchas llegaron a su destino. Basket y sus hombres, no sin esfuerzo, lograron adentrarse en el fortín, y tras dura lucha lograron silenciar sus cañones, acabando con los españoles, que se batieron en retirada tras haber defendido por encima de sus posibilidades la posición.
El teniente no tuvo tanta fortuna, ya que su desembarco no fue sencillo dada la oscuridad de la noche y el fuego de mosquetes que llegaba desde las alturas. Finalmente optó por dar media vuelta y volver a la fragata, que con el otro fuerte ya silenciado lograba mantener a raya el que quedaba en pie, con sus cañones disparando a cada minuto con menor precisión y entusiasmo.

Era el momento de enviar al primer oficial Lawyer, que se ofreció voluntario, a abordar el barco francés, y allá fue con unos cuarenta hombres y en compañía del segundo del piloto, el señor Blond.
Fueron recibidos con hostilidad desde la cubierta francesa, con una fiera resistencia al contar con 70 franceses armados que no pudieron evitar el asalto de mis hombres.
Desde mi posición podía distinguir la cruda lucha a bordo, y a cada destello de luz de las detonaciones de los mosquetes y pistolas veía a unos y otros caer.
Después de hacer suyo el fuerte, el teniente Basket y sus hombres volvieron a la lancha y a bogar con frío para socorrer a sus compañeros, pero no llegarían a tiempo.

Cuando parecía que el buque sería nuestro, una potente explosión nos sobresaltó a todos, y una enorme columna de fuego se extendió como un géiser infernal que casi me hizo caer dado mi débil estado.
El navío francés se fue al fondo al instante, y para mi horror con buena parte de mis hombres a bordo. Hasta el fuego del fortín se detuvo y no volvió a reanudarse.

Según me relataron los supervivientes, los oficiales franceses de la goleta, de nombre Apropos y montando ocho carronadas de 12 libras, optaron por incendiar el barco al tener información importante en forma de despachos.
El balance en ambas partes ha sido trágico, ya que por nuestra parte murieron veinte hombres, quedando muy heridos también Blond y Lawyer.
Por parte francesa rescatamos a los pocos que no quedaron afectados por la explosión, apenas una decena.
Este hecho trágico, sumado a mi enfermedad, me ha tenido delirando en el coy tres días, por lo que ha sido el teniente Evans el encargado de llevar cerca de Ferrol al señor Oliver, que se despidió de mí en lo que parecía un sueño.

Hoy me encuentro mejor, he paseado por el alcázar, saludando a mis hombres, muy abatidos por la pérdida de compañeros, y he visitado en la enfermería a Blond y Lawyer, que se recuperan felizmente y a los que propondré ascender en mi informe.
Esta noche nos acercaremos a la costa, pues es la primera cita con Oliver.
Creo que ya hemos tenido contratiempos suficientes en este viaje, por lo que espero que no haya más sorpresas desagradables.

Otro intento

En Porstmouth, el 10 de marzo de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Una vez más vuelvo a pisar las familiares maderas de mi fragata.
Después del fracaso en la misión de San Sebastián (de la cual no he recibido ningún tipo de recriminación oficial), se me ha ordenado de nuevo transportar al señor Oliver en un viaje de semejantes características, aunque en esta ocasión viajaremos más al oeste, concretamente a Ferrol, donde mi ilustre pasajero quiere seguir con sus indagaciones.

Después de nuestro enfrentamiento con las cañoneras, me han entregado otra vez el mando de la Circe, de mayor potencia que la Ranger y que no pierde demasiado en cuanto a su capacidad de maniobra y velocidad.
Además, una vez más cuento con mis hombres de confianza para una misión que puede resultar igual de peligrosa o más si cabe, ya que, en primer lugar, todo lo que sea estar cerca de la costa gallega y del Cabo Finisterre supone un gran riesgo dadas las condiciones climatológicas, y en segundo y no menos importante, Ferrol sigue siendo una de las bases militares principales del país, por lo que su vigilancia será a ben seguro muy exhaustiva.

Dado que el señor Byron continúa convaleciente en Gibraltar (no tengo noticias suyas pero así lo supongo), me han enviado como nuevo primer oficial al señor John Lawyer, al que aún no conozco en profundidad pero que me ha causado una buena impresión, ya que parece bastante competente y no tiene los aires de suficiencia que he visto tantas veces en los oficiales, aunque sean de un rango inferior, de la Armada de Su Majestad.
Zarparemos mañana por la mañana, en cuanto suba la marea, y pondremos rumbo a la costa gallega.

Me habría gustado pasar más tiempo en tierra, ya que aún espero con ansia noticias desde Plymouth y mi querida Lively, por lo que he pasado gran parte del día en el alcázar observando el puerto mientras, a mis espaldas, mis hombres se encargaban de subir a bordo las provisiones en forma de agua, alimentos y pólvora, para esta nueva travesía.
He pensado escribir una carta por si no volviera vivo de esta misión (tengo un mal presentimiento), por lo que me pondré con ella en cuanto tenga tiempo para entregarla a un hombre de confianza o, en un caso drástico, al enemigo que acabe con mi vida y tenga la humanidad suficiente para cumplir mi última voluntad.

viernes

Murguita

En la HMS Ranger, el 7 de marzo de 1808, en aguas del Canal.

Hoy luce un cielo azul que parece recién pintado, con mucho sol en las aguas del Canal y que contrasta con las tensiones vividas en estos últimos días.
El martes, aprovechando que no había luna y por consejo del señor Oliver, nos adentramos en la costa española, cerca, quizás demasiado para mi gusto, de San Sebastián y de sus temibles lanchas cañoneras, que ante una embarcación de nuestras características pueden resultar mortales.

Dado que las tropas francesas marchaban a paso ligero hacia la ciudad, Oliver insistió en que lo desembarcara lo más cerca posible para no perder más tiempo, por lo que a instancias de nuestro piloto, a bordo para esta misión y con el que estuve toda la noche del lunes estudiando los mapas de las inmediaciones de San Sebastián, pusimos en facha la corbeta frente a la ensenada de Murguita, esquivando el destello blanquecino de un faro que se convertía al mismo tiempo en aliado y enemigo.

En un tiempo record arriamos la lancha y el señor Oliver se perdió en la oscuridad junto a mis hombres, previo aviso de que lo recogiera a la noche siguiente o, de no aparecer, el jueves (ayer).
Sin mutar el gesto, me dijo que en el caso de que no estuviera tampoco en la segunda cita volviera a Inglaterra y entregara una carta a su esposa, en Liverpool, si fuera tan amable.

Los días se me hicieron largos. Ya que el primero, y tal como temía, no apareció la señal acordada en la playa (dos movimientos arriba, dos abajo, uno a la izquierda, con el farol), por lo que después de poner las velas en facha volvimos a alta mar, con funestos pensamientos en mi cabeza y tratando de evitar por todos los medios plantearme cómo iba a encontrar a la señora Oliver.
El segundo tuvimos problemas.
La luna surgía con timidez entre las nubes negras y el faro parecía iluminar toda la ensenada cual Argos.
Además, uno de los serviolas advirtió lo que parecía ser una mancha blanca que bien podrían ser velas doblando la punta de Mompás, por lo que hasta que no estuve completamente seguro de que había sido una ilusión no me decidí a acercar más la corbeta a la costa.

El retraso me hizo temer lo peor, ya que me atormentaba el pensar que Oliver, ante nuestra tardanza y por miedo al alba, hubiera decidido marcharse.
Pero no fue así, y cuando comenzaba a palpar la carta de Oliver, en mi chaqueta, un destello en la orilla y la correspondiente confirmación arrancó algún hurra a bordo que fue tajado a golpe de rebenque por nuestro contramaestre.

Lancha al agua, boga con fuerza y el bichero que volvía a enganchar, fue todo uno, y Oliver, con ojeras hasta las mejillas, se encontraba de nuevo a bordo a la vez que le entregaba con una profunda satisfacción la carta.
Pero fui demasiado optimista.
El grito de Paint en la cofa y la columna de agua que surgió a babor se sucedió en un momento.
Ordené zafarrancho y sin saber a qué nos enfrentábamos ya orientábamos las velas para salir cuanto antes de aquella ratonera.
Los zumbidos de las balas que sólo daban al agua se seguían sucediendo, y cuando las velas estaban bebiendo viento y mis artilleros en sus puestos dirigí mi catalejo hacia punta Mompás, donde puede ver cuatro mástiles bien separados y que trataban de cerrarnos la salida. Las temibles cañoneras.

Respondimos al fuego con fuego, nuestros cañones babor, aunque no llegaron a alcanzar su objetivo, al menos mantuvieron a raya al enemigo, que maniobró con prudencia y, todo sea dicho viniendo de españoles, con una excelente eficacia, para evitar daños y un enfrentamiento directo.
Afortunadamente para nosotros no se enfrascaron en una persecución, y por un momento tuve la sensación de que sólo buscaban ahuyentarnos, ya que al observar a la más cercana de las embarcaciones pude ver a un oficial, en la proa y al lado del cañón de al menos 24 libras, saludarnos con el sombrero.

Ya en alta mar, intenté hablar con el señor Oliver, que amablemente me dijo que prefería descansar, por lo que no fue hasta esta mañana, en el desayuno, cuando he tenido la oportunidad de hablar con él.
Sin vino en la mesa, me ofreció pocos detalles y se mostró bastante reservado, malhumorado, diría yo. Me dijo que no pudo hablar con nadie, ya que para cuando cruzó las murallas de la ciudad las campanas sonaban con fuerte repicar al anunciar que las tropas francesas ya estaban listos para el asalto.
Por tanto lo único que pudo hacer fue darse la vuelta e intentar salir de San Sebastián cuanto antes y sin ser descubierto, ya que la ciudad se rindió el mismo miércoles sin disparar un tiro por miedo a las represalias.

Alrededor de la ciudad había muchos franceses, y Oliver me dijo que tuvo que dormir la noche en una pequeña finca tras pagar una cifra astronómica al dueño, que lo recompensó con buen queso y vino tibio.
Al caer la noche, ocultándose entre los árboles y los arbustos, llegó hasta la orilla para volver a salvo a nuestro barco.
No quise preguntar más y nos dedicamos a terminar con nuestro desayuno en silencio, proa a casa por tanto y con la sensación, ya que también estoy implicado, de haber fracasado.

lunes

William J. Oliver

A bordo de la HMS Ranger, el 3 de marzo de 1808. En las aguas del Canal.

Vuelvo a tener una misión.
Hace dos días, cuando dormía (noche cerrada), me sorprendió un fuerte golpeo en la puerta, y sable en ristre acudí plenamente convencido de que Napoleón había desembarcado en el Támesis.
Cuando abrí, escoltado por Vincenzo, armado con un cuchillo para cortar pollos, nos encontramos con el gesto cansado de un mensajero acompañado a pocas yardas de un caballo negro que resoplaba con esfuerzo.

Cuando aún oía el galope perderse en la noche leí a toda prisa el mensaje, donde me ordenaban volver de inmediato a Porstmouth, donde debería de tomar el mando de una ágil corbeta, la Ranger, de 16 cañones.
Apesadumbrado al pensar que me habían degradado, viajé a toda prisa y en un tiempo record me encontraba en Pompey, donde subí a bordo de mi nuevo barco, de escaso porte pero elegantes líneas,
Toda la tripulación y los oficiales estaban preparados y me recibieron con gran respeto, ya que no es común que alguien de mi rango comande un buque de semejantes características.
El primer oficial, con no mucho más de veinte años, me recibió muy solemne, y me entregó un sobre que había llegado poco antes que yo.
El teniente Tyler, que así se llamaba, me informó que sólo podía abrirlo cuando hubiera zarpado, según habían ordenado, y observé el lacre cerrado con mucha curiosidad.
Las luces del alba nos saludaron con la Ranger deslizándose suavemente a babor de la Isla de Wight, y se me hizo muy raro dejar atrás Portsmouth sin ocupar el alcázar de mi querida Circe, a la que echo mucho de menos, sobre todo su cabina, que si bien podría ser una pequeñez al lado de cualquiera de un navío de línea, era no obstante un auténtico palacio comparado a esta pequeña ratonera que ahora ocupo.

Vincenzo, que me ha acompañado, apenas habla y se le ve muy triste, aunque no ha perdido el tiempo y se ha adueñado de la despensa y ha convertido en su nuevo siervo al cocinero, cuyo nombre desconozco.
Una vez comenzamos a navegar con viento suave del noreste, rompí el lacre para leer rápidamente las instrucciones, y grande fue mi sorpresa cuando me informaban que lo único que tenía que hacer era transportar a un pasajero hasta la costa norte de España, cuyo punto exacto me lo comunicaría en persona él mismo, que responde al nombre de William J. Oliver.

No estoy acostumbrado a este tipo de misiones, e invité a cenar a este tripulante especial que merece, nada más y nada menos, viajar escoltado por un buque de Su Majestad.
Aunque no había tenido tiempo de revisar la despensa dado lo apresurado de nuestra marcha, Vicenzo se las apañó para encontrar un par de deliciosas botellas de vino y chuletas en gran cantidad, por lo que mi invitado disfrutó de la comida mientras a mí me servían, cómo no, acelgas hervidas con un chorrito de aceite.
Oliver, de unos cuarenta años, demostró ser un hombre bastante reservado, de pocas palabras y mirada inteligente, y nuestra conversación fue de lo más banal, hasta que las copas se fueron vaciando frente a él mientras yo bebía a pequeños sorbos un zumo de uvas a la vez que fulminaba con la mirada a un victorioso Vincenzo.

Oliver me explicó que viaja a España para realizar una serie de averiguaciones, y me puso al tanto de la situación que vive el país.
Según parece, las tropas francesas, al mando desde hace poco más de una semana del mariscal Joachim Murat, han tomado las ciudades de Pamplona y Barcelona, y ahora se dirigen hacia San Sebastián, a donde llegarán en un par de días, según me relató. Éste, precisamente, es el destino escogido por este señor.
Me dijo que en ambos casos las tropas españoles no habían ofrecido ninguna resistencia, y habló con términos poco amables de los españoles durante buen rato, momento que aproveché para hacer volar la imaginación y dedicar mi pensamiento a mi querida Lively, allá en Halifax, quizás en los brazos de un rico comerciante o un oficial de alto rango.

El fuerte carraspeo de Vicenzo me sacó de mi ensimismamiento, y mientras me preguntaba si habría cometido la descortesía de cerrar los ojos, Oliver, con la segunda botella vacía, me explicó que su misión no era otra que la de informarse si los españoles estarían interesados en buscar la alianza de nuestra nación (aunque ambos seguimos en guerra).
Para cuando al señor Oliver apenas se le entendía, y empezó a hablar de la labor de Su Majestad el Rey Jorge en términos poco amables, decidí que era el momento adecuado para una estratégica retirada.
Tras estrecharme la mano, mi invitado me dijo que desembarcaría en la noche de hoy, y además me dijo que sería muy amable si esperara su regreso, el cual se llevaría a cabo en poco más de un día.
No me hace mucha gracia el navegar cerca de una costa enemiga, ya que la costa española, sobre todo en el norte, está plagada de pesqueros que pueden dar la voz de alarma y obligarnos a poner proa al norte, dejando atrás al señor Oliver, lo cual, tengo la impresión, no le resultaría muy agradable dado sus conocimientos.

Wood Fields

En Wood Fields, el 25 de febrero de 1808. Hampshire

Hacía bastante tiempo que no me sentaba tranquilamente en mi propia casa para escribir algunas letras.
Tal como tengo costumbre, he pedido a Vincenzo que coloque el escritorio fuera de la casa, a pocos pasos de mi pequeño jardín, para disfrutar de este día entre soleado y nebuloso, con los campos verdes ante mi vista y, no muy lejos, el destello plateado del mar.
La Circe se quedó fondeada en Spithead, y a la espera estoy de que me vuelvan a embarcar en ella o, quién sabe, entregar un nuevo mando.
El caso es que estoy aprovechando estos días para descansar después de tantos días lejos de mis cuatro paredes, con largos paseos por los campos que rodean mi pequeña casita, respirando un aire diferente del que se puede disfrutar en el alcázar, pero casi igual de agradable.

Pensaba que al pisar tierra podría tener un respiro en cuanto a la dieta dado que mi cirujano se ha quedado lejos de mí y, por tanto, sin posibilidad de vigilarme. Sin embargo, ha dejado como vil secuaz al sodomita de Vincenzo, el cual podría impartir clases de bloqueo en la Armada, ya que de ser almirante estoy convencido de que los franceses se habrían rendido hace años.
Ha escondido todo lo apetitoso que pudiera haber en la casa, y cada vez que se marcha a buscar comida a las granjas vecinas, siempre trae consigo todo tipo de verduras y leche, lo cual me produce indignación.
Más de una vez le he gritado que se deje de tanta leche y que, en cambio, me traiga la vaca, pero parece ser que el estar lejos del barco me resta autoridad, por lo que me siento abatido ante el yugo de éste mi Argos particular.

En otro orden de cosas, y tal como me prometí, antes de venir a casa y al poco de atracar en Porstmouth, tomé un coche de caballos hasta Plymouth, tal era mi deseo de hablar con mi querida Lively.
A mi llegada a la residencia de su padre, Lord Caster, me encontré con una seria resistencia en la puerta, ya que el mayordomo, un tipo gordo, de cara rosa y ojos minúsculos, al que nunca le gusté y nunca me gustó, me esperaba.
Me di cuenta al momento de que Lively había dado a conocer nuestra situación de alejamiento, ya que el 'centinela' puso gesto serio y me dijo que la señorita no se encontraba en casa.
Tras un minuto donde fui paciente, agarré al mayordomo y lo lancé a uno de los setos bellamente recortados que se encuentran junto a la puerta. A continuación entré a grandes zancadas, con los brazos separados del cuerpo, casi en cruz, ya que sabía que de rozar mi sable el instinto me haría sacarlo y degollar al primero que se acercara.

Y sí que se acercaron. Uno de los mozos de cuadra, muy fuerte y casi tan grande como yo, tras titubear una disculpas, trató de detenerme, y ante la aparición del mayordomo, que daba gritos de cochino asustado, ganó moral e intentó agarrarme. Dos sirvientes más aparecieron de no sé donde, y se me echaron encima como hienas.
¡Cómo eché de menos a uno de mis bravos marineros a mi lado, listo para proteger su capitán!
El combate fue titánico.
Uno de los sirvientes quedó pronto despachado, ya que de una patada lo mandé rodando bien lejos, pero el otro y el mozo de cuadras casi me inmovilizan, y eso que éste había recibido un puñetazo que lo tenía sangrando por debajo de la barbilla.
Cuando por fin logré deshacerme de ellos (250 libras en movimiento no las detienen cualquiera) y comencé mi persecución al mayordomo, apareció Lord Joseph Caster, con gesto de sorpresa ante tanto jaleo.
Inmediatamente me detuve, resollando, con el rostro encendido, la camisa manchada de sangre (alguien me alcanzó en la ceja) y, gracias a dios, el sable en su sitio.
El padre de Lively, tal como tenía por costumbre cuando estaba en casa, apareció en batín, y me miró entre enfadado y asombrado, pero pronto se recompuso para invitarme a tomar con él un vaso de leche caliente (sólo bebe eso) en su estudio.

Sus criados me dejaron marchar, visiblemente agradecidos, y Lord Caster, tras sentarse en su butaca favorita, muy cerca de su perro de nombre Stinky (ambos son inseparables), me contó que, efectivamente, Lively no se encontraba en casa, ya que había viajado a Halifax a atender, personalmente, unos negocios de la familia. Él mismo no había podido ir al encontrarse debilitado por unas dolencias en las manos, no siendo recomendables como curas travesías transoceánicas.
Tras meditar unos instantes y sentir la mayor de las vergüenzas de mi vida, me marché tras rogarle disculpas a Lord Caster, que amablemente me dio su palabra de que escribiría una carta a Lively en mi favor pero con la promesa de no ser tan efusivo en el futuro, al menos siempre que corriera riesgo la integridad de las personas a su servicio.

De eso hace ya tres días, pero no lo puedo quitar de mi cabeza, y me siento avergonzado, mucho, y Vicenzo, que tiene poderes y sabe exactamente qué ocurrió pese a no haber estado allí, trata de dejarme solo en la medida de lo posible, exceptuando la hora de las comidas, cuando aparece con el plato de coles hervidas.

Mañana viajaré hasta Porstmouth para pasear por el puerto e informarme del estado de la guerra.
Según parece Francia prosigue con su avance lento pero seguro en España, hasta tal punto de que ya ha tomado una ciudad, Pamplona, en el norte de la península.
No cabe duda de que en el continente las tropas de Boney siguen siendo muy superiores al resto, por lo que creo que a esta guerra aún le queda mucho camino por delante.

miércoles

A casa

Frente a la costa de Portugal, el 21 de febrero de 1808, a bordo de la HMS Circe.

Volvemos a casa.
Después de abandonar Gibraltar tras la captura de la cañonera francesa, nos reunimos con la escuadra de Lord Collingwood, frente a Tolón.
Apenas habíamos visto el casco del impresionante Ocean (a medio cable del Canopus, que lucía un aspecto magnifico con las juanetes largadas para mantener la formación con el 98), desde el insignia se me ordenó que subiera inmediatamente a bordo, donde fui recibido por el capitán Richard Thomas, que disculpó la ausencia del Lord, ya que se encontraba indispuesto, aquejado de fuertes dolores estomacales.
Al margen de su enfermedad, Thomas me informó de que Collingwood había sufrido en todo su cuerpo ante la noticia de que, según parece y aprovechando la tempestad que ha asolado el mediterráneo durante estos días, dos fragatas francesas, la Pénélope y la Thémis, habían superado el bloqueo.
Esta noticia había sentado como un auténtico jarro de agua fría en la escuadra, y las ojeras del capitán del Ocean me dejaron constancia de que tal error no se había producido por falta de esfuerzo.

Tras una conversación banal, Thomas me entregó las órdenes firmadas por el propio Collingwood, en las cuales se señalaba que la Circe debía de volver inmediatamente a Inglaterra, ya que es necesario reforzar nuestra posición en el Báltico con embarcaciones veloces. Sin más me despedí con un apretón de manos, y pude adivinar en los ojos de mi superior una mirada de envidia.

Ahora mismo navegamos con viento a la cuadra, y la fragata se desliza velozmente, con suaves cabeceos bajo un cielo azul, precioso, salpicado de nubes blancas y grises que dejan caer algunas finas gotas que son recibidas con alegría a bordo.
La moral es alta, ya que la captura de la cañonera fue una gran satisfacción para todos, y además ahora la dotación está ansiosa por volver a casa y ver a los suyos.

Por mi parte me alegro de tener la oportunidad de pisar mi tierra, estar en mi casa y comprobar que todo está en orden, y ante la posibilidad de poder visitar a mis padres en Bedford, a los que tanto echo de menos.
Menos agradable es pensar que volveré a estar cerca de mi amada Lively, a la que no consigo borrar de mi pensamiento pese al desprecio que mostró en su carta.
No puedo soportar la idea de que me haya dejado en la estacada, sin más, con unas breves líneas enviadas por un mensajero. Yo soy de los que gusta afrontar la alegrías y los fracasos personalmente, y me estoy planteando muy seriamente viajar a caballo o en coche hasta Plymouth tras arribar en Pompey, y presentarme en su residencia y exigir que me reciba.

Si me echan por las bravas, haré todo lo posible por intentarlo de nuevo, y estoy seguro de que no me faltarán brazos de marineros a mi mando que quieran ayudarme para tomar la casa a la fuerza, si se diera el caso.
Hemos podido con buques de mayor porte que el nuestro. Una serie de criados cuellitiesos no significarán ningún problema.

Sé que no es el mejor método, y que hay que ser ante todo un caballero y guardar las formas, pero mi corazón está por delante de mi saber estar, y en estos momentos me pide que vuelva a estar frente a frente con Lively, con la que sueño cada noche.
Sólo si ella misma, con palabras salidas de sus preciosos labios, me pide que no vuelva a verla más, en tal caso me marcharé con la cabeza bien alta pero, para qué mentirme a mí mismo, con el alma abatida.

viernes

La cañonera francesa

En Gibraltar, el 15 de febrero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy es un buen día. El cielo está azul y el mar algo gris, recobrando su color verde después de que el Estrecho haya sido azotado por el furioso levante durante una semana, algo que no recuerdan los más viejos del lugar.
Tal era la fuerza del viento que ninguno de los navíos ha podido levar anclas en todo este tiempo, e incluso el paquete español que hace el trayecto Algeciras-Ceuta tuvo que refugiarse en nuestro puerto después de estar a punto de irse al fondo.
Tras revisar detenidamente la correspondencia y comprobar que no había oficiales a bordo, se ha puesto en libertad a su tripulación e incluso al pequeño jabeque, el cual ha zarpado esta misma mañana con poca vela, temeroso de que algunas de las cientos de bocas de fuego que erizan los navíos de Gibraltar traspasara sus cuadernas sin previo aviso.

En cuanto a nosotros y nuestra presencia en el Tajo, no vimos barcos rusos, ninguno, aunque la remontada del río por parte del segundo del piloto, el señor Blond, a bordo del cúter, con el guardiamarina Evans en la lancha, fue digna de ser mencionada en La Gazette.
Después de dejarlos lo más cerca posible de la costa sin poner en riesgo nuestra posición, tanto por la posibilidad de ser descubiertos como por exponer demasiado la fragata, ya que el viento seguía soplando con fuerza, nos adentramos en alta mar.

Bogando con brío, con olas de tamaño considerable, ambas embarcaciones se alejaron para fundirse con la noche mientras yo me limitaba a observarlos desde el alcázar. Lo último que vi fue al señor Blond ponerse de pie y saludarme con el sombrero, haciendo gala de un equilibrio memorable.
Aquí transcribo el informe redactado por el propio suboficial:

Pasadas las doce de la noche, y una vez dejamos atrás la fragata que V.E. comanda, comenzamos a bogar con brío para acercarnos lo máximo posible a Lisboa, sin largar la vela en ningún momento para pasar lo más desapercibido posible. Era noche cerrada y sin luna cuando, según mis cálculos, nos encontrábamos cerca, muy cerca de la ciudad, a vista del fuerte San Pedro, exactamente entre la torre de Belén y la batería de San Julián.
Apenas habían pasa
do unos minutos cuando uno de los hombres a mi mando señaló muy cerca nuestra, quizás demasiado, la presencia de una cañonera que enarbolaba bandera francesa.
Traté de actuar lo más rápido posible y ordené su inmediato abordaje.
La resistencia fue dura, muy dura, con fuego de mosquetes desde la cubierta y algún disparo de un cañón de seis libras que no dio en el blanco (más tarde comprobamos que el armamento se completaba con su gemelo y un cañón de 24 que no fue disparada por falta de tiempo). Nos dividimos en dos, y mientras mi grupo atacaba por babor, el comandado por el señor Evans (cuya labor fue diga de mención) atacó por estribor.
El combate en cubierta fue encarnizado, con brava resistencia francesa, ya que el enemigo perdió tres hombres (uno de ellos abatido por un disparo a bocajarro del marinero Paint) y fueron heridos nueve hombres. Una vez su capitán, el señor Gaudolphe, rindió el barco, cortamos las anclas y nos alejamos río abajo.
Las baterías reaccionaron demasiado tarde y sus disparos no nos alcanzaron, exceptuando algún balazo en el paño sin mayores consecuencias. Así logramos abandonar la ciudad, y al alba vimos en el horizonte las gavias del navío que V. E. comanda, para satisfacción nuestra.
Es un placer informarle de que no hemos tenido bajas entre nuestros hombres, y permita que destaque la labor de los nombres reflejados en la lista que le entrego a continuación:

Martin Evans, guardiamarina
John Paint, marinero de primera

William Gaiman, segundo del contramaestre

Arthur Rosh, ayudante del carpintero


Un informe realmente bello y que merece estar en las páginas de mi diario.
No cabe duda de que propondré el ascenso de Blond, y dado que ahora estamos faltos de oficiales el señor Evans es teniente en funciones, noticia que ha recibido con gran alegría.
Después de una noche de celebración, ya en Gibraltar, con mi cabina más alegre que de costumbre, hoy disfrutamos de un merecido descanso, aunque pronto tendremos que levar anclas para reunirnos con la escuadra de Tolón de Collingwood.
Llevaremos correo, lo que pondrá de muy buen humor a los oficiales, lo suficiente, espero, para que nuestro contraalmirante tenga a bien enviarnos a Inglaterra y no someternos a la rutina del bloqueo.

Ahora bajaré a tierra para visitar al teniente Byron, en el hospital de la Virgen de los Desamparados, para darle las noticias de nuestra incursión en Lisboa, las cuales serán recibidas a buen seguro con satisfacción.

lunes

A vista del Nercuse

A la atención del Almirante Daniels, en Bedford (Inglaterra). Del capitán Daniels, frente a la costa de Portugal, a bordo de la HMS Circe, el 11 de febrero de 1808

Querido padre: Aprovecho que hemos avistado en el horizonte el inconfundible palo mayor (levemente inclinado hacia atrás) del paquete Nercuse para escribir apresuradamente estas líneas. Nos encontramos frente al estuario del Tajo, ya que hemos recibido informes de que la escuadra rusa se dispone a abandonar Lisboa. De momento no hay movimiento, quizás debido al temporal que hemos tenido que sufrir durante estos días, especialmente cuando nos encontrábamos más cerca del cabo San Vicente, ya que las aguas del Estrecho eran una furia.

Tras varios días capeando el temporal, hemos vuelto a la tranquilidad, aunque l
as olas siguen siendo grandes, lo que provoca grandes cabeceos en la Circe. Por tanto hemos vuelto a nuestra posición, frente al Tajo, aunque después de tantos días sin saber nada de velas en el río he decidido enviar el cúter y la lancha con el segundo del piloto, el señor Blond, al mando. Remontarán el río hasta llegar a la misma Lisboa, una misión arriesgada pero que estoy seguro de que se llevará a cabo sin problemas, ya que el suboficial al mando ha probado en numerosas ocasiones su valía, tanto a la hora de poner firmes a los marineros como al enemigo.

El señor Evans me acaba de informar que el
Nercuse ha puesto las velas en facha, y entregaré la carta para que llegue hoy mismo a Inglaterra. Siento lo breve, muy breve, de estas líneas. Espero que tanto usted como mi querida madre se encuentren bien. Por mi parte no sé cuánto tiempo seguiré a las órdenes del contraalmirante Collingwood, pero en cuanto me liberen del servicio en Tolón (ya que oficialmente sigo a sus órdenes) trataré de visitarles.

Se despide más su hijo enviándolo el más caluroso de los saludos.

miércoles

Correo

En Gibraltar, el 6 de febrero de 1808, a bordo de la HMS Circe.

Se nos ha ordenado zarpar en cuanto sea posible, y afortunadamente la fragata ya está lista en el fondeadero, al menos en cuanto a las reparaciones se refiere, ya que aún falta subir los barriles de pólvora y agua a bordo.
Nuestra misión consiste en poner proa al estuario del Tajo,ya que, según nuestros informes, navíos rusos anclados en Lisboa podrían zarpar en breve, por lo que la Circe, la embarcación más rápida que se encuentra en estos momentos en Gibraltar y con opciones de soportar alguna andanada de un navío de línea, es la más adecuada para esta misión.

Esta mañana, mientras mis hombres se encargaba de realizar las labores de aprovisionamiento, me dirigí raudo, correteando por las calles de esta pequeña gran ciudad, en busca de la oficina de correos, ya que he escrito una carta para mi hermano Yakko, ya que hoy es su cumpleaños y, torpe de mí, no he sido más previsor para mandársela antes.
A pesar de que nuestro distanciamiento es manifiesto, ya que nunca hemos estado de acuerdo en multitud de asuntos (quizás el que yo sea oficial de la Armada y él de los Dragones tenga algo que ver), tampoco creo que sea correcto el no enviarle una felicitación formal, ya que la familia es la familia, y en resumidas cuentas es el único hermano que tengo.
Probablemente no recibiré respuesta de agradecimiento alguno, pero al menos yo habré cumplido con mi deber. Que se vea que la gente de mar tenemos más clase que los 'langostas'.

Por otra parte, he decir que me he llevado una gran sorpresa cuando el encargado del correo me informó que había llegado un paquete para mí.
Éste, de enormes proporciones, ha sido enviado por mi tío Francis, hermano de mi padre, general al mando del Regimiento de las Guardias del Rey, en Irlanda.
Se trata de un precioso cuadro del HMS Victory adentrándose en Gibraltar tras la gloriosa victoria de Trafalgar (¡excelente juego de palabras!).
Eso sí, para poder desenvolver el paquete he tenido que recibir ayuda por parte de señor Evans, que me acompañó, ya que mi tío, que siempre ha sido muy meticuloso, ha tenido mucho cuidado de que el paquete no sufriera desperfectos, con un sinfín de cordeles y telas que ha sido más difícil de abrir que un cofre judío. Más que a Gibraltar parece que el cuadro fuera a ser enviado a Valparaíso.
Sin embargo, estoy muy agradecido por el presente, y he garabateado una nota para mi tío, aunque en un futuro le enviaré una carta más formal y amplia para darle mil gracias.

Después, y todavía a la carrera, visitamos al teniente Byron, cuya mejoría roza lo milagroso, ya que lo encontramos bebiendo un caldo servido por una joven monja que, en ese instante, estaba boquiabierta ante la verborrea de Jack, que le relataba sus peripecias en el Mar Rojo.
Mi primer oficial, aún con el rostro pálido y un aparatoso vendaje en la cabeza, no ocultó su disgusto al enterarse de que la Circe levaría anclas.
Según parece, el médico le ha informado de que se encuentra mucho mejor de lo que podría esperarse tras semejante caída, y que los daños no han sido graves, aunque deberá de seguir bajo observación un par de semanas como mínimo.
Así nos despedimos no sin que Byron nos deseara suerte, rogándome que lo tuviera informado en la medida de lo posible.

Después, junto a mi guardiamarina, hemos subido a la fragata, yo con una amplia sonrisa de satisfacción que ha relajado los gestos de mis oficiales, y con la ayuda de Vincenzo hemos colgado el cuadro en un lugar bien visible en mi cabina.
En estos momentos lo observo y no puedo dejar de sentirme orgulloso por poder lucirlo ante mis visitas, y espero que nos dé suerte en nuestro pequeño viaje a la costa portuguesa.

domingo

Espera en Gibraltar


En Gibraltar, el 3 de febrero de 1808. En el 'London'.

Escribo desde mi habitación de un pequeño hostal (el 'London') cuya ventana da al puerto. A lo lejos puedo ver la Circe en el astillero, donde se le están realizando las reparaciones pertinentes tras los daños recibidos por las baterías de Tolón. Afortunadamente conozco al Maestro Carpintero, y tal como esperaba ha sido honesto, y ha reconocido que a bordo de la fragata ya se hizo un buen arreglo, por lo que el trabajo durará poco y no será excesivamente caro.

Tuve la oportunidad de seguir con mi vida normal en la cabina, pero los constantes martilleos y las voces de la gente de tierra (que a diferencia de la de la mar grita siempre, hasta cuando no es necesario) me han obligado a buscar una habitación en tierra. Y no ha sido nada fácil, ya que son muchos los barcos fondeados y más los oficiales que no desaprovechan la ocasión de disfrutar de una forma más directa los placeres de la ciudad.

Al menos, por mi parte, logro huir del ruido ahora que tengo un incómodo dolor de muelas que me impide comer con normalidad, por lo que tras varios intentos a lo largo de la mañana que terminaron con más lágrimas en mis ojos que comida en el estómago, he optado por rendirme.
Lo que no ha conseguido un buque enemigo lo ha hecho una maldita muela.

Ante tal inactividad, me he dedicado gran parte del día a pasear, a observar los buques, hablar con algún que otro conocido, y recabar información sobre el estado de la guerra, que sigue con la entrada lenta pero segura de las fuerzas de Napoleón en la península Ibérica.
También he visitado la oficina del correo, y para mi gran decepción no he recibido misiva alguna, por lo que me siento solo y triste.
Después de que mi querida Lively me escribiera ordenándome que la olvidara, no ha pasado día que no haya soñado con ver en horizonte una vela dando salvas para subir el correo a bordo, o aquí en tierra, esperar que un mozo traiga consigo un sobre que hubiera conseguido saltar mi corazón por la boca.
Pero nada de nada.
A pesar de los deseos de Lively, creo que me voy a animar y a mandar una carta ahora que el paquete Nercuse se encuentra en Gibraltar listo para levar anclas y dirigirse a Inglaterra.
Sé que la espera podría resultar angustiosa, pero en esta vida quien no arriesga no gana, y eso mejor que nadie lo sabe un oficial de la Armada de Su Majestad.

jueves

Lord Collingwood

En Gibraltar, el 31 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Dicen que después de la tempestad llega la calma, lo que no significa que se vayan del todo las nubes.

Tras el desagradable incidente con el teniente Byron, lo atamos bien al coy para que se moviera lo menos posible mientras la fragata seguían dando profundas e irregulares cabezadas.
Una vez el mar se volvió más practicable, y conforme se iban reuniendo en controlado desorden los buques de la escuadra, desde el insignia, el Ocean, se largó la señal de que el capitán de la Circe subiera a bordo, por lo que embarqué en mi falúa en un mar que no estaba aún tranquilo, y mi timonel falló dos veces antes de enganchar el bichero.

Ya a bordo, Lord Collingwood me recibió en su cabina. En cuanto vi su rostro, pálido, casi cetrino, y con una copa de agua junto a una cristalina jarra de cristal, comprendí que no sería una reunión agradable, ya que nuestro vicealmirante sufre de profundos dolores estomacales (según parece se le ha detectado una grave enfermedad) que le enturbian el carácter.
Me tuvo de pie varios minutos, ojeando papeles, carraspeando con discreción a la vez que mostraba un rictus de dolor en el rostro, y con la cabeza levemente inclinada de tal forma que el sol se reflejaba en su blanca cabeza y casi me deslumbraba.

Con su potente voz Lord Collingwood me pidió explicaciones de por qué había abandonado mi puesto junto a la costa tal como ordenó, ya que sería poco aconsejable para los intereses de la Royal Navy en el Mediterráneo que los buques al abrigo de las baterías de Tolón ganaran el mar. En un principio a punto estuve de explicarle que sería poco probable que lo intentaran dadas las horribles condiciones climatológicas, pero me mordí la lengua. Al fin y al cabo estaba hablando con un héroe de Trafalgar, y no me cabía duda de que le molestaría recibir una lección de un capitán de navío al mando de una pequeña fragata.
Por tanto opté por excusarme y explicar el riesgo que corría la Circe, ya que además tenía una reparación prácticamente recién efectuada tras nuestra incursión días anteriores en las inmediaciones de Tolón, donde las baterías casi nos destrozan.

Collingwood me miró por primera vez a los ojos, como si se hubiera dado cuenta de repente que fue mi fragata la que consiguió confirmar la información de la presencia de buques de poderoso porte en el puerto francés.
Tras un instante de meditación, tocó la campanilla, me ofreció un dulce oporto y me invitó a retirarme.
Ante de marcharme le expliqué el asunto del teniente Byron, que necesitaba ser atendido inmediatamente en tierra, ya que su estado era de serio peligro.
Tras unos instantes de meditación, el vicealmirante, que recordó el heroico papel del teniente en Tolón, dijo lo mucho que lo sentía y dio permiso para poner proa a Gibraltar.

Nada más llegar a un fondeadero atestado (la entrada de las fuerzas de Napoleón en España ha obligado a reforzar nuestras posiciones), y con los hombres al timón mostrando su habilidad para deslizarnos entre navíos de alto y bajo porte, enviamos a Byron a tierra, supervisando yo mismo su traslado, el cual se produjo sin mayores incidentes. Conseguimos una cama para el teniente en un lugar bastante limpio, el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, con monjas que ejercen con ternura de enfermeras.

Ahora he de plantearme a quién asciendo como primer oficial, ya que el Comandante del Puerto me ha explicado que no hay oficiales libres en estos momentos.
Seguramente será cuestión de continuar con la escala de mandos, aunque no es algo que me preocupe por ahora, al menos mucho.
Estamos en puerto amigo y sólo me apetece tumbarme en mi coy y descansar.