lunes

Wood Fields

En Wood Fields, el 25 de febrero de 1808. Hampshire

Hacía bastante tiempo que no me sentaba tranquilamente en mi propia casa para escribir algunas letras.
Tal como tengo costumbre, he pedido a Vincenzo que coloque el escritorio fuera de la casa, a pocos pasos de mi pequeño jardín, para disfrutar de este día entre soleado y nebuloso, con los campos verdes ante mi vista y, no muy lejos, el destello plateado del mar.
La Circe se quedó fondeada en Spithead, y a la espera estoy de que me vuelvan a embarcar en ella o, quién sabe, entregar un nuevo mando.
El caso es que estoy aprovechando estos días para descansar después de tantos días lejos de mis cuatro paredes, con largos paseos por los campos que rodean mi pequeña casita, respirando un aire diferente del que se puede disfrutar en el alcázar, pero casi igual de agradable.

Pensaba que al pisar tierra podría tener un respiro en cuanto a la dieta dado que mi cirujano se ha quedado lejos de mí y, por tanto, sin posibilidad de vigilarme. Sin embargo, ha dejado como vil secuaz al sodomita de Vincenzo, el cual podría impartir clases de bloqueo en la Armada, ya que de ser almirante estoy convencido de que los franceses se habrían rendido hace años.
Ha escondido todo lo apetitoso que pudiera haber en la casa, y cada vez que se marcha a buscar comida a las granjas vecinas, siempre trae consigo todo tipo de verduras y leche, lo cual me produce indignación.
Más de una vez le he gritado que se deje de tanta leche y que, en cambio, me traiga la vaca, pero parece ser que el estar lejos del barco me resta autoridad, por lo que me siento abatido ante el yugo de éste mi Argos particular.

En otro orden de cosas, y tal como me prometí, antes de venir a casa y al poco de atracar en Porstmouth, tomé un coche de caballos hasta Plymouth, tal era mi deseo de hablar con mi querida Lively.
A mi llegada a la residencia de su padre, Lord Caster, me encontré con una seria resistencia en la puerta, ya que el mayordomo, un tipo gordo, de cara rosa y ojos minúsculos, al que nunca le gusté y nunca me gustó, me esperaba.
Me di cuenta al momento de que Lively había dado a conocer nuestra situación de alejamiento, ya que el 'centinela' puso gesto serio y me dijo que la señorita no se encontraba en casa.
Tras un minuto donde fui paciente, agarré al mayordomo y lo lancé a uno de los setos bellamente recortados que se encuentran junto a la puerta. A continuación entré a grandes zancadas, con los brazos separados del cuerpo, casi en cruz, ya que sabía que de rozar mi sable el instinto me haría sacarlo y degollar al primero que se acercara.

Y sí que se acercaron. Uno de los mozos de cuadra, muy fuerte y casi tan grande como yo, tras titubear una disculpas, trató de detenerme, y ante la aparición del mayordomo, que daba gritos de cochino asustado, ganó moral e intentó agarrarme. Dos sirvientes más aparecieron de no sé donde, y se me echaron encima como hienas.
¡Cómo eché de menos a uno de mis bravos marineros a mi lado, listo para proteger su capitán!
El combate fue titánico.
Uno de los sirvientes quedó pronto despachado, ya que de una patada lo mandé rodando bien lejos, pero el otro y el mozo de cuadras casi me inmovilizan, y eso que éste había recibido un puñetazo que lo tenía sangrando por debajo de la barbilla.
Cuando por fin logré deshacerme de ellos (250 libras en movimiento no las detienen cualquiera) y comencé mi persecución al mayordomo, apareció Lord Joseph Caster, con gesto de sorpresa ante tanto jaleo.
Inmediatamente me detuve, resollando, con el rostro encendido, la camisa manchada de sangre (alguien me alcanzó en la ceja) y, gracias a dios, el sable en su sitio.
El padre de Lively, tal como tenía por costumbre cuando estaba en casa, apareció en batín, y me miró entre enfadado y asombrado, pero pronto se recompuso para invitarme a tomar con él un vaso de leche caliente (sólo bebe eso) en su estudio.

Sus criados me dejaron marchar, visiblemente agradecidos, y Lord Caster, tras sentarse en su butaca favorita, muy cerca de su perro de nombre Stinky (ambos son inseparables), me contó que, efectivamente, Lively no se encontraba en casa, ya que había viajado a Halifax a atender, personalmente, unos negocios de la familia. Él mismo no había podido ir al encontrarse debilitado por unas dolencias en las manos, no siendo recomendables como curas travesías transoceánicas.
Tras meditar unos instantes y sentir la mayor de las vergüenzas de mi vida, me marché tras rogarle disculpas a Lord Caster, que amablemente me dio su palabra de que escribiría una carta a Lively en mi favor pero con la promesa de no ser tan efusivo en el futuro, al menos siempre que corriera riesgo la integridad de las personas a su servicio.

De eso hace ya tres días, pero no lo puedo quitar de mi cabeza, y me siento avergonzado, mucho, y Vicenzo, que tiene poderes y sabe exactamente qué ocurrió pese a no haber estado allí, trata de dejarme solo en la medida de lo posible, exceptuando la hora de las comidas, cuando aparece con el plato de coles hervidas.

Mañana viajaré hasta Porstmouth para pasear por el puerto e informarme del estado de la guerra.
Según parece Francia prosigue con su avance lento pero seguro en España, hasta tal punto de que ya ha tomado una ciudad, Pamplona, en el norte de la península.
No cabe duda de que en el continente las tropas de Boney siguen siendo muy superiores al resto, por lo que creo que a esta guerra aún le queda mucho camino por delante.

miércoles

A casa

Frente a la costa de Portugal, el 21 de febrero de 1808, a bordo de la HMS Circe.

Volvemos a casa.
Después de abandonar Gibraltar tras la captura de la cañonera francesa, nos reunimos con la escuadra de Lord Collingwood, frente a Tolón.
Apenas habíamos visto el casco del impresionante Ocean (a medio cable del Canopus, que lucía un aspecto magnifico con las juanetes largadas para mantener la formación con el 98), desde el insignia se me ordenó que subiera inmediatamente a bordo, donde fui recibido por el capitán Richard Thomas, que disculpó la ausencia del Lord, ya que se encontraba indispuesto, aquejado de fuertes dolores estomacales.
Al margen de su enfermedad, Thomas me informó de que Collingwood había sufrido en todo su cuerpo ante la noticia de que, según parece y aprovechando la tempestad que ha asolado el mediterráneo durante estos días, dos fragatas francesas, la Pénélope y la Thémis, habían superado el bloqueo.
Esta noticia había sentado como un auténtico jarro de agua fría en la escuadra, y las ojeras del capitán del Ocean me dejaron constancia de que tal error no se había producido por falta de esfuerzo.

Tras una conversación banal, Thomas me entregó las órdenes firmadas por el propio Collingwood, en las cuales se señalaba que la Circe debía de volver inmediatamente a Inglaterra, ya que es necesario reforzar nuestra posición en el Báltico con embarcaciones veloces. Sin más me despedí con un apretón de manos, y pude adivinar en los ojos de mi superior una mirada de envidia.

Ahora mismo navegamos con viento a la cuadra, y la fragata se desliza velozmente, con suaves cabeceos bajo un cielo azul, precioso, salpicado de nubes blancas y grises que dejan caer algunas finas gotas que son recibidas con alegría a bordo.
La moral es alta, ya que la captura de la cañonera fue una gran satisfacción para todos, y además ahora la dotación está ansiosa por volver a casa y ver a los suyos.

Por mi parte me alegro de tener la oportunidad de pisar mi tierra, estar en mi casa y comprobar que todo está en orden, y ante la posibilidad de poder visitar a mis padres en Bedford, a los que tanto echo de menos.
Menos agradable es pensar que volveré a estar cerca de mi amada Lively, a la que no consigo borrar de mi pensamiento pese al desprecio que mostró en su carta.
No puedo soportar la idea de que me haya dejado en la estacada, sin más, con unas breves líneas enviadas por un mensajero. Yo soy de los que gusta afrontar la alegrías y los fracasos personalmente, y me estoy planteando muy seriamente viajar a caballo o en coche hasta Plymouth tras arribar en Pompey, y presentarme en su residencia y exigir que me reciba.

Si me echan por las bravas, haré todo lo posible por intentarlo de nuevo, y estoy seguro de que no me faltarán brazos de marineros a mi mando que quieran ayudarme para tomar la casa a la fuerza, si se diera el caso.
Hemos podido con buques de mayor porte que el nuestro. Una serie de criados cuellitiesos no significarán ningún problema.

Sé que no es el mejor método, y que hay que ser ante todo un caballero y guardar las formas, pero mi corazón está por delante de mi saber estar, y en estos momentos me pide que vuelva a estar frente a frente con Lively, con la que sueño cada noche.
Sólo si ella misma, con palabras salidas de sus preciosos labios, me pide que no vuelva a verla más, en tal caso me marcharé con la cabeza bien alta pero, para qué mentirme a mí mismo, con el alma abatida.

viernes

La cañonera francesa

En Gibraltar, el 15 de febrero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy es un buen día. El cielo está azul y el mar algo gris, recobrando su color verde después de que el Estrecho haya sido azotado por el furioso levante durante una semana, algo que no recuerdan los más viejos del lugar.
Tal era la fuerza del viento que ninguno de los navíos ha podido levar anclas en todo este tiempo, e incluso el paquete español que hace el trayecto Algeciras-Ceuta tuvo que refugiarse en nuestro puerto después de estar a punto de irse al fondo.
Tras revisar detenidamente la correspondencia y comprobar que no había oficiales a bordo, se ha puesto en libertad a su tripulación e incluso al pequeño jabeque, el cual ha zarpado esta misma mañana con poca vela, temeroso de que algunas de las cientos de bocas de fuego que erizan los navíos de Gibraltar traspasara sus cuadernas sin previo aviso.

En cuanto a nosotros y nuestra presencia en el Tajo, no vimos barcos rusos, ninguno, aunque la remontada del río por parte del segundo del piloto, el señor Blond, a bordo del cúter, con el guardiamarina Evans en la lancha, fue digna de ser mencionada en La Gazette.
Después de dejarlos lo más cerca posible de la costa sin poner en riesgo nuestra posición, tanto por la posibilidad de ser descubiertos como por exponer demasiado la fragata, ya que el viento seguía soplando con fuerza, nos adentramos en alta mar.

Bogando con brío, con olas de tamaño considerable, ambas embarcaciones se alejaron para fundirse con la noche mientras yo me limitaba a observarlos desde el alcázar. Lo último que vi fue al señor Blond ponerse de pie y saludarme con el sombrero, haciendo gala de un equilibrio memorable.
Aquí transcribo el informe redactado por el propio suboficial:

Pasadas las doce de la noche, y una vez dejamos atrás la fragata que V.E. comanda, comenzamos a bogar con brío para acercarnos lo máximo posible a Lisboa, sin largar la vela en ningún momento para pasar lo más desapercibido posible. Era noche cerrada y sin luna cuando, según mis cálculos, nos encontrábamos cerca, muy cerca de la ciudad, a vista del fuerte San Pedro, exactamente entre la torre de Belén y la batería de San Julián.
Apenas habían pasa
do unos minutos cuando uno de los hombres a mi mando señaló muy cerca nuestra, quizás demasiado, la presencia de una cañonera que enarbolaba bandera francesa.
Traté de actuar lo más rápido posible y ordené su inmediato abordaje.
La resistencia fue dura, muy dura, con fuego de mosquetes desde la cubierta y algún disparo de un cañón de seis libras que no dio en el blanco (más tarde comprobamos que el armamento se completaba con su gemelo y un cañón de 24 que no fue disparada por falta de tiempo). Nos dividimos en dos, y mientras mi grupo atacaba por babor, el comandado por el señor Evans (cuya labor fue diga de mención) atacó por estribor.
El combate en cubierta fue encarnizado, con brava resistencia francesa, ya que el enemigo perdió tres hombres (uno de ellos abatido por un disparo a bocajarro del marinero Paint) y fueron heridos nueve hombres. Una vez su capitán, el señor Gaudolphe, rindió el barco, cortamos las anclas y nos alejamos río abajo.
Las baterías reaccionaron demasiado tarde y sus disparos no nos alcanzaron, exceptuando algún balazo en el paño sin mayores consecuencias. Así logramos abandonar la ciudad, y al alba vimos en el horizonte las gavias del navío que V. E. comanda, para satisfacción nuestra.
Es un placer informarle de que no hemos tenido bajas entre nuestros hombres, y permita que destaque la labor de los nombres reflejados en la lista que le entrego a continuación:

Martin Evans, guardiamarina
John Paint, marinero de primera

William Gaiman, segundo del contramaestre

Arthur Rosh, ayudante del carpintero


Un informe realmente bello y que merece estar en las páginas de mi diario.
No cabe duda de que propondré el ascenso de Blond, y dado que ahora estamos faltos de oficiales el señor Evans es teniente en funciones, noticia que ha recibido con gran alegría.
Después de una noche de celebración, ya en Gibraltar, con mi cabina más alegre que de costumbre, hoy disfrutamos de un merecido descanso, aunque pronto tendremos que levar anclas para reunirnos con la escuadra de Tolón de Collingwood.
Llevaremos correo, lo que pondrá de muy buen humor a los oficiales, lo suficiente, espero, para que nuestro contraalmirante tenga a bien enviarnos a Inglaterra y no someternos a la rutina del bloqueo.

Ahora bajaré a tierra para visitar al teniente Byron, en el hospital de la Virgen de los Desamparados, para darle las noticias de nuestra incursión en Lisboa, las cuales serán recibidas a buen seguro con satisfacción.

lunes

A vista del Nercuse

A la atención del Almirante Daniels, en Bedford (Inglaterra). Del capitán Daniels, frente a la costa de Portugal, a bordo de la HMS Circe, el 11 de febrero de 1808

Querido padre: Aprovecho que hemos avistado en el horizonte el inconfundible palo mayor (levemente inclinado hacia atrás) del paquete Nercuse para escribir apresuradamente estas líneas. Nos encontramos frente al estuario del Tajo, ya que hemos recibido informes de que la escuadra rusa se dispone a abandonar Lisboa. De momento no hay movimiento, quizás debido al temporal que hemos tenido que sufrir durante estos días, especialmente cuando nos encontrábamos más cerca del cabo San Vicente, ya que las aguas del Estrecho eran una furia.

Tras varios días capeando el temporal, hemos vuelto a la tranquilidad, aunque l
as olas siguen siendo grandes, lo que provoca grandes cabeceos en la Circe. Por tanto hemos vuelto a nuestra posición, frente al Tajo, aunque después de tantos días sin saber nada de velas en el río he decidido enviar el cúter y la lancha con el segundo del piloto, el señor Blond, al mando. Remontarán el río hasta llegar a la misma Lisboa, una misión arriesgada pero que estoy seguro de que se llevará a cabo sin problemas, ya que el suboficial al mando ha probado en numerosas ocasiones su valía, tanto a la hora de poner firmes a los marineros como al enemigo.

El señor Evans me acaba de informar que el
Nercuse ha puesto las velas en facha, y entregaré la carta para que llegue hoy mismo a Inglaterra. Siento lo breve, muy breve, de estas líneas. Espero que tanto usted como mi querida madre se encuentren bien. Por mi parte no sé cuánto tiempo seguiré a las órdenes del contraalmirante Collingwood, pero en cuanto me liberen del servicio en Tolón (ya que oficialmente sigo a sus órdenes) trataré de visitarles.

Se despide más su hijo enviándolo el más caluroso de los saludos.

miércoles

Correo

En Gibraltar, el 6 de febrero de 1808, a bordo de la HMS Circe.

Se nos ha ordenado zarpar en cuanto sea posible, y afortunadamente la fragata ya está lista en el fondeadero, al menos en cuanto a las reparaciones se refiere, ya que aún falta subir los barriles de pólvora y agua a bordo.
Nuestra misión consiste en poner proa al estuario del Tajo,ya que, según nuestros informes, navíos rusos anclados en Lisboa podrían zarpar en breve, por lo que la Circe, la embarcación más rápida que se encuentra en estos momentos en Gibraltar y con opciones de soportar alguna andanada de un navío de línea, es la más adecuada para esta misión.

Esta mañana, mientras mis hombres se encargaba de realizar las labores de aprovisionamiento, me dirigí raudo, correteando por las calles de esta pequeña gran ciudad, en busca de la oficina de correos, ya que he escrito una carta para mi hermano Yakko, ya que hoy es su cumpleaños y, torpe de mí, no he sido más previsor para mandársela antes.
A pesar de que nuestro distanciamiento es manifiesto, ya que nunca hemos estado de acuerdo en multitud de asuntos (quizás el que yo sea oficial de la Armada y él de los Dragones tenga algo que ver), tampoco creo que sea correcto el no enviarle una felicitación formal, ya que la familia es la familia, y en resumidas cuentas es el único hermano que tengo.
Probablemente no recibiré respuesta de agradecimiento alguno, pero al menos yo habré cumplido con mi deber. Que se vea que la gente de mar tenemos más clase que los 'langostas'.

Por otra parte, he decir que me he llevado una gran sorpresa cuando el encargado del correo me informó que había llegado un paquete para mí.
Éste, de enormes proporciones, ha sido enviado por mi tío Francis, hermano de mi padre, general al mando del Regimiento de las Guardias del Rey, en Irlanda.
Se trata de un precioso cuadro del HMS Victory adentrándose en Gibraltar tras la gloriosa victoria de Trafalgar (¡excelente juego de palabras!).
Eso sí, para poder desenvolver el paquete he tenido que recibir ayuda por parte de señor Evans, que me acompañó, ya que mi tío, que siempre ha sido muy meticuloso, ha tenido mucho cuidado de que el paquete no sufriera desperfectos, con un sinfín de cordeles y telas que ha sido más difícil de abrir que un cofre judío. Más que a Gibraltar parece que el cuadro fuera a ser enviado a Valparaíso.
Sin embargo, estoy muy agradecido por el presente, y he garabateado una nota para mi tío, aunque en un futuro le enviaré una carta más formal y amplia para darle mil gracias.

Después, y todavía a la carrera, visitamos al teniente Byron, cuya mejoría roza lo milagroso, ya que lo encontramos bebiendo un caldo servido por una joven monja que, en ese instante, estaba boquiabierta ante la verborrea de Jack, que le relataba sus peripecias en el Mar Rojo.
Mi primer oficial, aún con el rostro pálido y un aparatoso vendaje en la cabeza, no ocultó su disgusto al enterarse de que la Circe levaría anclas.
Según parece, el médico le ha informado de que se encuentra mucho mejor de lo que podría esperarse tras semejante caída, y que los daños no han sido graves, aunque deberá de seguir bajo observación un par de semanas como mínimo.
Así nos despedimos no sin que Byron nos deseara suerte, rogándome que lo tuviera informado en la medida de lo posible.

Después, junto a mi guardiamarina, hemos subido a la fragata, yo con una amplia sonrisa de satisfacción que ha relajado los gestos de mis oficiales, y con la ayuda de Vincenzo hemos colgado el cuadro en un lugar bien visible en mi cabina.
En estos momentos lo observo y no puedo dejar de sentirme orgulloso por poder lucirlo ante mis visitas, y espero que nos dé suerte en nuestro pequeño viaje a la costa portuguesa.

domingo

Espera en Gibraltar


En Gibraltar, el 3 de febrero de 1808. En el 'London'.

Escribo desde mi habitación de un pequeño hostal (el 'London') cuya ventana da al puerto. A lo lejos puedo ver la Circe en el astillero, donde se le están realizando las reparaciones pertinentes tras los daños recibidos por las baterías de Tolón. Afortunadamente conozco al Maestro Carpintero, y tal como esperaba ha sido honesto, y ha reconocido que a bordo de la fragata ya se hizo un buen arreglo, por lo que el trabajo durará poco y no será excesivamente caro.

Tuve la oportunidad de seguir con mi vida normal en la cabina, pero los constantes martilleos y las voces de la gente de tierra (que a diferencia de la de la mar grita siempre, hasta cuando no es necesario) me han obligado a buscar una habitación en tierra. Y no ha sido nada fácil, ya que son muchos los barcos fondeados y más los oficiales que no desaprovechan la ocasión de disfrutar de una forma más directa los placeres de la ciudad.

Al menos, por mi parte, logro huir del ruido ahora que tengo un incómodo dolor de muelas que me impide comer con normalidad, por lo que tras varios intentos a lo largo de la mañana que terminaron con más lágrimas en mis ojos que comida en el estómago, he optado por rendirme.
Lo que no ha conseguido un buque enemigo lo ha hecho una maldita muela.

Ante tal inactividad, me he dedicado gran parte del día a pasear, a observar los buques, hablar con algún que otro conocido, y recabar información sobre el estado de la guerra, que sigue con la entrada lenta pero segura de las fuerzas de Napoleón en la península Ibérica.
También he visitado la oficina del correo, y para mi gran decepción no he recibido misiva alguna, por lo que me siento solo y triste.
Después de que mi querida Lively me escribiera ordenándome que la olvidara, no ha pasado día que no haya soñado con ver en horizonte una vela dando salvas para subir el correo a bordo, o aquí en tierra, esperar que un mozo traiga consigo un sobre que hubiera conseguido saltar mi corazón por la boca.
Pero nada de nada.
A pesar de los deseos de Lively, creo que me voy a animar y a mandar una carta ahora que el paquete Nercuse se encuentra en Gibraltar listo para levar anclas y dirigirse a Inglaterra.
Sé que la espera podría resultar angustiosa, pero en esta vida quien no arriesga no gana, y eso mejor que nadie lo sabe un oficial de la Armada de Su Majestad.

jueves

Lord Collingwood

En Gibraltar, el 31 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Dicen que después de la tempestad llega la calma, lo que no significa que se vayan del todo las nubes.

Tras el desagradable incidente con el teniente Byron, lo atamos bien al coy para que se moviera lo menos posible mientras la fragata seguían dando profundas e irregulares cabezadas.
Una vez el mar se volvió más practicable, y conforme se iban reuniendo en controlado desorden los buques de la escuadra, desde el insignia, el Ocean, se largó la señal de que el capitán de la Circe subiera a bordo, por lo que embarqué en mi falúa en un mar que no estaba aún tranquilo, y mi timonel falló dos veces antes de enganchar el bichero.

Ya a bordo, Lord Collingwood me recibió en su cabina. En cuanto vi su rostro, pálido, casi cetrino, y con una copa de agua junto a una cristalina jarra de cristal, comprendí que no sería una reunión agradable, ya que nuestro vicealmirante sufre de profundos dolores estomacales (según parece se le ha detectado una grave enfermedad) que le enturbian el carácter.
Me tuvo de pie varios minutos, ojeando papeles, carraspeando con discreción a la vez que mostraba un rictus de dolor en el rostro, y con la cabeza levemente inclinada de tal forma que el sol se reflejaba en su blanca cabeza y casi me deslumbraba.

Con su potente voz Lord Collingwood me pidió explicaciones de por qué había abandonado mi puesto junto a la costa tal como ordenó, ya que sería poco aconsejable para los intereses de la Royal Navy en el Mediterráneo que los buques al abrigo de las baterías de Tolón ganaran el mar. En un principio a punto estuve de explicarle que sería poco probable que lo intentaran dadas las horribles condiciones climatológicas, pero me mordí la lengua. Al fin y al cabo estaba hablando con un héroe de Trafalgar, y no me cabía duda de que le molestaría recibir una lección de un capitán de navío al mando de una pequeña fragata.
Por tanto opté por excusarme y explicar el riesgo que corría la Circe, ya que además tenía una reparación prácticamente recién efectuada tras nuestra incursión días anteriores en las inmediaciones de Tolón, donde las baterías casi nos destrozan.

Collingwood me miró por primera vez a los ojos, como si se hubiera dado cuenta de repente que fue mi fragata la que consiguió confirmar la información de la presencia de buques de poderoso porte en el puerto francés.
Tras un instante de meditación, tocó la campanilla, me ofreció un dulce oporto y me invitó a retirarme.
Ante de marcharme le expliqué el asunto del teniente Byron, que necesitaba ser atendido inmediatamente en tierra, ya que su estado era de serio peligro.
Tras unos instantes de meditación, el vicealmirante, que recordó el heroico papel del teniente en Tolón, dijo lo mucho que lo sentía y dio permiso para poner proa a Gibraltar.

Nada más llegar a un fondeadero atestado (la entrada de las fuerzas de Napoleón en España ha obligado a reforzar nuestras posiciones), y con los hombres al timón mostrando su habilidad para deslizarnos entre navíos de alto y bajo porte, enviamos a Byron a tierra, supervisando yo mismo su traslado, el cual se produjo sin mayores incidentes. Conseguimos una cama para el teniente en un lugar bastante limpio, el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, con monjas que ejercen con ternura de enfermeras.

Ahora he de plantearme a quién asciendo como primer oficial, ya que el Comandante del Puerto me ha explicado que no hay oficiales libres en estos momentos.
Seguramente será cuestión de continuar con la escala de mandos, aunque no es algo que me preocupe por ahora, al menos mucho.
Estamos en puerto amigo y sólo me apetece tumbarme en mi coy y descansar.

domingo

Trágico accidente

¿Frente a Tolón?, el 27 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Ayer fue un día horrible. Pocas veces he vivido algo así como capitán al mando de un buque de Su Majestad.
A día de hoy aún le doy vueltas a la cabeza, y durante mucho tiempo he estado sentado en mi escritorio sin hacer nada, mirando a través del ventanal el cielo oscurecido por nubes tan negras que convierten el día en noche. El mar está muy embravecido, con olas grandes y grises.
Por supuesto no hay rastro de la escuadra, que se han dispersado como gallinas en un corral cuando asoma su hocico el zorro.

El viernes, a primera hora de la mañana, el barómetro bajó de forma alarmante, y como soplaba viento del sureste y en ese instante veíamos Tolón a sotavento, se ordenó a la escuadra ganar mar abierto.
Dado que nuestro vicealmirante, Lord Collinwood, no quería correr el riesgo de que algún francés aprovechara la situación para salir del puerto y evitar el bloqueo (a costa de la integridad de su navío), me ordenaron mantener la Circe lo más cerca posible de la costa para evitar sorpresas.

En apenas unas horas ya teníamos encima un poderoso viento que nos obligó a tomar rizos y dejar los palos con el mínimo paño posible para permitir las maniobras sin que nos acercáramos demasiado a tierra.
Pero tras aguantar hasta la segunda guardia del cuartillo, la situación era ya insostenible, por lo que antes de que fuera imposible gobernar la fragata, viramos hacia el sur, sufriendo como nunca para ganar cada pulgada en una ceñida agónica.

El temporal duró toda la noche y ayer seguía arreciando fuerte, muy fuerte.
En la guardia de mañana fue imposible tomar la medición del mediodía, y tras ceder el mando al teniente Byron fui a mi cabina a descansar tras haber pasado toda la noche en vela.
Vincenzo me preparó un té bien caliente, y me tumbé en el coy para engañar a mi cuerpo y hacerle creer que descansaba. Pero el que me engañó fue él, y antes de que me diera cuenta me dormí en un sueño corto y profundo.

Como al que rescatan de un pozo, uno de los guardiamarinas que tenemos a bordo, el señor Evans, me despertó rogándome que subiera a cubierta inmediatamente.
Conforme daba tumbos y con Vincenzo a mi espalda que me ponía de nuevo el capote del mal tiempo exhibiendo su destreza, pude comprobar por lo escorado de la Circe que aún debíamos navegar con muchísimo viento.
El cielo seguía oscuro, tres hombres estaban al timón y el contramaestre ladraba órdenes mientras dispersaba a un grupo de hombres que se encontraba en el combés.

Afortunadamente la naturaleza compensó mi volumen de vientre con buenos y grandes pulmones, y a una orden mía todos los marineros volvían a sus puestos.
Con la espuma abofeteándome la cara y el ensordecedor silbido de la jarcia, estaba demasiado aturdido para saber qué ocurría, pero conforme me acercaba se me erizó el pelo de la nuca al reconocer la figura del cirujano arrodillada ante el cuerpo inerte de lo que parecía un oficial, ya que pese a estar en ese momento siendo abrigado por el sargento de infantes de marina, vi el brazo con chaqueta azul y charretera al hombro.
En dos zancadas me planté allí, y casi me caigo al llegar por un inoportuno resbalón.
Mientras me sostenía el sargento, me quedé horrorizado al comprobar que lo que casi me hizo caer fue un denso charco de sangre oscura que se iba diluyendo con el agua que salía por los imbornales.

Lo peor estaba por llegar, y mis sospechas se cumplieron cuando pude distinguir entre la maraña de pelos mojados el rostro pálido, terriblemente pálido, del teniente Byron.
Con mucho cuidado, en lo que fue una operación muy dificultosa ya que la Circe cabeceaba demasiado, bajamos al primer oficial al sollado para ser atendido.

Según parece, mientras yo descansaba en la cabina, uno de los gavieros que se encontraba en el mastelero del mayor dio voz de que un navío de dos palos apareció por barlovento, y tras muchas conjeturas los oficiales en el alcázar llegaron a la conclusión de que se trataba de un navío de buen porte, posiblemente un 74, que había perdido uno de los palos y se encontraba en serios apuros.
Mientras se decidía si era francés o inglés, quizás algún miembro de nuestra escuadra, el teniente Byron se armó de un catalejo y, tan osado como siempre, se lanzó a escalar hasta el tope para comprobar por él mismo de quién se trataba.

Pese a los muchos consejos que recibió, Jack los desoyó todos y comenzó a trepar por los obenques.
Recibió hurras por parte de los hombres a bordo cuando llegó a lo más alto, y algunos aseguraban que incluso en tan precaria situación no se olvidó de las formas y optó una pose más propia de un cuadro de sir William Beechey que del tope de una fragata en pleno temporal.
En el descenso, y cuando seguía oyendo los gritos de entusiasmo de los hombres en cubierta, un golpe de mar por popa tras un descuido de los hombres al timón, que tampoco quitaron ojo del teniente, hizo que éste perdiera su agarre y se estrellara con sobrecogedor estrépito contra cubierta.

El contramaestre fue el primero en llegar en su socorro, y de su propia boca me informó que el teniente, antes de perder el conocimiento, dio orden de que me presentaran sus respetos y que me informara que la HMS Circe tenía a barlovento el navío de Su Majestad HMS Eagle.

lunes

Incursión en Tolón

Frente a Tolón, el 21 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

El cielo está gris y la hilera de navíos de línea se encuentra en plena ejecución de la maniobra de virada, con algunos más acertados que otros.
Los 74 Kent e Eagle han pasado rozando, y aunque los oficiales han intentado poner orden a bordo, se ha oído perfectamente a las marinerías repartiéndose a voces todo tipo de vejaciones.
Desde el alcázar hemos estado observando el espectáculo sin disimular nuestro disgusto y, por qué no, con algo de ostentación dado el patente contraste con el vuelo de nuestra fragata gracias a la perfecta ejecución de las órdenes.

He dedicado la mañana a supervisar la labor con los daños en el casco, que han sido preocupantes, pero Astillas y los suyos han hecho un buen trabajo, y no creo que sea necesario que nos dirijamos a Mahón para realizar las reparaciones necesarias.
Ayer por la noche, aprovechando la luna nueva, nos acercamos a la costa, ya que, según hemos podido saber, los franceses tienen listos dos potentes navíos, y uno de 120 cañones, cuya entrada en la flota de Boney podría suponer un auténtico problema en el Mediterráneo.
Es por ello que nos encomendaron la misión de adentrarnos lo máximo posible aprovechando que el viento soplaba del noroeste (para una probable huida) y comprobar por mí mismo el estado de la fuerza de los franceses.

La fragata se deslizó suave por las oscuras aguas, con orden de guardar el más absoluto silencio a bordo, y ninguna luz encendida.
Una vez que pasamos el cabo Cepét, con la batería de Sablette asomando sus cañones de más de 40 libras, echamos al mar el cúter, con el teniente Byron a bordo, para bordear la península de Caire y comprobar en persona el estado de la flota que se escondía en Tolón.
Después de que se perdiera en la oscuridad, y tras unos instantes de tensión donde el leve ruido de los remos parecía ser un auténtico escándalo en la bahía, nos mantuvimos a la espera con mal disimulada tranquilidad.

No sé cuánto tiempo me mantuve tieso como una cabilla en el alcázar, con los brazos en la espalda y musitando las órdenes mientras nos manteníamos en facha, pero con los marineros en las vergas listos y preparados para largar trapo en cuanto asomara la proa del cúter.

Y asomó. Pero precedido de destellos y estampidos desde la península del Caire que se extendieron hasta Cepét.
Menuda sorpresa se llevarían cuando se encontraron con una fragata de Su Majestad en medio de la bahía, al alcance de sus cañones, los cuales pagaron nuestra osadía con una buena descarga.
Con la jarcia cubriéndose de paño y el cúter navegando hacia nosotros con sus velas extendidas, devolvimos como protesta el fuego con nuestras baterías (inútiles) y comenzamos a abandonar la bahía mientras Byron gobernaba su embarcación siguiendo nuestra estela.
Afortunadamente los comerranas centraron su artillería en la fragata, por lo que el cúter llegó a alta mar intacto.
Nosotros no corrimos tanta suerte, y al margen de algunos boquetes en las velas, recibimos dos buenos cañonazos en el casco que, de haber sido algunas pulgadas más abajo, habría supuesto serios, muy serios problemas.
Lo único bueno es que no murió nadie, aunque tres hombres resultaron heridos.

Byron, una vez en cubierta, me explicó el estado de la flota en el puerto, así como la presencia confirmada del recién estrenado 120 cañones, concretamente el Commerce-de-Paris y el 80 Robuste, una información que, sin lugar a dudas, compensa nuestros sufrimientos.
En mi informe, que escribiré en cuanto termine con esto, alabaré el valor y, sobre todo, la buena vista de mi primer teniente para divisar en los ventanales de los navíos sus respectivos nombres.
Con descaro y sonriente, Byron me dijo que, pese a la oscuridad, logró leerlos gracias al destello de los cañones de las baterías.

jueves

A dieta

En Gibraltar, el 17 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Jamás pensé que iba a echar de menos algo tan superficial como la comida.
Desde que he decidido dejar al margen los excesos, los días se convierten en meses, y llegar por la noche a mi coy sin haber profanado este régimen se convierte en una victoria a la altura del asalto al alcázar de un tres puentes.
Vincenzo me sirve las verduras con mayor pesadumbre que la que yo pudiera tener, y no puedo soportar sus ojos compasivos cuando me observa mientras miro el plato de cada día con claro disgusto reflejado en mi rostro.
Como es normal, tengo un humor de perros (más del que suele ser habitual), y en alguna ocasión se ha oído tronar mi voz en cubierta por encima del golpe de los lampazos y con Vicenzo huyendo a la carrera.

Lo único que tengo pendiente es realizar mis tres mil pasos diarios, ya que todavía no he tenido tiempo dado lo mucho que hay que hacer a bordo de la fragata, sobre todo después de que la escuadra de Hood haya abandonado Gibraltar rumbo a Inglaterra, mientras que a la Circe se le ha ordenado permanecer en aguas del Estrecho a la espera de reforzar el bloqueo a Tolón.
¡Otro bloqueo más no, por favor! Los odio con todas mis fuerzas, ya que mi tripulación, veterana, apenas tiene problemas para realizar las maniobras, y las habitualmente emocionantes viradas por avante se convierten en un mero trámite que no merece mi atención: Timón de arribada, orza, soltar escotas, acuartela foque... Lo de siempre

Al menos aprovecharé tantos días de tranquilidad para poner en orden algunos asuntos, ya que tengo cartas que escribir y no se me ocurre un mejor momento.

lunes

Decisión drástica

En Gibraltar, el 14 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy es un día gris, lluvioso.
Los navíos fondeados en Gibraltar parecen perros con las orejas gachas.
Hace un rato me encontraba en la cofa del mayor, con mi catalejo bajo la ceja y observando el Estrecho, con la superficie del mar como un plato, casi sin olas, y el continente africano más allá, que más que verse se intuía tras una fina bruma.

Pocas veces he visto tantos navíos en esta rada, y cuando llegamos desde Funchal fuimos recibidos con vítores y el estampido de las baterías, tanto de tierra como la de los costados de las embarcaciones de franjas negras y amarillas.
Gibraltar está armada y preparada para un posible ataque desde la península.
Sí, es algo habitual y nada sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta nuestro estado de guerra con España, a la que hace aproximadamente un mes le arrebatamos el 12 cañones San José gracias a la intervención de la corbeta HMS Grasshopper, del capitán Searle, sigue en pie.

Sin embargo, desde lo que ocurrió en Trafalgar parece que ser que a este país se le quitan las ganas de entrar en batallas que lo acerquen más a la miseria que a la gloria, con un aliado, Francia, más pendiente de sus intereses que de apoyar o colaborar con sus vecinos de más allá de los Pirineos.
Valga como ejemplo la entrada la semana pasada del mariscal Jeannot de Moncey en territorio español al mando de un Cuerpo de Observación que, unido al ejército de Junot en Portugal, deja totalmente controlada la península en caso de que hubiera problemas para los intereses de Boney.

Mañana levaremos anclas y tomaremos rumbo hacia Portsmouth, aunque dadas las circunstancias, las nuevas circunstancias con las que nos hemos encontrado, puede que se produzca algún cambio de órdenes, por lo que será mejor esperar hasta el último momento.
Mientras, estos días los he aprovechado para escribir alguna que otra carta y pasear en tierra para reducir el peso, aunque continúo con los excesos, y ayer asistí a una fiesta donde me atiborré de tarta para terminar buena parte de la noche en el jardín.

De hecho, esta mañana, en mi paseo, me encontré de frente nada más y nada menos que con el contraalmirante Hood.
Al parecer estaba revisando la situación de nuestra escuadra, en compañía de los capitanes Barton y Wolley, del York y del Captain.
Al encontrarse conmigo Hood, tras mirarme de arriba abajo, me recomendó que dejara de engordar con finas palabras que no impidieron que mi cara se pusiera roja y que apretara con fuerza los nudillos tras mi espalda. Detrás suyo Barton y Wolley me observaron con rostros inexpresivos, aunque uno de ellos carraspeó nervioso y miró con disimulo si mi mano se acercaba a la vaina.
Después de este desagradable incidente volví a mi fragata con los puños cerrados y mirada de pocos amigos que enmudeció a mis hombres de la falúa y, una vez en cubierta, incluso el teniente Byron se limitó a saludarme con gesto marcial.

En mi cabina llamé a Vincenzo y le ordené que se deshiciera de todo lo que tuviera grasa de la despensa, y que desembarcara para hacerse con frutas y verduras. Tras una serie de protestas y una patada en su trasero, ha abandonado la fragata para cumplir con mis órdenes.
Todo sea porque no ponga en riesgo mi carrera al tentarme la idea de rebanarle el pescuezo a un oficial de mayor rango.

miércoles

De vuelta

En alta mar, el 9 de enero de 1808. En la HMS Circe.

Sigo vivo y entero, a pesar de que hace un par de días pensaba que acabaría con alguna parte de mi cuerpo marcada por el acero de James.
Afortunadamente, como se dice, la sangre no llegó al río, y no se lamentaron daños, ni siquiera leves, en uno y en otro. Al menos en forma de heridas.

A la mañana siguiente de nuestro enfrentamiento dialéctico en mi falúa, nuestros respectivos padrinos, el teniente Byron y el capitán Crowe, acordaron que el mejor lugar para el duelo sería en un almacén abandonado a las afueras de Funchal, que hace años había servido para guardar grano y que dispone de un suelo firme y en buenas ocasiones para el enfrentamiento.
Antes de que sonara la campana de la guardia de alba, Byron y yo ya bajábamos por la escala de la Circe para buscar la costa a bordo del chincorro y con mi primer teniente a los remos.
El aspecto del puerto era fantasmagórico, con la niebla ocultando los navíos allí fondeados, que sólo se dejaban ver gracias a sus palos mayores, que sobresalían por encima de la niebla como un campo de estacas.
Toda la escuadra y Funchal sabía a esas horas lo que iba a ocurrir durante la mañana, por lo que las cubiertas de las embarcaciones estaban completamente vacías, y el chinchorro surcó las aguas en un silencio tan absoluto que el chapoteo de los remos se convertía en un auténtico escándalo.

A lomos de dos mulas alquiladas que ya estaban preparadas en la fonda donde el día anterior desayunamos, salimos del pueblo a través de las calles oscuras, con la única luz de las velas que iluminaban la hornacina de un santo desconocido para mí y oyendo el aullido de algún perro hambriento a lo lejos.
No tardamos mucho, y en apenas veinte minutos llegamos al almacén. Podíamos ver luz en el interior, y tras dejar a los animales bien atados a un árbol cercano entramos.

La imagen del interior me sobrecogió, y más parecía aquello un aquelarre de brujas que una sala de duelos.
Las paredes, de piedra tosca, apenas se distinguían al estar lejos del foco de luminosidad de varias decenas de velas situadas en círculo.
En el centro, y como fantasmas, se podían distinguir tres figuras que, al acercarnos (con suma precaución) pudimos reconocer: para nuestro alivio eran los rostros del capitán Crowe, el teniente James y el cirujano de la Africaine, que apartaba discretamente de nuestra visión la maleta con los instrumentos de cirugía.

Tras los saludos de rigor, y con los sables en la mano (descartamos la elección de pistolas por el ruido que pudieran causar), James (más pálido de lo habitual) y yo comenzamos a intercambiar golpes, al principio con mucha ceremonia y, poco a poco, con intención de buscar hueco y encontrar carne.
John, más bajo que yo y hábil, se mostró tan diestro como me imaginaba, aunque yo comencé a ganar ventaja cuando, a base de mi mayor fuerza bruta, apartaba sus golpes con estruendosos chasquidos.
Pronto salió del campo de luz y tocó pared con su espalda, y cuando todo parecía decidido comenzó a faltarme el aire.
Nunca antes había sentido un dolor tan profundo en el pecho, como si ardiera, y tras dar un par de traspiés me derrumbé en el suelo y todo se volvió oscuro, como si muchas bocas a la vez hubieran apagado las velas con un sincronizado soplido.

Para cuando desperté me encontraba en mi coy, con el cirujano de la Circe, el señor Marsh, poniendo sobre mi frente un trapo de agua fría. A su lado Vicenzo me miraba con ojos de preocupación, y James, en mangas de camisa, torcía la boca en una sonrisa al verme abrir los ojos.
Según pude saber, me desmayé, y el cirujano de la Africaine informó que mi pulso comenzaba a perderse, por lo que practicó maniobras de reanimación antes de conducirme, con sumo cuidado, a mi fragata.
Ya en manos de Marsh, éste me ha prohibido terminantemente realizar grandes esfuerzos y, sobre todo, me ha obligado a someterme a una dieta para rebajar mi peso. Según me dijo mi sobrepeso alcanza ya límites peligrosos.

Es por eso que me he propuesto el intentar reducir el volumen de mi barriga (Vicenzo cada vez protesta más de tener que remendar mis calzón para que pueda entrar en él), e intentaré continuar con el propósito de andar mis tres mil pasos diarios en el alcázar.
Un propósito que caerá en saco roto si no pongo todo mi esfuerzo en llevarlo a cabo. Espero que el susto sirva de estímulo.

En cuanto a lo demás, ayer zarpamos de Funchal rumbo a Portsmouth con la escuadra, aunque continuará destacada en la isla la Shannon para evitar un poco probable ataque francés.
De camino a Portsmouth quizás nos detengamos en Gibraltar, donde esperamos recibir noticias de cómo se sigue desarrollando la guerra en Europa y, quién sabe, con alguna carta a mi nombre esperando ser abierta.

viernes

Enfrentamiento

En Funchal, el 4 de enero de 1808. En la cabina de la HMS Circe

Hoy ha sido un mal día. Un día horrible, a la par que extraño. Como si se tratara de un sueño, o más bien de una pesadilla.

Esta mañana paseaba por el puerto de Funchal en compañía del teniente James. El día estaba precioso, con el cielo muy azul, sin nubes, el sol tostándonos las caras, el suave olor a sal que nos llegaba desde el atlántico y aún con sabor dulzón en nuestro paladar tras haber probado la mercancía en forma de botellas de Madeira que cargábamos hasta nuestros respectivos buques.

En ese momento, cierta algarabía entre muchos de nuestros hombres que por allí paseaban y el estampido de la batería del castillo de San Jorge nos hizo levantar la vista para observar al bergantín Arrow asomar el bauprés mientras doblaba en cabo Girao.
Pocos de los allí presentes pudimos ocultar nuestra alegría, ya que la pequeña embarcación, como ha ocurrido desde que nos encontramos en esta isla, traía consigo la saca de correo, y todos esperamos noticias, algunos más ansiosos que otros, desde Inglaterra.

Ofrecí gustosamente mi falúa a James para que viajara parte del trayecto conmigo, ya que el Centaur se encuentra a menos de un cable de distancia de la Circe, a lo que mi amigo John aceptó gustosamente inclinando la cabeza.
Y fue ahí cuando ocurrió todo.
Observando ambos la entrada del Arrow, con algún comentario aislado sobre si era conveniente o no tener tanto paño en la jarcia en un momento tan delicado, y tras un breve silencio, pregunté a John si esperaba carta de su esposa Alice.
Aunque James es de los que gusta gritar a los cuatro vientos que como amigo, de quien sea, es difícil de superar, a la hora de hablar de lo suyo, de su intimidad, se muestra hosco y cerrado, por lo que apenas habían salido las palabras de mi boca ya me había arrepentido.
Sin apartar la mirada del bergantín, John se limitó a asentir con la cabeza, y al encontrarme en una incómoda posición, le expliqué que mi único interés era saber si Alice se acordaría de enviarme un saludo, ya que no recordaba que lo hubiera hecho en las últimas misivas que habíamos recibido.

Y James enloqueció.
Me miró con ojos de odio, se levantó bruscamente (la falúa se desequilibró peligrosamente y casi caemos todos al agua) y empezó a gritarme, con la vena que parecía que iba a saltar del cuello, y el puño cerrado en mi dirección, en un claro gesto de amenaza.
Tras la sorpresa inicial, y con la cara de mis hombres, con ojos como platos, mirando de hito en hito al teniente, una furia descontrolada surgió de mi pecho, le respondí igual o peor, y mientras ordenaba, a gritos, a los marineros que condujeran la falúa hacia el Centaur, le dije a John que ya recibiría noticias de mi padrino.

Ahora, mientras escribo estas líneas, siento dolor, mucho dolor. John, rarezas propias de su carácter al margen, siempre ha sido un buen amigo, y saber que me tengo que batir con él me produce un gran desconsuelo que es proporcional al número de botellas, ya vacías, que ocupan la mesa de mi escritorio.
Pero no hay vuelta atrás. Por muy amigo mío que sea, o haya sido, me ha dicho cosas horribles que soy incapaz de perdonarle a nadie, por lo que ya he enviado al teniente Byron, que muy amablemente se ha ofrecido como padrino, para que acuerde la hora y el lugar con la máxima discreción posible, aunque a estas horas no me cabe la menor duda de que toda la escuadra tiene noticias de este desagradable suceso.

Quizás éstas sean la últimas palabras que escribo, ya que cuando dos hombres son heridos en su orgullo, y máxime si forman parte de la Armada de Su Majestad, las razones pasan a un segundo plano y mandan los sentimientos.
James es un buen espadachín, y estoy seguro de que no se contentará con un rasguño. Yo, además, tampoco soy capaz de paliar el odio que siento en mi interior. Las ofensas han sido demasiado grandes, y se convierte en gigantes si llegan desde la boca de alguien al que sentías como amigo.

Sinceramente, espero que sea Alice la que no reciba más cartas de mano de James.

miércoles

Resaca

Frente a Funchal, el 2 de enero de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Comienza un nuevo año, lejos de casa, y con la ya habitual costa de Funchal a la vista, con su atareado puerto en un constante trajín y los barcos de la escuadra de Hood fondeados y a la espera de nuevas órdenes.
Ayer gran parte de los comandantes de la escuadra nos reunimos en la cabina del Centaur para dar la bienvenida a 1808, donde el contraalmirante demostró que su despensa es la mejor servida de toda la flota y no escatimó en gastos.

Entre todos los presentes (dado el alto número de oficiales nos reunimos en la cubierta del buque insignia) se encontraba el teniente James, con el que apenas pude intercambiar palabra al estar en constante conversación con sus más afines, por lo que nuestro encuentro apenas duró unos minutos, antes de que su atención se volcara en el capitán de la Africaine, Peter Crowe.
Por tanto pasé gran parte de la fiesta bebiendo solo, apoyado en la batayola de sotavento y contemplando las embarcaciones que surcaban las aguas del puerto.

El beber en solitario tienen como principal inconveniente que dedicas todo tu tiempo a ello, sin charlas, ya sean interesantes o aburridas, que al menos detengan el camino del vaso hacia la boca, por lo que, para cuando me di cuenta, apenas podía distinguir todo lo que me rodeaba, y me tuve que retirar balbuceando disculpas y rezando para no hacer el ridículo en mi descenso hacia la falúa.

Éste se produjo de una forma correcta, y mis hombres se mostraron muy cuidadosos a la hora de intercambiar miradas. Me devolvieron a la Circe en completo silencio, bogando en perfecto orden. El teniente Byron, que me acompañó al Centaur, dirigió acertadamente la embarcación hacia el costado de babor de la fragata, por lo que mi llegada a la cabina (ni en el cabo de Hornos la había visto moverse tanto) se llevó a cabo con toda la discreción posible en un buque de sólo 28 cañones.

Tales excesos los he pagado muy caros, y esta mañana me he levantado con un dolor de cabeza horroroso que me ha tenido confinado sin que tenga el menor interés de subir a cubierta.
He delegado el mando en Byron, ya que no creo que cambie la rutina diaria, por lo que me dedicaré a descansar y a tomar la infusión que me acaba de servir mi despensero Vicenzo para paliar en la medida de lo posible el martilleo en mi cabeza.

Espero que zarpemos lo antes posible.
El tener tan cerca tal cantidad de vino de Madeira no puede ser bueno.

domingo

Carta al almirante Daniels

En Funchal, el 30 de diciembre de 1807. A bordo de la HMS Circe.

Querido padre:
Le escribo desde la cabina de mi fragata, fondeada en el puerto de Funchal, el cual fue tomado, junto al resto de la isla, recientemente.
Después de que hayan desembarcado los regimientos de infantería que mantend
rán la posición a lo largo de la guerra, sir Hood ha ordenado que nos mantengamos en la zona un par de días más, a la espera de que aparezcan enemigos en el horizonte, lo que es poco probable.

Esta carta es para comunicarle que en cuanto volvamos a Inglaterra, que no será tarde, visitaré Bedford para celebrar tanto con usted como mi querida madre estas fiestas que me han tenido lejos de mis seres más queridos.
Aunque siempre e
s agradable encontrarse en alta mar, uno no puedo evitar pensar en los suyos y echar en falta su compañía.

Ahora que hay poca actividad, dedico los días a pasear por la ciudad, con sus habitante tan amables con nosotros como siempre, y disfrutando de algún néctar muy típico de la zona en compañía (cuando su tiempo lo permite) del teniente James. Que no le queda duda, señor, de que a mi regreso estaré acompañado por una o varias de estas magníficas botellas para completar su ya bien servida bodega.

En cuanto a lo demás, según nos han informado, Francia, no contenta con disponer de una potente fuerza
armada en Lisboa, prepara su entrada a través de los Pirineos con una nueva fuerza expedicionaria ante la pasividad manifiesta de los españoles, sorprendentemente dóciles dadas las circunstancias.
No cabe duda de que se está creando un nuevo frente, y aunque los buques de Su Majestad dominan los océanos, en el continente 'Boney' aún sigue intratable e infundiendo temor allá dónde pisan sus casacas azules.

De todos modos espero poder hablar de todo esto con usted, si tiene la amabilidad, alrededor de una mesa en Bedford, donde espero llegar a lo más tardar en una semana.
Se despide por tanto enviándole el más afectuoso de los abrazos (extensible a mi madre pero en forma de beso).

Capitán Daniels

miércoles

Victoria en Funchal

Frente a Funchal. El 26 de diciembre de 1807. A bordo de la HMS Circe.

Tal como esperábamos la resistencia de las islas ha sido nula.
Después de reunirme ayer por la noche en la cabina del Centaur con el resto de capitanes de la escuadra, establecimos la estrategia para atacar Funchal y desembarcar las tropas del general Beresford.
Sin embargo, pocos pudimos evitar la sensación de manifiesta tranquilidad al saber todos los presentes que los portugueses no tratarían de defenderse y que cumplirían con el trámite de arriar la bandera antes de recibirnos con los brazos abiertos.
Incluso el capitán Worsley, del Intrepid, no paró de contar chistes, algunos de pésimo mal gusto, sobre las fuerzas lusas (sus mejillas estaban más coloradas de lo habitual), hasta que sir Hood se vio en la obligación de amonestarle verbalmente, lo que provocó que el aludido enrojeciera aún más, lo que parecía imposible, y brindáramos por la victoria en un ambiente tenso.

En la mañana de hoy, las fragatas fondeamos a un cable de distancia del fuerte de Santiago, cuyas bocas de fuego, temibles, se mantuvieron en silencio, y nos limitamos a ser testigos de cómo el capitán Webley desembarcaba en su falúa como emisario para solicitar una rendición que se produjo prácticamente antes de que pisara tierra.
Desde el alcázar pude ver el aspecto de nuestra flota, engrandecida por una ciudad que parecía encogerse ante la visión de los costados de nuestras baterías, con el olor de las mechas encendidas impregnándolo todo y los oficiales con nuestras mejores galas, magníficos, en contraste con los torsos sudorosos de los hombres a los cañones y el rojo escarlata de los infantes poblando las cofas.

Como siempre que ocurre en estas circunstancias, tengo una sensación agridulce, ya que por un lado es una lástima el no haber podido entablar combate y poder oír a cientos de cañones disparando al unísono, pero por el otro no cabe duda de que es preferible conseguir una victoria sin que una sola vida comience su particular singladura por el Aqueronte.
Por lo que en resumidas cuentas nos podemos dar por satisfechos al haber cumplido nuestra misión, ya que las Madeira forman parte de la Corona de Su Majestad con todos los barcos y hombres intactos.

Ahora, dejaré de escribir, ya que sir Hood recibirá a los oficiales en su cabina, y según parece organizará un banquete en tierra para celebrar no sólo la victoria, sino también la Navidad, ya que dados los preparativos del combate no ha habido tiempo de disfrutar de estas fechas tan significativas.
De todos modos, el pasado lunes sí pude reunirme con James, y ambos brindamos por nosotros y nuestros seres queridos, allá en Inglaterra y a los que envió mis mejores deseos desde mi corazón y pensamiento.

viernes

¿Despedida?

En la HMS Circe, el 21 de diciembre de 2007. En la mar.

La vida es como la mar. Nunca me cansaré de repetirlo.
Un día te encuentras con que el viento es favorable, tu barco navega a una velocidad plenamente satisfactoria y ni un solo cabo o trozo de paño en la jarcia corre el riesgo de saltar por los aires.
Sin embargo a veces, en cuestión de segundos, una inesperada racha, arrecife mal marcado en las cartas o un trozo de hielo que el vigía no había visto hasta que ya es demasiado tarde convierten la mejor singladura en un auténtico infierno sobre la cubierta.

Algo parecido me ha ocurrido a mí.
Antes de ayer me alegraba por haber disfrutado de una cena junto a mis amigos, con buena conversación y vino, y hoy, pocas horas después y con la escuadra de Hood rumbo a Funchal, me encuentro lleno de pesar, con pocas ganas de tomar el aire en cubierta y optando por encerrarme en la cabina para rumiar mis penas.

Ayer, con señal en el Centaur de levar anclas, desde el alcázar el señor Byron me avisó de que se acercaba un pequeño bote por la aleta con sus tripulantes remando a una velocidad admirable y con un joven haciendo equilibrios para mantenerse en pie con acierto mientras hacía gestos con los brazos para advertir de que portaba un mensaje.
Por supuesto no detuvimos las maniobras, aunque sí di permiso para que se abordara con la fragata. El propio joven trepó cual araña por la escala, entregó la carta y se marchó a una velocidad que se ganó la aprobatoria mirada de todos los que nos encontrábamos en ese momento en el alcázar.

Hasta que no dejamos muy atrás la isla de Wight, no me senté en mi escritorio para leer la carta, arrugada, que guardé en mi bolsillo, y después de la cuarta o quinta vez que mis ojos repasaron cada línea de la breve misiva fui capaz de asumir su significado.

Escribiré literalmente la carta aquí.

A la atención del capitán Vincent Daniels.Señor, siento comunicarle que a partir de que haya leído esta carta no quiero tener más contactos con usted. Las razones son muchas, pero no es este el medio ni la situación donde deba darlas, y tras valorarlo detenidamente, he llegado a la conclusión de que no creo que sea posible que nuestros respectivos destinos puedan ir de la mano, al menos de momento.
Sin más se despide
Lively Caster. En Plymouth.

miércoles

John James

En Portsmouth, el 19 de diciembre de 1804. A bordo de la HMS Circe.

Me duele la cabeza pero estoy satisfecho, muy satisfecho, después de haber pasado una noche muy amena en compañía de Lively y algunos amigos.

Los trabajos a bordo están ya finiquitados, y la fragata está lista para zarpar en cuanto suba la marea, rumbo a Funchal, junto a la flota de sir Samuel Hood, insignia en el Centaur, de 74 cañones.
Cierto es que el espectáculo desde el alcázar es simplemente magnífico, y no puede dejar de maravillar a nadie la visión de una escuadra armada y lista para entablar combate.
Junto a mi Circe y el Centaur, navegarán los también 74 York y Captain (¡qué gran navío y qué gran historia!), además de las fragatas Africaine, Alceste y Shannon. A la altura de Plymouth nos reuniremos con el Intrepid, de 64, y la fragata Success, todos escoltando los transportes cargados de los 'langostas' para tomar las islas ahora mismo en poder (al menos nominalmente) de los franceses.

Lo mejor de todo, sin duda, es que a bordo del Captain navega como primer oficial mi gran amigo el teniente James.
Fue una completa satisfacción reencontrarme con él, y apenas había echado el ancla el 74 en Spithead su lancha se acercó a la fragata con John a bordo.
Después de invitarle a una copa de clarete en la cabina, nos citamos a la noche para disfrutar de una cena en mi propia fragata.

A pesar de que pocas veces tenemos la ocasión de encontrarnos James y yo al ser nuestros destinos bien diferentes, aún tengo en mente que al margen de haber sido un excelente primer oficial en los buques que he tenido a mi mando, es buen amigo, de esos que se acuerdan de enviar una carta para interesarse por ti cuando los demás sólo lo hacen cuando hay bebida o comida de por medio.

La cena estuvo a la altura de las circunstancias, y contamos con la compañía de antiguos compañeros de tripulación como el sargento de infantes de marina Anthony Basket, el oficial de derrota John Draw y el contador David Davies. La comida fue buena, el postre mejor (una deliciosa tarta enviada por Lively y que ha soportado con acierto los golpes de su viaje desde Plymouth), y como broche una partida de whist regada con vino, mucho vino, quizás demasiado y principal causante de que el dolor de cabeza de algún martillazo cada pocos minutos.

Pero sin duda ha merecido realmente la pena, y estoy seguro que el viaje hasta Funchal será bastante ameno contando con la presencia de James y compañía.
Una buena forma, en definitiva, de paliar el dolor que supone pasar las próximas fiestas navideñas lejos de Lively.

viernes

En Londres con Lively

En Wood Fields, el 14 de diciembre de 1807. Portsmouth

Me encuentro en mi casa después de una amena semana en Londres, en compañía de mi querida Lively y disfrutando de unos merecidos días de descanso tras mi misión frente a las costas de Portugal.
Viajé a la capital para informar en el Almirantazgo de todo lo ocurrido frente a la costa lusa (la escolta hacia Brasil de la familia real, la toma de la capital por parte de los franceses y el apresamiento de los buques rusos de Seniavin).
Aproveché que Lively se encontraba en Londres junto a su padre y su familia para tomar unos días de relax, previo permiso, los cuales fueron bastante gratos para mí.

Hemos comido y bebido bien (quizás demasiado), con visitas a lugares de gran interés, como el puente de Londres, los alrededores de Greenwich (uno de mis 'rincones' favoritos), los diferentes fondeaderos con buques de todo tipo y porte, monumentos de interés como las iglesias medievales y alguna que otra representación teatral donde disfruté como pocas veces lo he hecho en la vida, sorprendido de que haya algo que me pueda interesar más que el ser testigo de una buena andanada.

Concretamente fue una obra a la cual no quería asistir en un principio al considerarla completamente aburrida, ya que no se trata de una representación dramática, sino más bien de lecturas de cámara.
Sin embargo Lively puso mucho empeño e interés en asistir, y dado que a causa de mis viajes nos vemos relativamente poco, finalmente opté por ceder, y reconozco que salí realmente entusiasmado, recitando torpemente algunos de los versos que oí mientras paseábamos de camino a la residencia de los Caster de la capital.

También fue muy interesante nuestra visita a la Torre de Londres, donde dedicamos especial atención a la casa de fieras, donde disfrutamos con los leones que allí se encuentran y que nos observaban en todo momento con ojos que inspiraban respeto.
Eso sí, a punto estuvo de ocurrir un grave incidente, porque Lively, gran amante de todo lo que se parezca a un gato, por muy largos y peligrosos que sean sus colmillos, tuvo la osadía de acercarse demasiado a uno de los animales que, a la velocidad del rayo, desgarró parte de su vestido, no llegando a la carne de milagro.
Me dejé llevar por la ira, e incluso llegué a sacar mi sable de la vaina, y con el grito de guerra que uso a la hora de saltar a la cubierta enemiga, busqué la forma de entrar en la jaula, aunque los cuidadores que allí se encontraban y algún que otro espontáneo me sujetaron con poca ceremonia mientras Lively me lanzaba una mirada llena de amonestación.

Gracias a dios fue sólo un susto, y aunque durante una hora larga apenas hablamos y ella se mostró más silenciosa que de costumbre, la visión del sol ocultándose teñido de rojo más allá del parque que rodea Greenwich suavizó su gesto, y llegamos a casa cogidos del brazo y charlando amigablemente.

Ahora, de vuelta a Wood Fields, aprovecho la soledad de mi casa para escribir estas líneas y reflexionar sobre mi nefasta situación económica, ya que mi estancia en Londres ha agotado de forma alarmante el peso de mi bolsa.
Necesito encontrar la forma de que mi dinero crezca, pero no creo que haya posibilidades y menos con la misión que se avecina, ya que, según parece, se está preparando una escuadra para dirigirse a las islas Madeira y conquistarlas ahora que Francia se ha adueñado de Portugal y, presumiblemente, sus dominios.
Todo parece indicar que la Circe será una de las fragatas que acompañe la expedición que contará con navíos de línea y un fuerte contingente de tierra.

De momento no tengo órdenes concretas, aunque sí me han instado a tener la fragata lista para zarpar en una semana aproximadamente, lo que concuerda con la posible marcha sobre Funchal.
Será cuestión de ser paciente y esperar a que se vayan sucediendo los acontecimientos.

sábado

La escuadra de Seniavin

En la HMS Circe. El 7 de diciembre de 1807. Cerca de el cabo Finisterre.

En estos momentos la fragata navega con viento por la aleta, con prácticamente toda la vela en los palos y a una velocidad considerable.
Ayer abandonamos la escuadra de sir Sidney, frente a Portugal, con los navíos rusos a buen recaudo y con la orden de dirigirnos a Portsmouth para comunicar nuestra captura a los mandos del puerto.

Pero no quiero adelantar acontecimientos.
El pasado lunes, poco después de salir del Tajo y buscando la estela de nuestra escuadra y la portuguesa, avistamos una vela en el horizonte y nos acercamos para comprobar de qué flota se trataba.
Nuestra sorpresa fue mayúscula al comprobar en el tope de uno de los navíos el pabellón ruso, y al no estar muy clara la situación política entre ambas naciones (sobre el papel estamos en guerra), estrechamos distancias para comprobar su reacción.

Con tu torpeza habitual los rusos comenzaron a trepar por los obenques y a desplegar lona para ir en nuestra caza, y desde la proa de una de las embarcaciones (contamos diez) un disparo muy mal dirigido de aviso confirmó todas mis sospechas, por lo que haciendo oídos sordos viramos en redondo para advertir a nuestra escuadra.

Uno de las embarcaciones, de un porte similar a la Circe, trató de alcanzarnos, pero nuestro barco, dada su posición y con el viento soplando del suroeste en ese momento, no tenía rival, por lo que pronto desaparecieron sus juanetes más allá del horizonte.
A una velocidad superior a los doce nudos, nos adentramos en el atlántico, y en menos de un día vimos la silueta del Conqueror, que cerraba la larga y lenta formación británico-lusitana.
Tras remontar la larga hilera de barcos, con algunos de ellos saludándonos alegremente al creer que llevábamos correo con la posterior decepción al comunicarles que nos dirigíamos directamente a la posición que ocupaba el buque insignia Hibernia, nos limitamos a informar de alcázar a alcázar (no había un minuto que perder) la situación de los rusos.

Con el barómetro bajando a toda prisa, la eficacia de nuestra armada quedó manifiesta dada la velocidad con que Sir Sidney distribuyó la orden de despachar el Marlborough, el London y el Bedford en labores de escolta de la familia real portuguesa hasta Brasil, y mandar al resto de la flota virar para volver al Tajo con la Circe comandando la línea.

Habría dado media paga por ver la cara de los rusos al asomar nuestras vergas, ya que según el tratado de Tilsit ambas naciones nos encontramos aún en guerra, y para nuestra decepción, con redoble de zafarrancho a bordo y todos nuestros hombres listos para el combate, nuestros enemigos se limitaron a arriar la bandera sin disparar un solo cañón.
Una vez rendidos, se nos ordenó volver a Inglaterra para informar de la situación y esperar nuevas órdenes.

Con la satisfacción del deber cumplido, al menos me alegra saber que podré aprovechar nuestra arribada a Spithead para tomar una silla de posta a Londres, donde podré encontrarme con mi querida Lively y así disfrutar de algunos días de asueto antes de volver a la mar (dios mediante).
Estoy seguro que para ella será la mayor de las sorpresas al creerme a muchas millas náuticas de distancia.