viernes

Victoria en Naskon

En el Báltico, el 5 de septiembre de 1808. A bordo de la HMS Circe.

No hay nada como un buen combate para levantarle a uno el ánimo.

Después de zarpar de Portsmouth, la travesía fue relativamente aburrida, con la única salvedad que contamos a bordo con el capitán de navío Peter Puget, que sustituye al señor William Brown. Éste llegó hace una semana a Inglaterra afectado de una pulmonía de la que pocos creen que logre salir, por lo que el señor Puget ha sido destinado al 74 Goliath, bajo el mando del vicealmirante Saumarez, que en estos momentos ha de encontrarse en Karlskrona con el resto de la flota.

Tal como esperábamos nuestro paso por el estrecho de Great Belt, que separa Dinamarca de Suecia, fue complicado, ya que aunque los daneses (nuestros enemigos) apenas cuentan con navíos de línea y fragata tras la Batalla de Copenhague, en determinados puntos, y si el viento no nos es favorable, pasamos demasiado cerca de la costa y, por tanto, al alcance de sus baterías, algunas de 44 libras.
En esas estábamos cuando desde el tope avistaron varias velas a la entrada del río Nakson. Tras tomar yo mismo el catalejo comprobé que se trataban de cañoneras, y una especialmente grande, con dos cañones largos de al menos 18 libras.
Apenas me lo pensé, y aprovechando la presencia del capitán Puget, el cual podría hablar bien de mí a la llegada a Karlskrona, decidí entablar combate y destruir el máximo número posible de barcos daneses, ya que resultan una constante amenaza para el tráfico de mercantes ingleses que se ven obligados a pasar por el estrecho en su viaje hacia Suecia.

Aunque no suelo protagonizar este tipo de ataques, me pudo la vanidad ante la presencia del señor Puget, y tras negarse amablemente a tomar partido ya que se considera un pasajero a bordo de mi fragata, tomé el mando del cúter rojo y me dispuse a abordar la gran cañonera danesa, mientras que el primer oficial, el señor Lawyer, se encargaría de gobernar la Circe.
Destiné a Byron al frente del otro cúter y pusimos proa al enemigo.

Desde la batería de estribor de la fragata se encargaron de mantener a raya a las cañoneras mientras nosotros éramos recibido por fuego de mosquetes.
Con las balas silbando sobre mi cabeza (perdí el tricornio en una que pasó muy cerca), y tratando de no caerme a las gélidas aguas en mi intento saltar al costado de la cañonera (el mar tampoco lo ponía fácil), fui seguido por mis hombres, con Vicenzo a la derecha, que pese a su más de medio centenar de primaveras es un excelente tirador, y Paint a la izquierda, un maestro en el manejo del hacha de abordaje.

El hacha desapareció pronto de su mano para terminar en el pecho de un danés con una pica que se me echaba encima, mientras que un gigante con un garrote trató de lanzarme por la borda hasta que le disparé a bocajarro para dejarlo en la cubierta retorcido en su agonía.
El combate continuaba, con disparos, entrechocar de metal, gritos de dolor y de victoria y, mientras, el tronar de los cañones de la Circe que se elevaban por encima de todos.
Los daneses se rindieron con una decena de bajas, mientras que de mi tripulación no se tuvo que lamentar muerte alguna, sólo heridas de diversa consideración.
Volvimos a la fragata después de hundir la cañonera, y ya a bordo el señor Lawyer me informó que la fragata había hundido otras tres embarcaciones de menor tamaño.
A continuación el capitán Puget me felicitó por la victoria, y con la sonrisa en los labios di orden de largar vela para alejarnos de la costa y poner proa al Báltico con la satisfacción del deber cumplido.

Un gran día por tanto el de ayer, con la obligada cena de celebración a la noche una vez superado el Estrecho.
Los brindis y los cantos no pararon hasta despuntar el alba, y he tardado más de la cuenta en dejar atrás el coy, con un dolor de cabeza que dadas las circunstancias es dulce.
Triunfos de este tipo mitigan todo tipo de males.

Rumbo al Báltico

En Portsmouth, el 29 de agosto de 1808. A bordo de la HMS Circe

Estoy agotado y no sé por qué. No se puede decir que haya realizado un esfuerzo físico considerable, ya que lo único que he hecho es estar toda la mañana en el alcázar observando con desgana cómo mis hombres cargan a bordo suministros y pólvora.
Después de las misiones que me han llevado esencialmente por el Atlántico, el cambio de aires será considerable, ya que la fragata pondrá proa al Báltico, donde Inglaterra mantiene su alianza con Suecia en la guerra contra la armada rusa.

Nuestro principal cometido es portar despachos importantes y de los que poco sé, aunque según me han dicho mis amigos del Almirantazgo, quizás contemos a bordo con algún pasajero inesperado. No han podido adelantarme algo más.

En cuanto a lo de mi cansancio, creo que se debe más bien al estado de ánimo. Tantos días lejos del mar (unas dos semanas), dándole vueltas al asunto de Lively, me dejan sin energías para afrontar el día a día, por lo que el tricornio parece pesar más que nunca, y levantarme cada mañana del coy se convierte en poco menos que una victoria.

Ahora he de dejar de escribir.
Me reclaman en cubierta.

Carta a Lively Caster

A la atención de Lady Caster, en Plymouth (escrita el 15 de agosto. Entregada el 22 del mismo mes)

Querida señora, si usted está leyendo esta carta, eso significa que no me ha recibido en su casa en Plymouth.
Mi intención no era otra que la de hablar cara a cara con usted después de tantos meses ignorándome por completo.
A día de hoy, aún no comprendo qué pude hacer mal para ganarme este castigo, el castigo de haber dejado de existir para su persona.
Le he escrito constantemente sin recibir una sola respuesta suya.
Si por ventura se ha dedicado a guardar mis cartas, no me cabe duda de que tendrá en su disposición el papel suficiente para envolver el HMS Victory por completo.
Pero creo que ha llegado el momento de terminar con esto.
Es demasiado duro para mí. Demasiado.
Mi vida es una no vida. El día a día se convierte en un tormento, en una eterna espera sin final. En un laberinto sin Minotauro donde hago de un Teseo a la deriva.
Noches enteras sin poder conciliar el sueño, y días completos donde el sueño de encontrarla se esfuma con las nubes grises de Hampshire y de cualquier mar donde me encuentro.
Es por tanto por lo que he decidido zanjar esta situación de una vez, es por tanto por lo que me despido señora. Le digo adiós.
Este capitán al que ha desterrado a lo más profundo de su memoria, ésa donde los recuerdos dejan de florecer, se marcha, se marcha para siempre, para no volver, para dejar de soñar despierto. Para poder dormir sin temer la velada.
Créame. Jamás en la vida, ¡jamás!, he amado tanto a alguien. Es cierto que he conocido a otras mujeres, y también es verdad que alguna ha sabido tocar mi fibra más sensible para suspirar como un joven enamorado y alardear de ser el objetivo de Eros.
Pero usted, mi querida señora, usted, ¡ay!, es la única que de verdad me ha hecho entender lo que es el amor en su forma más pura.
Es usted, y sólo usted, la única que me ha hecho ver que el querer a alguien puede ser el pilar sobre el que se sostiene toda una vida, siendo todo lo demás meros accesorios que no eclipsan, ni por muy buenos o malos que sean, lo que supone rozar los dedos de su mano u observar un suave parpadeo de sus ojos al sonreír.
Pero ese pilar, ¡ese bendito pilar!, está cayéndose a pedazos al no poder contar con un mínimo de correspondencia por su parte, y es por ello que antes de que se caiga por completo y me convierta en un ser balbuceante, sin rumbo, buscando un sustento que no encuentra y un camino que no tiene salida, decido acabar con la incertidumbre tomando yo mismo la iniciativa para decidir que, a partir de ahora, Vincent Richard Daniels, capitán al servicio de su Graciosa Majestad, opta por renunciar a usted.
Sé que las consecuencias serán fatales, y no sé si mi cordura lo resistirá.
Pero debo hacerlo, no me queda otra solución.
No quiero ser más vulnerable.
Me niego a sufrir más entre sol y sol.

Me despido sin más demora, mi querida Lively, me despido.

Adiós para siempre, adiós.
Deseándole la mayor de las fortunas se despide su capitán, el que más le amó, el que le veneró hasta no sentir ni penas ni alegría. El que quiso ser suyo hasta la llamada del fin de los tiempos


Capitán Vincent Daniels. En Wood Fields. Cerca de Portsmouth (Hampshire)

Una decisión

En Wood Fields, el 15 de agosto de 1808. Cerca de Portsmouth (Hampshire)

He estado toda la mañana haciendo prácticas con el fagot.
A los dos días de mi llegada desde Portugal, con un dura travesía que nos ha tenido ocupados día y noche combatiendo con los elementos, llamé a mi profesor de música, el señor Volkan.
Hemos continuado con las clases, y aunque hace rato que se ha ido, he seguido por mi cuenta, sacando notas tristes al instrumento y con Vicenzo, que como siempre me acompaña en tierra, mirándome con gesto preocupado.

Y es que estoy triste, ¡triste!
Esto es un sin vivir, una tortura donde mi principal enemigo soy yo mismo y mis pensamientos.

Nada más llegar a Portsmouth, como siempre y tras el papeleo pertinente, fui corriendo a la Oficina de Correos.
Siempre que llego a puerto, ¡siempre!, acudo para ver si, por ventura divina, he recibido carta de mi querida Lively.
Sin embargo, aún persiste en su mutismo, y desde aquella vez que me escribió asegurándome que no quería volverme a ver más no he tenido noticias suyas.
Lo único que había eran cartas de personas a las que debo dinero (mi paga es miserable y me impide vivir con un mínimo lujo). Ni siquiera de un amigo o familiar que me pueda dar algo de consuelo en estos momentos.

Pero me empiezo a cansar de esta larga espera. Bien es cierto que lo que siento por Lively es algo tan puro y profundo que me obliga a insistir hasta llegar al punto de convertirme en un pedigüeño de atención y cariño.
Pero, ¿es esto vida? No, yo creo que no.
No ha de ser bueno el sentir que el corazón va a salir del pecho cada vez que se acerca por el camino que conduce a Portsmouth un jinete con una posible carta, o en puerto con la mirada fija en el muelle por si surgiera una lancha con un mensaje para mí.

Creo que tomaré una silla de posta y acudiré a Plymouth para despedirme de ella en persona, aunque por si las moscas escribiré una carta por si no tuviera bien recibirme.
No va a ser fácil.

Tempestad

En alta mar, el 8 de agosto de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Durante dos días el mar no nos está dando respiro alguno.
Apenas zarpamos de vuelta a Inglaterra para acompañar a los transportes que han traído en sus bodegas a los miles de soldados, y el barómetro comenzó a bajar a una velocidad endiablada, y di orden de alejarnos de la costa en la medida de lo posible.

Casi se podía ver aún la columna de polvo que levantaban las tropas del general Wellesley, en plena marcha, cuando el cielo se puso negro en pleno día, con las olas que levantaban la fragata muy por encima de la superficie marina y con todos mis hombres en las vergas listos para combatir con los elementos.
¡Y qué combate! Ni un navío francés de tres puentes es tan duro.
El Atlántico nos está mostrando toda la fiereza de la que es capaz, con un viento fortísimo como pocos he podido ver en mi vida, obligándome a reducir el velamen hasta casi dejar las vergas sin paño.

Pero no podía llegar a ese límite, ya que, aunque la fuerte lluvia y los picos de las olas apenas nos dejaban ver más allá de dos cables de distancia, casi podía oler la costa. De este modo mantuve hasta tres hombres al timón para que no perdieran el rumbo bajo la amenaza de 200 azotes, ya que pretendía seguir dejando atrás la costa pasara lo que pasara.
Para colmo de males el viento llegaba del noreste, por lo que nuestro retorno a Inglaterra se volvía más complicado si cabe.

En cubierta, con la Circe dando bandazos y casi ronco de gritar órdenes, habíamos perdido de vista cualquier embarcación, por lo que nuestro único fin era el de mantener la fragata lo más entera posible y esperar que el viento no nos desviase demasiado del rumbo. Llegado el momento, consideré que lo más oportuno era dejar las vergas desnudas y dejarnos llevar por una tormenta que iba a más a cada momento que pasaba.

El ulular del viento era ensordecedor, y era bien entrada la noche cuando el mastelero del mesana se vino abajo con mucho estruendo de madera rota y pesados cabos cayendo sobre el alcázar. Afortunadamente la mayor parte cayó en el mar, por lo que una vez cortados los cabos y eliminar una posible ancla flotante, hice recuento para comprobar que no se habían registrado heridos.

Y así estuvimos toda la noche y el día siguiente, con el cielo tan oscuro que parecía el infierno.
En los pocos momentos en los que podía abandonar el alcázar para descansar algún momento en la cabina, me dedicaba a observar las cartas y hacer un cálculo del rumbo, pero no lo sabremos con certeza hasta que pueda tomar una medición en condiciones, lo que no será posible hasta dentro de un par de días como mínimo.

Tras una jornada agotadora, otra vez de noche, y cuando me encontraba de nuevo en el alcázar, con el viento que seguía soplando como mil demonios al unísono, un grito en la lejanía que resultó ser al serviola que teníamos en proa anunciaba que dirigiéramos la mirada hacia la amura de estribor.
Dirigí mi catalejo hacia el punto que me señalaba y pude ver la figura de un gran navío muy escorado, con las vergas de los juanetes que casi rozaban las olas.
Fuimos incapaces de identificarlo, ya que la espuma hacía imposible leer el nombre de popa. Además su aspecto era lamentable, ya que había perdido el trinquete.
Finalmente terminó por perderse más allá de las olas después de intentar comunicarnos a base de señales con banderas y luminosas. Pero ambas fueron inútiles.

Ahora estoy de nuevo en el escritorio, con mi diario mientras hago equilibrios para no caer rodando hasta uno de los mamparos.
La lluvia sigue golpeando con fuerza el ventanal, y Vicenzo hace guardia a mi lado, sirviéndome café para no enfriarme, ya que sigo con el capote de mal tiempo (empapado) puesto.

Ahora vuelvo a cubierta para seguir combatiendo con la tempestad.
He escrito estas líneas por si fueran las últimas.
Nunco se sabe en alta mar.

domingo

Mala noticia

A la atención del almirante Daniels, en Bedford.

Querido padre:

He enviado esta carta apenas recibida la suya, por lo que le ruego que disculpe la brevedad de la misma.
Como sabrá, aquí en la costa de Portugal el general Wellesleyk y su fuerza expedicionaria se encuentra desembarcando para luchar contra el ejército francés, que recientemente ha sufrido una importante derrota en Bailén ante el español Castaños.
Por mi parte, me dedico a ayudar en la medida de lo posible con el desembarco de los más de 10.000 soldados que aquí se encuentran, con la práctica totalidad pisando ya tierra y a la espera del orden de marcha.
De hecho, he podido hablar con el teniente Byron, que se ha hecho muy amigo del general, y me ha dicho que éste parece algo nervioso y contrariado, y que no para de dar órdenes para que el proceso de desembarco se acelere en la medida de lo posible.
Aún desconocemos el por qué de la actitud del señor Wellesley, pero mi teniente, especialista en averiguar lo que se pretenda, me ha asegurado que tarde o temprano pondrá en mi conocimiento qué le pasa por la cabeza al general.

Pero no quiero extenderme más. Lo importante es que he recibido su carta donde me informa de que mi querido abuelo está enfermo, lo cual apena mi corazón. Espero que sepa disculpar mi ausencia, pero ahora mismo me resulta imposible viajar hasta Inglaterra, ya que debemos de permanecer aquí hasta que el ejército comience con su avance. Es por ello que le ruego que le transmita tanto a mi abuelo como a mi querida madre todos los ánimos que se pueden dar a través de una hoja de papel, y desear una pronta recuperación para la que es, sin duda, una de las personas más queridas por mí en este mundo.
Aún recuerdo cuando yo, con apenas cinco años, paseaba con él por la ribera del Támesis mientras me mostraba las diferentes embarcaciones allí fondeadas, y después, como colofón, me llevaba por todas las tabernas de Londres mientras continuaba con sus historias y me dejaba probar pequeños sorbos que terminaban con el pequeño Daniels dando tumbos de vuelta a casa.
No quiero extenderme más. Sólo quiero que la carta llegue cuanto antes.
Le ruego que me escriba lo antes posible para poder tranquilizar mi ánimo.

Sin más se despide, siempre suyo

Capitán Daniels, en la Bahía de Mondego. El 3 de agosto de 1808.

sábado

Una sabia rectificación

En la Bahía de Mondego, el 26 de julio de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Esto es muy tedioso. Llevo varios días observando la misma escena. Lanchas que van y vienen cargadas de casacas rojas mientras el horizonte se pierde entre un campo espinado por los mástiles de los centenares de embarcaciones de transportes y porte de todo tipo.

Pero no quiero adelantar acontecimientos. La última vez que me senté a escribir explicaba cómo me disponía a zarpar desde Portsmouth con el general Wellesley a bordo, con el objetivo de desembarcar en la península para colaborar con los españoles para expulsar las tropas de Bonaparte de la península.
La labor en mi barco fue constante, ya que me esforcé para que mi huésped estuviera lo más cómodo posible entre mi tripulación, así como sus hombres de confianza.
Puse a trabajar a todos en la fragata para que, a través de paneles, me dejaran un espacio digno para poder estar lo más cómodo posible.
Sin embargo, uno, que ha llegado a vivir durante meses confinado en una camareta con otros compañeros en travesías oceánicas cuando era guardiamarina, llegando a luchar físicamente por un trozo de queso, no encontró inconveniente en pasar unos días con estrecheces, sobre todo con el honor de contar con tan ilustre personaje a bordo.

Después de dejar atrás Pompey, comenzamos con nuestra lenta, lentísima travesía para acompañar a la flota de transportes, con unos 10.000 soldados, rumbo al puerto de la Coruña. Antes de llegar celebré una cena donde invité al señor Wellesley, el cual aceptó gustosamente.
No estuvimos solos, ya que varios de sus oficiales y de la propia Circe se reunieron alrededor de la mesa, por lo que fue interesante ver a cada lado el rojo y el azul de las casacas, con conversaciones muy formales en todo momento, y mis hombres tratando por todos los medios de que la botella no estuviera siempre frente a sus narices.
Sin embargo, aunque la charla fue correcta en términos generales, mi teniente Byron, tan ácido como acostumbra, no desaprovechó la oportunidad para recalcar el poderío naval británico, dueño y señor de los mares. Su pregunta al propio general sobre “¿cuándo cree usted, señor, que estaremos en la misma situación en el continente?”, sonó descortés.

Desde mi posición busqué la mirada de Jack para fulminarlo, y a la vez pude ver cómo los ‘langostas’ comenzaban a ponerse tan rojos como sus casacas.
Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar y proponer un brindis por el Rey para acabar con el tenso ambiente, el mismísimo señor Wellesley, con un gesto de la mano, acaparó la atención de todos. “Teniente Byron –dijo con una sonrisa franca en los labios-, nuestra infantería no ha aprendido aún a volar. Agradecemos la colaboración de nuestras fuerzas navales que tan bien han despejado el camino para que llegue nuestro turno”.
Estas palabras parecieron satisfacer a todos, y la cena prosiguió hasta que poco a poco la mesa se fue vaciando de personas. Cada uno volvió a su lugar, ahítos de comida y bebida, mientras el convoy proseguía con su camino.

Cuando avistamos la Coruña, el señor Wellesley me rogó que forzara vela, pues quería adelantarse a los transportes para calibrar la situación que se encontraría en tierra.
Con la oportunidad de demostrar la velocidad de la fragata, puse todo mi empeño en ello, y quedó muy satisfecho con el resultado a pesar de que se pasó buena parte de la travesía intentando mantener la compostura ante los cabeceos de la Circe, que le obligaban a estar agarrado a la batayola. Algo muy comprensible cuando se habla de gentes de tierra adentro.

Sin embargo, después de fondear y ofrecerle mi falúa, su vuelta a bordo, pasadas las horas, no fue ni mucho menos agradable.
A pesar de que se caracteriza por su tranquilidad y dominio de sus emociones, sobre todo cuando hablamos de un militar que ha demostrado que es capaz de defenderse aún mejor en el parlamento, no ocultó su disgusto tras decirme que los españoles le habían comunicado que era imposible mantener a la flota de transportes, por lo que finalmente nos vimos obligados a poner proa a Portugal, donde desembarcaríamos para enfrentarnos a los franceses.
En esta segunda travesía el general Wellesley, muy contrariado, habló mal de los españoles. Que si eran poco caballerosos, y que era un aliado poco afortunado para esta guerra y que sumiría a nuestro país en el desastre sin remedio de seguir las cosas igual.

"Sólo quieren cañones, ¡cañones!, nada de hombres, como si ellos tuvieran suficiente con esa pandilla de pastores y desocupados de plaza", me decía. A lo que seguía algunas palabras malsonantes que no transcribiré.

Después de estas declaraciones, hace ya varios días, era gracioso ver su rostro durante la cena de esta noche. Aceptó una nueva invitación mía, y dado el gran calor que por las noches castiga estas aguas, la comida fue servida en el combés de la fragata, con las estrellas como testigo y los faroles del resto de embarcaciones pendientes de nuestros brindis. La costa, a poco más de dos cables, estaba tenuamente iluminada por el campamento de los primeros regimientos desembarcados.
Tras estar durante muchos días criticando duramente todo lo que está más allá de las fronteras portuguesas, y tachando a los españoles de poco más que simios, a lo largo de la velada se ha mostrado reservado, yo diría que casi avergonzado, y sus ojos azules, que habitualmente irradian gallardía, hoy se encontraban más bien apagados, tímidos, y yo diría que hasta avergonzados.

Cuando los platos ya estaban vacíos, y las botellas dejaban pasar a través de su cristal la luz de la luna llena, el señor Wellesley se levantó, nos miró a todos uno a uno, y con potente voz, como si quisiera ser oído por toda la flota, incluso la del almirante Charles Cotton, cuya escuadra de bloqueo protege a los transportes, propuso un brindis, para nuestra sorpresa, por Bailén y el general Castaños, el primero que recibe la rendición por parte francesa de un ejército de Boney.
La respuesta fue los gritos en forma de vítores de casi todas las bocas en la bahía de Mondego.

jueves

El general Wellesley

En Portsmouth, el 9 de julio de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy es sin lugar a dudas un día emocionante.
Aquí en Pompey, y bajo una tenaz lluvia, mi fragata y una importante flota de transportes se prepara para poner proa a España.
Dada la manifiesta hostilidad entre franceses y españoles, y con el combate completamente abierto en todos y cada uno de sus frentes, mi país ha decidido ayudar a los que no hace tanto eran nuestros enemigos para acabar con la presencia de las tropas de Bonaparte.

Es un hábil y, por qué no, oportunista movimiento para que Francia tenga que enfrentarse a dos frentes, ya que mientras en la península Ibérica los españoles han demostrado que no están dispuestos a agachar la cabeza ante el gran corso, la amenaza en el oeste de Austria ofrece una inigualable oportunidad a Inglaterra de seguir debilitando lenta pero inexorablemente a su enemigo.
Mi misión y la de mi barco en esta expedición no es otra que la de contar a bordo con el general Wellesley, destacado en las guerras en la India y que ha sido nombrado como jefe de la expedición que acudirá a España con un total de 10.000 efectivos.

Aún no he tenido la ocasión de conocer al general, y de momento me he centrado en organizar todo a bordo para ofrecerle todas las comodidades posibles. En los momentos de descanso paseo por la cubierta en compañía de mis tenientes, de nuevo con Lawyer como primer oficial. Byron ocupa la función de segundo.

Zarparemos en unos días, cuando el enorme contingente del que formo parte esté listo para echarse a la mar en un lento andar que nos llevará a un puerto gallego, posiblemente Coruña.
Dado que Spithead no puede abarcar el alto número de embarcaciones, otras tantas saldrán desde Plymouth, reforzados por navíos de línea y otras tantas fragatas para asegurar nuestra posición en el Canal, aunque no creo que haya problemas dado que controlamos perfectamente estas aguas al tener encerrada la flota francesa en Brest.

Tal es mi alegría, que durante estos días he olvidado, aunque me temo que no por mucho tiempo, mis penas, que siempre me acompañan y con la falta de mi querida Lively como principal carga en mi corazón.
Cuando no tengo que estar en cubierta aprovecho para tocar el fagot en mi cabina. Apenas puedo arrancarle algunas notas coherentes, pero su triste sonido al menos me acompaña en las largas noches donde Morfeo se niega a acogerme en su seno, con el tañido de la campana en cubierta que a cada cambio de guardia parece ser el único en responder a mi sufrimiento.

miércoles

El señor Volkan

En Wood Fields, el 2 de julio de 1808. Portsmouth (Hampshire)

Una semana de tranquilidad, aquí en mi casa de Wood Fields, donde toda mi atención ha estado centrada en mi fagot y en el intento de arrebatarle alguna nota coherente.
Finalmente encontré en la propia Portsmouth un profesor para darme clases. Se trata de un extranjero, de la Europa del Este, que vino a Inglaterra en busca de riqueza pero que se ha encontrado malviviendo por unos pocos chelines, impartiendo sus conocimientos a todos aquellos que estemos dispuestos a pagar por ellos.

Se hace llamar señor Volkan, y aunque no habla del todo bien el inglés, al menos sabe lo suficiente para que nuestras conversaciones no se limiten a gestos. Es un caballero es muy serio, ya que jamás sonríe tras su bigote negro, el cual le oculta todo el labio superior, dándole un aspecto fiero al estar acompañados de una barbilla bien rasurada y cuadrada, con una mirada dura y pómulos muy marcados.

Durante los primeros días, mientras realizaba escala de notas, él se limitaba a devorar lo que encontraba en mi despensa sin disimulo. Ni me miraba, mientras yo trataba por todos los medios de complacerle recibiendo como única recompensa su profunda ignorancia.

Desgraciadamente, ayer mi paciencia se acabó. Tenía un mal día. Me desperté malhumorado, ya que hace mucho que no recibo correo, ni por parte del Almirantazgo ni por supuesto de Lively, que parece que ya se ha olvidado completamente de mí. Desde que me envío la nota donde me decía que no quería saber nada de mi existencia no he vuelto a tener noticias, y eso que me he interesado mucho por saber de ella.
Pero no. Soy historia para ella, y no me extraña que ya se haya enamorado de algún personaje ilustre o, aún peor, un oficial de marina que me convierta en víctima de sus bromas en las reuniones sociales donde me inviten.

Dándole vueltas a esta idea me encontraba, con la boquilla del fagot en mis labios, emitiendo sonidos horribles. En ese instante oí perfectamente a Volkan chupándose los dedos después de haber dado cuenta de unos filetes de cordero que comí el día anterior.
Algo en mi mirada no debió de gustarle, ya que su habitual gesto inexpresivo pasó de la sorpresa al terror, y ya era el más absoluto de los pánicos cuando salté sobre él y empecé a propinarle bofetadas.

Cuando ya me disponía a tirarlo por la ventana, empezó a gritar algo que en un principio me pareció que no tenía ningún sentido, hasta que traté de calmarme para saber qué demonios trataba de decirme.
Para mi sorpresa lo que me estaba diciendo era que por favor tocara, no que dejara de pegarle, y tal fue mi estupefacción que le solté y le hice caso, tocando con pasión, aún con el cuerpo encendido por el esfuerzo y la ira.
Para cuando terminé (estuve varios minutos), Volkan, que seguía exactamente en la misma posición que le dejé, comenzó a aplaudir y a gritar "hurra, hurra", y me estrechó la mano con una sonrisa de satisfacción.

Me dijo que jamás había oído tocar a nadie con tanta pasión, y que lo menos importante de todo era que lo que había sonado no tenía ningún sentido, y que desde un punto de vista meramente técnico podría considerarse como una auténtica aberración, pero que eso era algo insignificante. Lo principal era tocar con sentimiento.

Finalmente me despedí de él tras pedirle disculpas y desearle una pronta recuperación de su ojo morado y labio partido, y se marchó muy alegre montando en su famélico burro, no dejándome de saludar hasta que se perdió más allá del camino que conduce a Pompey.

Con esa extraña sensación aún sigo, y aunque hoy no ha aparecido a dar su clase diaria, espero que no tarde mucho, ya que ardo en deseos de continuar con mi aprendizaje.
De hecho, ahora mismo estoy viendo que se levanta algo de polvo en el camino (siempre escribo en el jardín, y más hoy que luce un día casi soleado), por lo que seguramente será él.

Musicalmente


En Wood Fields, el 25 de junio de 1808. Portsmouth (Hampshire).

No he podido salir a dar mi paseo diario porque una lluvia torrencial golpea con fuerza el tejado de mi pequeña casa.
Durante un buen rato he estado mirando a través de la ventana el paisaje gris que me rodea, y un extraño sentimiento de pena me castiga en estos momentos de soledad, ya que ni siquiera Vicenzo está conmigo al haberse marchado a visitar a unos parientes.

Después de nuestra visita a Cádiz, marchamos a Gibraltar, donde apenas estuvimos un par de día para dar parte y volver a toda vela a Portsmouth, donde ha quedado la fragata y casi todos los oficiales que viajaban conmigo.
Nada más echar al ancla fui corriendo a la oficina de correos por si tuviera alguna carta de Lively, cuyo recuerdo me sigue atormentando cada día que pasa. Aún tengo esperanzas de que vuelva a cruzarse conmigo, pero bien es cierto que siento cómo se van disipando lenta pero inexorablemente mi optimismo conforme pasan los días.

Pensar en ello es una tortura diaria, y cuanto más tiempo libre tengo y más lejos del mar estoy, el tiempo para darle vueltas a la cabeza se incrementa, y con él mi martirio al no ser capaz de apartar mi mente de mi amada, por la que daría mi vida a pesar de recibir a cambio su desprecio al negarse a hablar conmigo.
Tal es mi desesperación que he optado por buscar la forma de mantener ocupados mis pensamientos.
Al final, tras mucho cavilar y una visita a Londres, he optado por aprender a tocar un instrumento, ya que siempre he sido un enamorado de la música que no se ha decidido a convertirse en practicante.

Pero eso ha cambiado. A mi paso por la calle de Charing Cross, mientras me debatía en mi interior por evitar la tentación de visitar la casa de los Caster, me topé con una tienda de instrumentos donde encontré lo que buscaba.
Creo que no hay un sonido que pueda transmitir mejor la tristeza que puedo sentir en estos momentos que el fagot.
Un tipo amable me recomendó un Kusder que me ha costado una pequeña fortuna, por lo que con mucho mimo lo envolví en un paño para que no sufriera desperfectos en mi vuelta hasta mi casa en Wood Fields.

La cara de Vicenzo era un poema cuando hace dos días, y antes de su marcha, me vio desenvolver el aparato, ya que parece que está convencido de que se trata de un nuevo arma, una especie de cañón portátil, ya que cuando se fue junto a su primo Ernest, que vino a recogerlo en carreta, oí como le relataba que "el capitán ha encontrado el arma definitiva para acabar con los malditos franceses".

Ayer traté de sacar algunas notas que sonaron como si un buey tratara de imitar a un tenor, y conseguí, a mi pesar, volver medio loca a mi yegua, que en la cuadra propinaba potentes coces a la puerta.
Por tanto he decidido que mañana iré a Portsmouth para buscar un profesor de música que me convierta en todo un Barón von Duernitz, y trataré de asistir de forma más regular a algún concierto para que tome un buen ejemplo.
Todo sea para que mi mente tenga algo en lo que concentrarse y que tenga que ver lo menos posible con la dulce sonrisa de Lively.

Paseo

En Cádiz, el 18 de junio de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Inglaterra y España ya son aliadas. Nuestro ministro de asuntos exteriores, el señor George Canning, ha declarado que todo país que se enfrente abiertamente contra las fuerzas de Boney pasará a ser aliado de Gran Bretaña, por lo que se abren las puertas para que nuestras fuerzas tomen parte en el conflicto ibérico de forma oficial.

Es por ello por lo que mi fragata continúa fondeada frente al puerto de Cádiz, pocos días después de que Rosilly se rindiera ante el hostigamiento de las fuerzas españolas en un acto que no tuve la oportunidad de presenciar, ya que se nos prohibió a los ingleses que estuviéramos presentes para que toda la gloria recayera (de forma absolutamente justa) en los verdaderos autores de la entrega de varios navíos de línea.

Aprovechando la paz entre nuestros países, ayer bajé a tierra en compañía de mis oficiales para buscar una buena taberna donde poder celebrar mi cumpleaños, el cual fue hace más de diez días pero sin que haya tenido tiempo de reunirme y tomar algo a mi propia salud.

He estado a punto de dar permiso a los marineros para que nos imitaran, pero algo en mi interior me previno de ello, ya que aunque España e Inglaterra son aliadas, aquí aún escuece, y mucho, la hostilidad que se ha mantenido a lo largo de los años.
Al margen de que históricamente Cádiz ha sido uno de los puertos más codiciados por nuestros marineros, ya que aquí desembarcaba buena parte del oro llegado de las indias, en la célebre batalla de Trafalgar de hace tres años fueron muchos los gaditanos, la mayoría sometidos por las levas, los que murieron, por lo que mis sospechas quedaron confirmadas en cuanto pisé tierra.

En compañía del teniente Byron, el sargento de infantería Basket, el contador Davies y al marinero Paint en función de sirviente y, por qué negarlo, para servirnos de sus puños llegado el caso (a pesar de que aparentemente se podría tachar de enclenque su fama de púgil en las riberas del Támesis es casi mítica), pisamos tierra.
Desde el primer momento ya pude comprobar por mí mismo que no éramos del todo bien recibidos, ya que aunque muchos oficiales nos devolvían los saludos amistosos, el pueblo llano nos observaba con desprecio, y allá por donde pisábamos éramos seguidos por miradas de odio e insultos, por lo que apenas nos detuvimos en nuestro caminar, y prácticamente trotábamos.

Pero al margen de esta tensión, la verdad es que Cádiz es una ciudad realmente preciosa, y da gusto sentarse con un sol muy limpio dándote en la cara mientras oyes la risa de los niños y hueles el aroma de las flores que inundan las plazas.
La comida es exquisita, prácticamente a base de pescado con algunas verduras, y el vino, bien fresco, le da fuerzas a uno para atacar por sí mismo el alcázar de un tres puentes.

Con los estómagos ya llenos, seguimos con nuestro paseo por la ciudad, y admiramos el imponente edificio de la catedral, que a pesar de que se encuentra rodeado de andamios y con mucha actividad a su alrededor, sus formas me han resultado muy atractivas, y la combinación del blanco de su fachada y del cielo azul se convierte en un espectáculo sencillamente precioso.
Después nos adentramos por las calles, muy estrechas, con los característicos balcones poblados de geranios y chiquillos correteando a nuestro alrededor mientras teníamos nuestros monederos a buen recaudo.

Después paseamos por la playa, en la otra cara de la ciudad, y el señor Davies, que ha viajado por buena parte del mundo, nos aseguró que Cádiz tiene una línea muy semejante a la Habana. Sobre ello estuvimos discutiendo hasta que fue cayendo la noche y decidí que era el mejor momento de volver al barco, ya que no quería que la noche nos atrapara en medio de una ciudad desconocida.

Después de este pequeño descanso, mañana, en cuanto suba la marea, zarparemos para dirigirnos a Gibraltar, a la espera de nuevas órdenes y ponernos así al día de los conflictos que se siguen desarrollando a lo largo de la península.
Intuyo que pronto volveremos a la acción.

Franceses en Cádiz

Frente a Cádiz, el 11 de junio de 1808. A bordo de la HMS Circe.

España, por fin, ha sacado a relucir su orgullo y combate al invasor francés.
A pesar de que Boney ha nombrado a su hermanó José Rey de España (realmente curioso, sin lugar a dudas, viniendo de un hijo predilecto de la Revolución), los problemas, en forma de insurrecciones, brotan aquí y allá por todo el territorio ibérico, como los champiñones después de una noche de lluvia.

En Oporto el general español Belesta ha capturado al general Quesnel du Torpt, en funciones de gobernador, y ha marchado hacia Galicia.
Además, un grupo de insurrectos atacó a los franchutes en Logroño, aunque al final fueron repelidos por el general Jean Antoine Verdier. En Palencia, el comandante de caballería de Bessieres ha derrotado a una fuerza española.
Pero lo realmente serio llegó el pasado 7 de junio, ya que el coronel Pedro de Echevarri intentó defender el paso del río Guadalquivir frente a las tropas del general Dupont. Al final los españoles fueron dispersados, y los franceses, enardecidos por la lucha, han saqueado Córdoba, lo que a buen seguro terminará de poner a casi todo el país en contra de Boney.
Más al norte, Segovia ha sido capturada por el Cuerpo de Dupont, con el general Frere al frente, y al día siguiente un ejército al mando del Marqués de Lazán fue derrotado en Navarra por el general Lefebvre.

Y aquí estamos nosotros, frente a Cádiz, con la fragata Circe que se ha unido a la escuadra del almirante Purvis (en funciones de bloqueo), siendo nuestro cometido el cumplir con labores de observación, ya que el Almirantazgo recibió informes de que los españoles se disponían a atacar los barcos franceses que aquí se encuentran desde la batalla de Trafalgar, éstos son: el Heros, de 80 cañones; y los 74 Algesiras, Pluton, Argonaute y Neptune; además de una fragata de 40 cañones, la Cornelie.

A pesar de que nuestro almirante ha ofrecido su ayuda para la toma de dichos navíos, los españoles se han negado con educación pero firmeza, a buen seguro porque no querrán ver su bahía repleta de nuestros barcos, ya que el conflicto entre ambos países aún sigue vigente.
Sin embargo, tras muchos ruegos, el general Morla, a regañadientes, ha aceptado que dentro del ataque se permita la presencia de un observador inglés.
Yo he sido el elegido, ya que los españoles conocen mi relación con el señor Ricardo de Castro y nuestro 'relaciones públicas', el señor James Oliver.

Los españoles han tomado como táctica el enviar una flota de lanchas cañoneras y bombarderas esencialmente, al margen de un elevado número de embarcaciones auxiliares. El poco espacio de maniobra y la previsión del almirante francés Rossily, que siendo consciente de la situación ha alejado sus barcos de las baterías de Puntales y Matagorda, ha hecho que el Jefe de Escuadra, don Juan Ruiz de Apocada, y el Teniente General, Juan Joaquín Moreno, hayan optado por esta táctica.

Embarqué en la cañonera nº 33, al mando del Teniente de Navío Joaquín Ibáñez de Corbera, que no ocultó su desagrado al contar con un pérfido inglés entre sus tripulantes, siendo imitado por sus hombres, que contestaban con gruñidos y algunos hasta escupían por la borda cuando yo les dirigía la palabra.
Mis constantes intentos de conversación con don Ricardo de Castro y algunas lecciones del señor Oliver me han ayudado a comprender algo, muy poco, sobre el español, aunque no el suficiente, sobre todo cuando la otra persona no tiene ninguna intención de llevar a cabo una conversación.
El caso es que allá íbamos, con una veinte cañoneras y una decenas de bombarderas, apoyadas por el fuego de las baterías y el de los navíos Príncipe de Asturias, muy hermoso, de 112 cañones y que estuvo tanto en Trafalgar como en San Vicente, y el 74 Terrible.

Estas pequeñas embarcaciones, de uno y dos palos y armadas con un cañón de 24 libras, son muy prácticas, y en mis propias carnes he sufrido su efectividad, sobre todo cuando hay poco viento, por lo que mientras comenzaban a ser nítidas las portas de los franceses, y sus primeros disparos levantaban chorros de espuma a nuestra proa, me dediqué a observar interesado cómo los españoles trabajaban en la recarga de su arma, ajustando con los remos la dirección y haciendo así sus disparos más certeros y, por lo tanto, más mortíferos.

Yo me mantuve en la popa, cerca de la caña, sin intervenir en la lucha, intentando no molestar a la tripulación, algo realmente complicado dada la estrechez de la embarcación, por lo que no me tomé a mal los codazos y pisotones que me daban (creo que alguien me pateó el trasero), más pendiente de observar la evolución del combate, con los franceses que se defendieron mucho y bien.
Un navío de 74 cañones destrozó una de las baterías de costa, y allá fue nuestra lancha cañonera, disparando con acierto a las portas enemigas, con mucho disparos de mosquete de una y otra parte, y un valor del teniente Ibáñez que me llenó de admiración, ya que era casi grotesco verle dirigir el sable hacia un enemigo que nos superaba en 73 cañones sin mostrar temor alguno.

Entre el estampido de los cañones, el humo y los gritos, mi sorpresa fue máxima cuando vi ondear en el tope de una falúa nada más y nada menos que la bandera británica, la Union Jack, por lo que no pude impedir el impulso de levantarme y gritar hurra al creer, estúpido de mí, que nuestros navíos llegaban en auxilio de los españoles.
Casi me muero de vergüenza cuando el propio teniente Ibáñez, cuando ya a la vuelta y tras la primera ofensiva, me devolvía a la fragata Circe rodeada por los buques españoles, me explicaba que usaron nuestra bandera a modo de señal (la número 15), para indicar el mensaje "faltan balas".

Todo esto ocurrió antes de ayer, y de momento los franceses no han dicho que se vayan a rendir.
Es más, según he podido saber, la cantidad de pólvora de la que disponen los españoles es mínima, por lo que sería complicado, casi imposible, repetir el ataque del día 9.
Sin embargo, siguen trayendo embarcaciones para que su número intimide a Rossily, que por mucho que pueda resistir sabe que tarde o temprano, con la pólvora que irá desapareciendo de su barriles, así como la comida y el agua, tendrá que rendirse, máxime si tenemos en cuenta que toda una escuadra inglesa protege la bahía de una poco probable escapatoria.

Tras dar mi informe al almirante Purvis, hemos realizado un par de viajes a bordo de la falúa para comprobar el estado de los franceses, que seguramente terminarán por rendirse en uno o dos días.
Ahora mismo me encuentro escribiendo estas líneas en mi cabina, mientras la fragata navega a barlovento de la escuadra, que en breve realizará una nueva virada para mantener la posición.
El problema es que me siento levemente indispuesto, ya que en la noche de ayer me excedí en la cena, y pasé buena parte de la madrugada evacuando en el jardín, por lo que a estas horas me siento algo molesto y con pocas fuerzas.
Lo peor de todo es que no podré realizar mis pasos diarios en el alcázar en mi constante y eterno intento de rebajar mi peso.

viernes

Gran sorpresa


En Londres, el 7 de junio de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Es la primera vez que he navegado hasta el mismo Londres, remontando el Támesis, al mando de una fragata, en este caso la Circe.
La aglomeración de embarcaciones es sencillamente abrumadora, y la mayoría son de bajo porte y de mercancías, por lo que muchos curiosos han sido atraídos por las franjas negras y amarillas de la fragata.

Nuestra arribada a la capital no trajo consigo mayores consecuencias, y la delegación española desembarcó siendo recibida por representantes de nuestro Gobierno, con muchas reverencias y estrechamientos de manos por una parte y por otra mientras me dedicaba a observar la escena desde una prudente distancia.
Parece mentira que hace sólo un mes el HMS Redwing (del capitán Thomas Ussher) capturaba un navío español.

Por supuesto todas estas negociaciones quedan muy lejos de un capitán de navío al mando de una pequeña fragata, por lo que la comitiva se perdió montada en sus carruajes entre las calles, no sin antes de que el señor James Oliver se despidiera de mí con un afectuoso abrazo a la manera española, con palmadas en mi espalda.

Antes de volver a Portsmouth, ya que me han entregado un sobre con las órdenes de preparar la fragata para zarpar de nuevo, he aprovechado la ocasión para pisar tierra y visitar la residencia de los Caster, con el firme propósito de no repetir mi lamentable actuación en la última visita.
Por ello compré una botella de vino para lord Caster a modo de reconciliación, cepillando con esmero mi uniforme y estrenando medias para presentar el mejor aspecto posible.

Tras pasear por las calles, con muchas inclinaciones de cabeza a mi paso a las cuales yo correspondía agradecido, llegué a la casa de los Caster y allí, con ojos como platos y mi boca abierta, casi caigo desmayado por la impresión.
En la puerta, en la misma puerta, Lively Caster, mi amada Lively Caster, charlaba amigablemente con unas señoras que debían de haberse parado para saludarla.
La hacía en Halifax, pero supongo que ya habrá acabado con los negocios que allí la tenían ocupada para volver a la madre patria.

Vestía de blanco, un blanco inmaculado, el cual hacía contraste con su pelo negro. Sonreía amable, como siempre, una sonrisa que me enamoró y que me sigue enamorando, y pude oír su risa a pesar de que era una distancia considerable la que nos separaba, lo que produjo que se me erizaran todos los pelos del cuerpo.

Tras dudar un instante, y ocultarme tras una esquina al creer que había vuelto la cara hacia mí, decidí huir hacia mi fragata, cobarde cual rata, ya que no me atrevía, ni me atrevo, a hablar con ella, correteando por las calles ante la asombrada mirada de los londinenses (algunos reían), hasta que pisé mi falúa, resoplando.

Ahora mismo me siento de lo más avergonzado por mi actuación, pero no sé cómo reaccionaría, máxime cuando me envió una carta informándome que no quería saber nada de mí.
Soy persona que no gusta de estar donde no me quieren, por lo que el conflicto que hay entre mi corazón, que quiere a Lively, y mi cabeza, que exige algo de orgullo y saber estar, me impiden pensar con claridad, por lo que opté por huir hasta que tome una decisión al respecto.

De momento subiré a la cubierta principal, pues me dispongo a ultimar detalles antes de que mañana, al alba y aprovechando la crecida de la marea, marchemos sobre Portsmouth.
Quizás cuando llegue a Spithead busque una solución a mi conflicto personal.

lunes

don Queipo de Llano

En el Canal de la Mancha, el 2 de mayo de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Hoy hace un día realmente precioso. Antes de que sonaran las ocho campanadas que anunciaban el inicio del alba, ya me encontraba en pie, sorprendiendo al teniente Byron, que se encontraba de guardia en ese momento, paseando por la toldilla sumido en sus pensamientos.
A esas horas el cielo pintaba un gris con trazos naranjas muy hermoso. Vicenzo, tan servicial como siempre, me sirvió el café en la cubierta principal, y me supo mejor que nunca, respirando la dulce brisa marina mientras observaba a mi alrededor cómo comenzaba la vida a bordo, no ocultando sus sonrisas amistosas mis hombres al ver que su capitán madruga igual que ellos.

Me quedé de piedra cuando vi surgir de la escotilla que conduce al sollado la figura del señor don Queipo de Llano. Dando tumbos (aunque el movimiento de la fragata era especialmente suave), me pidió muy educadamente el poder incorporarse al alcázar para charlar, y por supuesto accedí ante tan exquisitos modales e ilustre pasajero.

Este caballero, que además luce el título de Vizconde, forma parte de una delegación española que subió a bordo de la Circe el pasado día 30 en el puerto de Gijón, ciudad de Asturias, en guerra con Napoleón.
Junto a él viajan otros insignes españoles, como el señor Ángel de la Vega, escritor y político, y el secretario Fernando Álvarez.
En tierra quedó el señor Ricardo de Castro, con el que he podido mantener una excelente relación, y ambos hemos prometido escribirnos en el futuro.

El señor James Oliver, más contento que nunca, sirve de enlace con este grupo de españoles, aunque apenas hace falta que se dedique a las labores de traducción, ya que tanto el Vizconde como el señor de la Vega han demostrado que se defienden más que bien en el inglés, y han sido corteses en la cabina, ya que en todo momento se han expresado en mi idioma.

En nuestra charla de esta mañana, don Queipo, a pesar de su juventud (le calculo poco más de veinte años), me ha dejado claro que es una persona madura, involucrada con el sentir de su país, que tan delicada situación vive en este momento.
Según me ha contado se encontraba en Madrid en el momento en el que los ciudadanos se enfrentaron a las tropas francesas de Murat, y parece que aún le afecta, ya que se puso muy colorado y sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los puños, aunque supo controlarse para no elevar la voz.

La intención del Vizconde, al igual que la de sus compañeros, es llegar al mismo Londres y reunirse con las autoridades para solicitar el apoyo de nuestras fuerzas para expulsar al francés de la península.
Por mi parte estaría encantado de que así fuera, ya que mis constantes viajes por la costa española me han ayudado a conocerla bien, por lo que humildemente creo que sería de ayuda para que me destinaran a mí y a la fragata para esta nueva empresa.
Ascenderemos por el propio Támesis, ya que aprovecharemos que el viento es favorable, y calculo que podríamos llegar a Londres pasado mañana.
Ya en la ciudad aprovecharé para hacer una visita a lord Caster, y espero que en esta ocasión pueda controlar mi temperamento.

miércoles

Asturias, en guerra

En la HMS Circe, el 28 de mayo de 1808, cerca del Cabo Finisterre.

¡Esto es de locos! Creo que jamás antes había hecho tantas millas en tan corta zona de mar, con Portsmouth en una punta y Gibraltar en otra.

En la Roca estuve el tiempo justo para esperar al señor Oliver y a don Ricardo de Castro, con el día a día pendiente de que todo estuviera dispuesto para zarpar en cuanto fuera necesario.
Al día siguiente de disfrutar de una maravillosa cena en casa del coronel Rush, en compañía de otros amigos donde el buen vino y la buena conversación fueron todo uno, un bote partió del muelle y llegó hasta nosotros en un tiempo récord, lo cual despertó mi admiración.
Ver la pequeña embarcación deslizarse tan rápida, dejando una gruesa estela al amparo de los imponentes navíos fondeados a su alrededor, fue un auténtico espectáculo que atrajo la atención de buena parte de los hombres a bordo, e incluso de los navíos vecinos.

Pero de repente los marineros comenzaron a gritar entusiasmados, algunos hasta bailaban de alegría, al comprobar que a los remos iba nada más y nada menos que el propio señor Oliver, rojo como la casaca de un infante de marina, mientras en la proa don Ricardo de Castro nos hacía señales con un pañuelo.
No tardé mucho en percibir que había prisa, por lo que ordené al teniente Lawyer que dispusiera todo para zarpar de inmediato. A los pocos minutos sonaba el violín en el cabestrante, con los hombres emitiendo sordos gruñidos de esfuerzo.

Oliver trepó como un mono por la escala, y cuando llegó a la cubierta principal no tenía el aire suficiente para hablar, por lo que boqueó como un besugo recién pescado mientras lo observábamos perplejos.
Le acompañé hasta mi cabina junto a don Ricardo, y una vez allí le ofrecí una copa de clarete que aceptó sonriente y con una profunda inclinación.

Una vez se serenó, y percibí que las velas estaban ya desplegadas y que avanzábamos hacia el Estrecho, Oliver me explicó, haciendo un gran esfuerzo por contener su entusiasmo, que el gobierno de Asturias había declarado la guerra a Napoleón, y que estaba dispuesto a hacerle frente. Es la primera provincia española dispuesta a verse las caras con el invasor francés, y la noticia ha recorrido la península en un tiempo récord.
Después de decirme esto, y con un gesto serio y sudoroso, Oliver me rogó que llegáramos a Asturias lo antes posible, ya que necesitaba reunirse con algunos españoles principales. El futuro de la guerra está en juego.

Mañana llegaremos a nuestro destino, ya que he sacado lo mejor que puede ofrecer la fragata, que no ha bajado de los 12 nudos en todo nuestro trayecto, con alguna que otra vela en el horizonte que rápidamente se perdió sin mayores consecuencias.
Desde luego me queda la satisfacción de que la Circe está teniendo un papel fundamental a la hora de mantener la comunicación entre el gobierno español (al menos el extra oficial) y el inglés, aunque dudo de que no haya otra vía de comunicación que acelere la reconciliación absoluta entre ambos países.

Todo esto al menos me hace tener la mente ocupada y no perder el tiempo con los pensamientos y las pesadillas que me atacan por las noches y me hacen retorcerme en el coy sin aceptar el abrazo de Morfeo.
Pero de todo esto ya hablaré en otro momento, ya que es el momento de dar mis pasos diarios en el alcázar.

viernes

HMS Rapid

En Gibraltar, el 23 de mayo de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Acabo de despedirme del teniente Henry Baugh.
Pobre hombre. No me gustaría estar en su lugar. Durante nuestra última charla apenas ha probado el clarete, y cada dos por tres me veía obligado a carraspear para atraer su atención, ya que su mirada se perdía a través del ventanal.

Unos días después de zarpar de Pompey, rumbo a Gibraltar, me dedicaba con entusiasmo a dar mis tres mil pasos diarios en el alcázar, con mi cabeza sumida en todo tipo de pensamientos que me alejaban completamente de la realidad, una realidad de la que sólo tenía constancia por un lejano pitido del contramaestre o el chillido de una gaviota solitaria.
Navegábamos a la altura de la desembocadura del Tajo, por lo que ya tenía en los tres palos a los marineros con mejor vista al ser territorio enemigo

En el preciso instante en que visualizaba en mi cabeza el rostro de Lively, oí un grito sobre las alturas que me despertó completamente de mi sopor, y al alzar la mirada vi a Johnny señalando hacia más allá del bauprés.
Tomé mi catalejo y en un instante me encontraba junto a él (¡hurra por el cirujano y su diabólica dieta!), observando a través de mi lente, a considerable distancia, las velas de al menos tres navíos, uno de ellos muy atrasado.
Como estaban a barlovento, pronto pudimos oír los disparos, por lo que ordené inmediatamente zafarrancho sin quitar ojo de la escena.

En un rápido cálculo llegué al a conclusión de que sería absolutamente imposible darles alcance, ya que los dos primeros, que por sus dimensiones, sus portas (la mayoría a todas luces pintadas sobre el casco) y la forma tan torpe de realizar la virada, eran mercantes, ya enfilaban la proa para adentrarse en el Tajo.
Su perseguidor, un bergantín de unos doce cañones como máximo, forzaba vela, pero la distancia era considerable.
Enarbolaba pabellón inglés.

El teniente Byron, que trepó hasta la cruceta, me dijo que se trataba del HMS Rapid, y ambos llegamos a la conclusión de que, para cuando llegáramos a su posición, se habría adentrado al menos media milla en el Tajo.
Pero la Circe es muy veloz navegando contra el viento, y pronto nos pusimos manos a la obra para acortar distancias lo más rápido posible.
Lawyer y Byron se encargaron de dirigir las maniobras mientras yo me mantenía en las alturas, observando el combate.
El Rapid disparaba a la desesperada, puesto que las columnas de agua que surgían a popa de los mercantes estaban aún a muchos pies. Sin embargo, el bergantín parecía ser lo suficientemente rápido como para capturar sus presas aunque, eso sí, se exponía con demasiado peligro a las baterías colocadas a lo largo del río.

Pronto la popa del bergantín se perdería más allá del Cabo de Roca, por lo que fueron muchos minutos de incertidumbre hasta que comenzamos a realizar nuestra propia virada, con los cañones ya asomando tras las portas y cada uno en su sitio, perfectos, inmaculados, como si el mismísimo Rey Jorge nos estuviera observando.

Pero apenas doblamos y remontamos, el potente sonido de cañones de al menos 44 libras me hizo comprender la situación, y supe que el Rapid se encontraba en serios apuros.
El viento nos favorecía, y el tráfico era escaso, con algunas embarcaciones de pesca cuyos tripulantes nos saludaban con alegría exagerada, como si pensaran que les fuéramos a librar de los franceses con una fragata de 28 cañones.

El sonido era ensordecedor, y me imaginé al Rapid rodeado de fuego enemigo, tratando de salir de la ratonera con alguno de los palos en su sitio para tener alguna opción.
Empezamos a observar la humareda y las primeras baterías con la bandera tricolor en lo más alto, y aunque estábamos lejos de su alcance decidí recoger velas y prepararnos para virar, ya que era obvio que el bergantín estaba absolutamente perdido y que lo único que podíamos hacer era darle una nueva alegría al francés al acabar con otra víctima británica.
Pero cuando los marineros comenzaban a halar con brío y el timón daba vueltas como un loco, surgió entre el humo dos lanchas cargadas de marineros que bogaban con fuerza hacia nosotros.
Pronto me di cuenta de que eran los hombres del Rapid, y los recogimos antes de salir del río, no sin antes comprobar que no éramos perseguidos por embarcación a alguna.

A bordo me encontré con el teniente Henry Baugh, que seguramente sería joven tras esa capa de hollín y arrugas de preocupación.
Me informó que avistaron los dos mercantes cuando doblaban el cabo de San Vicente, y que no se esperaba tanta resistencia en el Tajo.
Una bala arrancó de cuajo el trinquete, y sin posibilidad de virar fueron destrozados por los obuses, que agujerearon el casco hasta que el bergantín comenzó a hundirse, escapando con un puñado de supervivientes que sobrevivieron al ataque y a morir ahogados.
Durante el viaje hasta Gibraltar su ánimo ha estado siempre por debajo de la línea de flotación, y como he contado nuestra despedida ha sido más bien triste.
Le deseo suerte, a él y a sus hombres.

En cuanto a lo demás, tanto el señor Oliver como don Ricardo han ido a territorio español, aunque con el aviso de que en menos de tres días volverán.
Por ello me dedico a esperar dando mis paseos por el barco, revisando que todo esté a punto para zarpar de nuevo.
Sin embargo, esta noche creo que me tomaré un descanso y bajaré a tierra para visitar a mi amigo el coronel Rush para tomar alguna copa de vino de su selecta bodega.

Día gris

Viernes, 16 de mayo de 1808, a bordo de la HMS Circe. En el Canal de la Mancha.

Navegar en un día gris es como navegar en la nostalgia.
El cielo está plagado de nubes aquí, en las aguas del Canal, algo revueltas y que hacen que la Circe dé grandes y profundos cabeceos.
Durante la mañana he estado en el alcázar en compañía de mis tenientes Lawyer y Byron, aunque apenas hemos cruzado palabra, cada uno sumido en sus pensamientos y con alguna ojeada a la jarcia, con las velas y los cabos bien tensos, dando empuje a la fragata, que roza los 12 nudos.

Personalmente no tengo prisa. No me gusta la velocidad, eso de forzar el barco con la mirada más pendiente de que un palo no salte por los aires que del mar en sí.
Me desagradan las persecuciones, por muy satisfactorio que pueda llegar a ser el botín. Y es que es el proceso en sí, el estar días detrás de una vela en el horizonte, es una presión agotadora que me disgusta.
A mí me encantan los mares tranquilos (¡siempre con viento por supuesto!), sentir el rumor del mar rozando la quilla suavemente, y pasear todo lo largo de la fragata, con las manos a la espalda y oliendo el viento salado.

Por supuesto, cuando hay que sacar lo mejor del barco, es decir, intentar que navegue lo más rápido posible, no escatimo en recursos, y es por ello que he dado orden de que haya el máximo paño posible en los palos para llegar a la costa española (en el norte) lo más rápido posible.
El señor Oliver, en compañía del español Ricardo de Castro, quiere aprovechar que el panorama en la península está más revuelto que nunca, y por tanto no quiere perder un solo minuto y pisar tierra cuanto antes.

Pero de ahí a que a mí me guste este stress hay un completo abismo.
De más joven, cuando era teniente y después capitán de mi primera embarcación, todo eran ganas de perseguir, de forzar vela, agarrado a un obenque con la pierna mientras hacía equilibrios para enfocar el catalejo hacia las posibles presas.
Sin embargo, ahora, y no sé si será la edad (aunque no llego a los treinta años), el desánimo me embarga, y tengo una postura de preferir tomarme las cosas con tranquilidad.

Quizás me haga falta una buena dosis de pólvora y astillas volando sobre mi cabeza para despertar de este ensimismamiento.

lunes

Carroñeros


En Portsmouth, el 12 de mayo de 1808. A bordo de la HMS Circe.

He tomado un descanso para escribir algunas líneas en este diario, y también aprovecho para refrescarme con un zumo de naranjas que me ha servido Vincenzo, el cual es un auténtico néctar de dioses tras haber pasado gran parte de la mañana en la cubierta principal, revisando las tareas de aprovisionamiento en vista de un nuevo viaje a la península ibérica.

En nuestra vuelta a Inglaterra, con el señor Ricardo de Castro a bordo, no tuvimos problema alguno al recoger al señor Oliver a la altura de El Ferrol (ambos se dieron un abrazo a la manera española, palmeándose las espaldas).
Pocas veces lo he visto tan contento y satisfecho, y en la cabina, esa misma noche y pese a tener aspecto de cansancio, me relató los hechos ocurridos en las últimas semanas en el revuelto panorama español.

En la capital, Madrid, el pueblo se levantó en armas contra las tropas francesas después de muchos días de tensión.
Según parece, el intento por parte de Boney de llevarse a Francia la familia real fue considerado como un secuestro, y armados con navajas, palos y todo lo que encontraron, los madrileños se dedicaron a matar a cualquier soldado francés con el que se topaban, causando una gran carnicería entre los invasores.
El ejército español no intervino en la revuelta, aunque algunos oficiales desoyeron las órdenes de sus superiores para ponerse del lado del pueblo. Resistieron en un parque de artillería el ataque de las columnas francesas con gallardía, hasta que fueron masacrados después de hacer mucho daño a los ranas.
Al día siguiente Murat se tomó la justicia por su mano y fusiló a muchos de los españoles, lo cual habrá enfurecido seguramente al pueblo, lo que juega en nuestro favor, ya que todo parece indicar que nuestros países firmarán la paz para crear un frente sólido en la lucha contra Bonaparte.

Mientras Oliver me hablaba de todo esto, acabando con botellas tan rápido como las palabras surgían de su boca, observé por el rabillo del ojo al señor de Castro, que no parecía entender mucho de lo que decía su amigo inglés, aunque sabía perfectamente a qué se refería, ya que prácticamente no tomó nada y su expresión era grave, silenciosa y alerta, en gran contraste con la hilaridad de Oliver.
Y lo comprendo.
No es lo mismo verse beneficiado de esta situación de cara a los intereses particulares que sufrir las consecuencias, viendo morir a tus paisanos por cientos, mientras que el extranjero, o sea, nosotros, se limita a observar la contienda, como buitres al acecho para hacerse con el trozo de carne más jugoso posible.

Después de que se llevaran a Oliver a su coy, cantando entre carcajadas, Ricardo y yo nos quedamos sentados en la mesa, en silencio, oyendo de fondo las suaves olas que chocaban contra el caso.
Dado que nuestra conversación es muy limitada, dado que él no habla casi nada de inglés y yo aún menos español, nos limitamos a brindar en silencio, con una sonrisa, y a disfrutar de la tranquilidad de la noche, sólo interrumpida por el dulce tañido de la campana.

miércoles

A la atención de Lively Caster

Estimada Lady Caster:

Le pido disculpas por escribirle cuando soy consciente de que tengo prohibido por su parte el mantener cualquier tipo de contacto.
Sin embargo, hoy, día de su cumpleaños, no he podido evitar el pensar una y otra vez en usted, por lo que necesitaba tomar la pluma y el escribir estas letras para felicitarle. En cuanto llegue a Inglaterra, que será pronto, entregaré esta carta a su padre para que se la haga llegar.
Había pensado el enviarle algún regalo, pero por si pudiera considerarlo una grosería he pensado que es mejor contener mi impulso y limitarme a esta carta, en la que le deseo lo mejor.
Nada más, con la intención de no molestarle más de lo necesario y deseando que haya pasado de la primera línea se despide, siempre suyo.
Capitán Daniels. En la
HMS Circe. El 7 de mayo de 1808.

sábado

Ricardo de Castro


En Gibraltar, el 3 de mayo de 1808. A bordo de la HMS Circe.

Esta mañana he recibido un mensaje del señor Oliver.
Me encontraba en el alcázar de la Circe, disfrutando de un bonito día, con fresco viento de poniente, en compañía de los tenientes Lawyer y Byron, que charlaban sobre lo sucedido la semana pasada en aguas del Tajo.
Entre las decenas de navíos que pueblan la rada surgió la figura de un pequeño bote, con uno de sus tripulantes haciendo señales con el sombrero.

Al ser un civil el pasajero no le di mayor importancia, y dejé volar mi imaginación más allá del Atlántico, pensando en Lively, tratando de imaginar qué estaría haciendo en ese preciso instante y si habría encontrado a alguien en Halifax merecedor de una parte de su corazón (sería grande la más pequeña de ellas).
Cuando ya los imaginaba a ambos cogidos de la mano en el altar oí carraspear a Byron, el cual me dijo que nuestro visitante tenía una carta para mí.

Con el sombrero entre las manos pero con un porte que me dio la impresión de ser regio pese a las usadas y llenas de polvo ropas de viaje, el recién llegado se presentó como Ricardo de Castro, amigo del señor Oliver, todo esto en un inglés desastroso que produjo algún debate en el alcázar sobre si había querido decir esto o aquello.
El caso es que lo invité a la cabina, donde le invité a una copa de fresco clarete que agradeció con una gran sonrisa de satisfacción, ya que parecía estar completamente exhausto.
Mientras bebía, leí la carta, arrugada, llena de polvo y con trazos difíciles de entender, ya que no cabía duda de que Oliver la había escrito con mucha prisa.

En ella, James me informaba de que no podría viajar hasta Gibraltar, ya que aún quedaba mucho que hacer en la península.
Mientras trataba de descifrar la carta, oía de fondo al señor de Castro, que intentaba explicarme algo con su pésimo inglés, y sólo entendí algunas palabras sueltas como Madrid, Murat y disparos, pero no le presté demasiada atención, por lo que me limité a asentir con una sonrisa y a ponerle una nueva copa en la mano.

De nuevo con mi atención volcada en la carta, Oliver me decía que nos veríamos donde la última vez dentro de una semana, y me rogaba paciencia por no poder darme mayor información, pero aunque confiaba mucho en Ricardo prefería no ponerlo en demasiado peligro con más detalles, y me rogaba que tuviera la amabilidad de llevarlo conmigo en mi viaje hacia el norte.

Ya que todavía queda tiempo suficiente para aprovisionar la fragata (siempre trato de tenerla dispuesta para estas emergencias) y llegar al Ferrol en el plazo acordado, haré una nueva visita al hospital de la Virgen de los Desamparados, ya que las monjas se han portado muy bien conmigo estos días y es mi intención comprar algo de vino para cuando quieran celebrar una ocasión especial.